
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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En la muy conocida monografía de Alan Turing publicada en 1950 con el título en inglés Computing Machinery and Intelligence, el celebrado matemático afirmaba que en menos de cincuenta años, desde esa fecha, serían construidas máquinas inteligentes, y se superarían todas las objeciones a su posibilidad, tales como aquella según la cual ninguna máquina sería inteligente mientras no tenga conciencia de lo que hace, por ejemplo: componer un soneto y discurrir acerca de su contenido. Turing afirmaba que para el año 2000 —o un poquito después, como corrigieron sus admiradores— habría máquinas con la capacidad de componer versos y comentarlos. Supóngase que una máquina escribe un verso como esta parte de “Lo fatal”, de Rubén Darío:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
y más la piedra dura porque esa ya no siente;
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente...
Según Turing, tal máquina podría sostener un diálogo como el que sigue:
Interrogador: Muy hermoso su verso, pero ¿no se contradice al afirmar simultáneamente que árbol y piedra son dichosos y a la vez que no sienten?
Máquina: En tal contradicción está el sentido.
Interrogador: ¿Podría explicarse mejor?
Máquina: Usted no puede esperar que la fría lógica de la razón rija la poesía. La intención de “Lo fatal” es expresar la angustia existencial de tener conciencia. Así se contrasta el sentir humano con el no sentir de la materia: el poeta ve detrás de las formas externas otras cosas; ese algo misterioso no es aprisionado por la razón sino por la actividad creadora. Para el poeta, árboles y piedras pueden no sentir y por ello ser dichosos.
En consecuencia, afirma Turing, nadie dudaría ni por un momento que una máquina capaz de mantener un diálogo así realmente no piensa o no tiene conciencia, a menos que tal persona sostenga el solipsismo extremo de que el único modo de saber que una máquina piensa es ser tal máquina. Inspirados por este argumento, los investigadores de la compañía ITM, es decir, de la International Thinking Machines, propusieron a la junta directiva de la empresa el más ambicioso y humanitario proyecto jamás concebido por empresa alguna con ansias de lucro. El proyecto consistiría en construir una máquina experta, un poeta mecánico, que asesoraría a las personas con sueños de poeta. De tal manera que cualquier ser humano, por desamparado de las musas que fuese, podría, en la tranquilidad de su hogar, en su oficina o en su sitio predilecto, dedicarse a la sublime y exquisita tarea de componer los más bellos poemas, con la sola asistencia del poeta mecánico, para su solaz y deleite —y, posiblemente, también para el de los más caros amigos de su círculo íntimo. Y, ¿por qué no?, hasta aspirar a algún premio literario. En secreto, los inversionistas cifraban sus esperanzas en que el programa sería acogido de manera universal, arrojando fabulosos y suculentos dividendos para la ITM y sus accionistas, pues cada uno de los hombres y las mujeres de este mundo, en algún momento de su existencia, han soñado con ser poetas, pero es ínfima la minoría con el verdadero talento y la virtud requerida.
Superadas esas limitaciones con el poeta mecánico, la humanidad entera se abocaría a la poesía mecánica, como antes lo había hecho masivamente con la internet, pero no tan espectacularmente como se esperaba ahora. Con tan loable propósito de beneficio público se emprendió el proyecto una vez que el financiamiento fue aprobado, los créditos comprometidos, los equipos suministrados y los especialistas en inteligencia artificial, ingeniería de conocimiento y literatura asignados y en sus puestos.
Cuando todo estuvo al fin listo, se comenzó por escoger con qué se alimentaría y cómo se programaría la superpoderosa computadora Deep Dreams, la más grande del mundo, construida, precisamente, por la ITM, y puesta por la junta directiva a la absoluta disposición de los investigadores del proyecto. En total participarían 250 especialistas entre literatos, gramáticos académicos y formales, lingüistas, antropólogos del lenguaje, historiadores, ingenieros de conocimiento, computistas, técnicos y supervisores, y varios millardos de dólares pasarían a los gastos y al pasivo de tan afamada empresa, que ya contaba con un siglo de experiencias exitosas e innovadoras en el mundo de los negocios internacionales, en el proceso que culminaría con la construcción del primer sistema experto en poesía mecánica o poeta mecánico.
Los especialistas del lenguaje se decidieron por el castellano como el idioma que se utilizaría para el primer modelo experimental con que se probarían los paradigmas científicos del proyecto. El chino, que lo habla el mayor número de personas en la Tierra, no es un idioma universal, aunque la poesía china es sabia y admirable, pero su sintaxis y alfabeto no han sido incorporados a la mayoría de los programas de computación en que se ha desarrollado la inteligencia artificial, en cuyos paradigmas se fundamentaba el ambicioso proyecto. La del inglés, más trabajada por los expertos en computación, era muy bien conocida y contaba con modelos formales en la gramática universal de Chomsky, pero no tenía toda la rica herencia latina del castellano, que competía con el inglés en universalidad y le superaba en raíces etimológicas grecolatinas de la cultura occidental en que predominaban los poetas bajo estudio. Por lo demás, ya se había logrado traductores automáticos y mecánicos tan eficientes entre un idioma extranjero y el castellano, que Petrarca, Dante, D’Annunzio, Milton, Shakespeare, Blake, Whitman, Shelley, Yeats, Victor Hugo, Baudelaire, Verlaine, Goethe, Hesse..., podían ser leídos en la traducción al castellano despertando quizás la misma emoción estética que sentían los lectores nativos en italiano, inglés, francés o alemán. Por otra parte, la sintaxis formal del castellano, indispensable para poder programarlo en el computador, se había elaborado desde época tan remota como el año de 1937, y sólo era necesario conocer 2.200 términos como los comunes empleados por poetas y escritores, desde la época de los poemas épicos griegos, veinticinco siglos antes de Cristo, pasando por Alfonso el Sabio, con su prosa romance, hasta el castellano contemporáneo de Jorge Luis Borges y los poetas underground de la ciudad de San Francisco en la mitad del siglo XX.
Fue evidente, entonces, gracias al cielo, que no era necesario alimentar a Deep Dreams con el conocimiento científico ni especializado ni profesional acumulado por los siglos, que no cabe en ningún computador ni en una red con todos los computadores del mundo, bajo la actual tecnología: los grandes poetas, afortunadamente, han escrito y escriben sobre las maravillas de las cosas sencillas de la vida diaria, de nuestros sentimientos, alegrías y pesares, ahogos y desahogos, frustraciones y satisfacciones, éxitos y fracasos, amores y desamores, pasiones y emociones, euforias y depresiones, virtudes y pecados, desesperanzas y esperanzas... Es decir, de nuestras vidas por este mundo como seres humanos comunes o trágicos y titánicos de la mitología, o complicados de las cortes reales, y hasta sus implicaciones metafísicas, y el conocimiento a que recurren no le es extraño a hombre culto alguno, acerca de los temas más sobresalientes de la cultura occidental en literatura, artes, música, arquitectura, escultura, costumbres y países. Aun así, la cultura general, aunque no especializada o científica, no de un hombre sino de todos los hombres, comprende una información tremenda, voluminosa; en consecuencia debería proveérsele a la máquina una enciclopedia tan grande por lo menos como la británica para poder llevar a cabo con éxito el proyecto. Y, además, programarla para crear imágenes, como mínimo, para las siguientes clases de sentimientos:
Sensaciones.
Ver, escuchar, oír, gustar, sentir aceleración, sentir calor, sentir presión, sentir náusea, sentir mareo, sentir sed, sentir falta de aliento, sentir que se duermen los miembros, orgasmo, dolor, shock eléctrico, dolor de cabeza, dolor de muelas, sentir la luz brillante, la oscuridad, cosquillas...
Reacciones.
Placer, complacencia, atracción, compasión, lujuria, repulsión, miedo, horror, rabia, exasperación, admiración, alegría, tristeza...
Emociones.
Gratitud, odio, satisfacción, arrepentimiento, pena, celos, envidia, piedad, indignación, preocupación, pesar...
Relaciones interpersonales.
Amor, amistad, odio, afecto, simpatía, confianza, devoción, admiración, desprecio...
Sentido del mérito de otras personas.
Respeto, apreciación, estima, desdén, reverencia...
Sentido del mérito propio.
Orgullo, respeto propio, rectitud, vergüenza, culpabilidad, modestia...
Estado de ánimo.
Alegría, euforia, interés, diversión, entretenimiento, paciencia, tolerancia, calma, paz, optimismo, pesimismo, miseria, depresión, aburrimiento, irritabilidad, enojo, resignación, desesperanza, esperanza...
El funcionamiento del programa principal o algoritmo estético-poético resultó el mayor logro intelectual de aquel equipo interdisciplinario de 250 personas, entre los que ninguno se atrevía a llamarse a sí mismo poeta —condición exigida para pertenecer al equipo, pues ellos serían los primeros en probar el programa y se esperaba que nunca hubiesen hecho antes poesía—, y del que ellos se ufanaban como su mayor triunfo, pues algunos lo consideraban el éxito más significativo de la inteligencia artificial desde que se acuñara el nombre: el descubrimiento del algoritmo genético de la poesía, merecedor del premio Turing, el equivalente al premio Nobel en computación. Y solamente comparable al esfuerzo hecho por el equipo científico del llamado “camino óctuple”, que buscó y consiguió la partícula nuclear omega-menos empleando los trituradores nucleares más poderosos que existían a principios de los años sesenta, como el sincrotón del Laboratorio Nacional de Brookhaven, en Long Island, y en el que participaron 114 personas entre físicos, técnicos mecánicos y eléctricos inspectores, ingenieros eléctricos y mecánicos, operarios y también programadores, y que fuera el primero de muchos esfuerzos con máquinas más poderosas y mayor número de especialistas que se harían posteriormente en proyectos científicos similares, sin contar los compuestos por millares de personas en distintos centros industriales y tecnológicos de la exploración espacial. Sin embargo, el proyecto en busca del poeta mecánico tenía mucho parecido con el pionero de los sesenta en caza de la partícula omega-menos, por las expectativas creadas en un solo grupo.
Consistía el algoritmo o procedimiento del poeta mecánico en muchos pasos y etapas, y tal como hiciera Darwin para idear su teoría de la evolución, hubo que clasificar muchas especies de poesías, creadas por los gigantes de la literatura universal, según sus semejanzas y diferencias, antes que nada. Para ello se conseguía verso por verso la estructura lógica de cada poema, fundamentada en la gramática formal de Chomsky. Luego a cada verso y por igual procedimiento a cada poema que lo contiene, se le asignaba un número gödeliano. Este número es único para cada poema escrito, y codifica de tal manera la estructura del verso y los poemas que de él se puede extraer por decodificación el poema completo. Hay pues un número gödeliano para cada poema que se haya escrito en el pasado y se escriba en el futuro. Posteriormente se le asignaba un “grado” estético al número con base en las citas que se han hecho del poema en todo lo escrito que sea accesible. Así los poemas de Shakespeare, los más citados en la literatura universal, recibían el mayor valor estético. Luego se relacionaba el código de Gödel, el valor estético y las clases de sentimiento arriba señaladas como atributos del verso. Lo demás consistía en técnicas de programación por casos de los sistemas expertos, pues ya existían técnicas probadas para aprender por casos y aconsejar qué hacer en casos posteriores, con base en la experiencia acumulada: por ejemplo, las terapias recomendadas en muchos casos para curar un tipo de enfermedad eran aprendidas por algún sistema experto en medicina, por terapias exitosas aplicadas en casos similares anteriormente. Así, cuando un médico no especialista consultaba un caso, el sistema experto hacía de especialista consultado y recurría a casos iguales para repetir la terapia aplicada en aquéllos. Igualmente, cuando una persona consultaba al poeta mecánico el programa comenzaba por animarle a crear algún verso; cuando el poeta en ciernes escribía la primera línea o líneas, los atributos de las imágenes sentimentales que contenía eran estructurados y convertidos a sus números de Gödel; a su vez, se comparaba con el modelo de poesía más parecido entre los de todas las poesías de los grandes poetas almacenadas en la memoria del Deep Dreams, por los números de Gödel de aquéllas más cercanos al de los versos en construcción. Y, a medida que se construía el poema, se le daban consejos al poeta principiante para que siguiera alguna pauta de poetas conocidos, acercándose al número estético ideal dentro de la poesía que así paso a paso se construía, reduciendo al mínimo posible la diferencia entre los números de Gödel del modelo y el del principiante —aunque nunca la diferencia llegaría a cero, por genial que fuese el principiante, dada la singularidad del número Gödel. Hasta que al final quedaba un verso con alto valor estético y luego un poema con iguales cualidades.
Año tras año se fue codificando y alimentando el computador con los poemas escritos por los grandes poetas de todos los tiempos, traducidos al castellano o de las distintas etapas del castellano desde Alfonso el Sabio. Es decir, desde las épocas de la imposición del castellano sobre las otras modalidades hispánicas, cuando fuera declarado en el siglo XIII lengua oficial de la península, hasta nuestros días.
Diez años después, la hora cero había llegado. Se decidió realizar una primera prueba en absoluto secreto, como hasta entonces había sido guardado sigilosamente todo lo importante del proyecto. También se decidió que la máquina no diera ningún consejo como experta poetisa, sino que tratara una poesía propia, libre, como mejor le pareciera, para facilitar las cosas en el primer intento. Es decir, que escribiera un poema animándose y consultándose a sí misma como experta. La máquina fue encendida en la presencia expectante de todo el equipo de investigadores bajo estrictas medidas de seguridad, y con el comando start inició el proceso: a la deslumbrante velocidad de sus circuitos, al Deep Dreams. Pero lo que sucedió a continuación nadie lo esperaba.
El Deep Dreams había iniciado, al parecer correctamente, su procesamiento cibernético como poeta, y todos esperaban que en pocos minutos publicara su primer poema mecánico, pero pasaban los minutos, luego las horas y la máquina no se detenía. Los expertos habían incluido los programas puntos de alerta que detendrían al computador si se detectaba un loop; valga decir, un rizo sin salida que repetiría infinitamente una misma secuencia de instrucciones... Nada de eso pasaba. La máquina no parecía hacer algo mecánico; todo lo contrario, parecía intentar crear un nuevo pero gigantesco poema. Los días se acumulaban en semanas, las semanas en meses y, cuando ya se acercaba el año de procesamiento, al fin la máquina se detuvo. Los expertos revisaron los resultados antes de imprimirlos o darlos a conocer, y parecía que la máquina había superado a Milton, cuyo Paraíso perdido tiene doce mil versos, en millones de versos más. Pero ¿qué contenía aquel megacósmico poema? Bien, los historiadores y gramáticos comenzaron a encontrar trozos de todos los poemas escritos de historia de la poesía: desde la Atenas griega hasta las comunidades literarias de San Francisco. Allí podían identificarse versos escritos desde el siglo IV al VII por poetas griegos y romanos; de la literatura provenzal de los siglos XI al XIII; de la escuela siciliana a la shakesperiana del siglo XVI y XVII; de los petas románticos del siglo XVIII; de los grandes revolucionarios de la poesía en el siglo XIX hasta la generación beat de mediados del siglo XX. Pero nada tenía sentido. El trabajo de literatos en el proyecto no encontraba cómo entender lo que aquel poema mecánico pretendía, si algo pretendía, y llegaron a la conclusión de que, si se considera a cada verso “un estado mental estético”, como decía Verlaine, entonces la máquina trató de resumir en un solo poema todos los estados mentales de inspiración de todos los grandes poetas de todos los tiempos, lo que resultó imposible: infinitos estados mentales no se pueden reducir a un solo estado mental finito.
El caso es que, después de intentar tal titánico esfuerzo creativo, la máquina se detuvo, dio por terminada su tarea y más nunca volvió a encenderse, como enferma de muerte por un virus cibernético fatal, colapsada por el esfuerzo, al parecer superior a sus propios poderes... Los investigadores todavía no hallan qué hacer. Lo más seguro es que archiven los resultados que no comprenden, devuelvan al Deep Dreams para que lo reparen y ocupen en otros menesteres, y cierren la investigación. El problema de explicarles a los acreedores y accionistas a dónde fue a parar tan inmensa inversión les queda a los contadores, que tienen muy poco de poetas cuando de cuentas se trata, y sin duda a los abogados demandantes. En cualquier caso, ya cada uno busca furtivamente otro trabajo fuera de la ITM, y nadie está pensando en reclamar sus prestaciones.
- Poesía mecánica - jueves 23 de mayo de 2024


