Página anterior El ángel y las cucarachas   *   Ricardo Iribarren Página siguiente

Portada
Epígrafe
La levedad del General
La virilidad del Coronel
La desnudez del General
Estratósfera y cáncer
El resplandor de la víctima
La espina en el riñón
El gorrión anuncia...
La ceguera de Asdrúbal
Espectro en San Telmo
Los cordones de Aramburu
Chateo con Evita
Datos del autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
Espectro en San Telmo, José Ángel Tovar (1998)

Espectro en San Telmo

Con la muerte de la Abanderada de los Humildes, se cerraba una etapa en la historia de lo que dio en llamarse alguna vez la República Argentina. Las calles de Buenos Aires, hasta el momento llenas de detalles coloridos durante los días e iluminadas durante las noches, se convirtieron en reductos grises. Muchos comerciantes se descuidaron y dejaron que las ratas invadieran sus locales, de modo que la ciudad se llenó de roedores, que produjeron una epidemia de fiebre amarilla, la segunda en su historia. No sólo el pueblo lloraba, sino el propio General Perón también lo hacía en su soledad. Había dejado los asuntos de Estado con el consiguiente peligro, ya que los militares estaban al acecho y la burocracia que los rodeaba esperaba obtener un trozo de poder, una partícula de influencia.

En una tarde gris y triste en que caía una lluvia fina y gris y la muerte reciente estaba tras el cartón del cielo, el General, asomado a la ventana de su pisito de soltero de Gaona y Callao, escuchó que alguien pronunciaba su nombre. "¡Juan Domingo... Juan Domingo!". Se acercó a una cómoda y allí vio a su doble: el enano de pocos centímetros, vestido con su uniforme de general. Advirtió, a pesar de su pequeñez, que su mirada era clara y no tenía los rasgos del sufrimiento que le devolvía el espejo en los últimos días. "Juan Domingo, veo que estás sufriendo". Perón suspiró. "¿Te parece que puedo estar riendo desde que murió quien fuera la compañera de mi vida?". El enano negó con la cabeza. "Riendo no, pero al menos haciendo esfuerzos para lograr lo que quieres: tenerla contigo aunque más no sea que unos minutos, un puñado de segundos. Poder oírla nuevamante; hasta tocar su piel y sentir su aliento suave en tu rostro". El General quedó pensativo y miró fijamente a su doble; se detuvo para asomarse otra vez a la ventana: afuera la llovizna no dejaba de caer. "Eso es imposible, pibe. La muerte es un país desconocido del que nunca se puede volver...". Perón se interrumpió: el enano había desaparecido y en su lugar quedó una tarjeta. El General la recogió: "Mazapana Arcena - bruja, necromante y otras yerbas". Al pie estaba su dirección: una calle de San Telmo. El Líder pensó en enviar a alguien de su confianza a llamar a aquella mujer, pero decidió ir él mismo.

Fue así que salió de su pisito con un sobretodo de anchas solapas para no ser reconocido y caminó hasta San Telmo. Buscó la calle de la necromante: la dirección correspondía a un viejo conventillo. Protegido por sus solapas, Perón entró a un patio común con una bomba de agua, rodeada de niños sucios, borrachos dormidos en el suelo y embarazadas tristes. Una niña sin piernas se arrastraba y alrededor suyo varios borrachos reían sin parar. El General anotó mentalmente aquellas escenas: no era posible que en la Argentina de Perón hubiera ciudadanos que sufrieran.

Preguntó a una anciana por la necromante, y la mujer señaló una pieza al fondo, formando un túmulo de piedra que parecía crecer como un cáncer debajo de las glicinas. El General se detuvo junto a él y golpeó una puerta de madera. Alguien le dijo que entre y abrió. En medio de un olor a excrementos y a traspiración, a cama con sábanas sucias; alrededor de un roñoso balde que recogía una gotera desde el techo, vio a una mujer joven y hermosa, limpia y de piel excesivamente blanca. Estaba sentada en la cama. "Pasa, Juan Domingo. Habrás notado que en la Argentina de Perón sigue habiendo pobres, y yo estoy entre ellos. En alguna época fui una oligarca, y ahora soy una admiradora de Eva Perón". El General estaba asombrado. "Me dijeron que podías ayudarme, piba. Me dijeron que podías hacer que Evita apareciera un puñado de segundos para que yo la salude, la acaricie, la escuche y le dé el adiós definitivo...". La mujer se incorporó: vestía un trajecito idéntico a uno de los que luciera la compañera Evita. Se acercó a un calentador a alcohol sobre el que hervía una pava. "La solución es simple. Cuando alguien muere, no sólo su cuerpo se disuelve, sino que su alma, su psique, vuelve a la comunidad que la cobijó. En el caso de la compañera Evita, su psique está fuertemente asentada en el pueblo...". Mientras hablaba, la mujer había tomado la pava llena de agua hirviente, volcándola sobre un mate que estaba preparado, pero en vez de echarla en la boca del recipiente, la iba arrojando sobre su dedo. El General la miró asombrado, fascinado por la quemazón de la carne.

"Cuando hablo de mis dotes de necromante me refiero al medio por el cual puedo hipnotizarte y reunir los restos psíquicos de la Abanderada de los Humildes. Ese sería su espectro, que además de mostrarse también podría hablar. Como está presente en su pueblo, en sus Cabecitas Negras, en sus descamisados; como está presente en tu corazón de águila, sus restos tendrán la suficiente fuerza para refractar la luz del día y mostrarla como cuando estaba viva". En ese momento la mujer se arrojó a la cara el contenido de la pava. El General no pudo evitar un grito: su rostro se descarnó mostrando partes del hueso, pero de inmediato pareció rehacerse tomando su aspecto anterior. "Juan Domingo, insensiblemente has caído en la trampa. Tú, el hombre fuerte, el poderoso, en este rincón inmundo de la Nueva Argentina, estás bajo la sugestión de mi mente. Esa es la condición para que veas a tu compañera del alma". El General iba a decir algo, pero se detuvo: una voz pareció surgir desde el piso de la habitación. "Juan...". Se volvió: frente a él, cerca de la cama, se formó un túmulo de luz que lentamente fue adquiriendo forma humana. "¡Juan..!". La voz era lúgubre. "Evita. ¿Sos vos, Evita?". Lentamente, Eva Perón había tomado forma: llevaba uno de sus vestidos blancos, que dejaba ver parte de su escote, y en su costado izquierdo lucía un broche con el escudo peronista. De él caían dos cintas celestes y blancas que llegaban hasta el piso. "Juan... ¿por qué me llamaste?". Perón se acercó tímidamente. "Quería verte, negrita, quería acariciarte una vez más... No puedo creer que estés acá. Acabo de ver tu cuerpo despedido por el pueblo, por los muchachos de la CGT...". El espectro levantó una mano. "No te acerques, Juan. La muerte no es tan terrible. Aquí hay luces, presencias... veo las caras sufridas de mi pueblo desfilar junto a mi tumba. La muerte es un viaje, Juan, un largo viaje hacia la tierra; hacia las estrellas que se guardan en la tierra. Yo extenderé mi mano y tú la tocarás. Es todo lo que puedo hacer por ti. Es lo más que puedo hacer para mitigar en parte tu dolor". Perón asintió y se mantuvo separado de su amada. Pasaron algunos minutos. Evita extendió su mano: blanca, casi trasparente. Perón se apresuró a extender la suya, pero ella lo detuvo. "Espera, Juan; yo llevaré mi mano donde está la tuya. Y recuerda: sólo a mí me han matado, pero volveré y mi nombre se convertirá en millones. El pueblo devorará mi cadáver y cada trozo de mi carne se convertirá en una partícula de luz dentro de los corazones argentinos".

El espectro levantó su mano y buscó la del General en un movimiento muy lento que pareció durar horas. Sus carnes parecían estirarse a medida que la tarde se iba poniendo y el sol de San Telmo iluminaba el cuarto desde distintos ángulos. "Ahora extiende tu mano, Juan...". La voz se escuchó lejana. El General obedeció y el espectro lo rozó con sus dedos. En ese momento algo se abrió debajo de sus pies, y se sintió rodar a un precipicio, cayendo desde los cielos que estaban debajo de San Telmo. De pronto se detuvo. Levantó con miedo la cabeza y se descubrió en su piso de Gaona y Callao. Extrañamente estaba más tranquilo; se incorporó, se asomó por la ventana y comprobó que había dejado de llover.

Página anterior ©1999 Ricardo Iribarren • Internet, enero de 1999 • Editorial Letralia Página siguiente