
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Paseábamos por un prado cuando Safiya —o la réplica de Safiya, que para el caso es lo mismo— dijo: “Los colibríes no emigran”.
El acabado, bien alejado de esos productos industriales que suelen descuidar los detalles, revelaba la mano de un artista. Seguramente era obra de un maestro de ingeniería biosintética.
—Las golondrinas emigran, pero los colibríes no —insistió la mujer artificial mientras seis o siete pajaritos revoloteaban a su alrededor, succionando el néctar de las flores o cruzando velozmente de un extremo a otro del jardín.
—Ella no solía hacer observaciones demasiado inteligentes —acotó con un dejo ácido mi anfitrión, el dueño de la isla y del jardín por el que caminábamos sin prisa.
El hombre, ex esposo de Safiya, era propietario de algunas de las empresas más grandes del continente y disponía de una fortuna considerable. La isla se ubicaba en el Atlántico frente a la costa exuberante del norte de Brasil. Había sido concebida como nido de amor de la pareja, pero en aquel momento se parecía más a una jaula. Una jaula dorada y solitaria.
—Cuando decidí encargar su réplica podía haber solicitado un programa de interacción más complejo, la IA lo permite, pero entonces no sería ella —aclaró y remató lacónicamente—. Como mencioné, nunca fue demasiado brillante.
No tenía por qué dudar de lo que decía, pero seguramente Safiya —quien sí había emigrado como las golondrinas— debía poseer alguna virtud que justificase el deseo de aquel hombre. ¿Por qué otra razón mandaría fabricar la copia?
La observé con cierto morbo. Safiya era, o había sido en la época en que fijaron sus rasgos sobre el ser sintético, una mujer linda sin llegar a ser hermosa. No me pareció que su aspecto explicase el motivo por el cual mi anfitrión había decidido gastar una fortuna ordenando la copia. “El amor discurre por caminos inescrutables”, pensé.
—¿Le agrada el jardín? —preguntó él, buscando desviar el tema con un comentario trivial.
—Es bellísimo —respondí sin pensarlo.
Debo admitir que era hermoso. El césped se extendía entre árboles de distintas especies hasta un acantilado que bajaba hacia el mar, desde donde el sonido de las olas llegaba hasta mis oídos. Los macizos de flores impregnaban el aire con aromas delicados. Arriba el cielo era diáfano, irreal, como si la luz se proyectase desde todos los extremos de la cúpula celeste. A nuestro alrededor los colibríes —milagro de movimiento y color— zumbaban sin descanso.
—¿Lo hizo porque la extrañaba? —lo interrogué con descaro.
—¿Se refiere a la réplica? —preguntó después de tomarse un momento para asimilar la sorpresa.
Yo lo miré a los ojos, pero no dije nada.
—No, no se equivoque —continuó intentando dotar a su voz de una expresión de desapego que sonaba patéticamente falsa—, lo hice por los colibríes, los extrañaba a ellos. Los muy malditos se habían acostumbrado tanto a verla que cuando se marchó se alejaron. Por eso la mandé a construir, para que regresaran.
En ese momento se dejó oír la voz de Safiya.
—Los colibríes no emigran —sentenció su copia.
Por un instante me pareció verla sonreír. El resto del paseo lo hicimos en silencio.


