Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Jorge Amado descifra sus verdades:
“Hablar de literatura latinoamericana es adoptar una posición colonialista”

domingo 20 de junio de 2021
¡Compártelo en tus redes!

Jorge Amado
Jorge Amado: “Soy escritor y claro está que muchas cosas me ligan a la América Latina: la comprensión y la responsabilidad que debe tener cada uno de nosotros frente a sus respectivos pueblos”. En la fotografía firma para la autora un ejemplar de obsequio de su obra Os pastores da noite (Los pastores de la noche).

Los momentos memorables deben ser compartidos, más si se trata de una larga e interesante conversación con uno de los escritores más leídos de Latinoamérica como lo fue don Jorge Amado (1912-2001), el Obá de Bahía que abandonó el Parlamento para dar rienda suelta a su creatividad literaria, con lo cual, hasta donde se sabe, logró escribir veintiún novelas, dos relatos, dos libros para niños, dos biografías, dos memorias y una obra para teatro. Cabe resaltar que su primera novela fue El país de carnaval (1931) y la última que escribió lleva por título: De cómo los turcos descubrieron América (1994).

Merece la pena señalar aquí que para el momento de nuestra entrevista (junio de 1982), ya Jorge Amado había publicado la segunda edición de su libro El niño grapiuna, versión de lujo que incluye hermosas ilustraciones de Floriano Teixeira y cuyo texto inicialmente fue publicado en la revista Vogue Brasil (febrero de 1980), publicación dedicada especialmente al afamado escritor latinoamericano y quien, para la ocasión, habló también sobre las peripecias vividas en su Bahía natal.

Y habida cuenta de que el 6 de junio de 2021 se cumplieron 39 años de ese grato y recordado encuentro periodístico, no podía ser más oportuno que traer a los seguidores de Letralia parte del contenido de la entrevista que nos concediera el ganador del Premio Lenin de la Paz, miembro de la Academia de las Artes de Berlín, así como destacado escritor de obras como Doña Flor y sus dos maridos, La tienda de los milagros y Tieta do Agreste, entrevista que el diario El Nacional de Caracas tuvo a bien publicar en su edición del martes 13 de julio de 1982 con fotos originales de doña Zélia Gattai (1916-2008), compañera de vida de Amado y su fotógrafa por más de cuarenta años, escritora y académica nacida en São Paulo, Brasil.

Ana Cecilia Guerrero

São Luis do Maranhão, Brasil
7 de junio de 1982

Cuando en esta parte del Amazonas deja de llover, la nube de mosquitos que se levanta incomoda hasta los gatos, sobre todo a Chacha, que es negra y macilenta. El animal hermoso, sin embargo, se torna arisco y ágil en su desesperación. No sucede así con Capitú y Pickwick, los dos perros de Jorge Amado. Ellos prefieren silenciar sus ladridos a cambio de las caricias de su amo quien, en mecedora, espera morir la pesadez de las tardes del noreste brasileño para sentarse a escribir. Y cuando lo hace, la casa, que es toda jardín, pájaros e historias, enmudece.

 

Hombre de verdades, fuimos a su encuentro para conocer a un auténtico patriarca de razas y generaciones.

Un Obá que abandonó el Parlamento

El marco geográfico es tierra, selva, ríos y mitos. Sobre esa inmensa porción amazónica reinan doce obás. Practican la ciencia del amor al alma, son buenos sacerdotes, protegen al día de las sombras como al hombre de las maldades, y a la tierra de los malos frutos. Uno de los doce obás, quizá el más importante, prefirió ese reino al poder que le ofrecía el Parlamento, donde fue diputado, representante del Partido Comunista. Eran dos organizaciones en las cuales él no podía decir lo que quería y que abandonó hace años; sin arrepentirse, por cierto.

Jorge Amado regresó para quedarse en un reino mítico, nutrido desde tiempos inmemoriales con ritos llegados del África negra y humana, para perpetuar las costumbres y enmarcar de belleza —convertidas en palabras— las tradiciones.

Este Obá, veterinario frustrado, abogado de profesión, nacido en una hacienda de cacao llamada Auricidia (municipio de Itabuna, del estado de Bahía), es un apasionado revolucionario y liberal que escogió hacer de la palabra el mayor instrumento de su lucha. En la vecindad de los setenta, luce su cabello blanco como una mota de algodón, rostro quemado por el sol y unas manos pulcras y bondadosas. Viste sin temor a la ridiculez, ha escrito muchos libros y tiene amigos en todo el mundo. Ídolo de carne y hueso, ha construido su historia piedra sobre piedra, y es el hombre más humilde de Bahía. Por eso, cuando lanza un anatema tiemblan hasta los tiranos.

Hombre de verdades, fuimos a su encuentro para conocer a un auténtico patriarca de razas y generaciones, de ideales y de las letras mundiales. El nuestro fue un viaje difícil que se trastocó luego en mágico. Atravesamos el Amazonas para encontrarlo allá entre los suyos y descifrar sus sueños, muchos reales, aunque ya su figura se está tornando irreal, porque a Jorge Amado lo envolvió la leyenda.

 

Casa de Jorge Amado en Bahía
Antes de nuestra visita a São Luís do Maranhão hicimos un recorrido por la casa de la familia Amado-Gattai, ubicada en un tranquilo barrio, donde el escritor más popular de Brasil compartió gratos momentos con su esposa Zélia y sus tres hijos: Paloma, Eulalia y Juan. En la gráfica, la fachada de la casa Nº 33, una de las más visitadas en la capital del estado de Bahía, llegando a convertirse casi en un minimuseo de hermosas y variadas esculturas, pinturas y cientos de objetos y recuerdos obsequiados por sus amigos más allegados, por sus admiradores y en fin, por todos aquellos que admiran a tan querido escritor. Fotografía: Ana Cecilia Guerrero

La vida y la palabra

Al lado de Roa Bastos, de Jorge Luis Borges y del Gabo, la obra de Jorge Amado es pilar fundamental de la literatura mundial. El escritor, sin embargo, rechaza el calificativo de monstruo sagrado que le otorgan algunos críticos, y pasa mas bien a explicar que su único compromiso es el de transmitir emociones.

—Si el escritor toma de la vida cosas para darles una dimensión literaria —nos dice Jorge Amado mirándonos a los ojos—, debe darles el marco adecuado, porque si sobrepasa la debida dimensión el escritor corre el peligro de alejarse de la realidad y de convertirse en un simple fabricante de juegos de palabras.

Amado defiende igualmente el compromiso que, según él, existe entre el escritor y el lector, asegurando que “es un privilegio el poder expresar y transmitir emociones, como grave es el hecho de que a través de la palabra se pueda llegar a influenciar sobre la gente”. Sostiene asimismo que ese poder debe ser desempeñado con valentía, abnegación y modestia “porque del escritor dependen, en gran medida, el cambio, la transformación y el progreso de un pueblo”.

Sintiéndose escritor de un continente sufrido, dramático y terrible, donde el pueblo ha estado sujeto a las cosas más inmorales y menos dignas del mundo, como son la miseria, el analfabetismo, la negación a la cultura, las dictaduras, golpes de Estado, el abuso de poder, Jorge Amado expresa que el escritor “ayer, hoy y mañana debe establecerse el compromiso de no falsear la verdad, sino presentarla en toda su crudeza”. Por eso se muestra satisfecho cuando le indicamos que él es un comprometido social y que su figura, como la de Hélder Cámara, abandonó el marco latinoamericano de su Brasil para hacerse universal.

—Sí —afirma con un dejo de nostalgia—, pero ese compromiso y esa alianza tiene que multiplicarse para conformar una sola protesta que alcance a derribar las fronteras y lleve, ojalá, la verdad a todos los continentes. Ahí está la obligación fundamental del escritor de hoy, que su obra sea útil para el pueblo.

 

La literatura es más vasta, como diversos quienes la realizan. Sus situaciones no se pueden enmarcar en una sola línea ni se puede decir que su obra está encuadrada dentro de una categoría latinoamericana.

“Considero que no existe una literatura latinoamericana”

Rebelde, Jorge Amado arremete contra cualquier tipo de clasificaciones. Por ejemplo, rechaza que exista una literatura latinoamericana y enfatiza que, cuando se habla de ella, “se está adoptando una posición colonialista”: cada país de nuestro continente tiene su literatura, por tanto, cuando se engloba cometemos un error. “Pareciera —confirma el autor de Teresa Batista cansada de guerra— como si los críticos fabricaran un gueto y colocaran allí todo junto, sin discriminar sus propios valores, lo cual no es justo ni valedero”.

“Cuando los críticos, sobre todo los europeos, se refieren a la literatura latinoamericana, olvidan que en este continente hay pueblos como el suyo, o como Brasil, como Haití o Trinidad y Tobago, donde se habla portugués, inglés y francés”. Se duele este entrañable personaje de que esos críticos olviden mencionar la literatura haitiana, en su concepto “la más recia, real y profunda de América Latina”. Por eso, el escritor Jorge Amado enfatiza que cuando se habla de literatura latinoamericana se piensa solamente en Borges, Sábato, Puig, García Márquez, Vargas Llosa o Roa Bastos.

—¡No! —dice desesperado—. La literatura es más vasta, como diversos quienes la realizan. Sus situaciones no se pueden enmarcar en una sola línea ni se puede decir que su obra está encuadrada dentro de una categoría latinoamericana. Borges es un fenómeno típicamente argentino y García Márquez un escritor fundamentalmente colombiano. Sucede que nosotros en América Latina somos parecidos, para los críticos, sólo en lo negativo: en lo malo, en la miseria y en la opresión.

Considera el mal llamado “Ogro de Bahía” que no se puede hablar, por ejemplo, de una literatura china y japonesa, como si fuesen la misma cosa. Existe una diversidad nacional entre los escritores. “Un escritor de su país —señaló— tiene que ser ante todo venezolano, pensar en términos de su pueblo, que es con el que tiene, debe tenerlo, un compromiso fundamental, como yo tengo el mío con el pueblo brasileño”.

—Soy escritor y claro está que muchas cosas me ligan a la América Latina: la comprensión y la responsabilidad que debe tener cada uno de nosotros frente a sus respectivos pueblos. De no haber sido así, no hubiese existido un Rómulo Gallegos con su Doña Bárbara, un Jorge Isaacs ni menos un García Márquez. Los escritores de ahora somos el resultado de la vida y las luchas de nuestros pueblos. Lo que priva es el sentido de la solidaridad, porque somos intérpretes y voz del pueblo.

 

Autógrafo de Jorge Amado
La dedicatoria que Jorge Amado dejó en el ejemplar de Os pastores da noite que obsequió a la autora de la entrevista el 7 de junio de 1982. Fotografía: Ana Cecilia Guerrero

La otra verdad: el político

Ex militante comunista, Jorge Amado, escritor popular que desecha las élites, cierra el paso a las alabanzas y responde a los militares, como igual enfrenta las injusticias y a los falsos políticos de su país, el gigante verde; está conteste en que “América Latina tiene suerte para las desgracias solamente”.

—En Brasil, por ejemplo, los militares, intentando ese cambio, nos enfrentaron a la violencia, al odio, al asesinato: pero no lo consiguieron, como tampoco lograron administrar Brasil, porque su fuerza proviene del pueblo. Somos mestizos, condición primordial; de allí —explica seriamente— viene nuestro poderío. Por mi sangre, por ejemplo, corre sangre holandesa, portuguesa, negra e indígena. De ahí la resistencia del mestizo. Por eso la capacidad del brasileño para soportar las desgracias a que me referí anteriormente.

Amado, cuya primera novela El país del carnaval data de 1931, dice defender a su país actual; el abuelo sentimental de muchos niños de Bahía reconoce que “Brasil ha alcanzado una especie de apertura política. Nos encaminamos hacia una democracia. Existe una suerte de polipartidismo con apenas dos partidos: el del gobierno y el de la oposición-gobierno. Existe también un partido comunista que es, al mismo tiempo, cuatro partidos comunistas, porque uno quiere estar bien con Moscú, otro con Pekín, otro que no quiere estar con ninguno, etc., pero cada uno tiene derecho a la vida legal, a expresar sus opiniones y a obtener los intrumentos que en la lucha deben tener los partidos políticos, por más corruptos que sean sus representantes”.

 

Tiempo, necesito tiempo

Cuando Jorge Amado se define como un hombre de pueblo, lo hace con mucho orgullo. Enaltece a quien tiene suerte de escucharlo, porque la verdad se le nota a flor de piel. Nos parece que de sus ojos vivaces, pequeños pero hermosos, pareciera brotarle su don de humanidad. No guarda rencores ni tiene dobleces, no oculta mentiras en su existencia, pero sí grandes deseos de vivir.

—Tiempo, necesito tiempo —exclama—. La vida me ha dado mucho más de lo que he pedido. Pero nunca se puede estar contento cuando nos rodean la miseria, el hambre, las injusticias; si se ven niños como los que usted ha visto en Brasil, a muchos de los cuales se les lleva a vender drogas y se les prostituye. Deben desarrollarse en terribles condiciones sociales. Por esa razón —continúa— yo quiero más tiempo para ver cambiado el mundo. Sé que es difícil, pero no soy pesimista porque, de serlo, no tendría significado mi vida.

 

De su vida ha hecho una historia y de esa historia Jorge Amado dice ser sólo un contador de cuentos.

La pureza de lo sencillo

Constructor de situaciones que plasma en sus libros y pasea por el mundo, Jorge Amado se lamenta, a los setenta años de edad, de no haber aprendido a bailar, a nadar, a silbar. Le gustaría aprender las cosas sencillas “porque en ellas se encierra una especial pureza”.

De Amado han escrito y hablado las más importantes personalidades del mundo. Él les ha llegado a través de la literatura de cordel, del folletín; le viene de la madre, quien, cuando él era apenas un niño, pagaba semanalmente una cuota para recibir un folletín donde se incluía La hija del director del circo (novela original de la baronesa Fernanda de Brackel). Nos dice Amado que, a su parecer, Tieta do Agreste es su mejor novela, y en esta disciplina literaria incluye su vida y a sus íntimos. De Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens, tomó el nombre para uno de sus perros; de lo que le rodea, su Bahía, alimenta sus escritos. De su vida ha hecho una historia y de esa historia Jorge Amado dice ser sólo un contador de cuentos: los busca en los muelles y se limita a darles vida a través de las palabras.

Su nombre de pila es Jorge Leal Amado de Faria. Amado, como su apellido, por el pueblo de Brasil, este distinguido bahiano celebró los cincuenta años de la publicación de El país del carnaval. Aquello fue una fiesta nacional. Vargas Llosa, de paso hacia la región donde se escenificó La guerra del fin del mundo, bailó, gritó y hasta se emborrachó con el patriarca.

Ya al final de nuestra larga e inolvidable conversación, que transcurrió la mitad del tiempo en español y otro tanto en portugués, y la cual merece un espacio más generoso, le preguntamos cuál, a su entender, es el más grande escritor que ha podido conocer a lo largo de su vida. Esto nos respondió privado de la risa: “Pues fíjate que es João A. Muki, novelista y ensayista brasileño, quien mide cerca de dos metros de altura, ¿cómo te parece mi respuesta?”. Y claro, no paramos de reír por varios minutos. La despedida de quien hiciera en 1940 la primera traducción al portugués del libro de Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, fue algo indescriptible. Digno de contar en otro episodio. Por ahora quiero decirles: Muito obrigado aos nossos valiosos leitores.

Ana Cecilia Guerrero