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Kathy Serrano:
“Escribimos para no estar tan solos”

domingo 22 de septiembre de 2024
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Kathy Serrano
Kathy Serrano: “Escribir microrrelato requiere de mucha, mucha lectura de buenos escritores de microrrelatos, porque abundan muchos que no alcanzan el nivel. No todo lo corto es un microrrelato”.

Se llama Kathy Serrano y tiene el pelo enredado pero las ideas claras. Tiene también un corazón de gitana, y ha girado por el mundo buscando, indagando, compartiendo, aprendiendo y dejando el alboroto de su risa por donde quiera que vaya.

Jovencita se fue a vivir a Caracas. Allí calzó sus zapatos de andariega y pegó un salto gigante, para la Unión Soviética. Después, su norte fue el sur y aterrizó en Lima, donde hoy reside.

De tanto andar, mirar, hablar y reír, hoy carga en su equipaje de la vida un Máster en Artes del Instituto Estatal Ruso de Artes Escénicas de San Petersburgo. También es directora de teatro, actriz, tallerista y escritora. Libros suyos son Historias mínimas: microficción (2020), El día que regresamos (2020) y Húmedos, sucios y violentos (2020), entre otros.

Tiene algo de Colombia que camina en sus genes, pues su madre es de aquí y sus papilas gustativas también, ya que desde que llegó a la capital del Valle no ha parado de comer almojábana y pandebono.

Estuve en los talleres que dictó Kathy Serrano durante el III Coloquio Internacional de Cuento y cuando el tiempo le dio tiempo le pedí que respondiera a mis cuestionamientos de preguntón incorregible.

 

Está muy lejos de Lima. ¿Qué la trajo a Cali?

(Risas) Lo primero, vine a disfrutar del sol. Para mí llegar a Cali es un regalo del cielo, ya que dentro de mis raíces está Colombia. Nací en Venezuela, mi madre es colombiana, mi abuela también, mi bisabuela igual, de Santander. Mi padre venezolano. Mi infancia fue pasando de Venezuela a Colombia. También vine a comer almojábanas y pandebono.

La verdad: vine invitada al III Coloquio Internacional de Cuento. Es un honor para mí traer el laboratorio de escritura que yo hago desde hace unos cinco años. Y además para tener un encuentro muy bonito con otros escritores como Juan Fernando Merino, Gabriel Jaime Alzate o Ricardo Sumalavia, y leer los textos por mí escritos.

Es una bella oportunidad, aunque muy corta, ya que son cuatro o cinco días y me estoy quedando con muchas ganas de hacer algo más acá en Cali.

 

¿Cómo le fue en el taller laboratorio de cuento breve?

Estoy gratamente sorprendida desde el primer día. Es un laboratorio muy corto, de dos horas, pero estoy muy emocionada con algunos de los cuentos que he podido escuchar y, como les digo a los talleristas, son semillas.

Lo que se hace en el laboratorio es impulsar e incentivar a las personas a que escriban en el momento. Que se lancen por medio de los insumos que tienen que ver con la construcción de cuentos.

También me ha gustado mucho la disposición de los asistentes, porque lo más interesante y lo que me ha tenido más feliz es que han sido grupos de personas que van desde los muy jóvenes hasta personas muy adultas.

El nivel de todos me ha sorprendido mucho, para bien, porque se lo han tomado muy en serio, porque cada ejercicio lo han hecho con entusiasmo. Me hubiese gustado disponer de unas cinco horas para estar allí y leer lo que hacían todos. Lo leído es de un gran nivel, denota que hay lectura, vivencias, observación, que hay vida detrás de cada texto.

También nos deja ver que en algunos ya está la semilla de futuros escritores. Hay oficio, hay gente que está escribiendo bien y que están encaminadas a hacerse escritores. Yo me siento superhonrada y agradecida por que hayan decidido venir al laboratorio.

 

¿Qué diferencia hay, para quien quiere aprender, entre el cuento normal y el cuento breve?

La diferencia que yo encuentro a partir de mi propia experiencia es: yo conocí el microrrelato hace más de cinco años y me enamoré. Fue un amor brutal, y empecé a escribir todos los días.

Considero que el microrrelato es un género que la gente lo ve y dice: “Qué cortito, que fácil”. Y no, creo. Escribir microrrelato requiere de mucha, mucha lectura de buenos escritores de microrrelatos, porque abundan muchos que no alcanzan el nivel. No todo lo corto es un microrrelato. Hay que estudiar el género, hay que conocer cuáles son las herramientas adecuadas para lograr un buen microrrelato, es decir, hay una exigencia específica.

El cuento también es otro camino difícil, complejo, que requiere de otras formas de escritura. Hay algunos que dicen que escriben un cuento de una sentada. Yo digo que si acaso es la semilla de un cuento. Yo creo que la exigencia de los dos es muy alta. Requieren entrega, disciplina, disposición y mucho trabajo.

Ana María Shua dice, respecto al microrrelato, pero también vale para el cuento, que son diamantes que hay que pulir, quitar, darles el brillo, quitarles el polvo, y sacar el diamante y estar dispuestos a que, si se rompe una esquinita, por mínima que sea, se desecha y a pulir otro.

 

¿Qué sería lo obligatorio que debe aprender alguien para escribir cuentos, microrrelato o, en general, para escribir literatura?

Leer, leer, leer y leer. Y estudiar leyendo a los grandes. Yo vengo del mundo de la actuación y es también como la actuación. Yo no me puedo subir a un escenario si no he entrenado mi cuerpo, la voz, el oído, la observación del mundo, hacerme preguntas. Escribir es lo mismo. Necesitamos mirar el mundo, ver películas, leer y decidirse a escribir.

Es también preguntarse uno para qué quiere escribir, para qué desea actuar, para qué sueña dirigir. ¿Qué quiero decir? ¿Qué es lo que me duele? ¿Cuál es mi herida? ¿Qué quiero hacer yo y que llegue a ti? Para mí es importante llegar a la gente.

 

Los talleres de escritura creativa están de moda, mucha gente quiere aprender a escribir. ¿Realmente sirven los talleres? ¿Se aprende en un taller a escribir?

Hay una discusión en boga. Yo no puedo decir que alguien pueda enseñar a alguna persona a escribir. Se le puede dar una guía a alguien, recomendarle lecturas, acortarle pasos, se pueden enseñar herramientas, dar recursos. Pero no se le puede enseñar a escribir a nadie.

Yo, hasta el día que me vaya, voy a seguir tomando talleres. Ahora mismo estoy estudiando en Argentina y empecé otro en México. Al mismo tiempo que los doy, yo los tomo. Porque creo que, igual que el cuerpo, es una herramienta que si uno no la entrena decae. Lo mismo ocurre con la imaginación, la creatividad. Yo creo que una sola vida no alcanza.

 

Hay mucha gente que conoce las técnicas pero cuando uno los lee aburren. Hay quienes no tienen tanta técnica pero tienen “gracia”.

(Risas) Es que yo creo que ahí está la magia. A alguien le escuché decir que luego de que los escritores hacen llegar sus historias, los académicos pueden analizarlas. Pero de repente puede haber alguien en un pueblo escondido que no escribe, pero habla y cuenta, y puede resultar que es el mejor del planeta.

 

¿Para qué se escribe en un mundo en el que la queja generalizada es que no leemos?

Yo a veces me pregunto: ¿para qué escribo? Hay miles de libros que salen en el mundo todos los días y somos felices con dos o tres lectores.

¿Para qué hacemos teatro, películas, si hay tanto? Yo siento que para ser libres, para crear preguntas, para tratar de llegar a alguien y que salga un grito del alma y se pregunte: ¿estás viendo lo mismo que yo? Sobre todo en estos tiempos. ¿Estás viendo lo mismo que yo? ¿Por qué está sucediendo lo que está pasando en este planeta en este momento? ¿Por qué está pasando lo que está pasando en Venezuela? ¿Por qué pasa lo que está pasando con las mujeres, que nos matan cada dos minutos? ¿Por qué estamos matando al planeta? ¿Por qué? Y, ¿por qué estamos dejando de ser humanos? Para eso escribimos, para ser libres, para comunicar y, tal vez, para no estar tan solos.

 

¿Qué se lleva de Cali?

El sol, el amor de la gente, las almojábanas, el pandebono, y el intercambio de saberes con los otros invitados.

 

¿Qué le deja a Cali?

Espero que una semillita en todas las personas que estuvieron en el laboratorio para que sigan escribiendo.

 

¿Qué la pone triste?

Ahorita, nada. Ah, sí, de repente que me voy a ir.

 

¿Qué la pone alegre?

El sol y la sonrisa de la gente.

 

¿Con qué música acompaña un vino?

Con las canciones de una chica americana cuyo nombre artístico es LP.

 

Una reflexión que comparta con la gente que ha quedado prendada de su quehacer, de su trabajo, de sus enseñanzas.

Yo quiero decirles que, si tienen ganas de hacer algo, háganlo. La vida es hoy, la vida es ahora. Si quieren actuar, si quieren escribir, si quieren dirigir, si quieren bailar, pintar: háganlo. El arte es vida. Quiero decirles a todos que no importa la edad; si uno quiere lograr algo, que nadie nos diga que no podemos.

Manuel Tiberio Bermúdez
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