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Portada
Epígrafe
La levedad del General
La virilidad del Coronel
La desnudez del General
Estratósfera y cáncer
El resplandor de la víctima
La espina en el riñón
El gorrión anuncia...
La ceguera de Asdrúbal
Espectro en San Telmo
Los cordones de Aramburu
Chateo con Evita
Datos del autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
Estratósfera y cáncer

El General Perón y la compañera Evita protagonizaron el primer viaje de la humanidad al espacio. En la llamada "Nueva Argentina", y como parte de un secreto plan, se creó la primera nave espacial. Inútilmente las autoridades de "Sucesos Argentinos" intentaron apostar sus cámaras para filmar el evento. Debieron intervenir funcionarios policiales para persuadirlos a retirarse.

Los científicos no sólo ofrecieron al presidente y a la Primera Dama viajar en la nave, sino formar una pareja de gemelos exactamente iguales; un Perón y una Evita que fueron presentados unos a otros. La noche anterior al viaje participaron en una cena y cada uno de los líderes simpatizó con sus respectivas réplicas.

Al terminar la comida fueron a sus habitaciones privadas, y allí ocurrieron hechos que nadie conoce; que ni sus más íntimos colaboradores atreverían a imaginar. A la mañana siguiente subieron a la nave que arrancó sin dificultades. Todo fue muy bien, hasta que alguien logró filtrar la información sobre los dobles. Entonces surgió una pregunta que no pudieron contestar: los que ahora saludaban desde el balcón como siempre, ¿eran los verdaderos o los falsos Perón y Evita? ¿A quiénes se había enviado a la estratósfera? A fin de aclarar la cuestión, no servía recurrir a señas particulares de los líderes, ya que los sosías eran réplicas exactas hasta el último centímetro de su piel.

Grupos populares se reunieron en las esquinas y protagonizaron acaloradas discusiones; la policía debió recordarles que entre peronistas no debían llegar a antagonismos irreconciliables. Fue inútil que la CGT lanzara comunicados de prensa intentando calmar la situación. Fue inútil que Timoteo Vandor pronunciara un inflamado discurso acerca de las múltiples identidades de los supremos líderes argentinos. Fueron inútiles los anuncios de voceros de la casa de gobierno acerca de que se continuaría con el Plan Quinquenal. En el exterior, la noticia aportaba intranquilidad, y el Canciller debió contratar a tres secretarios para que evacuaran las consultas de los gobiernos extranjeros. El resultado fue que cuando la misión volvió con éxito del espacio exterior, se encontraron en la Nueva Argentina dos Perón y dos Evitas como resultados de una misteriosa conjunción entre los designios cósmicos y los abusos de la ciencia.

Una noche el General convocó a sus Cabecitas Negras a la gran Plaza de Mayo; allí fueron miles de personas y el líder habló con expresión sentida: "Cabecitas míos, pebetes, grelas, minas, minos, les diré que esta noche misteriosa, noche en la que se tocan el cielo con la tierra, el peine con la crencha engrasada, y la rosa con el rostro de la bacana, haremos una unidad sagrada entre los cuatro líderes que hemos quedado como resultado de nuestro viaje espacial". Aquella noche, en efecto, hubo una unión íntima entre los líderes y sus gemelos y de ellos salieron un Perón y una Evita gigantescos en el pleno sentido de la palabra: eran tan altos, tan inmensos, que todos a su alrededor parecían enanos. Aranda debió trabajar tres días y tres noches en las enormes cabezas para preparar sendos y suntuosos peinados ceremoniales. Muchas veces Perón se reunía con sus amigos y les decía: "Allá en el espacio hay cosas que son feten-feten, pipi-cucu: las estrellas no son estrellas: son mariposas que uno puede agarrar entre los dedos y aplastarlas; gritan como mujeres y cuando uno termina, tiene los dedos manchados de sangre de tanto apretar mariposas-estrellas o estrellas-mariposas".

En los tres cabalísticos meses que duraron los cuatro gobernantes, también se desarrolló el proyecto peronista sobre la usina nuclear en las proximidades de lo que hoy es Bariloche, en la provincia de Neuquén. Cuando estuvo listo el protorreactor, los Super Líderes exigieron asistir personalmente a su inauguración. Una noche de junio, un enorme avión negro llevó a la gigantesca y célebre pareja hacia el lejano sur. En medio de las soledades heladas, las luces de la base en las que se levantaba el protorreactor brillaban intensamente. A pesar de lo inhóspito de la región y de la falta de lugares habitados, se había dispuesto una división del ejército para impedir la presencia de personas sin la correspondiente autorización. Perón y Evita subieron a un gigantesco palco con un telón a sus espaldas en el que estaba dibujado el escudo peronista con pintura fluo. Frente a ellos el reactor nuclear levantaba su cúpula redonda que terminaba en un grueso pistón negro. Sonaron los compases del Himno Nacional; todos se pusieron de pie, lo entonaron con unción y cuando estaba terminando los interrumpió un sonido agudo. Varias figuras cubiertas con extrañas máscaras irrumpieron en el lugar. Los custodios personales de la célebre pareja se acercaron al palco: "Señores: hay una fuga de energía y puede ser peligroso...". La alarma seguía tañendo con más y más fuerza y frente a ellos el protorreactor aumentó de tamaño. Un núcleo brillante y rojizo en su centro creció sin cesar. Llegaron carros de asalto, autobombas y ejércitos de hombres con caretas contra la radiación. Perón y Evita recibieron sus respectivos equipos, y al avión que los había llevado se le dio la orden de regresar de inmediato.

Una vez en la Capital, la sagrada pareja fue sometida a sucesivos exámenes. Médicos del hospital "Presidente Perón" les efectuaron estudios con medicina nuclear y, al cumplirse un mes del accidente del reactor, detectaron en el General un cáncer en su próstata y en la compañera Evita, células cancerosas en su útero.

Los científicos más conspicuos de Argentina se reunieron con sus pares de Estados Unidos y Europa para tratar el caso. Después de tres días, salieron de su profundo retiro con una conclusión: "Hay que separar a los verdaderos Perón y Evita de los falsos; las células malignas pasarán a los clones y todo estará arreglado".

Se dispuso todo para la operación. La célebre pareja se internó en la misma pieza, en camas separadas. Aquella noche, Evita tomó la mano de Perón y lo miró a punto de llorar. "Juan, siento que me quitan algo íntimo. Sé que morirá una parte de mí, una amante de mí que soy yo misma y que había reencontrado después de aquella noche en que nos unimos tan íntimamente, en que fuimos uno. Siento que a ti te ocurre lo mismo. Ya no veré en tus ojos los ojos de tu doble...". Evita se interrumpió ahogada por las lágrimas. Perón la miró fijamente y apretó su mano antes de hablar. "Las águilas somos sólidas. Sabemos que el pueblo necesita de nosotros. Seré el hombre más fuerte del mundo y el más solitario. Alguna vez diré que 'los griegos son los padres de la revolución' y que 'para un argentino no hay nada mejor que otro argentino'. Y esas frases surgirán del sufrimiento del león acosado. Alguna vez pasearé solemne, gigantesco, por una Buenos Aires incendiada, y como Nerón cantaré sobre ella mi música silenciosa, acostumbrado al hedor de la sangre clandestina, a los gritos en sordina de los torturados. Alguna vez brillarán en Ezeiza en pleno día cráneos agujereados de peronistas fieles, de infieles peronistas...".

Al otro día, a primera hora se produjo la operación y fueron separados ambos cuerpos. Quedaron los cuatro en la sala de recuperación. El primero en recobrar el sentido fue el General. Se incorporó en la cama y miró fijamente a su doble hasta que abrió los ojos. "Mi expresión es fría, es dura", dijo. "Separarme de vos es doloroso. Es arrancar la mitad de mi cuerpo, pero el pueblo lo necesita...". Lo interrumpió un llanto. Un poco más allá el doble de Evita había despertado. "¡Tengo el cáncer en mi cuerpo!", exclamó. "Lo siento en lo profundo de mi útero. Ustedes me dieron la vida y ahora no quiero morir...". Evita, que también se había despertado, abrazó tiernamente a su sosías. "Yo debo vivir, pero dejá que beba tus lágrimas". La Abanderada de los Humildes sorbió las gotas que manaban de sus ojos y en ellas tres cabalísticas células cancerosas se filtraron por su saliva, llegaron a su sangre y se instalaron en su vientre. Allí quedaron, como brotes de flores oscuras.

En los días siguientes, la Primera Dama se recuperó y, pletórica de vida, salió al balcón para saludar a sus Cabecitas.

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