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La ruta de los héroes: una novela no histórica con datos de la historia

domingo 29 de enero de 2017
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Adriano Corrales Arias
Corrales Arias: “Una de las tareas del escritor y del intelectual, por lo menos en mi país, es torpedear esa sociedad conservadora, esa sociedad mojigata”. Fotografía: Viernes

Nota del editor

“La ruta de los héroes”, de Adriano Corrales Arias

La presentación de la novela La ruta de los héroes, del escritor costarricense Adriano de San Martín —o Adriano Corrales Arias—, celebrada el 5 de octubre del año pasado en la Casa Cultural Amón del Instituto Tecnológico de Costa Rica, en San José, contó con una conversación entre el autor y el crítico Álvaro Rojas Salazar, que hoy publicamos para nuestros lectores.

—Buenas noches. Espero no ser tan inquisitorial y conversar libremente. Al leer La ruta de los héroes, que se las recomiendo, pensaba en libros como el de Walter Benjamin sobre poesía y capitalismo; o el de Marcuse, Razón y revolución; o ese tipo de cosas que están hechas como para hacer bombas. “Poesía y revolución” me sonaba porque en La ruta de los héroes sin ninguna duda la primera referencia es a la campaña de mil ochocientos cincuenta y seis, a la Ruta del Tránsito, a la toma de los vapores en el río San Juan, a la guerra contra los Filibusteros, que algunos llaman nuestra verdadera guerra de independencia. Y se piensa entonces que es una novela histórica, pero no es una novela histórica. ¿Cómo la ve Adriano?

—Muy buenas noches. Tenés razón, no es una novela histórica, pero es una novela que trabaja con material histórico, o que pretende trabajar con hechos históricos, con datos históricos, con elementos históricos. Es una novela ficcional donde hay mucho de invento literario, basado, sí, en una línea argumental a partir de la lucha del Ejército Liberador Costarricense contra la invasión de los filibusteros en mil ochocientos cincuenta y seis, pero con énfasis en la segunda campaña, en la ruta que siguió el ejército costarricense en lo que se considera uno de los movimientos estratégicos que dieron vuelco a la guerra: la incursión por Alajuela, por lo que hoy es Grecia, Zarcero, cerca de Ciudad Quesada (Los Mancos), San Carlos, hasta bajar por el río San Carlos en balsas que se construyeron allí mismo, para desembocar en el río San Juan y cortar toda la línea de avituallamiento de la denominada Ruta del Tránsito. Ese énfasis me parece importante porque es de las partes menos trabajadas por la historia y la literatura costarricenses. Y no sé si se logra, pero ciertamente no es una novela histórica.

—No es una novela histórica en el sentido de reconstruir ese pasado de mil ochocientos cincuenta y seis: los escenarios, las ciudades, o hacer una crónica de esa guerra; sin embargo sí hay, constantemente, una aparición de esa tropa en mil ochocientos cincuenta y seis como un referente para algo que ocurre en la actualidad. Entonces si no es una novela histórica, sí es una novela política, donde el referente de mil ochocientos cincuenta y seis acompaña constantemente a otro grupo, ¿verdad? A un grupo, para decirle de alguna manera, guevarista, que mezcla la literatura con discusiones poéticas y al mismo tiempo militancia. Una militancia que no sé si se quedó en el siglo pasado, o si todavía existe en la actualidad.

—Sí, bueno esa es la idea, es una mezcla de épocas históricas, porque digamos que por un lado va la línea argumental de la tropa costarricense en mil ochocientos cincuenta y seis y cincuenta y siete, hacia las batallas más importantes, tanto en Santa Rosa, Rivas y luego Copalchí y Trinidad, en el río San Juan, la toma de los vapores, la toma de San Carlos, la toma de El Castillo, etcétera, y por otro lado hay una línea argumental contemporánea, que es la de un grupo de poetas, en principio, que determinan pasar a la acción porque la realidad así se los exige, y hay que dejar no sólo de escribir poemas, sino de hacerlos en vivo. Y, tal vez sí, con una estructura un tanto guevarista de la lucha guerrillera, pero sobre todo la guerrilla urbana…

Todas las vanguardias del siglo veinte, las europeas, se iniciaron siempre con la idea de que el arte transformaba la realidad, de que la literatura y la poesía servían para transformar la sociedad. Muy pronto se dieron cuenta de que no era cierto.

—La guerrilla urbana, claro, los atentados, asaltar bancos, exacto.                                                                            

—Es un poco lo que se considera recuperar de la burguesía recursos para fortalecer el movimiento guerrillero, la lucha revolucionaria. Es un poco por ahí…

—Ahora, esa relación política-literatura en La ruta de los héroes, que de ninguna manera podríamos decir que es una novela panfletaria donde se empieza a decir lo que tenemos que hacer o que debemos convertirnos a la izquierda, al guevarismo o a lo que fuera, para nada es eso; digo, esa relación política-poesía en la literatura contemporánea ya no está, y nos remite a un tiempo pasado, a un pasado reciente de guerra fría, de conflictos en Centroamérica, de un mundo que creo que usted conoce muy bien y que está todavía en esta novela pero que no es la actualidad, no es el dos mil dieciséis ni es lo que se escribe actualmente en Costa Rica. Esos son referentes para otras generaciones, me parece…

—Creo que sí, creo que estás bien encaminado en la lectura. Digamos que se trabaja con material un poco anacrónico, si se quiere, políticamente hablando. Pero creo que, literariamente, es un material muy contemporáneo en tanto que este grupo de combatientes, poetas combatientes, de militantes, de poetas militantes, tiene muy claro que la realidad hay que transformarla a partir de la acción revolucionaria…

—Ahora, eso me lleva a una pregunta, ¿vos pensás, como escritor, como teórico de la literatura, que es una función de la literatura transformar la sociedad?

—No, no estoy tan seguro. Pero creo que eso torna la novela en una tragedia, es decir, la novela es un poco trágica en ese sentido, es como darse golpes con la realidad porque la lectura que hicimos de la realidad no fue la correcta, o la acción que pretendimos realizar para transformar esa realidad no era la correcta…

—Esto nos lleva al tema de los años 60 o los años 70, del compromiso, ¿verdad?

—Sí, todas las vanguardias del siglo veinte, las europeas, se iniciaron siempre con la idea de que el arte transformaba la realidad, de que la literatura y la poesía servían para transformar la sociedad. Muy pronto se dieron cuenta de que no era cierto. En todo caso la discusión se viene a zanjar por los años sesenta o setenta, y uno de mis escritores favoritos, que reflexionó y planteó muy bien las cosas en ese sentido, fue Julio Cortázar cuando trató de decir, no es literal, pero más o menos la idea es la siguiente: yo soy un ciudadano, y como ciudadano tengo responsabilidades políticas y sociales, por lo tanto tengo que intentar estar del lado de los sectores que considero más desprotegidos, y en ese tanto me he ido convenciendo de que debo estar del lado de la revolución; más o menos eso decía. Pero, además, como escritor debo tener toda la libertad del mundo para decir lo que creo necesario decir sin que nadie me imponga una forma de escritura, ni un partido, ni un estado, ni una iglesia, ni un grupo académico, sino que el escritor debe tener libertad absoluta a la hora de crear, pero, eso sí, un compromiso en cuanto a ciudadanía y en tanto ciudadano. Creo que por ahí va el asunto, por lo menos lo que yo pienso…

—Pero no es lo que piensa ese grupo…

—No, el grupo es más radical, el grupo piensa que sí, que la literatura transforma la realidad y hace una lectura en el sentido de que, de alguna manera, la epopeya del cincuenta y seis y el cincuenta y siete del siglo diecinueve es un texto para ser leído de ese modo, es decir, es un texto revolucionario.

—A eso voy; bueno, para seguir con Cortázar, Cortázar sí tiene ese planteamiento de la libertad estética, de la libertad del escritor, aunque apoyara tanto, y con tanta fuerza, movimientos como la Revolución Cubana, sobre todo a Nicaragua. El otro día veía una conversación que tenía Vargas Llosa con la esposa de Cortázar, y Vargas Llosa se lamentaba, un poco en broma un poco en serio, de que fue él quien convenció a Cortázar de ir a Cuba, y claro, la transformación que tiene Vargas Llosa… Decía Cortázar también, un poco burlándose de los escritores comprometidos, que estaban tan comprometidos, tan comprometidos, que nunca se casaban. Y bueno, en este sentido, estos personajes como Delfín Dorado, que se reúnen en lugares para muchos de nosotros conocidos: cerca de la Calle de la Amargura, cerca de la Universidad de Costa Rica y con amigos que algunos podemos reconocer por ahí, ellos sí tienen ese compromiso. O sea, las fronteras entre militancia y política, entre transformación de la realidad, entre asaltar bancos, poner bombas, matar policías, secuestrar al hermano del presidente, y los textos literarios, esas fronteras no están tan definidas.

—No, digamos que en ese grupo de personajes de la novela eso no está tan definido, es muy difuso. De hecho se cree que eso forma parte de su deber, que una cosa lleva a la otra…

—Eso, y la bohemia. Claro, y eso me lleva a mí a una época que, insisto, no es la actual.

—No.

—Entonces, la novela está en una tensión entre dos tiempos. Uno, el cincuenta y seis, la tropa esa que aparece en un relato muy fluido, no hay descripciones, no hay grandes descripciones de lugares ni de ciudades, no es lo que ocurre, por ejemplo, en la novela de Oscar Núñez (La guerra prometida), que curiosamente también hace un año me parece que sale, y eso de la guerra del cincuenta y seis, pero esa sí es una novela histórica; esta no, esta es muy fluida, muy rápida, en esa parte que, sin embargo, creo que está trabajada como un símbolo de lucha política.

—Sí, claro, definitivamente. Lo que pasa, o por lo menos es la pretensión, es que, repito, se ve la historia como un texto; es decir, la historia es un texto y hay que leerla como tal, y sobre ese texto se sobreponen, o se sobreimprimen más bien, otros textos, y al final la historia viene a ser un gran palimpsesto. Entonces lo que uno trata de hacer es ir limpiando, pasando páginas, para ir encontrando lo que realmente sucedió, porque dentro de esos textos hay muchos discursos entrecruzados. Y entonces, claro, en ese sentido sí es una novela política, con un discurso político; pero es un discurso anacrónico y creo que ahí es donde está el asunto: obviamente nadie pensante en este momento pretendería crear un grupo guerrillero urbano en Costa Rica, a mí me parece lo más suicida y lo más estúpido que podría suceder, pero para los personajes de la novela eso sí es posible.

—Sí, y ahí a mí me surgió un reflexión sobre la sociedad costarricense, que es tan conservadora, y donde esto es tan ajeno a la vida cotidiana, que parecía literatura fantástica, cuando se daba la balacera ahí en la Universidad de Costa Rica, literatura fantástica por lo inverosímil de eso. Sin embargo, si lo ponemos en cualquier otra ciudad latinoamericana no sería así, pero en San José, eso parecería raro.

—Muy raro, y claro, eso que acabás de decir me parece que es una apuesta y no sé si se logra; es decir, se trata de convertir algo inverosímil en verosímil, literariamente hablando, pero en una realidad que de todas maneras lo vería muy raro, una realidad muy conservadora.

—Yo creo que se logra por el vínculo con los otros personajes, con la lucha contra el neoliberalismo, con el hermano que es presidente y el Big Brother que todos sabemos fácilmente quién es, con la presidenta que va a llegar. Y también, de eso creo vamos a hablar un poco, con todo un mundillo cultural literario costarricense donde no dejás cabeza sobre hombros.

—Bueno, decía lo de inverosímil y voy a terminar de redondear: tal vez aquí hay un juego también de tiempos en donde la novela podría ser un poco futurista, en el sentido de que este país se está “latinoamericanizando”, para utilizar una palabra que tal vez no sea tan feliz, y lo está haciendo aceleradamente. Quiero decir que cuando uno ve los niveles de violencia que hay en este país y que hace veinte años no los teníamos, esa es una latinoamericanización (en algunos momentos yo decía centroamericanización pero ahora es latinoamericanización) de una realidad que se creía inmune y que no estaba preparada para eso.

—Yo estoy de acuerdo, pero esa violencia como lo de Cieneguita el domingo pasado, o el lunes en Limón, es una violencia contemporánea. Esa violencia no tiene que ver con los movimientos guerrilleros o con esa lucha de los años setenta-ochenta en Centroamérica. Y, además, no tiene un discurso político, es una violencia gratuita, una violencia por mercancías, por dominio de territorios, por otro tipo de características. O sea, desde luego que podríamos analizar cuáles son los elementos políticos de esta violencia que, lamentablemente, crece en Costa Rica, pero esos grupos no tienen un proyecto político ni están matando gente en las playas para reivindicar ideas de transformación social, a diferencia de estos que sí están en la novela.

—Bueno, un poco la idea es esa: en la novela la violencia es política, por lo menos tiene una significación política. Pero si uno se pone a ver un poco la historia reciente de países como El Salvador, para no ir muy lejos, o de Guatemala, y por ahí está Colombia igual en este momento, uno pensaba que ya con la firma de la paz la guerra iba a terminar, pero resulta que la guerra continuó por otras vías. ¿Por qué? Porque los asuntos medulares, los socioeconómicos, la desigualdad del país, no se resolvieron; pero, además, la guerra dejó secuelas muy fuertes y un caldo de cultivo para otro tipo de violencia, y así es como aparecieron las maras, y las maras hoy mantienen a El Salvador en una guerra civil quizá mucho más violenta y salvaje que la guerra civil política de los años ochenta. Entonces un poco también es eso, eso es lo que yo creo que indirectamente está en la novela.

—Ahora, vos volvés entonces a un pasado. No al del cincuenta y seis, sino al de los años setenta, ochenta.

—Es probable, sí. De todas maneras, el personaje principal es un personaje un poco fantástico en el sentido de que Delfín Dorado participa en las luchas de los setenta y de los ochenta, es un experimentado militante, pero ahora está rejuvenecido dentro de una bohemia y dentro de un mundillo literario, posmoderno digámosle, y sabe, por ejemplo, cómo reclutar, a través de ese discurso, a gente muy joven para los propósitos políticos que él cree que no se habían resuelto en Costa Rica. O para una revolución que todavía no se había realizado porque se había equivocado en métodos de lucha o estrategias de poder. Todo esto lo convierte en un personaje “raro”, más bien en un antihéroe, un poco demodé dentro de una realidad mojigata y conservadora.

—Sí, porque algunos conocemos un poco ese mundo, esos personajes, las referencias a Juan Rulfo, a Gabriel García Márquez, a la Calle de la Amargura, a todas esas vinculaciones con procesos políticos en Centroamérica, en Nicaragua, en Cuba; pero la gente que tiene actualmente, qué sé yo, veinte años, para esas personas, para esos jóvenes, esos no son referentes, ¿verdad? Están pensando en la literatura desde otro lugar completamente distinto.

Es preocupante ver en las redes sociales a muchos lamentándose de la desgracia de este país porque el presidente nos puso al lado de un presidente como Maduro, o de un gobierno como el de Venezuela o el de Cuba.  

—Correcto, las referencias para un joven escritor y un joven lector en este momento son otras…

—Incluso, las posiciones de izquierda en este momento no utilizan o no tienen esa visión de la transformación por medio de las tácticas guevaristas, por decirlo de alguna forma.

—Sí claro, eso era muy radical, y está dentro de la novela. Hoy estamos en una realidad diferente…

—La pregunta es si hay un poco de nostalgia en la escritura de Adriano Corrales por esa época.

—Hay algo pues hay un proyecto inconcluso que de alguna manera se refleja en la novela. Sí, hay nostalgia, pero también reflexión sobre una realidad que no encaja, que no termina de cuajar o de cuadrar dentro de alguna gente que vivió esos procesos; ahora la realidad le dicta otra cosa. Es una realidad donde el actual presidente de la República, en un acto de protesta, se retira de una sesión de las Naciones Unidas y se le tilda de comunista. Es casi risible, es decir, en aquel momento, esa sería una acción de un político burgués y ahora, gente que se ha radicalizado, pero de manera conservadora, hacia la derecha, lo mira como un acto casi terrorista. Es preocupante ver en las redes sociales a muchos lamentándose de la desgracia de este país porque el presidente nos puso al lado de un presidente como Maduro, o de un gobierno como el de Venezuela o el de Cuba. Entonces, esa realidad es un poco la realidad que está revertida en la novela. No sé si me explico, o si me puedo explicar.

—Sí. Volviendo al tema de la novela histórica, dicen, citando a Tolstoi, que sobre las familias felices no se hace buena literatura; las guerras, los conflictos, son siempre fuentes para la literatura; de las grandes guerras siempre nacen buenas novelas. En Costa Rica, por dicha, las guerras que hemos pasado son pocas pero cada una de ellas ha dejado novelas. Podemos decir que la gran novela del cuarenta y ocho no se ha escrito pero sí hay siete novelas al menos que tocan tangencialmente esa guerra. La guerra de Coto, en 1921, por un conflicto limítrofe con Panamá, tiene, que yo conozca, dos libros: una crónica novelada de José Marín Cañas, que se llama Coto, y el capítulo número seis de la novela Marco Ramírez, de Carlos Luis Fallas. La guerra del cincuenta y seis en un referente constante en Costa Rica. Como decía, Oscar Núñez sacó La guerra prometida el año pasado, y ahora vos volvés, de alguna forma, a esa guerra. ¿Qué es lo que convoca, de esa guerra, para vos?

—Bueno, más bien yo pienso que un fenómeno interesante en Costa Rica es que las guerras que hemos atravesado, o que hemos sufrido, no han producido la novela correspondiente. Mil ochocientos cincuenta y seis y cincuenta y siete tal vez sea el momento épico más importante de nuestra corta historia, y es una guerra terrible porque más del diez por ciento de la población es diezmada, no por efecto directo, sino como efecto indirecto: casi no hubo un costarricense que no tuviese un muerto en su familia, ya fuera por la guerra o por la peste del cólera y, sin embargo, no se escribió la gran novela. El único que intentó una novelita, que de alguna manera es la fundadora de la literatura costarricense, fue Manuel Argüello Mora, con La trinchera, que está citado como intertexto y juego literario en mi novela. Pero después de ahí, silencio absoluto. Y no es sino hasta ahora que hay un renacer liderado por un grupo de historiadores y un grupo de ciudadanos que están rescatando la figura de Juan Rafael (Juanito) Mora como el héroe nacional, como el libertador nacional, que hay preocupación de algunos escritores por rememorar literariamente esa época. Igual sucedió con mil novecientos cuarenta y ocho, ya lo dijiste, no existe la gran novela del cuarenta y ocho. Nadie la escribió.

—Uno lo que se pregunta es por qué Carlos Luis Fallas no la hizo.

—Exacto. A lo mejor no hubo tiempo, a lo mejor la derrota fue tan dura que no hubo capacidad de reacción, literariamente hablando. En el cincuenta y seis y cincuenta y siete de seguro también, a lo interno fue una derrota contundente. Entonces me parece importante este tema por varias razones. Una, como lo dijiste al principio, la independencia nacional es en mil ochocientos cincuenta y seis-mil ochocientos cincuenta y siete, no mil ochocientos veintiuno porque nos llegó por carta. Vivimos en una gran mentira, porque la independencia, el acta de independencia de Costa Rica se firmó el veintinueve de octubre de 1821, el quince de setiembre se firmó el acta de independencia de la ciudad de Guatemala, que es lo que se confirma en esa acta. Y se sigue celebrando nuestra independencia el quince de setiembre: una gran mentira, una mentira histórica sobre la cual tenemos que lidiar todos los días, y este país no ha sido capaz de enfrentarla. Eso por un lado, pero por otro, mil ochocientos cincuenta y seis y mil ochocientos cincuenta y siete fueron totalmente borrados de la historia del país, lo que se escribió de ese período fue muy sesgado, la gesta real de los costarricenses fue absolutamente invisibilizada. Realmente, si uno se pone a hacer parangones, como lo han hecho algunos historiadores, la gesta de Juanito Mora es similar a la de Simón Bolívar, a la de José de San Martín, a la de Augusto César Sandino en Nicaragua; pero como es un costarricense, que además fue fusilado por la oligarquía cafetalera, no tiene el peso histórico suficiente. Entonces esa es una tarea que le corresponde a la literatura, un poco esa es la idea. Por supuesto, a estas alturas, pienso yo, no se puede escribir una novela histórica con todas las características de ese tipo de literatura. Me parece que más bien aquí hay una suerte de tragicomedia por esas mismas razones, y creo que la novela trata de guardar esa distancia.

—Sí, claro, incluso hay parodia también, hay humor también, esa característica de la parodia de rebajar a personajes que tienen cierta autoridad para generar el humor. También, una pretensión que está en toda la novela y que parte de una base: la sociedad costarricense es conservadora, y esa sociedad hay que dinamitarla de distintas formas. Una, por las tácticas de la guerra popular prolongada, por decirlo de alguna manera; otra, por la literatura.

—Aquí podríamos hacer una metáfora. Realmente la guerra popular prolongada es una de las tendencias de la lucha político-militar centro y latinoamericana. Es una estrategia que viene de la lucha del pueblo vietnamita sobre todo. Ellos decían que la guerra era popular y prolongada en el sentido de que no acababa hasta que los invasores se fueran, en ese caso eran los estadounidenses, y ciertamente hasta que los echaron de Vietnam se acabó la guerra. Y fue una de las tendencias del Frente Sandinista en Nicaragua, es decir, hasta que el dictador se fuera; hasta que se tomara el poder se acababa la guerra. Entonces yo creo que la metáfora, por lo menos desde mi perspectiva, es que desde la literatura hay que hacer la guerra popular prolongada. Eso es muy difícil, claro está. Digo que una de las tareas del escritor y del intelectual, por lo menos en mi país, es torpedear esa sociedad conservadora, esa sociedad mojigata, esa sociedad de doble moral, de doble discurso, que anatemiza todo cambio, todo tipo de transformación; además, es una sociedad intoxicada ideológicamente, asistimos a un país intoxicado todos los días, está tan intoxicado que la gente ve comunismo en el presidente Solís, eso es inaudito. Entonces, me parece que una de las tareas de la literatura es torpedear, abrir, airear esa intoxicación, y un poco esa es la pretensión. En ese sentido es que hago la analogía, o la metáfora, de guerra popular prolongada desde la literatura. Y si lo querés ver de otra manera podemos retomar la frase famosa de León Trotsky, “la revolución permanente”, es decir, hay que tener una actitud de revolución permanente en términos literarios e intelectuales, porque si no se termina siendo uno más del montón, uno más de la gente intoxicada con sólo futbol, modelos, playas, democracia suiza y Keylor Navas. ¡Terrible!

—Ahora que mencionás a Trotsky, hay una novela extraordinaria que probablemente conocés, del cubano Leonardo Padura, sobre Trotsky, se llama El hombre que amaba a los perros. Es una novela de ochocientas páginas donde se cuenta, más o menos, el proceso de encuentro entre Ramón Mercader, el agente español del estalinismo que termina matando a Trotsky en Coyoacán, México, y la condición, el clima de odio que vive Trotsky durante todo su exilio, es decir, en ninguna parte, en ningún lugar del mundo va a estar a salvo del brazo de Stalin. La novela es una gran metáfora de la caída del socialismo y del rapto de la revolución, además lo dice un cubano. No es casual que un cubano escoja a Trotsky, lo cual ya es todo un acto hereje, un acto de provocación, y tampoco es casual que sea un cubano el que desde el absoluto desencanto cuente el rapto de la revolución rusa por Stalin; se atribuyeron la revolución, le llama Trotsky, y al mismo tiempo la caída de todas las ilusiones de la revolución cubana. Eso lo cuenta él; ahora, desde el punto de vista de Adriano Corrales en La ruta de los héroes, ¿todavía hay expectativa, todavía hay una ilusión en esas ideas y esos movimientos?

—Extraordinaria novela, es una de mis favoritas y Padura uno de mis escritores preferidos. Y creo que los grandes valores y las grandes aspiraciones revolucionarias de personajes como Trotsky estarán vigentes mientras la realidad no cambie, no se transforme. Es decir, mientras haya un mundo injusto, mientras haya un mundo asimétrico en donde unos pocos se enriquecen cada día más y la inmensa mayoría se empobrece, y se vuelve más miserable. Eso tal vez en Costa Rica todavía suena extraño, pero pasa cotidianamente en todo el mundo. Y cada día pasa más acá. Por supuesto, los métodos de lucha cambiaron, los métodos de trabajo político son otros, asistimos a un mundo diferente. Trotsky crece en medio del desarrollo de la guerra fría y del poder de un dictador que se decía socialista pero no lo era, como Stalin. Sin embargo, pienso que los valores intrínsecos, podríamos decir humanistas, porque Trotsky no sólo era un gran político y un gran estratega militar, sino sobre todo un humanista, un gran escritor, un gran conocedor del arte y la literatura, un intelectual, creo que esos valores siguen vigentes, pues lo que ha hecho la globalización neoliberal es justamente envilecerlos, invisibilizarlos, cooptarlos para teñirlos de otro color o robárselos. Y en ese sentido creo que hay una esperanza.

—Sí, porque en la novela está claramente expuesta esa reivindicación, o la defensa de esos principios. El desencanto de Padura, por ejemplo, en Adriano Corrales, no está.

—No, y creo que Padura es mucho más duro porque le ha tocado vivir una realidad más fuerte: la caída, de alguna manera, o la crisis del socialismo en su país, que es Cuba, un país que tiene una serie de contradicciones en este momento, y una serie de problemas no resueltos que no sé si se resolverán con lo que está sucediendo con la apertura. Pero desde el punto de vista de un centroamericano, de un costarricense que se dice latinoamericano, creo que sí hay un poco de esperanza. Si me lo preguntás te contestaría con las palabras de ese gran pensador y analista que tenemos en Costa Rica, Franz Hinkelammert, quien dijo: “Yo soy un pesimista esperanzado”. Más o menos esa es la idea.

Cuando un país no sabe cuándo fue el día de su independencia, ese país va mal. Cuando un país no sabe que perdió casi el 10% de la población donde vive en una epopeya como la que se vivió en mil ochocientos cincuenta y seis y mil ochocientos cincuenta y siete, esto va mal.

—En un libro de Carlos Cortés se dice que en Costa Rica “no pasa nada desde el Big Bang”, esa es una frase cliché, de etiqueta, que todo el mundo después ha repetido. Hay una lectura diferente de uno de los personajes de La ruta de los héroes, del grupo de poetas militantes, que se reúnen contra esa afirmación, porque se está denunciando una serie de conflictos e incluso la misma guerra del cincuenta y seis. No es que no pasa nada desde el Big Bang, han pasado muchas cosas, lo que ha ocurrido es que están invisibilizadas, se han ocultado, y esa es un poco la denuncia y la tensión. Abro con esa frase porque buena parte de la novela va hacia una crítica al mundo cultural costarricense, centroamericano, a ciertos personajes, a escritores, que aspiran a los premios nacionales. Me recordaba un poco la novelita de Virgilio Mora que se llama A flote en el sargazo de la mediocridad, donde ese tipo de juegos como el premio de literatura Aquileo Echeverría, creo que le llamaba el “Aquinoleo” (risas), y ese tipo de juegos. Pero hay también en La ruta de los héroes una denuncia y una crítica a esa falsedad, a esa superficialidad, de algunos escritores que quieren aparecer en la foto. O, citando a otro escritor, una diferencia muy importante: una cosa es escribir, y otra querer ser escritor. Entonces este grupo político, militante, literario, critica muy fuerte eso, y a algunas figuras que vamos a ir viendo poco a poco…

—Correcto. Bueno, esa frase siempre me llamó la atención, sobre la misma se construyó la novela que usted citó. “En Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang” es justamente la metáfora de la invisibilización de las epopeyas del pueblo costarricense, de la historia del pueblo costarricense. Alguien que lo diga es o un cínico o un ignorante. ¿Cómo es posible que se haya dejado pasar que en mil ochocientos cincuenta y seis, mil ochocientos cincuenta y siete, se jugó el destino de América Latina, aquí, en Costa Rica? Es decir, aquí se paró el destino manifiesto del gobierno de los Estados Unidos y de los sectores más agresivos, los sectores sureños esclavistas, que poco después van a ir a una guerra civil justamente por eso. No tomar en cuenta ese gran acontecimiento y decir que aquí no pasa nada es, por no decir otra cosa, criminal, ¿cómo decir que aquí no pasó nada en mil novecientos cuarenta y ocho si fusilaron gente inocente en el Codo del Diablo, cinco asesinatos que todavía siguen impunes, por ejemplo?

—Es decir, es lógica por negación.

—Exactamente. Creo que esa es un poco la visión y la lógica del sector dominante costarricense, justamente desde el asesinato de Juanito Mora en mil ochocientos sesenta. Desde ahí se ha venido…

—Con la traición de Blanco y Salazar.                

—De Blanco y Salazar sí, pero sobre todo de Vicente Aguilar y los Montealegre, porque Blanco y Salazar son los que ejecutan, son el brazo ejecutor, pero los intelectuales del hecho son los Montealegre y Vicente Aguilar que había sido socio y además cuñado de Juanito. Es una lucha casi familiar. Entonces, ciertamente dentro de esa falsía, o dentro de esa mentira, que es igual a la de la celebración de la independencia, se asienta la “historia” de este país. Cuando un país no sabe cuándo fue el día de su independencia, ese país va mal. Cuando un país no sabe que perdió casi el 10% de la población donde vive en una epopeya como la que se vivió en mil ochocientos cincuenta y seis y mil ochocientos cincuenta y siete, esto va mal. Hace poco hicieron un documental o un docudrama, actuado también, que se llama Minutos finales, creo, sobre los últimos minutos de Juanito Mora, y está basado en la última carta que él escribió a su esposa; lo colocaron en las redes sociales. Y hoy estuve leyendo lo que dice la gente, y entonces me doy cuenta de que la mayoría ni siquiera sabía que a Juanito lo habían fusilado. ¡Te imaginás! ¡O sea, ciudadanos costarricenses que no sabían que lo habían fusilado, que pensaban que Juanito se fue y nunca volvió! ¡En este país en el cual vivimos!

—Una actitud muy enraizada en el costarricense es la negación del conflicto, justamente mediante la literatura se puede exponer abiertamente todo eso.

—Correcto, esa es la idea. Bueno…

—Y La ruta de los héroes sin duda tiene esa pretensión.

—Exacto, la reproducción de la ideología dominante también se respira cotidianamente en ese mundillo literario, en ese mundillo cultural.

—Ahora sí, para seguir con la presentación, un poco inquisitoria. Adriano Corrales no es la primera novela que publica. Tiene varias. También publica en los periódicos, critica ese mundillo cultural pero, ¿no está también dentro de ese mundillo cultural?

—¡Esa sí es inquisitorial! (risas). Claro, por supuesto, no puedo negar que estoy dentro de ese mundillo, somos parte de… Pero creo que si uno se distancia y tiene la posibilidad de una actitud crítica, o de intentarla… Pues lo he ido aprendiendo, tuve que aprender, porque en algún momento, hace veinte, veinticinco años, treinta años, cuando era joven e irresponsable, muchas veces actué con esa visceralidad costarricense de negarlo todo o de empequeñecerlo, algo muy tico, y de creer que se podía ser famoso en este pequeño mercado literario, que se podía acceder a un reconocimiento vía escritura. Pronto me di cuenta de que no era así, afortunadamente. Hay gente que todavía cree que puede llegar a ser tan popular como Keylor Navas si se publica un libro. Rodolfo Dada, el poeta, lo dijo en un taller literario: “Si usted quiere ser famoso hágase futbolista, no poeta, porque como poeta nadie lo va a reconocer”. Sí, yo soy parte de, estoy dentro de, actúo dentro de; pero tengo claro que en el mundillo cultural hay una lucha por el poder simbólico, por el poder político. También por hacerse de la bolsa económica, o sea, los premios no son sólo simbólicos, dan platita, y eso es lo que más gusta y enamora. Por supuesto, uno no se puede sustraer de esa lucha, pero cuando se adquiere conciencia de ese rejuego se logra saber, al menos, qué lugar ocupa uno, o desde qué lugar está haciendo su trabajo, desde qué lugar se pronuncia y se escribe, desde qué lugar se interactúa.

—Hay una pretensión de diferenciarse de ciertas tendencias de ese mundo literario costarricense en esta novela, dentro de la ideología del realismo, no del realismo socialista, más bien sociorrealista, como lo plantean los personajes, y ellos pretenden no ser como realistas al estilo, qué se yo, de Fabián Dobles, Joaquín Gutiérrez, o la literatura tradicional costarricense de la tierra, pero tampoco quieren ser trascendentalistas ni posmodernos. Entonces, ¿desde dónde es que se piensa? ¿Cuál sería la oposición a cada uno de estos grupos o de tendencias literarias?

—Claro, creo que ahí hay una inversión…

—Porque en la novela hay toda una reflexión sobre literatura, por eso pregunto, no es que sea una discusión académica la que traigo aquí…

—Sí, sí, en la novela está la discusión planteada y hay una inversión, digamos, del discurso del realismo socialista por un grupo de gente que dice que va a producir una nueva forma de entender la literatura y de ver la realidad a partir del sociorrealismo, que es diferente. Es decir, darle vuelta a la tortilla. Y tiene varias características, la más importante es no creer que el conflicto social se resuelve dentro de la literatura, que la metodología del trabajo de la economía, o del valor del trabajo, por ejemplo, se puede llevar a la literatura, que era un poco la idea del realismo de nuestros antecesores, sino más bien, se recupera la dialogía; es decir, el diálogo como metodología de trabajo. Porque la literatura es diálogo, lo que necesitamos es dialogar; un escritor siempre está en diálogo consigo mismo y con la sociedad. Esto no es mío ni es nuevo, es de un teórico ruso que se llamaba Mijaíl Bajtín, lo propone en un trabajo sobre la novela de Dostoievsky. En segundo lugar, tener una visión mucho más abierta de la realidad nacional conectada con lo global, donde no hay una supremacía ni de lo uno ni de lo otro, sino que debe haber una balanza, un interjuego entre lo local y lo global, sin perder de vista la historia desde la cual nosotros estamos escribiendo; es decir, la literatura se hace desde el aquí y desde el ahora y está contaminada por ese aquí y por ese ahora. Lo otro es que la literatura trabaja con palabras objetivas, materiales, concretas; por eso debe ser concreta, pero sin perder la capacidad de imaginar, de fantasear, de experimentar, que era un poco lo que negaba el realismo, ¿no? Pero la literatura no es sólo juego, y un poco ahí también está el asunto: en la novela hay un epígrafe, se cita también dentro de la misma, de Roberto Juarroz, que es uno de mis poetas favoritos. Juarroz asegura que la poesía genera y crea más realidad, es decir, la poesía no genera ni crea ficción, sino al contrario, dentro del proceso creativo ficcional se produce más realidad. ¿Qué quiere decir esto? Que la literatura crea otra realidad que no está diferenciada de la realidad sino acoplada, o amplificada. No sé si me explico, es complicado. Un poco por ahí es la idea del sociorrealismo y un poco es el desmarcarse de esa discusión bizantina entre trascendentalismo y posmodernismo o coloquialismo urbano, y esto es también un juego para que algunos escritores, y los lectores en general, entren en la discusión.

—Hay una novela de Cabrera Infante que se llama Tres tristes tigres, donde se hace una parodia de otros escritores cubanos, aquí algo parecido pasa. Por ejemplo, con Jacques Sagot.

—Sí, bueno, aquí hay un personaje que más bien es un crítico literario de alta alcurnia, que se llama algo parecido, se llama Yac Sa God (risas). Es un personaje que tiene resonancia seguramente con algún personaje histórico, pero también es un juego, esa parodia con la realidad inmediata de tal manera que se pueda intervenir en ella…

—No pretendo ofender, pero escribe parecido a él… (risas).

—Bueno, un esfuerzo radical que hubo que hacer para imitar ese tipo de escritura (risas). Pero no es, digamos, en sentido peyorativo, sino en el sentido de poner en el tapete discursos que están en la realidad intelectual del país, en ese interjuego del que hablaba; se trata de ponerlos a dialogar dentro de la ficción literaria, dentro de la novela en este caso.

—Para seguir con los escritores, hay dos que quisiera puntualizar: a uno lo reivindicás pero también, de alguna manera, mencionás todos los mitos en su contra, hablo de José León Sánchez. Y entonces una de las grandes infamias contra José León, de todas las cosas que le han hecho, es que él no escribió los libros que ha publicado y que se los escribió una filóloga. Vos, más o menos, eso lo mencionás pero por los ataques hacia él. ¿Cuál es el pensamiento tuyo, ahora que está sonando tanto lo del Magón, el premio nacional de cultura, para José León?

La literatura y nosotros necesitamos héroes, lo que sucede es que los héroes contemporáneos están invisibilizados por seudohéroes de la farándula, los deportivos, los que le sirven al statu quo.  

—Pienso que José León es una figura inevitable e ineludible en la literatura costarricense; como diría Coronel Urtecho hablando de Rubén Darío, es un paisano inevitable, y negarlo sería negar parte de la historia de la literatura costarricense. Negar, por ejemplo, que La isla de los hombres solos es el libro más editado y vendido de la historia de la literatura costarricense (¡y si compite es con otro de él mismo, Tenochtitlán!), que ha sido un éxito en México, se ha llevado al cine, se ha llevado al teatro, ¡hasta cómics se han hecho!, que ahora está otra vez puesto en el teatro, que se va a hacer otra película… eso no se puede negar. José León me sigue pareciendo un novelista bastante interesante, como cuentista es extraordinario, tiene cuentos para siempre como “La catleya negra”, un clásico de clásicos. Y lo veo como un fabuloso fabulador, un mitómano, es decir un gran fabulador que sigue haciendo fábulas fuera de la literatura. Y es un personaje central porque es el escritor más vilipendiado en la historia literaria costarricense, nadie ha logrado tanto odio y tanta inquina como José León Sánchez, tal vez gratuitamente, por un error de juventud, porque creció en un mundo delincuencial. Hoy justamente me llamó la atención, porque, ¡ve qué casualidad!, leía un artículo tuyo sobre él, que yo suscribo, que tal vez lo más interesante, o lo maravilloso, es que de un delincuente sale un gran escritor, o hay un gran escritor, y aquí más bien es al revés: a veces ha pasado que de un escritor sale un gran delincuente (risas). Eso más o menos pienso sobre José León Sánchez.

—Hay otro, que tal vez sea actualmente la figura más reconocida en la literatura centroamericana, que es como el gran patriarca de las letras nicaragüenses, que es Sergio Ramírez, y a ese sí lo ves completamente desde una perspectiva negativa, como alguien que está movido por el mercado literario, por la diplomacia de las editoriales. ¿Por qué así con Sergio Ramírez?

—Bueno, no creo que sea tan negativo. Me parece que Sergio Ramírez es un buen escritor, un escritor políticamente correcto, literariamente correcto, pero tampoco puedo evitar saber que está dentro de una red empresarial de las grandes editoriales, por ejemplo, el premio que compartió con Eliseo Diego en Alfaguara, con una buena novela, Margarita, está linda la mar, porque su amigo Carlos Fuentes estaba en el jurado. Como dicen, dime de qué jurado se trata y te diré quién gana. Más o menos esa es la idea en todo certamen. Eso no quita que Sergio Ramírez sea un buen escritor, sea un gran promotor de la literatura, no le quito nada de eso, pero uno debe ser objetivo y saber que hay un mercado literario y, si me lo preguntás, siento que algunos escritores nicaragüenses han sido un poco opacados por la figura de Sergio. Ahora, recordá que es ficción…

—Desde el título, hay una pregunta, porque no es que vaya a contar el final, pero el proyecto político de este grupo no es exitoso. A partir de eso podríamos hacer una reflexión de lo que deja la novela, y bueno, ahí tendría yo dos preguntas: ¿están condenados ese tipo de proyectos, tanto políticos, como literarios, al fracaso? La segunda, si todavía necesitamos héroes.

—Buenas preguntas. Con la primera diría que sí, que ese tipo de intentos y de proyectos políticos están destinados al fracaso en una realidad como la nuestra. Probablemente, en esta realidad, grupos o personas revolucionarias van a terminar crucificadas, por lo menos apedreadas, porque la sociedad se torna más virulenta con respecto al cambio y a la transformación, ¡le tiene pánico al cambio! Sobre la otra respondo en dos vías: la literatura y nosotros necesitamos héroes, lo que sucede es que los héroes contemporáneos están invisibilizados por seudohéroes de la farándula, los deportivos, los que le sirven al statu quo. Cuando uno dice que el héroe nacional es Keylor Navas, por ejemplo, y disculpen que abuse tanto de este futbolista, uno se preocupa bastante, porque bueno, me parece un buen muchacho, un muchacho humilde, un gran arquero; pero de ahí a decir que es el ejemplo a seguir… Y la pregunta es muy buena, Álvaro, porque la literatura trabaja más con antihéroes que con héroes. En la literatura lo que vemos son antihéroes que luchan contra viento y marea, contra corriente, porque sus valores, sus proyectos, sus programas, están totalmente en contra de la estupidez de su tiempo, en contra de lo establecido. Y necesitamos de esos antihéroes que serían héroes en la realidad, pero son golpeados todos los días. Tenemos héroes, por ejemplo Jairo Mora, ese muchacho ecologista que asesinan sin que todavía se haya resuelto el crimen; esos son los héroes: antihéroes antisistema. O como el periodista colombiano que vino a hacer su vida profesional aquí, Parmenio Medina, asesinado y el crimen también impune, a su alrededor se tejieron cosas muy raras… O héroes como los cinco fusilados en el Codo del Diablo; también héroes intelectuales como los maestros Joaquín García Monge o Luis Ferrero Acosta… Podría seguir citando. Pero sí, toda sociedad necesita héroes.

Álvaro Rojas Salazar
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