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Portada
Epígrafe
La levedad del General
La virilidad del Coronel
La desnudez del General
Estratósfera y cáncer
El resplandor de la víctima
La espina en el riñón
El gorrión anuncia...
La ceguera de Asdrúbal
Espectro en San Telmo
Los cordones de Aramburu
Chateo con Evita
Datos del autor
Ilustrador: José Ángel Tovar
Editorial Letralia
El gorrión anuncia..., José Ángel Tovar (1998)

El gorrión anuncia...

En 1951 se celebró el Día del Petróleo y Perón y Evita saludaron a las distintas delegaciones que llegaban de los puntos más lejanos del país. Una multitud se reunió en la Plaza de Mayo. Obreros traspirados, que llegaban presididos por sus queridos líderes gremiales.

Entre los metalúrgicos, había un muchacho humilde y trabajador: Antonio. Era muy joven y siendo niño había admirado al Coronel Perón, quien, desde la Secretaría de Trabajo, repartía sus bendiciones a las masas.

Antonio había forjado en su fábrica el mástil de una bandera celeste y blanca con una varilla de acero, larga y brillante que terminaba en una punta aguda y filosa. Cantó con la multitud la marcha peronista, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y su vista se clavaba en Perón y Evita, que, desde el ahora legendario balcón, saludaban a la multitud. En el colmo del entusiasmo, Antonio arrojó hacia arriba la bandera, cuya asta fue a clavarse en el corazón de un gorrión que en ese momento sobrevolaba la plaza. El ave cayó muerta. Los obreros que estaban junto a Antonio dejaron de cantar y se apartaron: mientras una mancha roja cada vez más grande iba cubriendo su pecho ceniciento.

Un líder metalúrgico conocido como "El Gran Lorenzo", se acercó a Antonio y lo tomó de las solapas. "¿Sabes lo que hiciste, mocoso? Acabas de matar la paz, la serenidad que debe llenarnos a todos los peronistas. Con tu gesto has liquidado la sencillez de los diarieros, de los tranviarios, de los carboneros y de los portuarios. Con esta muerte has dejado las alpargatas por los libros. Ahora mismo te voy a llevar con los compañeros Perón y Evita para que castiguen tu acto...". Antonio intentó protestar: quiso explicar que era un accidente, que él era un muchacho trabajador; que obedecía al General, yendo diariamente de su casa al trabajo y del trabajo a su casa, pero todo fue inútil. La masa, enloquecida de furia, lo llevó tomándolo de los brazos, mientras algunos enarbolaban el cuerpo del ave y gritaban sin cesar "¡Leña! ¡Leña..!".

Detuvieron a Antonio y lo alojaron en las mazmorras de la Casa Rosada. Durante la noche lo torturó el fantasma del gorrión. Se presentaba como un ave enorme, acercaba su pico a él pero no lo tocaba, y se limitaba a mirarlo con sus ojos llenos de tristeza.

Al amanecer los guardias le avisaron que Perón y la Abanderada de los Humildes lo recibirían en su despacho. Allí fue conducido. El General estaba de pie, mirando frente a sí con ojos graves, y Evita estaba blanca, hermosa, sentada en una silla. Antonio pensó que parecía una reina, bella y terrible, y tembló al ver en la mesa frente a ella el cadáver del gorrión con la bandera argentina clavada en su pecho. "Pasa, descamisado mío", dijo Evita con una voz tan dulce que varios pájaros que volaban sobre la Casa Rosada se detuvieron. "Pasa y siéntate. Detrás mío verás al águila. Él abre sus garras y destroza a sus enemigos. Ahora te pregunto, si Perón es el águila, ¿qué ave soy yo?".

Antonio, que había leído "La razón de mi vida", bajó la cabeza antes de contestar: "Usted, Señora, es... el gorrión". Evita asintió: "En efecto, mi querido Cabecita Negra, mi muchacho peronista. Lo hemos conversado toda la noche, y tu gesto al arrojar la bandera y clavarla en el ave no ha sido matar la paz y la sencillez, como dicen los gremialistas. Tú, que eres un profeta surgido de las filas del pueblo, te has limitado a anunciar mi fin. Yo, que soy el gorrión, seré alcanzada por la flecha del destino, del destino celeste y blanco que es la base de mi ser". Al escuchar esto, Antonio se echó a llorar. "No quiero que muera, señora; nosotros, el pueblo, la necesitamos, como el sediento necesita del agua, como el moribundo la Eucaristía...". Antonio cayó de rodillas sosteniéndose la cara con las manos, mientras el General Perón seguía callado, con sus facciones duras, acostumbrado al dolor. Evita se levantó: alta, hermosa; llevaba un vestido ajustado hasta la cintura y largo hasta los tobillos. Se acercó al muchacho y puso sus manos blancas encima de su cabeza. "Me ves bella; sé que lo soy, pero muerta voy a ser más bella. Debo morir joven para dejar tras de mí un hermoso cadáver por el cual los argentinos reñirán y se dividirán. Viva he conquistado al mejor hombre del mundo. Muerta, los hombres me amarán y me odiarán aun más a causa de mi belleza. Las multitudes rodearán de flores mi cuerpo y sabrán que la muerte tiene una belleza que aún no ha sido descubierta por la humanidad...". Evita se inclinó hacia el obrero, lo tomó de las axilas y lo obligó a incorporarse. "Esto lo has predicho con la muerte del ave. Ahora depositaré sobre tus labios uno de los besos castos que tengo reservados para los descamisados, y él te dará paz por el resto de tu vida...". Evita tomó la cabeza de Antonio y lo besó profundamente. Enjugó las lágrimas con su lengua, y luego le alcanzó el cadáver del gorrión. "Sé que eres soltero. Te pido que permanezcas célibe. Enviaré a un taxidermista para que conserve en tu hogar esta ave, que te dará calor y consuelo en las noches de invierno. Con ella nunca te sentirás solo. El Justicialismo será una masa caliente y luminosa que te acompañará todos los días de tu vida...".

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