Página anterior El ángel y las cucarachas   *   Ricardo Iribarren Página siguiente

Portada
Epígrafe
La levedad del General
La virilidad del Coronel
La desnudez del General
Estratósfera y cáncer
El resplandor de la víctima
La espina en el riñón
El gorrión anuncia...
La ceguera de Asdrúbal
Espectro en San Telmo
Los cordones de Aramburu
Chateo con Evita
Datos del autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
El resplandor de la víctima

En la época de Perón hubo en las calles de Buenos Aires un feroz asesino de mujeres. Se dedicaba a matar prostitutas y en aquel momento, por su saña y ferocidad, se lo comparaba con Jack el Destripador. La "Asociación de Mujeres Peronistas", formada por Evita, le pidió a la Abanderada de los Humildes que intervenga personalmente en la aprehensión del asesino. Ella, luego de profundas y serenas reflexiones, decidió vestirse de prostituta a fin de atraparlo. Estrenó un vestido laminado que ajustaba su precioso cuerpo, generando una sensualidad sin límites. Siempre a través de contactos secretos de sus hombres de confianza, Evita trazó una calle para ella, en la que se ofrecía haciendo asomar su hermosa pierna por el tajo de su falda. Para disimular su identidad usó una hermosa peluca negra y rizada. El resultado fue devastador. De los cien barrios porteños llegaron bigotitos de catorce líneas, sobretodos de catorce ojales, polainas, patillas peinadas con fijador "Glostora" y guantes patito... Evita se ingeniaba para rechazarlos, ya sea porque les pedía un precio excesivo o porque simplemente se negaba. Ella estaba esperando al asesino, segura de reconocerlo apenas lo viera.

Cuando estaba por llegar el alba, y ya todos se habían retirado, llegó él: alto, moreno; originario de Santiago del Estero. A pesar del verano vestía un sobretodo negro que le daba un aspecto siniestro. "Sé quién eres, percanta", dijo a Evita. Ella lo miró un momento a los ojos y luego bajó a sus manos: las vio enormes, gigantescas en relación a su cuerpo, y por ellas advirtió que se trataba del asesino. "¿Quién soy? Tú me dirás", preguntó a su vez. "Eres la Abanderada de los Humildes, la Reina de los Cabecitas Negras, la dulce Evita. Ahora vendrás conmigo y yo derramaré tu sangre en la tierra. De allí brotarán las ciudades del futuro". Evita lo miró durante unos segundos. Estaba más hermosa que nunca, y una luz muy tenue rodeó todo su cuerpo. "Bien, deberemos ir. Supongo que escucharás a la tierra clamar por mi sangre". El asesino la tomó del brazo con su mano enorme y caminaron por la zona de Pompeya. en aquel entonces no estaba el cordón industrial, sino que aún se extendían los terrenos negados cantados por Homero Manzi. Llegaron a un descampado donde la tierra se abría redonda a la noche de verano. "Este es el lugar de mi sacrificio", dijo Evita mientras se desabotonaba el vestido laminado y lo dejaba caer, quedando desnuda a merced del asesino. "He sabido de tus crímenes. Sé que te destacas por los detalles macabros. Sé que mutilas a tus víctimas. Que al cuerpo de una de ellas lo convertiste en una enorme cara usando sus pezones como ojos. Ahora podrás hacer lo mismo conmigo. Nadie en el país podrá decir que la Abanderada de los Humildes se ha negado al deseo de uno de sus hijos".

El hombre, por primera vez en su carrera de asesino, vaciló ante la mirada firme de Evita. Tomó su cuchillo de hoja cavada y se acercó a ella: empezaría abriendo su delicado vientre y seguiría hacia arriba hasta destrozar su esternón y su pecho. Acercó la hoja que brilló bajo la luz de la luna de verano, y en ese momento se detuvo: el mango del facón ardía en su mano. Intentó sostenerlo con la otra, pero el calor era insoportable y debió tirar el arma. Del cuerpo desnudo de Evita surgieron rayos pequeños e intensos que la hicieron parecer una virgen o una iluminada. El asesino sintió un temor reverencial y cayó de rodillas a sus pies. La Abanderada de los Humildes acarició su cabeza. "En el fondo tú también eres un Cabecita Negra, mi Cabecita Negra. Ahora vete. No matarás más mujeres y recordarás dos cosas: irás todos los días de casa al trabajo y del trabajo a casa y sabrás que Perón cumple y Evita dignifica".

Página anterior ©1999 Ricardo Iribarren • Internet, enero de 1999 • Editorial Letralia Página siguiente