Ángel nocturno
I.
¿En qué consiste la existencia del eco?
¿Cuál es su formación
material y su arpegio virgen
que jamás toca mis huellas y separará mi cuerpo?
El mar yace desnudo como metal enamorado,
a donde la hora desciende como pájaro
en horadada sonrisa de continua espera;
hasta tocar, con rubor, la sangre extendida en la vida.
Amor, apresas en tus dientes mi desventura
y lo lejano de las hojas en el sexo.
Todavía somos un recuerdo hasta el carbón;
amor, las palabras consisten en tu forma diurna,
en un ala nocturna, de un aroma numeroso,
de una sombra que en los párpados se cierra:
zona abisal por la estructura de tu canto,
cuerpo que deseo en vuelo y donde muero a diario:
reten, con la furia de tu pecho, mi blanca espuma,
ángel níveo como cóndor deicida en el horizonte,
la muerte anhelada socava tus abismos y nos alejas.
II.
Ángel de celeste cuerpo,
aún mis esperanzas recaen en tu espalda desnuda,
en tu cabello de negra fragua,
en tu vientre como jaula del beso;
y anidan mis huellas en un mar iracundo sin bordes,
en tus alas, en donde tu materia toca constelaciones:
eres imposible sueño de octubre en mí;
eres noche azul de espinas y astros,
eres heraldo de muerte y de luminario deseo;
¡Cede con mi pecho a la marea de tu sangre
a la ilusión de la aurora que nos abraza,
ángel de oscura piel y de voz como alfiler:
atraviesa en mi amanecer con tus manos de plomo!
A una inclinación de los días en la boca
que jamás serán fuego o espada de sal,
cuerpo como arrecife concluido, cuerpo humano;
en ti mi vida apaga linternas de gritos y sueños,
en ti mi mirada es la eternidad del sol que ama.
Ulises y las sirenas
I.
Recuerdo a la noche y su palpar de bronce
debajo de mi forma de hombre:
era el oleaje de nocturna sombra y tú
una sirena de soledad traicionada:
fueron tus manos y tu voz un acero
profundo y vano entre los eucaliptos del océano;
y quizá mi boca resbala en ancla
y quiso el tiempo retener en mí tu sangre,
el breve tacto de las escamas lívidas,
el sentir el sabor de salobre pétalo
como próxima luna de muerte dividida.
¿Acaso el horizonte puede ser tu esperanza,
acaso el azul triturado nos abraza?
¿Es el amor la sangre aún en las vetas
o es el morir oír tu silencio en la despedida?
II.
Es tu boca mi esperanza en la marea
en donde mueren alas de ceniza en los años:
ya mis máscaras se han desgastado en el espejo,
ya es mi rostro recuerdo de cal y de amparo.
Entre los hilos de tu canción de fragua invisible: me pierdo.
En mi ser se deshace el raudo tiempo,
es mi cuerpo un río único y múltiple
de corporeidad tangible con los párpados:
seré ayer, dispersión del agua sonora y de los días.
Y no son mis ojos una luna de abril,
no es mi pecho hoguera de sal,
ni es la esperanza temor de anochecer
pero tan sólo ciñe a mi cintura tu labio oculto:
tú eres sol en breve caricia de muerte.
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