
“Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí”.
Enrique Lihn.
I
Escribo en silencio. En silencio escribo. Escribo para poder escribir. Escribo otra vez, desgastando: hojas, lápices, teclas, recuerdos, citas, escribo porque debo escribir. Escribo para poder ser, para poder levantarme débilmente de mi ser, para darle forma a mi forma, a las formas que me conforman y me deforman. Por necesidad escribo, sobre todo por necesidad.
A la hora de escribir no utilizo ningún método, mi método puede ser el no-método. Aunque no veo la literatura como Juan Carlos Onetti, como si fuera una amante a la cual acudo cuando el ardor de la pasión o del anhelo me sobrepasa. Tampoco puedo dedicarme a ella, o sea, a escribir en horario de oficina, durante ocho horas, como Vargas Llosa o Flaubert. Para escribir debo recurrir a las horas nocturnas, a las pocas horas de la noche, cuando el silencio puebla la casa, cuando puedo repasar el día y todos mis días, aunque el borde del cansancio evite siempre que pueda ejercer con éxito la faena.
Escribir se ha convertido en un ritual, siempre estoy escribiendo o reescribiendo, nunca he pasado más de dos días sin escribir, me es imposible, ya forma parte de mi ser. No puedo afirmar que sea una rutina impecable, muchas veces escribo líneas, palabras, muy breves, que no llegan a decir nada. Ante el vacío busco una esquina para rellenar, para sentir, como ahora, que puedo escribir un poco más, que puedo decir algo válido, tan sólo para mí. James Joyce afirmaba que se debe “escribir peligrosamente; todo tiende a transformarse hoy en día, y la literatura actual sólo será valiosa si acierta a reflejar esa inestabilidad”;1 a pesar de haber pasado tanto tiempo desde la citada afirmación, creo que todavía es cierto. Tal vez por ello mi escritura se mueve entre un flujo de conciencia, garabatos de ideas no desarrolladas y arrebatos estridentes de disgusto, porque busco ser avasallante, pusilánime, ecuestre, marítimo, humano.
¿Cuándo empecé a escribir? Hace muchos años, cuando no había leído el primer libro de literatura o cuando no había leído por gusto, por el placer mismo que es leer: mucho antes comencé a escribir. Creo recordar de manera exacta la primera vez que escribí, creo equivocarme en el recuerdo, creo inventar el recuerdo tejiéndolo con otros no menos falsos para darle razones a mi ahora. Comencé a escribir por una urgencia desmedida, por un desborde de mar exhausto adentro de mí. De pronto se volvió un imperativo: escribe. Escribe en silencio. Necesito del silencio, necesito escucharme respirar, saberme vivo, saberme en calma. Pienso en Umbral cuando esbozó: “Yo no estoy dispuesto a escribir bonito, sino a escribir bien y decir barbaridades”,2 y quiero decir de todo, sobre todo barbaridades para así ahogarlos a todos, deshacerme en las palabras mientras los lectores se deshacen. Sólo puedo sentir calma al escribir, letra tras letra, verso o borrón: nuevamente viene la calma. Sólo puedo reconocerme plenamente cuando escribo, cuando mi mano va de un lado a otro en el papel y nace una escritura minúscula, aporreada, enredada, que pugna por decir tanto que al leerse es similar al silencio.
A veces escribo tosco, sin orden, para atrapar mi verdad, mi verdad limitada, para que la lean y para que la olviden. Sólo soy yo al escribir. Es arduo. A veces, como ahora, no sé qué escribir, divago en divagar en mí, en perderme en el laberinto de Creta que yo como Dédalo he construido para ocultar mis pasiones u ocultar el horror de reconocerme como el Minotauro. Escribir es un impulso, es la acumulación de las fatigadas horas, siento que debo vomitar, vomitarme, salirme de mí, ser Otro en mí, dibujar con mis palabras mi dolor, para que el dolor no sea dolor, para que sea descanso. Necesito del silencio, necesito escribir. Escribo porque deseo decir tanto, tanto y nada. Escribo por escribir, porque me hace falta escribir.
¿Qué soy yo? Soy quien escribe. Soy cada letra, palabra, coma, cansancio. Son las dos de la madrugada. Desde hace mucho que no puedo dormir, que no puedo apresar el símbolo, el sueño en el símbolo, a mí en la cama mirándome mirarme, conociéndome al conocerme. Soy un símbolo. Octavio Paz (1956) enfatiza que el hombre es inseparable de las palabras, sin ellas no existe, porque el hombre está hecho de palabras, está hecho de símbolos.3 Soy un ser de símbolos, soy un ser vestido de lejanías. Mi memoria se compone de símbolos, mis manos, mis pies, mi sangre: son símbolos. Lo que no he nombrado no existe, tan sólo existe lo que mis palabras crean. Al principio era el Verbo, al principio era mi Verbo. El árbol no existe sino hasta que yo digo árbol.
¿Quién soy? El que ahora escribe. Escribo sobre mis hermanos, sobre mis parientes muertos, sobre mis amigos, sobre el asesino del pasado mes, sobre el muerto y su memoria, sobre la gente pobre de mi país, sobre mi pobre país, sobre el olvido que me abraza, sobre el recuerdo que me hiere. Escribo sobre mí, escribo sobre mis pueriles temores, sobre un amor que no fue, sobre su ausencia. Sobre mí, sobre todo escribo sobre mí.
Deseo, impulso inexorable, ser, debo escribir, sin razón, pienso en la recomendación de Breton. No quiero sentirme obligado, pero es imposible no sentir la obligación. Quiero hacer una pausa, dos o tres semanas de silencio. Pero no puedo soportar tanto silencio. Rilke en una de sus cartas aconsejaba que el poeta debe preguntarse, en la hora más oscura, “¿Debo yo escribir?”.4 Para Rilke hay que cavar en sí mismo en la búsqueda de la respuesta. Y en el caso de la respuesta ser afirmativa, ser un “sí”, un sí debo escribir, entonces se debe construir la vida según esta necesidad. Hace mucho me hice esa pregunta. Hace mucho tengo mi respuesta. Ahora cierro los ojos, el silencio lentamente se extiende, cubre los objetos como una capa de polvo, cubre las ventanas, pero esas ventanas que sólo están en mi pecho. Abro las ventanas de mi pecho hacia adentro, hacia la voz, hacia el silencio que hiere en la piel, en la lengua, en las manos, en los ojos, tengo mi respuesta. Deseo escribir. Vuelvo. Estoy otra vez en el borde la ventana. Son las dos de la madrugada. Pienso en saltar, pero escribo.
Creo que escribir me ha salvado de la muerte, varias veces, de una muerte que a menudo invento, como simple fórmula de mis ilusiones. Escribo, el lápiz se quiebra, la hoja se desgarra, son las dos de la madrugada. Afuera veo el mar o creo ver el mar o sólo sueño con el mar. Mar bravo, pero yo escribo. Afuera las ranitas cantan con pavor del amanecer, pero yo escribo. Afuera el panadero abre el horno y el pescador la red, pero yo escribo. Afuera el hampa sostiene su arma, el joven estudiante repasa sus anotaciones, el político se lava las manos, el profesor se limpia el hambre de su corbata, la madre prepara arepas para sus hijos, el obrero se sirve café, pero yo escribo, escribo para escribir, para nunca ser leído, para ser ignorado por todos, porque me duele, porque amo, porque soy o seré, escribo, escribo para estar vivo, para arrancarme de la piel el olor a muerte, escribo, necesito escribir, sólo necesito escribir.
Quiero escribir para mí. Quiero escribir y romper las hojas, quemarlo todo. Quiero escribir, pero siento que no hay nada en las palabras, que mis palabras son palabras famélicas, agonizan en mí y yo agonizo en ellas. Las palabras pierden su significado, se quedan vacías. De pronto, la palabra “atardecer” no me trae la imagen o el recuerdo del atardecer, porque el atardecer no existe, nunca existió, porque yo debo crearlo al escribirlo, escribirlo por primera vez, como al árbol. Escribo para morirme de a poco, porque creo que algo de mí permanece en todo lo que he escrito. A veces borrar es hacerme una pequeña herida, invisible. Quiero escribir profundamente, ser la convulsión de la palabra, ser una pálida onomatopeya. Escribo para entenderme, para saber quién soy. Escribo porque es lo único que sé hacer o que puedo afirmar que sé, aunque me equivoque.
Quiero escribir como el fuego, escribir como llamas crepitando en un cuerpo húmedo, escribir como una sombra atroz, como si el mar me ahogara, y sólo pudiera escribir, y sólo debiera escribir, sólo sé escribir, no sé ser sin antes escribir. Quiero ser anónimo, quiero que mi nombre se estremezca en el silencio de todos, alzar mi inflamada voz, mis exasperadas manos, mi todo, mi nada. Escribo para escribir, apresurado, las letras se tropiezan, quiero saltar, quiero escribir, necesito silencio, necesito escribir. Escribo con mi voz, no conozco mi voz, no me conozco. Quiero ser leído, que sea masticado con rabia lo que ahora escribo, que nazca un negruzco grito al leerme, quiero que la voz se quiebre en partes incontables. Escribo. Escribo sin principio como continuación de todo lo escrito, como un fragmento que permanecerá perdido, fragmento de un inmenso texto que cada uno escribe. Escribo como un círculo, escribo porque necesito escribir, porque necesito vivir.
II
La vida me duele cuando no escribo, porque no escribo y cuando no puedo escribir, como a Pamuk. Me duele, desde mis pies hasta mis sienes. Luego de la jornada y de sostener la máscara diaria: siento la esperanza al finalizar el día de poder leer o poder escribir un poco. Pero también duele escribir, duele porque es tan difícil. Me salva el pensar que alguna página me será consuelo.
No creo en la inspiración, la inspiración es mi obstinación por escribir, por pasar horas y horas leyendo para poder pasar horas y horas escribiendo, horas que lamentablemente se van en otros quehaceres. Escribo porque me complementa, lo reitero, porque me hace estar vivo. Y para escribir leo mucho, a veces no recuerdo lo leído, a veces lo leído me consume el día a día y confundo el nombre de las personas con el nombre de los personajes de los libros que he leído. A veces mis frases son versos, a veces los digo porque siento que el día se ha acoplado para recordar cierto verso de Huidobro: “De sus olas a mis ojos hay la distancia de la muerte”, escribió el poeta. Lo revivo al pronunciarlo, para revivirme en mi vida.
Desde hace mucho le dedico todo mi tiempo a leer o a escribir, pero quiero escribir sobre leer. No creo coleccionar libros. Muy pocos libros compré y la mayoría los robé. No es un delito robar libros para Bolaño. Creo que leer es la experiencia más importante de mi vida, creo que aprender a leer fue lo más importante de mi vida. Para leer también necesito del silencio. El silencio sólo lo consigo huyendo de todos y de todo. Me he vuelto solitario, he perdido amistades y amores. Para leer necesito encerrarme en la habitación, a veces en el borde de la ventana, a las dos de la madrugada cuando todos hacen silencio, cuando sólo el murmullo de las ranas me acompaña. Suelo releer los libros que me han impresionado, varias veces leí El rayo que no cesa, de Miguel Hernández. Procuro no acumular las lecturas, pero no puedo; empiezo un libro y a los días empiezo otro. No me alcanzará la vida para leerlo todo. Es una lástima.
No creo ser nada más, ni poder ser nada más. No creo nacer otra vez y ser otro. No puedo ser otro. Soy los versos que leí, soy cada uno de esos libros en la estantería que está a mi lado. Soy todas sus páginas, su seca tinta. Soy el sopor que reposa sobre sus solapas. Soy su lector. Los leo para conocerme, también escribo para conocerme, pero sólo a través de la lectura puedo dar con esa otra parte de mí que yace oculta, inasible, porque de ella no conservo memoria.
Una pausa. Afuera llueve. Cierro la ventana. Aún son las dos.
¿Por qué escribo? Tiembla la pregunta. Otra vez me pregunto.
Escribo porque me desbordo por dentro, porque tengo límites. Escribo porque no quiero ser nada más. Escribo porque sufro depresión desde la adolescencia. Escribo porque no quiero un trabajo normal, ni horario de oficina. Escribo porque me duele todavía una mujer. Escribo porque me gusta estar solo. Escribo porque me aterran las personas. Escribo porque tengo mucho miedo. Escribo porque no quisiera ser olvidado. Escribo porque sólo así puedo soportar la vida. Escribo para que sepan que vivo, para que se conozca el dolor de mi tierra y la pobreza de mis manos. Escribo porque tengo rabia. Escribo porque me ahoga el llanto. Escribo para que me lean. Escribo porque me gusta el cariño que recibo por escribir. Escribo para conocerme mejor. Escribo para terminar este párrafo. Escribo para que me halaguen o me insulten. Escribo para que sepan qué fue lo que amé. Escribo para que usted me lea hoy y mañana me olvide. Escribo porque odio a todos. Escribo porque me complace escribir. Escribo porque hay belleza en la crueldad de la vida. Escribo para imitar a otros, como ahora. Escribo porque espero ser amado. Escribo porque no siento tener razones para vivir si no escribo. Escribo porque quiero ser escritor. Escribo porque tengo sueños y esperanzas en seguir escribiendo. Escribo porque no quiero hacer nada más, pero ya lo escribí. Escribo porque no soy nada más. Escribo porque soy esta torpe escritura. Escribo porque soy infeliz y sólo escribiendo soy feliz. Escribo por escribir.
- ¿Por qué escribí? - domingo 22 de febrero de 2026
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Notas
- James Joyce, Sobre la escritura, traducción de Pablo Sauras, 2011, pág. 35.
- Francisco Umbral, Los cuadernos de Luis Vives, Editorial Planeta, España, 1996, pág. 50.
- Octavio Paz, El arco y la lira, FCE, México, 1956.
- Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta, Alianza Editorial, Madrid, 1980, pág. 25.


