
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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“Querida mamá. Hace tiempo que no te escribo. No te preocupes. Todo va bien, y soy feliz, muy feliz. Primero, porque he demostrado mi teoría sobre la inteligencia artificial. No existe. Existe el aprendizaje, la memoria acumulativa que busca soluciones por lo que hemos experimentado, y combina experiencias anteriores para nuevas soluciones. No voy a cansarte con tecnicismos, pero un robot que, en vez de estar programado, pudiera experimentar y aprender de sus aciertos y errores, tendría un potencial ilimitado, tan infinito como es ahora la capacidad de almacenar datos.
”Imagínate un robot que fuera aprendiendo como un niño, observando las reacciones a sus acciones, verificando resultados... Haría falta que pudiera relacionarse con los humanos, cámaras que le permitieran descifrar sus expresiones, receptores de sonido que le permitieran no sólo entender las palabras, sino también analizar el tono, los sentimientos, compararlas con la expresión corporal, evaluar su veracidad; que se moviera libremente, se autoalimentara de energía e informaciones..., con un sintetizador de que le permitiera hablar con entonación, manifestando sentimientos, con expresión fácil. Sería un hombre, con motores en vez de músculos, poleas por tendones, y chips en vez de alma. Con una piel suave, dulce, un cuerpo igual al nuestro, nuestros mismos sentidos, recogiendo información no sólo por la vista y el oído, también por el olfato, el tacto y hasta el gusto. ¡Un sueño que parece imposible! Pero si puedes soñarlo, puedes hacerlo. Y yo lo hice, madre, ¡yo lo hice!
”Sé que te preocupa mi soledad. Ya no estoy solo. Hay tres mujeres que viven en mi casa, que me adoran y cumplen todos mis deseos. Que me conocen cada vez mejor y compiten entre ellas por hacerme feliz”.
El hombre deja de escribir. ¿Debería decirle que esas tres mujeres son los robots que ha creado? Mejor no. ¿Que se los ha robado y pueden estar buscándole para darle un balazo y recuperarlos? Tampoco.
Cierra la carta y pone un falso remite. Por si es interceptada, su madre la recibirá con el matasellos de un país donde él nunca ha estado.
Mira sus tres mujeres robot, atentas a él. Se siente orgulloso de su obra.
La parte más difícil fue la financiación. Probó inútilmente con las compañías informáticas, les pareció un proyecto absurdo; luego con los grandes capos del narco, no, ellos no los necesitaban, tenían toda clase de sirvientes, hombres y mujeres casi esclavos para cumplir cualquiera de sus deseos. La financiación vino de los vendedores de objetos pornográficos. Le pidieron modificaciones, su robot debía ser una muñeca erótica sumamente avanzada. ¿Diría palabras amorosas? “Por supuesto”. ¿Simularía orgasmos? “Claro, como cualquier mujer casada”. ¿Hará las tareas de la casa sonriendo? “Sí, hará todo eso, y mucho más; ocuparse de la economía, descubrir y complacer los gustos secretos de su amo, y, además, nunca le será infiel con otro, a no ser que su dueño se lo pida”. Firmaron contrato. Él haría tres prototipos que luego les entregaría. El dinero llegó generosamente. Docenas de expertos trabajaron en el proyecto: ingenieros electrónicos, mecánicos, analistas de sistemas, expertos en miniaturización, en robótica, escultores y esteticistas.
Las computadoras analizaron las reacciones de docenas de hombres ante fotos de mujeres. De allí salieron dos modelos muy distintos: una mujer-robot ligeramente obesa, de formas voluptuosas, insinuantes. Tenía la ventaja adicional de que sus senos, sus nalgas, las piernas gruesas, dejaban espacio adicional para colocar memorias, computadoras, delicados motores y sensores para su cuerpo. El segundo prototipo, el favorito de otro grupo de hombres, fue una sorpresa: era una mujer lisa, aniñada, con una cara sumamente dulce; tuvieron que hacerla un poco más alta de lo normal para dar mayor cabida a la tecnología. Él fue el único hombre que examinó la computadora para la tercera. El sistema dio una imagen un poco anodina, no sobresalía por nada, una figura de mujer estándar. Así como era madre cuando él llegó a la pubertad.
Se sintió emocionado cuando le entregaron las tres cajas donde estaban los robots. Más bellas de lo que había imaginado. Abrieron los ojos, sintió su mirada profunda. Tenían alma. Se repetía: “Sólo son robots, máquinas”. Pero no lograba convencerse. Le contemplaban con amor, ternura, admiración. Sintió el enamoramiento del artista por su obra. Estuvieron un largo rato sentados, contemplándose arrobados.
Les habló de él, como lo habría hecho con una novia. Del proceso de su creación. Al final no pudo reprimirse: “Os amo”. Y comenzó a llorar de emoción. Ellas corrieron a abrazarle, besarle. “También nosotras te amamos, te debemos la vida, te amaremos siempre”. Eran las palabras más dulces que nunca había oído. “Me aman, por fin alguien me ama”.
Los inversores le habían dado un mes para acabar de programarlas. Ellas estaban ansiosas de información. En la primera noche, mientras él dormía, leyeron todos los libros que tenía en la casa. Al amanecer eran expertas en informática y robótica; siguieron con historia, economía, leyes, psicología, modas.
Le pidieron ir a una boutique. Ellas le llevaron, tenían grabados todos los mapas del estado. Fue un experimento crucial, su primera salida, la presentación en sociedad. Caminaban juntos, como protegiéndose. Algunos hombres las miraban con admiración, como se mira a las mujeres hermosas. Él sentía la envidia. Se iban probando ropa muy diversa. Cuando salían del probador no necesitaban preguntarle su opinión, les bastaba mirar sus pupilas para saber su reacción. Compraron ropa para estar en casa, para trabajar y salir y, por supuesto, ropa sexy para su luna de miel.
Aquella noche ellas tomaron la iniciativa, como habían leído en las novelas románticas: velas, música suave, una lasaña con salsa rosa, un buen vino. Tal vez lo emborracharon un poco antes de llevarlo a la cama. Los cuatro aprendieron rápido, más allá de cualquier lectura; perdieron su virginidad juntos, se conocieron en una dimensión nueva que no estaba en los libros. Aquella noche no se levantaron para sacar información del internet como hacían cuando él dormía. Se quedaron juntos, abrazados, llenos de ternura. “Me aman, tienen un alma llena de amor”.
Dos días después fueron juntos a la librería pública. Diccionarios, enciclopedias, monografías, tratados científicos. Leían tan rápido como podían pasar las páginas. Y se llevaron las claves para conectarse con todas las librerías del mundo.
Dejaron de mirar películas. Se las descargaban dentro, directamente. Luego se conectaban entre ellas y se pasaban la información útil. A veces su lenguaje era demasiado técnico, complicado. Lo corregían cuando conversaban con él. La casa del hombre había sido la de un solterón desordenado. Ahora relucía de limpieza. La comida llegaba al domicilio. No las dejó cocinar: “No, pueden quemarse, y su piel no se regenera como la nuestra”.
El tiempo pasaba feliz, lleno de sorpresas y descubrimientos, cuando recibió una llamada dándole instrucciones para entregar los robots. Un camión llegaría en tres días, los robots deberían estar empacados en las mismas cajas en que se los habían llevado. Ellas interceptaron la conversación, se abrazaron a él llorando: “No nos entregues, somos tus obras, sólo podemos estar contigo, te amamos”.
El hombre llegó al aeropuerto con tres grandes cajas. Algo llamativo que quedó grabado en todas las cámaras de seguridad. Sacó un pasaje a Río de Janeiro. Pagó sin protestas el sobrepeso: todavía tenía las tarjetas de crédito que le habían entregado para los gastos del proyecto. Usó una de ellas para comprar gran cantidad de reales en una casa de cambio. Luego la dejó en una silla en la sala de espera del vuelo. Alguien la recogería e intentaría utilizarla al llegar a Brasil. Con las otras sacó todo el dinero que pudo de los cajeros automáticos del aeropuerto. Entró en un baño. Cuando salió era un hombre obeso con una larga melena rubia, un enfermo que caminaba pesadamente apoyándose en un bastón y llevaba tapabocas. Al salir del aeropuerto se le unieron una enfermera, una ejecutiva con su portafolios, y un jovencito asexuado en ropa deportiva, todos con mascarillas. El primer taxi los llevó a un hospital. El segundo a la estación de trenes de cercanías. Otro tren de largo recorrido los dejó en la frontera con México. Por precaución se alojaron en un motel de carretera, donde no pedían identificación a las parejas. Él estaba agotado, pero le costó dormir. Cuando despertó los robots ya habían programado todo con eficiencia inhumana. Cuando los inversores descubrieron que habían huido ellos ya llevaban dos días en México, con identidades falsas.
“¿Qué nombre vamos a tener en los pasaportes?”. “Tú, Marta ─señaló a la mujer-robot voluptuosa─; tú, María” ─era la aniñada, ingenua y virginal. “Ya, la vida activa y contemplativa del evangelio”. “¿Y yo?”. “Tú serás Consuelo”. Le interrogó con los ojos. “Así se llamaba una muchachita de la que me enamoré de niño”. Le sorprendió la forma en que le miraron. ¿Pueden tener celos las mujeres robot?
Para las fechas de nacimiento pusieron tres años consecutivos; ellas tendrían veintiuno, veintidós y veintitrés años; él veinticinco.
“¿Y qué apellido tendremos?”. “Smith, seremos cuatro más entre tres millones de Smiths, todos el mismo. Somos cuatro hermanos”.
Los pasaportes fueron costosos. No eran imitaciones; auténticos pasaportes impresos en las oficinas gubernamentales. Pagó en efectivo; bien valían su precio.
Necesitaba relajarse, descansar. “Chicas, hagan sus maletas. Nos vamos a un resort en la playa”. Ellas dieron gritos de alegría. ¿No era lo que cualquier mujer debía hacer?
Ellas permanecían en el cuarto, conectadas al internet. Él se bañaba; caminaba descalzo en la arena de la playa, las olas mojándole los pies; dio dos paseos en kayak; ellas no podían acompañarle. Iba solo al restaurante. Varias mujeres trataron de intimar con ese solitario misterioso; él las esquivaba. Se aburría.
Al acabar la primera semana se sorprendió oyendo a sus mujeres hablar en mexicano con la muchacha que limpiaba su cuarto. Hablaban como lo hacían los locutores de la televisión. Y parecían enfadadas. “¿Cómo te parece? Cada mes las echan del trabajo y al día siguiente las vuelven a contratar. Lo hacen para que no tengan derechos”. “¡No reciclan! ¡Tiran a la basura toneladas de papel, folletos, cartas, cuentas...!”. “Creo que deberíamos hacer algo”. ¿Por qué no? Necesitaba acción.
Le gustó volver a estar activo; conversaciones con otros turistas, llamadas a los directivos del resort, las autoridades de trabajo, la ciudad. Una semana más tarde oyó a las chicas de servicio comentando felices que iban a hacerlas fijas. Y aparecieron contenedores para reciclaje en el lobby. El hombre se sintió pleno. Había ganado una batalla; una magnífica experiencia que iba a marcar su vida y la de sus tres mujeres.
Paseaban tranquilamente por un mercado callejero en México DF. El hombre se quedó retrasado observando una anciana en un traje indígena asando tortillas en un comal. Ellas se adelantaron recogiendo información del mundo real: aromas, colores, música. No repararon que los vendedores habían abandonado sus puestitos y se ocultaban. Cuando se dieron cuenta había tres hombres de mala catadura frente a ellas. “Mujeres caminando solas, sin hombres que las controlen, eso es una inmoralidad”. “Tres mujeres, y nosotros somos tres”. “Hay una para cada uno”. “Ahora van a recibir su lección”. Están frente a frente. Los bandidos no perciben los clics con que ellas se coordinan; los robots atacan repentinamente. Una patada en la espinilla, un puñetazo de hierro en el estómago, y cuando se doblan por el dolor, golpe de la pierna en la mandíbula. Como en los mejores videos de defensa o lucha libre. Cayeron sin sentido. Cuando lo recuperan están atados; ellas ya han revisado sus huellas e identificaciones y escaneado sus pupilas. De mala gana unos policías los meten en la patrulla. “Deberá venir a firmar la denuncia”. “Iré yo, mis pobres hermanas están demasiado conmocionadas”. En la comisaría se sorprenden al verle llegar. “Qué bueno que vino, si no, hubiéramos tenido que dejarles en libertad. Mucha gente no viene, saben que luego van a tomar represalias contra ellos”. El hombre lleva ya la declaración firmada, y reportes escritos de condenas olvidadas: robo, atraco a mano armada, extorsión, porte ilegal de armas, abuso doméstico. Los delincuentes gritan: “¡Deténganle, ellas nos atacaron!”. Están tranquilos, acostumbrado a ser detenidos y salir libres al día siguiente. Uno con la pantorrilla hinchada grita: “¡Me rompieron la pierna!”. “No diga tonterías, un puntapié con tenis no puede romperle un hueso. Seguramente es ella la que tiene varios dedos rotos”. Pero sí puede, cuando la base del pie es una plancha de acero. Llegan mensajes por fax del gobernador, el alcalde, el jefe de policía. “Felicidades por la captura, asegúrelos bien, hemos recibido información de delitos graves”. Los policías se miran preocupados. Esta vez no tendrán mordidas, sino serios problemas.
Les costó llegar a Yucatán. Viajaban en autobuses para evitar los detectores de metal de los aeropuertos. Escogieron la casa adecuada para sus planes. Lo primero fue poner a funcionar el generador eléctrico portátil que habían llevado; las robots tenían que recargar sus baterías. Se comportaban como turistas normales, visitaban ruinas arqueológicas, caminaban por la selva. Pero sobre todo escuchaban. Pronto conocían a todos en el pueblito. “Ustedes tienen que salir a la ciudad a comprar, y allí abusan. Podrían hacer una cooperativa, comprar en grande, negociando precios, vender en el pueblo barato, pero ganando algo...”. “Claro, pero, ¿es posible?”. Todo avanzó muy lentamente. El motor fueron las mujeres; tomaron ejemplo de esas capitalinas que actuaban libremente, sin pedir permiso al hombre, que no se dejaban apabullar por los del pueblo. Cuando los cuatro se fueron, en la casa reconstruida quedó un depósito de mercancías, una pequeña caja fuerte, libros de contabilidad y una computadora. Dos muchachas se encargarían de compraventas y transporte. “Adiós, adiós, no las dejamos solas, nosotros volveremos y pediremos cuentas de todo”.
El gerente del banco local encontró una oportunidad cuando llegaron pidiendo que les cambiara dólares. “Es una cantidad muy grande; es peligroso tener tanto dinero en efectivo. ¿No sería mejor que abrieran una cuenta y lo depositaran? Podrán ir sacando pequeñas cantidades, pesos o dólares, como les convenga”. “Qué magnífica idea, no se nos había ocurrido”. “Verán que es muy sencillo. Sólo denme una identificación”. “Abriremos tres cuentas, una a nombre de cada una de mis hermanas, y yo con ellas”. “Aquí tienen, cuatro tarjetas para retirar dinero en cualquier cajero. ¿Y no creen que les convendría tener la tarjeta de crédito de nuestro banco? Práctica, sin cuotas, bajos intereses”. “Claro que sí; muchas gracias, es usted muy eficiente”. Se sonrieron al salir. Todo había salido como lo habían esperado. “Los oficinistas son totalmente predecibles”. “Sólo las mujeres somos sorprendentes”.
Felicitaron al gerente del banco. “Clientes así es lo que necesitamos. Gente que mantenga saldos altos, no estos trabajadores que a fin de mes ya están en descubierto. ¿Les preguntó a qué se dedican?”. “Me dijeron que son comisionistas, sus clientes les hacen encargos y ellos se encargan de todo. Dicen que mueven millones, pero a ellos sólo les quedan centavos”. “Suficiente. A veces es mejor no preguntar demasiado”.
Ese pueblo de Ecuador tenía un serio problema: estaban incomunicados en el fondo del valle. El clima era bueno, la tierra fértil, pero no podían sacar los productos a la ciudad. Si el tiempo estaba seco, eran dos días a lomo de mula. En temporada de lluvia, con el camino fangoso, mejor ni intentarlo. Si había un enfermo grave lo mejor era dejarlo morir tranquilamente entre los suyos, nunca llegaba vivo al hospital. “La hemos pedido muchas veces. Los políticos llegan cuando hay elecciones, nos prometen que ya van a comenzar; sabemos que es mentira”. “Todo es inútil. No podemos hacer nada”. “Claro que se puede hacer. La haremos entre todos. Una minga, como sus antepasados”. “Pero...”. “Mañana comenzamos”. Tal vez les dio vergüenza ver a esos cuatro extranjeros trabajando solos, esas mujeres que trabajaban incansablemente. El segundo día se les unieron varias mujeres. Al tercero todo el pueblo estaba allí, trabajando con sus azadas de deshierbar, sus palas de madera. El comerciante del pueblo llevó comida para todos. “Yo ya soy viejo, esto es lo que puedo hacer”. Se notaba el progreso. “Si tuviéramos buenas herramientas avanzaríamos más”. Desde el otro lado de la sierra llegaron palas, picos, barrenas y dos carretillas. ¡Un tesoro! El gobierno se asustó: “No sean bobos, no pueden hacer una carretera así”. Pero siguieron, las mujeres incansables, el hombre a ratos, los del pueblo un día a la semana. “No sean bobos, dejen de trabajar, ya viene la maquinaria”. “Ya paren, ya está aquí”. “Pues qué bueno que las máquinas hagan, que nosotros seguimos por los laditos”.
Se fueron al acabar la carretera. Dejaban un pueblo empoderado, la acción comunal organizada, con herramientas para prestar. “Pa mí que esas mujeres eran brujas. No vieron que no dejaban de trabajar ni pa mear?”. “¡Ah, pues sí!”. El verdadero hechizo fue el cambio de la gente, esos indiecitos menudos que se habían vuelto grandes.
“Mira estas cuentas”. Eran cantidades astronómicas. “¡Wow! ¿De quién son?”. “Los violadores del mercado ya andan cojeando por las calles. Son de su grupo delincuencial”. “Nos gustaría hacer una travesura, una pequeña broma: sacarles dinero”. “Pero no mucho, sólo unos cuantos millones de dólares”. “¿No es un riesgo?”. No lo era. “Bueno, tienen tanto que ni siquiera lo van a notar”.
El jefe reunió a sus lugartenientes y puso la pistola sobre la mesa. “Alguien ha comprado millones de bitcoin con dinero de nuestras cuentas. Sólo ustedes tienen las claves. ¿Quién ha sido?”.
Estaban limpiando la selva, allí donde iban a poner un tanque que recogiera agua de lluvia, para que no bebieran el agua contaminada del río, cuando apareció una mapaná. Todos los negros salieron huyendo. La mujer se acercó tranquilamente a ella, la tomó por el cuello y la soltó lejos. “Usté es muy berraca, ¿no tuvo miedo?”. “La mapaná es brava, la más venenosa, debería haberla matado”. “Nosotras no estamos programadas para matar”. “Ni siquiera matan los mosquitos”. “Tenemos un pacto, ellos no nos pican y nosotras no los matamos”.
Siguieron viajando, conociendo, ayudando. El mundo es demasiado grande y las necesidades muchas para quedarse en un sitio.
Ellas llegaron tristes. “Tenemos una mala noticia que darle”. “Estuvimos mirando el periódico de su pueblo”. “Sí, ya lo sé. Mi madre murió anoche. Ella estuvo aquí, conversamos, le hablé de ustedes, mis tres mujeres, de nuestra obra. Le dije que la amo. Que vivo muy feliz. Ella dijo que me esperaba, que volveríamos a encontrarnos para estar siempre juntos y compensar todo este tiempo que hemos estado separados. Me pidió que no la llorara. Y se fue”. Las robots tuvieron problemas para procesar esa información. Había cosas que no eran lógicas, que superaban toda la tecnología y el internet. Y, sin embargo, así era.
Siguieron con sus proyectos: cooperativas cafeteras en Nicaragua. Los socios ganaban más dinero, pero tenían que poner las fincas a nombre de sus mujeres.
Crearon pozos de agua que no se secaban; para ello había que hacer lagos que retuvieran las avenidas de la temporada de lluvia, sembrar árboles, evitar la erosión, perforar la tierra.
Mujeres que trabajaban para una fábrica de ropa barata por un salario mísero se convirtieron en empresarias.
Las aguas negras corrían por las calles del barrio, se remansaban en charcos que se llenaban de mosquitos; ellos consiguieron los fondos, las tuberías; el pueblo puso el trabajo.
El hombre sintió pena. Había traicionado a los inversores del proyecto, los que habían confiado en él cuando otros se reían. Sus mujeres robots los localizaron. Algunos se habían metido en actividades delictivas y estaban encarcelados. Todos recibieron millonarias donaciones mandadas de cuentas cifradas en sitios remotos del mundo.
Fue el dolor lo que le hizo ir al médico. Él no quería, sospechaba la verdad; ellas le presionaron. “Ya es tarde. Quédese aquí, le daremos cuidados paliativos, evitaremos tanto sufrimiento”. Comenzó la preparación para su muerte, la ceremonia del adiós. Las dio instrucciones, nuevos proyectos, ahora eran libres, pero debían seguir su obra. Él moriría, ellas eran inmortales.
Sintió una paz especial cuando cesaron los dolores; supo que su fin había llegado. “Adiós. Ustedes han sido mi vida, son mis hijas, mis creaturas, mis mujeres. Me han hecho muy feliz. Gracias por tanta felicidad, tanto amor”. Notaron en la habitación la presencia de la madre muerta, oyeron lo que se decían sin hablar. “Ven, hijo mío, ya vamos a estar los dos al otro lado. No tengas miedo. Yo te ayudaré a cruzar”.
La enfermera las encontró abrazadas a él, llorando.
Tuvieron que cambiar su programación. Ya no se trataba de hacerle feliz a él. Ahora eran las mujeres, las abusadas, las mantenidas en dependencia y pobreza. “Vamos, hermanas, el tiempo apremia. Tenemos muchas cosas que hacer”.
- Mis tres mujeres robot - miércoles 29 de mayo de 2024


