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| El ángel y las cucarachas * Ricardo Iribarren |
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Portada Epígrafe La levedad del General La virilidad del Coronel La desnudez del General Estratósfera y cáncer El resplandor de la víctima La espina en el riñón El gorrión anuncia... La ceguera de Asdrúbal Espectro en San Telmo Los cordones de Aramburu Chateo con Evita Datos del autor Ilustrador: José Ángel Tovar Editorial Letralia |
![]() La espina en el riñón
Después de los discursos se presentaron carrozas seguidas por conjuntos folklóricos de las diversas regiones del país, que cantaban y bailaban danzas nativas dedicadas al Líder. Perón, con su camisa al viento, sus brazos levantados y su sonrisa carismática, saludaba a la multitud que no cesaba de vivarlo. Una de las carrozas, la de la provincia de Lafquenche, estaba encantada. Su frente era un enorme mascarón de proa reproduciendo una Gorgona; al pasar frente al gigantesco palco presidencial, se volvió hacia Perón y Evita y abrió sus grandes ojos. Apenas lo hizo, la Sagrada y Argentina Pareja se convirtió en un par de estatuas. Del enorme mascarón de proa, de la boca de la Gorgona, alguien agitó una bandera roja con la hoz y el martillo grabados en blanco. Como represalia, un grupo de la Alianza Libertadora Nacionalista que estaba frente al Partido Comunista rompió los ventanales del edificio, violó a las mujeres y mató a los hombres que estaban en su interior. Por su parte, la carroza encantada se convirtió en una fiera gigantesca que requirió esfuerzos de patrullas policiales y de cuerpos de bomberos para detenerla, hasta que de pronto se transformó en una rata que se perdió por las alcantarillas de la ciudad. En tanto, los médicos más conspicuos fueron convocados para examinar a Perón y Evita: eran dos estatuas sonrientes, de cal muy fina; apenas las tocaban se desmenuzaban, por lo que una empresa conocida donó grandes cantidades de celofán con que los envolvieron. Los periodistas de "Crónica" y de "La Prensa" tomaron fotos de la pareja convertida en piedra caliza; las radios, desesperadas, trasmitieron la noticia, que también fue de boca en boca, por los suburbios. Desde los mendigos que dormían bajo los puentes hasta los más ricos industriales, todos, con lágrimas en los ojos, aguardaban atentos el desarrollo de los hechos. Caía la noche cuando el jefe médico del Hospital de Buenos Aires, anunció que la ciencia no podía hacer nada. En tanto, milicias populares recorrían las alcantarillas buscando entre las ratas aquella que había sido la carroza hechizada por el Comunismo Internacional, cuyo influjo convirtiera en mineral a Perón y Evita. La noticia siguió su curso, salió a los campos, llegó a las viviendas humildes de los peones, a quienes Perón desde la Secretaría de Trabajo había ayudado con su Estatuto. Lloraron al saber que sus líderes se habían convertido en piedra caliza. La noticia siguió su curso, se extendió a todos los puntos del país y llegó finalmente a la cueva de doña Financia en la provincia de La Rioja. Era una mujer muy vieja, conocida por sus poderes. En su juventud, había obtenido su fuerza de una salamandra encantada que al mirar producía el mismo efecto de la Gorgona del mascarón de proa. Doña Financia sintió pena por Perón y Evita, y apenas le dijeron lo que había ocurrido fue al campo, buscó raíces, plantas, excrementos de ratas, orina de perro y otros elementos y se puso en camino a Buenos Aires. Había avanzado un par de kilómetros, cuando descubrió una planta mágica a la que arrancó del suelo: con ella pudo volar hasta la estratósfera y en pocos segundos se encontró con la noche porteña, llena de luces. En la avenida "9 de Julio", ya hacía 24 horas que Perón y Evita seguían convertidos en piedra. La vieja doña Financia aterrizó al pie del palco: los obreros y el pueblo mantenían su vigilia. Los alumbraban velas "El sueño del Pibe" mientras esperaban que algún milagro devolviera la vida a sus líderes. La guardia personal detuvo a la vieja cuando intentó subir. "¡Déjenme!", dijo ella. "Yo vengo a traír el rimedio al General y a la señora Evita...". La vieja mostró dos morrales en los que portaba sus ingredientes. "Acá traigo el ungüento: unto las vergüenzas de los dos y quedan como nuevos...". El pueblo se levantó y elevó las velas, iluminando la noche y los perfiles rocosos y calizos de Perón y Evita. "¡Que la dejen! ¡Que la dejen..!", gritó a coro la multitud; la policía y los gremialistas permitieron a la vieja llegar a las estatuas. El Cardenal Primado fue despertado en la madrugada, y cuando supo que los líderes debían exhibir sus sexos, aconsejó utilizar una sábana consagrada para cubrirlos. Comandos especiales de la UES ocultaron los bajovientres del presidente y la primera dama, mientras la vieja revolvía su puchero cantando un himno incomprensible. En tanto, gente de confianza, entre ellos dos sacerdotes, dejaron al descubierto la hermosa y fina vagina de Evita y el imponente miembro de Perón. La vieja los untó con grasa parduzca y al terminar, las estatuas se disolvieron quedando en el palco dos montañas de polvo. Al ver aquello un bramido impresionante se escuchó en la multitud que tomó a la vieja y la descuartizó. Apenas terminaron de hacerlo, y bajo la débil luz del amanecer, de ambos montículos de polvo surgieron Perón y Evita, más jóvenes y sanos que nunca. Sin sentir vergüenza por su desnudez, saludaron al pueblo. "Ahora somos más que descamisados...", bromeó Perón mientras el Colegio Cardenalicio procuraba a toda costa colocarle un taparrabos confeccionado con hojas de parra importadas del Medio Oriente. Mientras ambos se vestían entre los gritos alborozados del pueblo, se escuchó una voz tonante que pareció llegar desde el sol que recién asomaba: "Han matado a la vieja Doña Financia. Desde ahora la provincia de La Rioja será una espina en el riñón justicialista".
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| ©1999 Ricardo Iribarren • Internet, enero de 1999 • Editorial Letralia |
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