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Portada
Epígrafe
La levedad del General
La virilidad del Coronel
La desnudez del General
Estratósfera y cáncer
El resplandor de la víctima
La espina en el riñón
El gorrión anuncia...
La ceguera de Asdrúbal
Espectro en San Telmo
Los cordones de Aramburu
Chateo con Evita
Datos del autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
Los cordones de Aramburu

El General Pedro Eugenio Aramburu había perdido la compostura de sus primeros días de cuativerio. Miraba frente a sí, reflejando en sus ojeras y en sus arrugas la vejez que se había acumulado sobre él.

—Usted parece buena mujer —dijo a su custodia, que lo miraba fijamente en silencio. Afuera, en el campo, un grito lejano se filtró por los complicados caños de comunicación y llegó hasta el refugio subterráneo—. Me dijo que era maestra.

—Antes que nada soy militante peronista. Cumplo órdenes del General.

—Usted no sabe por qué me odia el General; el "Viejo", como le dicen ustedes. No sabe por qué mandó matarme.

—Desde ya que lo sé. Usted asesinó a militantes peronistas. Ahora, nosotros, desde el Tribunal Popular, soldados y jueces de la clase obrera y el pueblo trabajador, lo hemos condenado a muerte.

Aramburu se inclinó hacia adelante. La mujer estaba armada con una "Itaca"; la apoyó en su antebrazo.

—No tenga miedo, Norma. No haré nada para escapar —Aramburu sonrió con tristeza—. Los años y la proximidad de la muerte me han dado cierta sabiduría. Puedo ver en sus ojos y en los de sus compañeros la decisión de acabar conmigo. Sé que por mí han muerto muchos. Algunas noches suelo sentir la sangre que clama desde los basurales de José León Suárez y de todo el territorio de la Patria. Norma, creo que la proximidad de la muerte me permite conocer el lenguaje de la sangre...

Interrumpieron al General cuatro golpes sobre la madera que daba al otro cuarto.

—Es Mario —Norma Arróstito se levantó y caminó hacia la puerta.

—Norma...

Se detuvo y se volvió hacia Aramburu.

—Ahora mismo veo una gran mancha de su sangre contra una de las paredes de Buenos Aires. Ella me dice que los titulares de los diarios hablarán de un enfrentamiento con el ejército...

La mujer le dio la espalda, abrió la puerta y salió. Allí estaba Mario Firmenich, también armado con una Itaca.

—Llegó él —anunció con tono ansioso.

—¿Él?

—Él.

—Pero...

—Es el General quien lo envía. Trae una autorización de su delegado personal. Quiere presenciar la ejecución.

Norma Arróstito lo miró desconcertada.

—¿Cuál es el próximo paso?

—Dentro de unos minutos entraremos donde está Aramburu y le preguntaremos cuál es su última voluntad. A partir de allí él querrá ver todo.

—¿Dónde será la ejecución?

—En la pieza de al lado.

—¿Aquí mismo? ¿En el refugio?

—Es el lugar más seguro: hay suficiente cemento para amortiguar el sonido del disparo.

Mario Firmenich y Norma Arróstito se miraron. En la comisura del hombre, bajo su nariz, había un leve temblor. Miró su reloj.

—Ya es la hora —se volvió hacia la puerta que daba a un salón más grande, y habló poniendo la mano en la boca para ahogar los sonidos—. Almirante, puede pasar.

El hombre entró vestido con su uniforme: era bajo de estatura y sacaba pecho. Llevaba debajo de su brazo una carpeta azul y sus manos estaban enguantadas en negro.

—Almirante Rojas, está todo preparado.

—Procedamos, entonces.

Los tres pasaron a la pieza.

—Isaac... en el fondo te esperaba; sabía que ibas a venir.

—General Aramburu: es usted un prisionero de guerra. Debiera conservar su dignidad y un trato respetuoso.

—¿Conservar para qué? Se acerca la hora de mi ejecución. Ya sé el nombre de mis verdugos.

El Almirante Rojas siguió inmóvil frente a Aramburu. No lo miraba a él; sus ojos se perdían en un punto detrás del prisionero.

—Vengo a otorgarle su última voluntad. Necesito saber cuál es.

Aramburu dejó de sonreír.

—Vos sabés, Isaac; no necesitás preguntárme por mi última voluntad.

—No hay nada que pueda suponer de antemano y repito la pregunta: cuál es su última voluntad. Debe decidirlo y expresarlo con claridad.

Hubo un momento de silencio. Norma Arróstito y Mario Firmenich se habían puesto uno a cada lado de la puerta del cuarto. Hacía calor: estaban bajo tierra y la ventilación era mínima. Isaac Rojas tenía la cara cubierta de traspiración.

—Repito, General: ¿cuál es su última voluntad?

Aramburu bajó los ojos con un gesto de cansancio.

—Mi última voluntad es pasar otra noche con ella.

—Explíquese, General. ¿Quién es ella? ¿Su esposa?

—Cuando digo "ella" me refiero a Eva Perón. A su hermoso cadáver que me acompañara en estos últimos años y que aún está en mi pisito de Gaona y Callao.

Norma Arróstito miró a Aramburu con asombro e indignación; Mario Firmenich permanecía con una sonrisa burlona, sosteniendo flojamente su "Itaca".

—General, sabe que eso es imposible —repuso el Almirante—. La inteligencia a mi servicio se ha encargado de sustraerla y llevarla a mi departamento de Olivos, donde descansa esperando mi regreso de esta misión.

Aramburu pareció desplomarse. Su rostro se deformó de dolor.

—Debía haber pensado que se trataba de eso. La guerra de Troya se desarrolló por una mujer viva. Ahora mi muerte, que hundirá al país bajo torrentes de sangre, será por el cadáver de una mujer....

—Se trata de un cadáver especial.

—Si lo sabré... Conviví con él diez años. Es un cadáver que tiene vida propia. Que trasmite mensajes desde su inmovilidad.

—Perón cree que teniéndolo yo pasará a él. Nuestra oposición política es ficticia. Pertenecimos a la misma logia militar, recibimos la misma iniciación y compartimos iguales secretos. En el 40 él era Venerable Maestro y yo Secretario de Actas. Me negaré a darle a Eva. Quedará a mi lado. Creo que merezco tener esta felicidad en mi madurez.

Rojas puso sobre la mesa la carpeta azul: los bordes de varias fotos asomaban por los costados.

—¿Qué es esto? —preguntó Aramburu.

—Puede abrirlo y disponer de él por el tiempo que le asignemos.

El General tomó la carpeta y la abrió: su corazón latió aceleradamente y sintió la boca seca. Frente a él había varias fotos tomadas recientemente. En la primera, el cadáver de Evita estaba desnudo, boca arriba, con sus cabellos sueltos, mostrando sus pequeños senos y el vello de su pubis cuidadosamente delineado por Aranda. En la siguiente, estaba boca abajo, con los brazos hacia arriba, y el cabello recogido con una hebilla que representaba el escudo peronista. Se apreciaba la textura de sus nalgas, blancas y redondas, llenas de sustancias extrañas para darles consistencia; después desfilaron imágenes del cuerpo de perfil, acostado, con la cabeza hacia atrás, sus pechos en primer plano; sus ojos abiertos, como mirando un punto indefinido. En la última de las fotografías apareció el Almirante Rojas, con su uniforme de gala, abrazando el cuerpo; su mano derecha se apoyaba en el pezón izquierdo de Evita.

—Estas fotografías son lo único que podemos ofrecerle. Traer hasta aquí el cadáver es demasiado complicado; además, tenga en cuenta que al pertenecerme, en la logia que compartiéramos con Perón se han celebrado mis nupcias con la muerta en un rito que se remonta al maestro Hiram. Lo que podemos hacer es retirarnos y darle exactamente veinte minutos para que se masturbe con las imágenes.

Aramburu bajó la cabeza. Norma Arróstito se acercó, le desató las manos y le alcanzó una jofaina y una toalla.

—En el otro extremo del cuarto tiene una piletita para lavarse cuando termine.

El Almirante Rojas, seguido por los militantes peronistas, salieron de la habitación.

—He notado que el General está descalzo —dijo Rojas a Firmenich.

—Por razones de comodidad le permitimos permanecer en medias.

—Bien: cuando se ponga los zapatos, no permita que se los abroche. Al levantarse y caminar tres pasos, usted pisará uno de sus cordones, de modo que caiga al pisar por cuarta vez. Cuando esté en el suelo lo ejecutará. Deberá utilizar la pistola "Lugger" que le mandara personalmente el General Perón. El disparo será efectuado siguiendo una línea transversal y la bala deberá alojarse detrás de la oreja izquierda. Nuestro ejército, formado en la más pura tradición prusiana, sabe los lugares de la cabeza donde las balas matan en forma más inmediata y sin dolor.

—¿Hay alguna razón por la que deba dispararle en el piso?

—Hay varias razones. La primera es que, al caer hacia adelante, usted tendrá libre la parte de su cabeza en la que deberá alojarse la bala. La segunda es que lo matará sin mirarlo a los ojos; usted es patriota y debe saber que esa es una de las formas argentinas de matar.

El rostro de Firmenich volvió a tensarse. La parte superior de su labio se contrajo otra vez, ahora frenéticamente.

—Y en cuanto a la versión de lo que pasó aquí... quiero decir, lo que contaremos a la posteridad...

—Cuando termine todo volveremos a ser enemigos. La historia del país es un complejo entramado de alianzas y odios. Piénselo bien: ni a ustedes ni a mí nos va a convenir que sepan de la presencia de uno y de otro en este lugar. La gente, el pueblo, es estúpido. Puede consumir mil historias contradictorias y darles una absoluta credibilidad. También esta es una característica de nuestra historia...

—Ya pasaron varios minutos —intervino Norma Arróstito.

Los tres entraron a la celda. En la mesa las fotografías estaban desordenadas y Aramburu se terminaba de secar las manos. Al volverse hacia ellos advirtieron que tenía el cinto suelto y el pantalón abierto.

—General, debe ponerse los zapatos, arreglarse y peinarse —dijo Firmenich—. Es el momento de su ejecución.

Aramburu los miró con el rostro inexpresivo. Firmenich se acercó a él y lo vio calzarse: el General no se preocupó en atarse los cordones.

—¿Está listo? —preguntó el Almirante.

—Sí, aunque quisiera otra cosa antes de morir.

—Usted dirá.

—Quisiera que sea usted el que dispare, Almirante. Me repugna ser muerto por un vulgar civil.

—El señor Firmenich no es un vulgar civil. Él colabora activamente con los servicios de inteligencia nacionales y extranjeros...

Mientras hablaba, Norma Arróstito volvió a atarle las manos.

—Camine, General —ordenó el Almirante.

Aramburu dio dos pasos. Firmenich se acercó a él y cuando volvió a apoyar su pie, pisó uno de sus cordones. En el cuarto paso, Aramburu perdió el equilibrio y Norma Arróstito lo empujó hacia adelante. El General cayó golpeándose la frente contra una saliente del cemento. Firmenich se adelantó y disparó detrás de su oreja. Nunca supo que el prisionero había muerto de inmediato con el primer golpe.

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