
En el momento en que una mujer logra finalmente cruzar la puerta de un centro de atención a víctimas de violencia, lleva consigo no sólo las heridas visibles que la violencia ha infligido a su cuerpo sino, sobre todo, las heridas invisibles y profundas que han dejado huella en su identidad, en sus relaciones y en su percepción del mundo. La violencia, ya sea física, psicológica, sexual o económica, deja una marca que no desaparece rápidamente y que a menudo se manifiesta a través de conductas que incluso la propia víctima puede no comprender. Por ello, en los centros de atención a víctimas y en los procesos terapéuticos, la primera etapa fundamental es la construcción de la conciencia: comprender que lo vivido no es normal, no es inevitable y, sobre todo, no es culpa propia.
La investigación científica internacional, a partir de los estudios pioneros de las investigadoras estadounidenses Ann Wolbert Burgess y Lynda Lytle Holmstrom en los años setenta, ha mostrado cómo la violencia, en particular la sexual, genera un complejo síndrome de trauma por violación. Esta condición, descrita entonces como una secuencia de fases emocionales y conductuales, incluye reacciones inmediatas de desorientación, miedo, vergüenza y shock, seguidas a menudo por un período prolongado en el que la víctima intenta recuperar un equilibrio aparente. Muchas mujeres, en esta fase, modifican radicalmente sus hábitos: cambian de casa, de ciudad, de trabajo; se alejan de amistades o lazos familiares; adoptan comportamientos de hipervigilancia o, por el contrario, intentan borrar lo ocurrido relegándolo a un silencio interior que puede durar años. La investigación más reciente ha demostrado que estas reacciones no son signos de debilidad, sino respuestas fisiológicas y psicológicas a un evento traumático que puso en peligro la vida, la integridad y la dignidad de la persona.
Junto al sufrimiento psicológico, numerosos estudios sociológicos han evidenciado cómo la violencia genera también un profundo aislamiento social. La sociedad a menudo tiene dificultades para nombrar las cosas: minimiza, justifica o cuestiona la palabra de la mujer, alimentando así la espiral de culpa y vergüenza que dificulta pedir ayuda. La víctima se encuentra, entonces, conviviendo con un doble silencio: el interno, hecho de pensamientos confusos y dolorosos, y el externo, hecho de incomprensión, juicios y soledad. Es precisamente en este punto frágil y delicado donde intervienen los profesionales de los centros de atención a víctimas, quienes acogen a la mujer acompañándola no sólo en la protección física, sino también en un proceso que le ayude a reconocer la violencia sufrida como tal, comprender sus efectos sobre la mente y el cuerpo, y convertirse en protagonista de su propia recuperación.
Muchas víctimas, según los estudios psicológicos más recientes, se encuentran inicialmente incapaces de reconocer como violencia comportamientos que, con el tiempo, se habían convertido en parte de su rutina diaria. Las amenazas, humillaciones, control económico, aislamiento de relaciones familiares y amistades, manipulación emocional: todo esto, dentro del contexto de una relación abusiva, puede parecer confuso, normal o incluso inevitable. Pero es a través de la palabra, la narración, la reconstrucción de los hechos, el relato compartido con otras mujeres o con una persona profesional, que algo comienza a cambiar. La narración es una de las herramientas terapéuticas más poderosas: permite poner orden en el desorden, reconocer la violencia y nombrarla, atribuir la responsabilidad al agresor y no a sí misma. La toma de conciencia es el primer paso para salir del estado de víctima pasiva y convertirse en protagonista de su propio proceso de sanación.
En el ámbito terapéutico, en los últimos años, se han difundido con creciente eficacia prácticas integradas que combinan la reconstrucción cognitiva del trauma con actividades creativas y corporales. Un ejemplo significativo es el Proyecto Tamar, acrónimo que designa un programa sobre traumas graves, adicciones, salud mental y recuperación. Desarrollado inicialmente en Estados Unidos dentro de instituciones públicas, el proyecto se basa en un enfoque educativo y terapéutico estructurado que une conocimientos sobre el trauma, educación psicológica y modos de expresión. El corazón del programa es simple pero revolucionario: las personas que han vivido traumas complejos no sólo necesitan hablar de lo ocurrido, sino también encontrar lenguajes alternativos que les permitan expresar el dolor cuando las palabras no bastan o duelen.
El Proyecto Tamar utiliza, entonces, herramientas creativas como el dibujo, la escritura autobiográfica, la narración colectiva, el trabajo simbólico y otras formas de expresión artística, para que quienes han sufrido violencia puedan reelaborar el trauma sin verse sobrepasadas por él. A través de la creatividad, muchas mujeres logran contar por primera vez lo que nunca pudieron decir. El gesto de trazar una línea en un papel, elegir un color, representar un fragmento de su historia con el apoyo de un grupo, se convierte en un modo de devolver sentido al desorden interior y reconstruir la propia identidad. La expresión creativa no es un detalle marginal: es una puerta a través de la cual se pueden abordar emociones que no encuentran espacio en el lenguaje racional; es un acto de libertad después de años de control y coacción.
Los profesionales de los centros de atención a víctimas conocen bien la importancia de estas herramientas. Saben que la sanación no ocurre sólo mediante la protección frente a las amenazas o mediante procesos legales, sino también, y sobre todo, mediante un trabajo lento sobre la conciencia, la dignidad y la autoestima. Saben que para muchas mujeres el trauma no es un evento cerrado en el pasado, sino una herida aún abierta que sigue influyendo en sus decisiones, relaciones y percepción de sí mismas. Y saben que cada proceso es único: hay quienes necesitan ser escuchadas, quienes requieren protección inmediata, quienes se benefician de grupos de apoyo, de intervenciones individuales especializadas, apoyo económico o legal, o de un lugar seguro donde poder respirar sin miedo.
El desafío de los procesos posviolencia es grande y complejo. Pero gracias a los avances de la investigación psicológica y social, a programas educativos estructurados como el Proyecto Tamar y al trabajo diario de quienes operan en los centros de atención a víctimas, hoy es posible ofrecer a las sobrevivientes no sólo apoyo, sino una real perspectiva de transformación personal. Salir de la violencia es un acto de enorme valentía, pero no es un camino que se pueda recorrer sola. Es un proceso que requiere escucha, competencia, presencia constante, conocimiento del trauma y gran respeto por los tiempos y las decisiones de la mujer.
Cuando la conciencia comienza a emerger, cuando la mujer comprende que lo vivido no la define, sino que puede formar parte de una historia más amplia de renacimiento, entonces el proceso de sanación se inicia. Y en ese momento, en la difícil toma de conciencia del trauma y en el descubrimiento de nuevos recursos internos, la víctima deja de ser sólo eso: se convierte en una sobreviviente que reconstruye su vida, paso a paso, con la fuerza que ninguna violencia podrá jamás borrar.
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