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| El ángel y las cucarachas * Ricardo Iribarren |
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Portada Epígrafe La levedad del General La virilidad del Coronel La desnudez del General Estratósfera y cáncer El resplandor de la víctima La espina en el riñón El gorrión anuncia... La ceguera de Asdrúbal Espectro en San Telmo Los cordones de Aramburu Chateo con Evita Datos del autor Ilustrador: José Ángel Tovar Editorial Letralia |
![]() La virilidad del Coronel
Como lugar de reunión se eligió el sótano de la Catedral de Buenos Aires. Las prostitutas debían llegar en grupos de no más de tres a la puerta de la calle lateral. Un custodio las guiaba por una escalera iluminada con antorchas que daba a las catacumbas de la iglesia. Allí, en épocas pasadas, el Estado conservador y clerical había torturado y asesinado a anarquistas y comunistas. Ahora estaba convertido en un salón de fiestas, con vistosas luces, mesas y sillas. Las prostitutas tardaron una hora en llegar. Los custodios controlaban que todo se desarrollara con normalidad y en la más absoluta discreción, ya que en la parte superior de la Catedral los obispos participaban de un sínodo con el Cardenal Primado. Desfilaron las estolas, los vestidos de raso, los zapatos de tacón, las mejillas cubiertas de colorete y los tapados de astracán. Una vez adentro, las mujeres se quitaron sus abrigos y lucieron sus ropas: faldas cortas y escotes profundos. Cada una de ellas competía con las otras en las artes de la seducción: se trataba de ganar el favor del Líder de los Argentinos. El salón estaba iluminado por luces mortecinas intermitentes. Completaban el cuadro una estera roja, veladores ubicados estratégicamente y un piano frente al cual el Maestro tocaba melódicos tangos. Redondas mesas congregaron a las chicas, quienes conversaron animadamente, mientras un servicio de comidas europeo distribuía, por primera vez en la historia, piezas de repostería erótica: cañones en forma de pene, tortas como vulvas, masas que reproducían una fellatio... Las prostituttas, maravilladas, bebieron el té y comieron aquellas exquisiteces, mientras esperaban al líder de los trabajadores. Grupos adictos a Perón, como "Los Nocheros Justicialistas" y los "Seibós de la Patria", hicieron sus presentaciones, ejecutando desde movidos "fox-trots" hasta melancólicas zambas. De pronto entró el Coronel Perón. Lo hizo solo, sin custodia, con las mangas de la camisa recogidas y la sonrisa perenne en su rostro. Debía contener sus brazos para que no se levantaran en el saludo típico. "Chicas, pebetas, grelas", dijo. "Hoy es un día más que peronista, ya que las artesanas del amor me hacen el honor de aceptar mi convite". Un aplauso cerrado enmarcó sus palabras. "Ustedes se preguntarán para que las llamó el Coronel Perón... bien, para darles un beneficio, una mejora: antes que nada sabrán que cuando yo sea gobierno, ninguna de ustedes sufrirá persecución; yo seré el Gran Arquitecto de un régimen que garantice antes que nada la felicidad a la prostituta y al niño. Para sellar mis palabras, tomaré a una de ustedes y aquí mismo, frente a la concurrencia, la dejaré embarazada de quien será el redentor peronista de las prostitutas...". Las mujeres volvieron a aplaudir estrepitosamente, con entusiasmo y el personal de protocolo intervino para que se contenga, ya que arriba, en la cripta de la catedral, después del sínodo, el Cardenal Primado recibía al presidente Farrel y su comitiva. El Coronel Perón, en la cima de su virilidad, eligió a una de las chicas: Patricia Muller, de 16 años, descendiente de alemanes. Su padre, admirador de Hitler, la había expulsado de su hogar por haber tenido un hijo de soltera. "Percanta", dijo Perón, "vos te acostaste con muchos minos, pero eso no quiere decir nada. Para mí seguís siendo virgen y te daré un hijo". Dicho esto, el Coronel la tomó en sus brazos y le quitó su camisola de pana. Los ojos de la chica lo miraron esperanzados y asombrados: no podía creer que el hombre más viril de la Republica se hubiera fijado en ella. Perón la desnudó, descubriendo sus pechos, sus pezones anchos. En tanto, el personal de protocolo y las restantes prostitutas, acomodaron varias mesas para improvisar un tálamo nupcial. El Coronel tomó con sus gruesas manos la cintura desnuda de Patricia Muller, apoyó sus nalgas contra la mesa y la besó a lo largo del cuerpo. Dos miembros de ceremonial, ataviados con vestidos que representaban el escudo justicialista, taparon la boca de la chica para evitar sus gritos de placer (arriba, Farrel besaba el anillo del Cardenal Primado y se inclinaba para apoyar los labios en su calzado repujado en oro). Perón penetró con tres cabalísticos golpes el cuerpo pequeño de Patricia Muller. La levantó con su miembro, y haciendo equilibrio con ella se subió a una de las mesas y zapateó una mezcla de flamenco y malambo, aplastando un flan con forma de senos. La gente de protocolo organizó un discreto aplauso en el que todos golpearon los dedos produciendo un rumor inaudible, pero entusiasta. Tuvieron que atender a algunas de las prostitutas, que al ver aquello desmayaron de placer. Después del primer orgasmo, el Coronel seguía en erección; su miembro, con extrañas estrías, penetró a la chica desde atrás realizando sobre la mesa una exótica danza cimbreante que aún recuerdan sus simpatizantes cuando se mueven rítmicamente al compás del célebre bombo. En fin, el Coronel terminó dos veces más en medio de las ovaciones. Luego a Farrel le informaron que un grupo de estudiantes secundarios se había presentado a vivar a Perón y a pedir su autógrafo. Nueve meses después, Patricia Muller dio a luz, cuando Perón con Evita estaba prófugo en El Tigre. Luego de sus primeras contracciones, asomó un bonete cónico, agudo, negro, con lunas y estrellas dibujadas: había nacido el mago Zepol Arreghi, que aunque fuera hijo del Líder, y lo apoyara en todo, lo combatiría con saña en el mundo de lo sutil, de tal modo que los proyectos en que intervenía fracasaban sin excepción. En cuanto a las prostitutas, organizó fuerzas parapoliciales que las persiguieron por todo Buenos Aires, matándolas a medida que las encontraban. Quienes son peronistas consumados, dicen que Zepol Arreghi ha muerto, pero que aún vive en los sueños de los hombres...
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| ©1999 Ricardo Iribarren • Internet, enero de 1999 • Editorial Letralia |
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