Le era insoportable la absurda y cansona rutina de los ajetreos de la vida. Tener que levantarse cada mañana para cargar con la simbólica roca del mítico héroe griego; dejarla caer en la noche a la hora de dormir y repetir igual faena al otro día, al otro, y aun al siguiente día, indefinidamente, pudiendo sólo cambiar de roca, mas no de la obligatoriedad de su traslado.
Leónidas no ignoraba cuán rápido y fácil podía salir de ese atolladero existencial, pero descartaba apelar a ese recurso, no por vanos dictámenes religiosos o de carácter moral sino porque, de hacerlo, formaría parte del montón que ya lo había precedido, y él quería efectuar una empresa diferente. Comprendía que continuar viviendo tampoco le confería un sello particular, pues ya más de ocho mil millones de personas hollaban el planeta, pero para esto contaba con un argumento como justificación que lo tranquilizaba: que los seres humanos eran introducidos a este mundo por una energía potente y gestadora, en completo estado de inconsciencia, para que no pudieran decidir si deseaban permanecer en él o no. Enseguida los iba permeando poco a poco de su esencia misteriosa, de modo que ya no pudieran prescindir de ella, y comenzaban a evolucionar, a desplazarse entusiasmados y confiados, interconectándose amorosamente entre ellos, o con mucha frecuencia, de manera agresiva.
Leónidas, por el momento, se armó de paciencia y resignación, acallando su profundo descontento. Mas muy pronto un deseo incontenible se fue apoderando de él: el anhelo de realizar una acción que lo elevara, que lo enalteciera ante sus propios ojos. No se trataba de llevar a cabo una obra rocambolesca, como Eróstrato, por ejemplo, pues él no buscaba notoriedad a cualquier precio, como el desmedido pastor efesino, ni efectuar alguna hazaña impactante, pues de sobra sabía que en los libros de historia ya no cabía un héroe más.
Con absoluta convicción afirmaba que su estímulo no obedecía a un ego superinflado, pues el suyo estaba en el exacto lugar; es más, estimaba que un ego extralimitado no permitía una vida de sensatez y serenidad. Leónidas reflexionaba con frecuencia acerca de la condición del hombre aquí en la tierra y las relaciones con sus demás congéneres, e intuyó que quizás en ese terreno podría dar cumplimiento a su deseo.
Constató que los seres humanos se hallaban sumidos en un inabordable aislamiento interior. Únicamente podían comunicarse entre ellos valiéndose de signos escritos, de palabras y de oportunos contactos físicos, pero puertas adentro, en su íntima esencia, vivían en una total soledad. Afortunadamente, sostenía Leónidas, eso no les había impedido arrastrar sus vidas de principio a fin, aunque se condolía de los que sí eran conscientes de esa espantosa limitación.
Debido a esto, Leónidas dio un paso adelante. Pensó en la posibilidad de que se pudiera penetrar en lo recóndito de un ser humano para aliviarle su íntimo dolor, o bien para compartir un exceso de alegría apenas ambos sentimientos afloraran a su conciencia. Estimaba Leónidas que, si un gran sufrimiento se dividía en su origen, perdía su impetuosidad, y si era un inmenso gozo, ese que a veces no cabe en el pecho, al ser igualmente compartido, podía causar regocijo en otros corazones que tal vez en ese instante languidecían de tristeza infinita.
Esto, por supuesto, también era extensible a los demás sentimientos humanos: la depresión, la culpa aniquiladora, el miedo paralizante; al ser repartidos apenas hicieran su prístina aparición, no sólo perdían su efecto corrosivo en el alma, sino que podían ser superados más fácilmente y con mayor prontitud.
Leónidas sabía que la suya era una tarea delicada, por no decir imposible, pues la naturaleza no había dotado al hombre de esa eventualidad, pero como tampoco lo había privado del deseo de intentarlo, a ello se dedicó con todo su fervor. No sabía por dónde comenzar. Por el momento sólo contaba con su férrea determinación y con los osados vuelos de su imaginación.
Se dedicó con mayor ahínco al estudio de la física cuántica, pues barruntaba que allí podría encontrar apoyo y valiosas sugerencias para lo que se proponía. Por ejemplo, en el entrelazamiento cuántico entre partículas veía la antesala del entrelazamiento básico entre humanos, y creyó oportuno dedicarle más tiempo a la meditación, pero confiriéndole un sesgo diferente a la que practicaba con asiduidad; es decir, ya no dejaba que los pensamientos que fluían de su mente sin cesar fluyeran tranquilos como las aguas de un río, evitando, así, que le alteraran el estado de quietud en que se hallaba. Ahora, la nueva meditación, la meditación cuántica, le ordenaba centrar con firmeza toda la atención de los pensamientos en la visualización del infinito mar de posibilidades que conformaban el etéreo universo cuántico, para atraer y dar concreción a las que con tanta premura se deseaban.
Pero más intensificaba Leónidas su actividad meditativa, más era poseído por una energía superior e incognoscible que lo impulsaba a desprenderse de su yo, del apego a pertenencias y acontecimientos mundanos, al tiempo que le permitía vislumbrar otra manera de alcanzar su objetivo. Si no se podían compartir horizontalmente los íntimos sentimientos humanos, sí se contaba con una verticalidad silenciosa, divina y unipersonal que les permitía a los hombres de buena voluntad la capacidad de aceptar con ecuanimidad todas las peripecias y altibajos de sus vidas.
Leónidas concluyó, entonces, que lo primordial era llevar ese conocimiento a las personas y ponerlas en condición de practicarlo idóneamente. Pensó en las religiones que perseguían el mismo fin, pero veía que los años y los siglos pasaban y, lejos de ascender a niveles superiores de espiritualidad y moral, los hombres cargaban sus sagrados principios religiosos sólo como ideas fijas en sus mentes, pero su comportamiento exterior cada vez los aproximaba más al reino inferior de donde provenían. Bastaba con dar una mirada al entorno. Por supuesto, sostenía Leónidas, con las debidas y honrosas excepciones.
Abrió un primer Centro de Meditación Cuántica que él mismo dirigió, pero su iniciativa fue acogida con tal entusiasmo que muy pronto fueron inaugurados otros centros similares en diferentes partes de la ciudad, y era asombrosa la participación de la gente. Se les inducía a deshacerse de la desbordada individualidad para fundirse en la energía omnipotente y eterna que todo lo anima, para ir obteniendo atisbos del verdadero mecanismo de la vida, y así poder aceptar su dinámica extraña y cambiante. Leónidas se alegraba pensando que de esa manera podrían aplacar el intenso dolor de manera natural, y la excesiva felicidad entraría por el cauce de la debida mesura.
Al comprender esto, Leónidas sintió cómo se apagaba su vehemente anhelo inicial de adentrarse en la íntima estructura de sus semejantes para compartir la esencia de sus lacerantes sentimientos y emociones.
Incansable, Leónidas estuvo un tiempo considerable acompañando a sus seguidores en la cabal práctica de las meditaciones, pero un día recibió sorpresivamente la carta de un querido amigo invitándolo a pasarse algunos días con él. Residía en un legendario monasterio budista en Katmandú, capital de Nepal. Después de ponderarlo con la debida atención, Leónidas optó por aceptar. Nunca había imaginado pasar por esa experiencia, y le pareció interesante en extremo. Poco tiempo después partía, dejando tras sí una destacada obra y un entrañable recuerdo entre sus compañeros y seguidores.
El monasterio donde vivía el amigo le agradó. Amplios salones para conferencias; otros más reducidos para las meditaciones diarias, y un extenso y variado huerto donde los monjes cultivaban hortalizas, tubérculos y ensaladas para su alimentación, y a menos de cien metros, un cristalino arroyo serpenteante, donde todos se bañaban alegres cuando la temperatura ambiental lo permitía.
Al amanecer del primer día, un coro angelical despertó a Leónidas. Creyó que provenía de sus propios sueños, pero al incorporarse en el lecho comprobó que eran los monjes cantando con delicadas y melodiosas voces. Cuando el amigo vino por él para ir a la hora de meditación, le explicó que ese era un ritual milenario de los monjes dándole la bienvenida al nuevo día.
Participó con entusiasmo y entrega en la prolongada meditación, recordando a los asiduos compañeros de su ciudad tropical cuando diariamente se dedicaban a la misma actividad. Leónidas sabía que decir Nepal era remitirse de inmediato a tranquilos lugares de aislamiento y gran espiritualidad. Justo donde se hallaba él ahora.
El amigo lo llevó a conocer algunas montañas nevadas del valle de los Himalayas. Impresionantes. Realmente invitaban al silencio y la contemplación. En la ciudad se observaban las particulares edificaciones, los hermosos templos y diferentes centros de arte local. También miraba con interés a las personas, aparentemente serías e introvertidas, pero siempre le sonreían con comedida amabilidad.
Muchas veces el amigo lo acompañaba en sus recorridos citadinos; otras, después de la meditación, Leónidas permanecía en el monasterio ayudando en la siembra o en la recolección de los productos del huerto. Esa mañana, el amigo lo convidó al centro de la ciudad para conocer al monje superior de todos los monasterios de Katmandú, quien había convocado a los pobladores para sostener una conversación abierta con ellos. Leónidas hablaba muy bien el inglés y pensó que, llegado el caso, con esa lengua seguramente podría comunicarse con la máxima autoridad, de modo que aceptó con entusiasmo la invitación de Tyrus, que así se llamaba el amigo.
Se dirigieron a la plaza, que ya comenzaba a colmarse, pero afortunadamente consiguieron puesto en un banco, y se dispusieron a esperar. No había transcurrido mucho tiempo, cuando divisaron una pequeña comitiva que se acercaba, y al llegar junto a ellos se detuvo.
El Superior se dirigió a Leónidas:
—Advierto claramente que no eres de aquí. ¿Prácticas la meditación?
Leónidas le contestó afirmativamente, añadiendo que en su lejano país había varios centros de meditación, donde las personas acudían con gran perseverancia día tras día. El monje sonrió complacido y, siempre hablándole en inglés, le aconsejó que nunca abandonara ese sagrado ejercicio, pues por medio de la meditación el ser humano podía sumergirse en su verdadera esencia, en la incorporeidad omnisciente de donde provenía y donde, después de esta trajinada y transitoria permanencia, se fundiría por toda la eternidad. Leónidas quedó fuertemente impactado con esas palabras del Superior, pues su pensamiento no había alcanzado aún esas alturas, pero intuyó que podían encerrar la mayor sabiduría posible para el intelecto humano.
Una mañana, en medio del silencio de la meditación, entró al recinto un hombre forcejeando con los guardias de seguridad que intentaban contenerlo. El hombre gritaba:
—Haraganes, vayan a trabajar en vez de permanecer aquí como muertos obedeciendo a este charlatán; si lo que buscan es verdadera paz, váyanse al cementerio que allí la encontrarán.
El desconcierto fue total, pero Leónidas, con su sólito aplomo, impuso de nuevo la calma, mientras les pedía a los guardias que le trajeran al insubordinado, y cuando estuvo junto a él lo miró fijamente a los ojos y le preguntó por qué tanta acritud contra la meditación. El hombre, con el mayor desenfado, le replicó que no estaba de acuerdo con esa irreparable pérdida de tiempo cuando afuera la vida clamaba por una enérgica actividad.
Leónidas, con firmeza pero con gran amabilidad, le pidió dos cosas: que nunca emitiera un juicio acerca de lo que desconocía, y que permaneciera allí mismo, pues con gusto lo guiaría en una primera meditación. El hombre, viendo a los dos guardias prontos a aplicarle la debida sanción, prefirió evadirla y fingió un falso interés por la meditación que Leónidas le ofrecía, así que cerró los ojos y escuchó atentamente las indicaciones que recibía. Al finalizar, Leónidas lo despidió con un fuerte apretón de manos.
Tres días después, a punto de comenzar la sesión, Leónidas creyó ver al mismo hombre entre los asistentes dispuesto a participar, y pudo comprobar que, en efecto, se trataba de él. También pudo constatar que ahora asistía regularmente a las sesiones diarias de meditación. Hasta que un día se le acercó a Leónidas reconociendo su error pasado, y lamentando haber censurado algo de lo que no tenía ni idea. Agregó que nunca hubiera imaginado que la meditación fuera la vía más eficaz y expedita para la expansión de la conciencia humana. Leónidas captó real sinceridad en sus palabras, y poco a poco el hombre pasó a ser uno de sus más cercanos amigos.
Dos años habían transcurrido, cuando Leónidas recibió una nueva invitación del amigo monje de Nepal. Aceptó, pero esta vez quiso viajar con el nuevo amigo, deseoso de conocer esa región por lo que él mismo le había contado. Partieron, y se alojaron en el monasterio de Tyrus, quien, como había hecho la vez pasada con Leónidas, los fue acompañando a distintos lugares de la ciudad, como también a hermosos valles del Himalaya, donde meditaban con total entrega. Los llevó igualmente a conocer diversos monasterios budistas, donde hallaron sencillez, paz y contemplación.
Así, en medio de esa placidez, transcurrieron los días destinados a permanecer en Nepal. Leónidas le comunicó al amigo que debían prepararse para el inminente retorno, a lo que el compañero le contestó que debería regresar solo, pues él había decidido permanecer en el monasterio de Tyrus. Leónidas, acostumbrado a los imprevistos cambios de la vida y del ser humano, acogió serenamente la determinación del amigo y emprendió solo el viaje de retorno.
Ya en su tierra, Leónidas retomó su acostumbrada actividad, y creyó oportuno abrir otro centro de meditación en la periferia de la ciudad. Estaba complacido con los resultados. Las personas se veían más tranquilas y confiadas, y los entrenados para guiar las sesiones de meditación en todo momento estuvieron a la altura. Así, al cabo de otros cuatro años, Leónidas decidió que la hora de retirarse había llegado, pero lo haría en Katmandú, pues él también había caído rendido ante esa región tan especial. Con gran pesar se despidió de los compañeros y asiduos seguidores de tantos años, y partió. Allá encontró al amigo totalmente integrado a la vida espiritual del monasterio budista.
Todas las mañanas iba a meditar a un hermoso valle nevado cercano, donde permanecía durante varias horas. Pero una vez, aún con los ojos cerrados por la meditación, oyó que alguien lo llamaba suavemente. Miró, y en una pequeña gruta al frente estaba un viejo ermitaño de larga cabellera blanca que lo invitaba a reunirse con él. Leónidas se le fue acercando lentamente y, al llegar, el viejo le pasó delicadamente el brazo por la espalda y lo condujo dentro de la cueva.
Como había pasado mucho tiempo y Leónidas no regresaba, Tyrus y el amigo fueron a buscarlo, pero no lograron verlo por ninguna parte, y muy preocupados intensificaron la búsqueda, hasta que en la montaña nevada del frente divisaron dos figuras humanas que ascendían pausadamente, y muy pronto dejaron de percibirlas.
De Leónidas no se supo nunca nada más, pero permaneció en el recuerdo de los que lo amaron, admirando y agradeciendo su inmensurable legado. En un futuro muy cercano, los hombres sensibles y honrados deberán avanzar a tientas, como ciegos, sin lazarillo ni bastón.
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