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Portada
Epígrafe
La levedad del General
La virilidad del Coronel
La desnudez del General
Estratósfera y cáncer
El resplandor de la víctima
La espina en el riñón
El gorrión anuncia...
La ceguera de Asdrúbal
Espectro en San Telmo
Los cordones de Aramburu
Chateo con Evita
Datos del autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
La desnudez del General

Entre sus propiedades, el General Perón tenía un piso con terraza en la zona de Retiro; aquel día se asomó por la ventana y aspiró el aire de una ciudad aún sin polución. Buscó con la mirada la cercana estación de trenes, a la que llegaban felices trabajadores de las provincias del norte a laborar en la populosa Buenos Aires. El sol, intenso, enorme, brillaba en el gran mediodía despejado.

El general volvió a su cuarto y miró a su alrededor: el mobiliario era de fines del siglo pasado; un empledo rengo y silencioso seguía lustrando la caoba que ya brillaba como diamante.

De pronto, encima de una suntuosa cómoda, Perón advirtió algo blanco que se movía; al principio le pareció un insecto extraño, pero al mirarlo con atención se vio a sí mismo en una versión de pocas pulgadas, vestido con su uniforme de General. Aunque el Líder de los Trabajadores no temía al peligro, al ver aquello se sintió inquieto y retrocedió. Estuvo tentado de avisar a Asdrúbal, el mucamo, quien en ese momento le daba la espalda pasando "Brasso" a una estatua de bronce, pero sintió que debía afrontar aquello, ya que no debía desmerecer su fama de hombre más viril de la República. "Asdrúbal, haga el favor de retirarse que debo meditar", pidió con tono amable, y el criado se retiró rapidamente sin advertir la presencia del extraño ser. Perón se acercó a él y el enano lo detuvo con un gesto. "No hay nada que temer, Juan Domingo. Soy tú mismo, y no te harías daño a ti mismo. Ademas, considerando mi estatura, para deshacerte de mí te bastaría aplastarme con una presión de tu pulgar y todo seguiría como está". El general sintió curiosidad. "¿A qué has venido?", preguntó. "Vine a recordarte días pasados, años anteriores. ¿Recuerdas cuando estuviste en Italia; aquella noche en que paseaste abrazado con Benito por las riberas del Po? Llegando al Coliseo se detuvieron a ver el amanecer y luego Benito te invitó a su casa...". Perón lo detuvó con un gesto de fastidio. "No es conveniente que eso se haga público", dijo. "Los enemigos del Justicialismo pueden usarlo en mi contra...". La figura lo interrumpió con un ademán castrense. "Si te dije que soy tú mismo, con eso es suficiente: es sólo ilusión si estás pensando que hablas con alguien separado de ti. A lo que quiero llegar es al momento en que tú y Benito estaban solos en su departamento con vista a la Via Rimini. Él se quitó lentamente la ropa y quedó desnudo. Con un gesto te invitó a hacer lo mismo y tú obedeciste. ¿Recuerdas entonces la plenitud con que mostraste tu cuerpo? ¿Recuerdas la mirada de admiración de Benito al ver tu torso atlético, tu cintura estrecha? Bien, Juan Domingo: ahora te lo ordeno; deberás salir desnudo afuera y expresar tu grito de guerra, no sólo con tu voz, sino con tu cuerpo. Ahora mismo te quitarás toda la ropa frente a mí que soy tú mismo, y luego saldrás a la terraza. Los habitantes de Buenos Aires y tus Cabecitas Negras comprenderán tu gesto. Ellos te apreciarán más y quedarás en la historia como el presidente y el militar que se animó a exhibir su desnudez...". El Líder de los Trabajadores se quitó entonces su ropa de paisano y cuando llegó a los calzoncillos y dejó su sexo al descubierto, la pequeña réplica de sí mismo desapareció. Entonces el General salió a la terraza, en medio del asombro de los vecinos de las casas cercanas, y lanzó su grito de guerra: "VIVA PERÓN, CARAJO...".

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