
Solitarios son los actos del poeta
como aquellos del amor y de la muerte.
Luis Hernández
Alejandra Pizarnik nace en Avellaneda, Argentina, el 29 de abril de 1936, y fallece en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1972.
En 1954, tras el bachillerato, ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (carrera que después abandonaría). Al mismo tiempo, tomaba clases de pintura con Juan Batlle Planas y en el mismo año comenzó a tomar cursos de Literatura Moderna con el poeta Juan-Jacobo Bajarlía en la Escuela de Periodismo (calles Libertad y Tucumán, Buenos Aires).
Bajarlía la introdujo en el círculo de surrealistas argentinos, el grupo vanguardista Poesía de Buenos Aires: Aldo Pellegrini, Oliverio Girondo y Antonio Requeni, quien propició el encuentro con su admirado Antonio Porchia en el mítico bar El Temple, donde se reunían además Enrique Pichón Rivière, Elías Piterbarg, Carlos Latorre y otros poetas y artistas cultores del surrealismo.
Según Juan-Jacobo Bajarlía, él le habría sugerido a Alejandra un cambio de nombre ya en la publicación del primer libro. Y no nos sorprende saber los motivos que lo impulsaron a ello: “El criptoantisemitismo de la última etapa peronista, alentada por los germanófilos, amenazaba con un estallido. Barajé, también, un pseudónimo: María Pisserno, como yo mismo la llamaba cuando halábamos por teléfono” (de su ensayo Alejandra Pizarnik: anatomía de un recuerdo).
pueden leerse como el logro de una escritura que, en lengua española, realiza la poética intimista.
En el año 1955 publica su primer libro de poesía: La tierra más ajena (generalmente excluido de su bibliografía), al que seguirían La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962) y Los trabajos y las noches (1965), y las prosas poéticas de Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971) pueden leerse como el logro de una escritura que, en lengua española, realiza la poética intimista. Pero hay otra vertiente de la producción de Pizarnik, un grupo de textos, tal vez teatrales, difíciles de encuadrar por absurdos, irónicos o burlescos, Los poseídos entre lilas (1969), La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa (1971) y el ensayo La condesa sangrienta (1965), obra en prosa prácticamente soslayada por la crítica especializada por considerarla “incómoda o desagradable”.
Entre 1960 y 1964 Pizarnik vivió en París, donde trabajó como traductora para la revista Cuadernos y algunas editoriales francesas. Estudió historia de las religiones y literatura francesa en la Sorbona. Publicó poemas y críticas en varios diarios culturales de Francia.
Tradujo a los escritores franceses Antonin Artaud, Aimé Césaire, Henri Michaux, Yves Bonnefoy y Marguerite Duras.
Allí entabló amistad con Julio Cortázar, Rosa Chacel, Simone de Beauvoir, André Breton, Georges Bataille y Octavio Paz, entre otros, siendo este último el prologuista de Árbol de Diana (1962), su cuarto poemario, en el que ya se refleja plenamente la madurez que, como poeta, estaba alcanzando en Europa.
A su regreso a Buenos Aires en 1964 y ya reconocida por la crítica internacional, publicó Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971). Estos dos últimos títulos relacionados con dos obras de Jerónimo el Bosco. En 1969 se le otorgó la beca Guggenheim, y en 1971 la beca Fullbright. En 1972, muere y se convierte en un ícono literario excepcional.
Relataba Ana Becciu que, en un reportaje de 1968, Alejandra expresaba:
Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos. Proust, al analizar los deseos, dice que los deseos no quieren analizarse sino satisfacerse, esto es: no quiero hablar del jardín, quiero verlo. Claro que en esta vida nunca hacemos lo que queremos. Lo cual es un motivo más para querer ver el jardín, aun si es imposible, sobre todo si es imposible.
Escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos. Pienso en una frase de Trakl: “Es el hombre un extraño en la tierra”. Creo que, de todos, el poeta es el más extranjero. Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra.
Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad, que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Escribo desde uno de mis últimos poemas: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.
Alejandra, cuyo nombre real era Alejandra Flora Pizarnik (familiarmente, Bhuma “Flor” o Bhumele, su diminutivo), cuando apuesta por el simple juego de nombre y apellido pretende tachar un mundo que abarca lo familiar y genealógico, pero con la contradicción de estar creando uno nuevo: Alejandra, o bien Alexandra Pizarnik, no sólo conserva el vínculo con el apellido paterno, sino que activa toda una mitología de resonancias rusas que la conecta con sus raíces. El adentro y el afuera, lo íntimo y lo externo, la vida y la literatura, se entrelazan en la simple elección de un nombre para no desatarse jamás. “Por mi sangre judía soy una exilada. Por mi lugar de nacimiento, apenas si soy argentina (lo argentino es irreal y difuso). No tengo una patria. En cuanto al idioma, es otro conflicto ambiguo” (Diarios, p. 397). Es decir, en ausencia de una patria, al idioma le toca ser dado en sacrificio. Aun cuando el propio idioma es la única escapatoria del exilio, es algo a lo que jamás se debe renunciar.
El valor de un nombre
alejandra
alejandra
debajo estoy yo
alejandra
Alejandra Pizarnik:
sólo un nombre
Arturo Carrera, que fuera el alumno díscolo de Oscar Masotta y Osvaldo Lamborghini, en una grabación que guardaba con el amor del caso se lo escucha decir:
Yo, Arturo Carrera, escribí una vez, para un diario argentino, una... crítica, un texto sobre Alexandra (sí, hay que llamarla Alexandra, no Alejandra, hay que terminar con esa jota imbécil): Alexandra Pizarnik. El artículo se llamaba “A las niñas mecánicas del templo”. Alguien, supuestamente con autoridad, porque sabemos que los diarios están llenos de sabios, cambió el título por “El sueño soberano”. Yo leí mi propia nota. Y me quedé pensando (...). Con Osvaldo Lamborghini, hicimos una grabación donde él habla de ella diciendo que debía llamársele Alexandra y no Alejandra. La aparente ocurrencia tiene un antecedente muy culto: parece que el nombre Alexandra tiene su vínculo etimológico en Casandra. Ella se solazaba llamándose Casandra. Le gustaba serlo. Le gustaba teatralizar o enmascararse en esa partición del sol en pequeños soles negros... (Casandra: Jefa Soberana).
II
El valor de una obra no se explica por separaciones o divisiones de ningún tipo, ni siquiera las que intentan distinguir lo biográfico de lo textual. Los grandes poetas, al igual que Alejandra, hablan desde su obra, personal y arriesgada, se muestran a través de ella. A mi entender, Alejandra, si bien habla desde ella misma, no habla de sí misma porque ha descubierto en el lenguaje poético una posibilidad tangible para que surja la extrañeza y, con ella, la iluminación, el alumbramiento, que al mismo tiempo es un intento de llevar a cabo una escritura que hable de la Alejandra Pizarnik que se quiere ser, de la que se piensa que debe ser, de la que los otros quieren que sea; en definitiva, de la que no está y no estará nunca. “Los otros no siempre nos aceptan mutilados, jamás con la totalidad de nuestros vicios y virtudes”, escribe en sus Diarios. No obstante, toda la escritura de Alejandra Pizarnik admite una lectura autobiográfica: tanto en la poesía como en sus anotaciones personales se detecta la puesta en escena de una identidad que se dibuja en el verso y el reverso de su propia estructura, revelando las fisuras de una escritura que, si bien se concibe como un lugar de enajenación y de muerte, se descubre también como espacio de reencuentro y de reconocimiento: de una subjetividad en contacto constante consigo misma y con su otredad: “No se trata de fidelidad sino de saber quién soy y para qué estoy aquí” (op. cit., 335); con esta frase nos revela una individualidad que deambula por los territorios limítrofes de su ser público y privado, situándose siempre en un intermedio, en una posición unívoca en la que “darse a ver” constituye la base de todo comportamiento, y de un lenguaje que se construye como literatura pero difícilmente como vida: “No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo. Lo tengo sí, pero no lo soy”.
III
Árbol de Diana
En Árbol de Diana, Alejandra construye la naturaleza del ser, a partir de un proceso en que la creación poética vuelve a su etapa del origen, donde el texto no tiene comienzo ni fin. Árbol de Diana puede traducirse como “vida de Diana”, ya que el árbol representa simbólicamente la vida, en que queda de manifiesto que el ser humano sería la conexión intermedia entre lo terrenal y lo supraterrenal, que conforma el símbolo de la vida en perpetua evolución. Nuestra poeta “pone así en conjunción los tres niveles del cosmos: el subterráneo, por sus raíces hurgando en las profundidades donde se hunden; la superficie de la tierra, por su tronco y sus primeras ramas; las alturas, por sus ramas superiores y su cima, atraídas por la luz del cielo”. Se advierte en la forma escritural de sus poemas, ya sea en la disposición de los versos, ya sea en el sentido que los relaciona entre sí y que al mismo tiempo los separa, aquello que en su libro Útimo round Cortázar denominó “poesía permutante”:
alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va
Aparece el tú en “Poema 3” (Pizarnik: op. cit., p. 105) en un contexto de sed y silencio donde ningún encuentro es propicio.
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
de la sombra de su sombrasalta con la camisa en llamas
de estrella a estrella
de sombra en sombra
muere de muerte lejana
la que ama al viento
Poco sé de la noche pero a ella me uno: Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche.
La noche, de nuevo la noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el cálido roce de la muerte, un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido.
Pasos y voces del lado sombrío del jardín. Risas en el interior de las paredes. No vayas a creer que están vivos. No vayas a creer que no están vivos. En cualquier momento la fisura en la pared y el súbito desbandarse de las niñas que fui.
Expresaba Octavio Paz: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza. La poesía revela este mundo y, simultáneamente, crea otro”.
Alejandra no buscaba la vida o la muerte. Simplemente buscaba la poiésis. Como dijera en un poema: “Buscar no es un verbo sino un vértigo”.
Pero este fragmento es el que la refleja en su totalidad: “Y yo sola con mis voces, y tú, tanto estás del otro lado que te confundo conmigo”.
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