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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Mike Wilson: “Cada libro se hace cargo de distintas versiones de mí”

• Domingo 29 de julio de 2018
Mike Wilson
Mike Wilson: “Lenguaje y conocimiento son la misma cosa”.

La obra de Mike Wilson (1974) se perfila como una de las más interesantes de los últimos años.

Afincado dentro del panorama literario chileno, aunque alejado del bullicio del mundo literario (abandonó una gran editorial para optar por otras más modestas), Mike Wilson ha construido una obra sólida y es poseedor de una literatura que rompe esquemas. Desde su trinchera de escritor casi clandestino, tuve la oportunidad de contactarlo para mantener esta corta pero amena y profunda charla que de seguro resultará estimulante para esa pequeña ola de lectores que están al acecho de las mejores obras latinoamericanas del momento.

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No creo en la idea de que haya una progresión en lo que escribo ni que lo más reciente sea más representativo o lo más maduro de mi escritura.

—Tengo entendido que se va a reeditar su primer libro, El púgil, y se demuestra que el planteamiento de la novela continúa vigente. Como en casi toda propuesta literaria que pasa por un filtro personal, sus creaciones conservan un hilo conductor que para el lector atento no sería difícil de rastrear. En este contexto, y centrando la mirada tanto en los contenidos de las novelas como en los abordajes ficcionales, ¿qué distingue a los primeros libros de Mike Wilson de obras más actuales y maduras como Leñador y Ártico?

—No lo tengo muy claro aparte de que cada libro representa las preocupaciones personales, casi siempre existenciales, y ciertas estéticas que me interesaban en ese momento. Nunca he jerarquizado mis libros, no creo en la idea de que haya una progresión en lo que escribo ni que lo más reciente sea más representativo o lo más maduro de mi escritura. Creo que cada libro se hace cargo de distintas versiones de mí.

—Existe entre Rockabilly Zombie cierto nexo estético, sustentado en la utilización de una técnica narrativa que remite a Faulkner o a Pamuk. Me refiero a la alternancia de las voces protagónicas para contar las historias. Como autor, ¿de qué manera cree que influye en el lector una narración más directa aunque cambiante, en detrimento de la tradicional voz omnisciente de la tercera persona?

—En retrospectiva creo que me acomodaba lo coral para esos libros porque representaban una forma de narrar espacios compartidos, específicamente suburbios, pero que a la vez son espacios que contienen personajes solitarios, atrapados en sus propias cabezas. Este es el caso de los protagonistas de Zombie y Rockabilly, en donde los personajes viven a la deriva en suburbios ruinosos. No pensaba mucho en referentes literarios, quizá de manera inconsciente estaba la influencia del cine. El libro que tengo como punto de referencia es Los vivos y los muertos, de Edmundo Paz Soldán, que logra esa coralidad de forma muy bella.

—En Leñador, no obstante, usted acopla esa voz del personaje en un registro mucho más radical, no diría experimental porque su literatura no busca la ruptura brusca o la impresión fácil, sino el cambio gradual y maduro de una estilística que aclimata las acciones en contextos narrativos muy bien delineados y en descripciones pormenorizadas que escarban hasta el mínimo detalle (recuerdo las largas y placenteras páginas, casi al final de la novela, donde el talado de un árbol es descrito con minucia y gran maestría, desde el desprendimiento de las primeras cortezas hasta la caída de las gotas de sudor del leñador). La necesidad de copar la narración con este procedimiento, lejos de fatigar al lector, lo interesa y lo obliga a formar parte de la historia, a captar el aprendizaje junto al protagonista. ¿Era su intención buscar este efecto al momento de escribir la novela?

—Me cuesta identificar mis intenciones puntuales, pero cuando me acuerdo del momento en que escribía el final de Leñador creo que tenía que ver con la acumulación de ímpetu de la novela. De alguna forma me era importante escribir hacia un horizonte que nunca se alcanzaba, que siempre se desplazaba con el avance del texto. Pienso que quizá esa última oración de unas treinta páginas era una forma de acelerar el texto y arrojarlo hacia adelante, que quede la sensación de que el avance constante de la novela sigue aun cuando el libro se acabe.

Dejo de pensar en los libros después de escribirlos, o sea no me orientan de forma consciente en cuanto a lo próximo que vaya a escribir.

—En Leñador llama la atención la búsqueda de una forma de escritura muy propia y alejada de los cánones literarios contemporáneos. Tanto en su propuesta de escritura como en el recorrido ficcional del protagonista se abandona lo testimonial y la novela se convierte en la búsqueda de un saber, pero al mismo tiempo en el producto de una evasión. Desde su punto de vista como autor, ¿Leñador es una novela donde predomina el lenguaje por encima del conocimiento o es lo contrario?

—Diría lo contrario, pero en el sentido de que lenguaje y conocimiento son la misma cosa, que saber algo es codificarlo, es volverlo lenguaje, y ahí el problema. Lo que el narrador busca recuperar es la certeza y verdad que existe sólo en la experiencia incognoscible, uso el término en el sentido de que la mayoría de la experiencia humana no es codificable pero lo hacemos igual, forzamos lenguaje donde no corresponde y entendemos mal la experiencia justamente porque insistimos en entender cosas que no se someten a eso.

—Después de Leñador usted escribió Ártico, un libro minimalista difícil de encasillar (se le ha llamado nouvelle, cuento largo, poesía, usted prefiere llamarlo simplemente lista) en el cual la unión de apenas dos o tres palabras en cada párrafo forma un campo semántico de gran amplitud. ¿Se podría decir que la escritura de Ártico respondió a una necesidad de exorcizar el maximalismo de Leñador?

Ártico tomó esa forma porque comencé a hacer una lista de apuntes sobre una imagen de un hombre en un zoológico abandonado, y al releer la lista me di cuenta de que funcionaba tal cual y decidí no cambiarla. Esa lista inicial era de dos o tres páginas, simplemente continué escribiendo el libro así. No lo veo como respuesta a Leñador, dejo de pensar en los libros después de escribirlos, o sea no me orientan de forma consciente en cuanto a lo próximo que vaya a escribir pero, claro, sin darme cuenta inciden de alguna forma u otra.

—Usted también ha centrado parte de su obra en Wittgenstein. ¿En qué medida ha influido el pensamiento de este filósofo al momento de escribir sus novelas?

—Sí, creo que influye en el sentido de que ha sido una influencia fuerte a lo largo de mi vida en cómo veo las cosas y cómo me dispongo ante la experiencia. Y eso se filtra a mi manera de escribir y a los temas que me preocupan. Siempre escribo buscando resolver algo. Pienso que escribir para mí es una suerte de criptograma en que la respuesta no está en completar la ecuación sino más bien está en la derrota de la pregunta.

A mí me da un poco igual el tema del soporte. Yo prefiero leer libros en papel, pero cada uno con su preferencia.

—Hablemos de Scout. ¿A qué motivación responde que esté disponible para descarga libre en una plataforma de libros y revistas digitalizadas?

Scout partió impreso en casa en formato fanzine, y repartí unas quinientas copias gratis en librerías de Santiago. Después de un tiempo se me acabó la tinta y el tiempo como para imprimir y seguir repartiendo, así que decidí subir una versión digital para los que no pudieron conseguir la versión impresa y para los que querían leerlo pero estaban lejos de Santiago. El formato digital fue por eso, es secundario. Lo de imprimirlo yo y repartirlo era porque después de escribirlo vi que era un texto de unas treinta páginas, no se prestaba para un libro convencional, no tenía ganas de mandárselo a nadie para publicarlo ni hacer los trámites y la espera y editor y el tema de platas y todo eso. Era más fácil imprimirlo yo y repartirlo. El gesto de gratuidad no fue por generosidad ni por algún principio ideológico sino porque no tenía ganas de lidiar con el trabajo adicional que genera vender algo. Las librerías me aceptaban Scout para distribución gratuita, pero si hubiese querido venderlo ahí se interpone toda clase de burocracia propia de lo comercial.

—Las novelas Zombie y Rockabilly se encuentran accesibles en ediciones electrónicas, facilitando el acercamiento de su literatura a quienes procedemos de la periferia o preferimos también formas alternativas para la lectura. Comprendo que ofrecerlas en estos formatos es política de distribución y venta de la casa editora que las auspicia. ¿Usted apostaría algo por el libro digitalizado como medio de difusión de su trabajo? ¿Podríamos esperar alguna edición electrónica de Leñador o de Ártico para ponerla a disposición de un público lector más amplio a través de nuevos soportes?

—No sé, eso queda en manos de las editoriales correspondientes. A mí me da un poco igual el tema del soporte. Yo prefiero leer libros en papel, pero cada uno con su preferencia. Entiendo que el formato digital abre la distribución y eso es bueno, pero no tengo mayores ambiciones de que me lean en otras partes. Si se da, así como el tema de traducciones, me parece bien, pero no es algo que busque activamente.

—¿Qué libros está leyendo?

—Ahora estoy leyendo The Terror, de Dan Simmons, porque me encantó la miniserie.

—¿Alguna obra en proceso?

—Estoy escribiendo un poco, por ahora en pausa por trabajo, pero pienso retomar pronto.

—Escritores que recomienda.

—Nombro a seis escritores recientes de Chile que recomiendo: Emilio Gordillo, Constanza Gutiérrez, Francisco Díaz Klaassen, Simón Soto, Florencia Edwards, Vlad Rivera Órdenes.

Diego Maenza

Diego Maenza

Escritor ecuatoriano (1987). Durante 2015-2016 mantuvo un innovador proyecto de escritura en su espacio web. Fruto de esta labor creativa surge su libro Caricreaturas, obra que resultó primera finalista de los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura de Ecuador 2018. Ha publicado el libro de relatos Teoría de la inspiración, el poemario Bestiario americano y la novela Estructura de la plegaria (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2018). Durante 2017 dirigió la revista digital de literatura latinoamericana Libro de Arena.
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