
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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I
Una tarde de julio a finales de los cincuenta del siglo pasado, don Jorge Luis Borges1 y mi tío materno, el doctor Gregorio Topolevsky, se encontraron en el café El Preferido, de Palermo, donde solían citarse para “hablar de bueyes perdidos”, como decía mi tío. El café, sito en el edificio de un viejo almacén, le gustaba a Borges porque le hacía recordar el lugar donde se enfrentaban los cuchilleros de su niñez, que él veía tras el cerco de la casa paterna en ese mismo barrio. Una cortina de colores separaba el antiguo almacén del estaño, convertido ahora en café-bar, donde también se servían algunas minutas.
Yo era entonces un pibe de provincias que quería escribir, y participé —honor que nunca olvido— en su conversación. Ello fue posible gracias a que era huésped de mi tío Goyo durante las vacaciones de invierno. El diálogo, incluyendo alguna pregunta mía, fue más o menos como lo transcribo a continuación, si bien he tratado de llenar, a mi manera, los huecos de la memoria. Después de varias décadas de aquello y de ejercer el oficio de escribir, sé que, de todas maneras, el escritor siempre miente, aún sin saberlo.
—Cuando yo tenía mi consultorio en la calle Agüero, cerca del mercado de Abasto —contaba Goyo—, allá por el cuarenta y siete, me trajeron un hombre herido al que había que tratar de urgencia. Era uno de los matones del mercado y tenía la nariz hundida. Lo llevé enseguida al hospital. Al volver, el policía me estaba esperando. “Ese malevo”, dijo, “ha violado mujeres y amenazado a la gente durante las elecciones, de modo que no me apeno por su suerte. Pero el que lo golpeó, un gigante con capucha, corría tan velozmente como un caballo y no pude agarrarlo. Le juro, doctor, que esta noche no me tomé ni una sola copa de vino... Usted me cree, ¿verdad?”. “Claro que sí”, le dije, “ahora vaya tranquilo a casa, que ya todo ha pasado”.
—Esta no es la única ciudad del mundo que se ha adjudicado la presencia de otros gólems —dijo Borges—, parientes mágicos del de Praga en el siglo XVI. La versión local fue traída por los inmigrantes judíos del siglo XIX, que provenían de Europa Oriental y Rusia.
—Lo que a mí más me extraña de la leyenda del “Gólem porteño” —continuó mi tío— es la reiterada insistencia en su intención de defender al débil, al perseguido, como su homólogo de Praga.
—No obstante —repuso Borges—, es un mito derivado de otro. Todo no pasa de ser una charla de café, como el de tantos misterios de Buenos Aires, esta ciudad de soñadores despiertos.
—Quizá tenga usted razón —concedió mi tío Goyo—, pero algo me dice que debo seguir indagando...
—Para dirimir nuestra amable polémica le sugiero que visitemos al rabí Shoshani, retirado en Montevideo, que es el cabalista más notable de nuestro tiempo, ex maestro de Emmanuel Levinas y de Elie Wiesel, así como de un tal Jorge Luis Borges, aunque esto último es un secreto. Yo tengo que viajar a esa ciudad dentro de poco, por una visita familiar. ¿Qué le parece?
—Es una idea formidable, cuente conmigo —respondió el tío Goyo.
—¿Puedo ir yo también? —pregunté sonrojándome, sin saber de dónde había sacado la audacia para hacerlo.
—¡Por supuesto! —exclamaron ambos a la vez, y Borges agregó:
—Goyo me dijo que ya borroneas páginas, prométeme que algún día escribirás sobre esto. No importa cuándo...
Atragantándome con las palabras, y aún sin creer lo que estaba sucediendo, sólo atiné a balbucear:
—¡Lo jjjuuro! —ellos rieron, y yo miré al suelo para disimular mi vergüenza. Sobre la mesa, se enfriaban los cafés con leche y las incomparables medialunas apaisadas que habíamos pedido como merienda.
II
El rabí Shoshani vivía en una bohardilla, no lejos del Cerro de Montevideo; no tenía residencia fija y cambiaba frecuentemente de domicilio, sobre todo cada vez que retornaba de sus misteriosas desapariciones. Sin duda poseía “dones extraordinarios”, como le gustaba decir a Borges, que hoy llamaríamos percepción extrasensorial; porque, apenas nos hizo pasar a su abarrotado escritorio, dijo a boca de jarro con su dejo francés y conjugación vernácula:
—Vienen por lo del Gólem, ¿no es así?
Borges, que ya lo conocía y, como había dicho, era uno de sus discípulos ocultos, le respondió:
—Así es, rabí y maestro.
—¿Y qué quieren saber? Sobre ese tema se ha dicho mucho y escrito demasiado. Ustedes no han venido a escuchar una conferencia; para eso hubieran ido a ver a Scholem, que como todos los académicos no sabe nada de kabalá.
Borges se abstuvo de replicar, porque también admiraba al profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, y sólo inquirió:
—¿El Gólem pudo haber sido real?
—Pudo. Depende de lo que se entienda por “real”.
—Quiero decir, si en verdad el rabí Loëw logró crear un hombre artificial.
—Si es artificial no es real, en el sentido de un hombre cabal, valga esta palabra no sólo por “completo”, sino por “cabalístico”, o sea, hecho mediante la sabiduría esotérica.
—¿Cómo? —inquirió Borges, arrepintiéndose evidentemente de esta última pregunta.
—Eso no se los puedo decir, y aunque pudiera, no lo entenderían.
—Nos bastaría con su afirmación de que es posible, y no un mero producto de la imaginación humana —terció el tío Goyo.
—¿Puedo saber para qué? —ahora el rabí Shoshani parecía más amigable.
Goyo y Borges le contaron todo lo que sabían, turnándose, acerca del Gólem porteño. Él meditó un rato, y luego dijo mirando a Borges:
—Usted fue alumno mío, y no ignora que ése es un nivel oscuro de la mal llamada “cábala práctica”, al que pocos tienen acceso. La cábala es como la ciencia en su rigor, pero con “otros medios”, y ambas son maneras válidas de desentrañar los secretos del universo.
Y concluyó con esta profecía:
—Dentro de algunos años la ciencia también sabrá que es posible forjar un hombre, y no me refiero a uno artificial, a un robot, sino a uno real, de carne y hueso.
—¿Pero el Gólem no fue hecho de barro, o arcilla? —inquirió Borges.
—La tierra, como el polvo, son metáforas bíblicas para indicar lo natural, lo que vive, muere y revive. El Gólem es como un hombre, o casi; está hecho “a su imagen y semejanza”, lo mismo que Adán respecto del Creador.
Al intuir que quedaba poco tiempo, el tío Goyo le hizo la última pregunta:
—¿Creó el rabí Loëw más de un Gólem?
—Sí, pero no sabemos cuántos —y abrió la puerta, en una clara indicación de que la visita había terminado.
III
Al volver a Buenos Aires, fuimos directamente al café El Preferido, decididos esta vez a no dejar enfriar la merienda. Borges retomó enseguida el tema del Gólem:
—La respuesta del rabí Shoshani parece darle la razón a usted, querido amigo...
—No está tan claro —musitó Goyo—, su afirmación es escalofriante, me dejó pasmado...
Aprovechando el silencio momentáneo, dije como para mis adentros:
—La solución, tal vez, está en el futuro...
Al cabo de casi cuarenta años más tarde, creí entender una parte de la sentencia del rabí Shoshani. Fue cuando aparecieron las primeras noticias sobre la clonación. Si bien todavía no se ha duplicado un ser humano, o, al menos, aún no lo sabemos, ello es algo factible y aterrorizador que ojalá no suceda nunca. Pero no pude menos que preguntarme: ¿llegó al fin la ciencia, en este caso la genética, al punto que la sabiduría esotérica pudo alcanzar siglos antes, por caminos ya olvidados? ¿Estaba también la precognición entre los dones del rabí Shoshani o era otra coincidencia, vocablo éste con que la humanidad, para tranquilizarse, encubre los secretos demasiado inquietantes?
De todos modos, cumplí mi palabra y escribí el cuento. Lástima que ya no puedan leerlo los tres hombres a quienes se lo debo.
- El Gólem del Once - martes 28 de mayo de 2024


