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Al borde de lo inquietante en ¡A que no me come el gato!, de Carlos Ildemar Pérez

miércoles 13 de abril de 2016
Carlos Ildemar Pérez
Carlos Ildemar Pérez nos propone un discurso que nos sitúa al borde de lo inquietante. Agencia de Noticias de la Universidad del Zulia

“Yo y yo con pelos
y señales soy el que soy y soy
nada más que una desventaja
arrinconada
es decir, un pobrecito ratón amarrado
a la infinita carrera”.
(Pérez, C. p.7).

“El ir y venir ni es de equilibrista
Ni ilusionista
Ni de artimañas
Al desplazarnos en la espontaneidad
Sobre la defensa negra pegajosa
Y ondulante
Superficie”.
(Pérez, C. 1993, Sermones para vivir aquí, p. 49).

De nuevo el Ratón se torna sujeto dual de experimento estético, que se manifiesta como pretexto para abordar la experiencia de lo inquietante, el estar y no estar al borde del aquí y el más allá, en sentirse en el límite entre lo finito e infinito, agitándose el Ser en las cuerdas que tensan el arco de la vida y la muerte. Pero ese vaivén que te sorprende en cualquier rincón de la angustiada existencia se nos muestra en la configuración de un aparente desdoblamiento, que pareciera ser unidad de contrarios multiplicada de voces fundidas en la imagen del Ratón-Gato. Y es que en esta oportunidad el escritor Carlos Ildemar Pérez Hernández nos propone un discurso que nos sitúa al borde de lo inquietante, es decir, en el desconcierto de una realidad haciéndose, puesto que apenas el espacio concebido es la medida entre la inquietud y la intranquilidad. Sólo subsiste el sueño, y desde allí se gesta una poética del instante que como rocío nos deslumbra, en tanto:

La pajarraca visita del tiempo
no nos hizo amigos,
sino dos viejos iguales
que ni en sueños tampoco
cargan nada de ganas
para probar perseguirse
jamás de los jamases (p. 84)

De este modo, sirvan estas palabras iniciales que abren cauce a una serie de impresiones en torno al libro ¡A que no me come el gato!, del escritor zuliano Carlos Ildemar Pérez Hernández.

 

“¡A que no me come el gato!”, de Carlos Ildemar PérezMe tiene al alcance de sus garras

El libro ¡A que no me come el gato! (2005), del escritor zuliano Carlos Ildemar Pérez Hernández, se teje y desteje desde un discurso de las garras que se afianzan en la superficie de un universo imaginario de la infinitud, donde han de consumirse los personajes cual hígado de Prometeo devorado por un águila en virtud del castigo divino. Así que se exhibe la condición de un Ratón sujeto a la sobrevivencia: “Esa sombra de rabo y orejas puntiagudas / me tiene al alcance de sus garras” (p. 11). En fin, este es el laberíntico destino que deriva en la incansable carrera por el tiempo hasta intentar alcanzar al sobresaltado Ratón. Aunque ese constante ir y venir se mantiene a veces en suspenso, porque cuando se supone el zarpazo final que destrozaría al pobrecito Ratón, ocurre una suerte de lógica de la tregua: el Ratón se sumerge en el sueño y por instantes no corre sino que viaja hacia otros espacios, el Gato se muestra cansado, se distrae, la dualidad irrumpe en la realidad o se abre una ventana hacia lo sorprendente. Valen estas muestras ubicables en el plano de la evasión, la nostalgia, el vacío, lo evocativo, la transcendencia de lo temporal, que juzgamos confirma esta aproximación: “Olvido al gato y sueño que viajo por el aire, / tripulando una olla espacial / y que aterrizo en un planeta desconocido” (p. 17).

Mientras voy corriendo
otra vez imagino la aparición
de un caballo con alas
ajustado a mi tamaño,
que me llevará adonde haya
casas sin gatos
y de haberlos que duerman todo el día
y si despertaren que carezcan de patas
con qué perseguir a nadie
y cuando quieran hacerlo
se arrastren tan despacito por el suelo
como una foca tatarabuela
seguiría cabalgando con él,
volando seguiríamos
hacia la antigatuna galaxia más lejana (pp. 81-82).


Hoy el gato de la indiferencia
está echado inamovible,
ni un pelito agita en la redonda,
más inservible y haragán
que un trapo viejo.


¿Estará enfermo?:
da gusto jalar sus párpados
¿Enamorado estará?:
brinco brincando sobre el rabo


¿Qué le habrá picado a ese bicho
que no quiere cumplir ni un rato
su papel de gato? (p. 37).

Tomemos en consideración dos muestras más que permitirán visualizar, uno, la condena a lo ilimitable, y dos, el estado de tensión que provoca estar al filo del miedo: “Del susto tengo los pies temblorosos” (p. 11), “un pobrecito ratón amarrado / a la infinita carrera (p. 7). Tal es la condición de perpetuidad, de lo incesante, que desde ahora en adelante el Ratón la ha de sobrellevar como alteridad; así lo percibimos en estos ejemplos a lo pretendido: “A mi mundo un gato incansable / han encadenado”, “Si a mí me tocara ser gato”, “llevando encima este rabo de gato”, “Ese rabo de gato que me cuelga / pesa más, yo no sé” (pp. 7, 21, 39, 41). Asimismo, el extremo tiene su válvula de escape que clama a la indistinta otredad: “¡Oh pesadillas, / basta de pesadillas! Sin enojos quiero abrir los ojos, / ¡Quiero despertar! / ayuden a un desesperado ratón. / ¡Alguien que venga / y me dé un escobazo!” (p. 41). En este sentido, es la lucha por conservar la vida o tener la posibilidad de escapatoria ante la inminencia de ser presa del deseo; tal vez presentir la fatalidad que conlleva el determinismo biológico que implica el ciclo de la cadena alimenticia. Al respecto, el maestro Briceño Guerrero cuando compara las posibilidades de sobrevivencia y sus mecanismos entre el hombre y los demás entes, lo sustenta del siguiente modo:

…los animales están ligados a su mundo circundante por relaciones de interacción casi invariables, gracias a los automatismos del instinto, el hombre, aunque en su aspecto físico-biológico comparte con ellos la misma servidumbre a leyes naturales, se distingue por un alto grado de indeterminación en lo que se refiere a su conducta. No dispone de mecanismos instintivos que le aseguren la supervivencia, o ellos no son, al menos, suficientes para asegurarla. No es como las golondrinas, que encuentran sin brújulas ni mapas los lugares que buscan (“La filosofía y nosotros”, en La casa del verbo, 2009, pp. 192-193; compilación y presentación: Gonzalo Fragui).

Y por qué no aventurarse en la sentencia anticipatoria de estar en la “intermitencia de la muerte” o encontrarse también en la circunstancia de ser “presa de perros y pasto de aves”. (p. 9). Esto había sido ya esgrimido por el poeta Homero en el Canto I de La Ilíada (1976). En consecuencia, una vez percibido el escenario, adentrémonos en este tablero de la existencia y observemos atentamente cómo el autor de este libro arroja al homo ludens, mutación Ratón-Gato que sucumbe en medio de la asechanza hasta en el espacio onírico: “¡Muchas pesadillas, / pesadillotas! / imposible escapar de las persecuciones felinas” (op. cit., p. 39). Insistimos en que en este último aspecto, determinismo biológico, opera, por un lado, lo instintivo: “No entiendo cómo se las arregla / para saber dónde estoy”, y en segundo lugar, la inversión de los roles a nivel de la astucia, lo que ratifica la alteridad: “Tengo la sospecha y conclusión / de que el gato piensa como un ratón”; “Si a mí me tocara ser el gato / ¡guácala! / jamás perseguiría a los ratones” (pp. 43-21). En tanto, esa trama hilvanada de garras se torna desconsoladora:

Ese gato bigotudo
con los colmillos insaciables
y perseguidores,
ejército de ametralladoras
carcajeándose contra mí,
con las garras plateadas de metal
peligroso,
me recuerda
a un malvado gánster de televisión (óp. cit., p. 33).

 

A un zarpazo de distancia

La tortuga y Aquiles

Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó los talones. En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.

(Augusto Monterroso: Fabulaciones y ensayos, 1999, p. 327).

Aunque esta no es la situación, no sé por qué recordar bien o mal la famosa aporía o paradoja de Zenón de Elea, en donde el veloz Aquiles es aventajado por la lenta Tortuga. Pero aquí en nuestro contexto (El del libro ¡A que no me come el gato!) se trata de la carrera inagotable donde los protagonistas son dos animales: un Gato y un Ratón. Ellos, en ese recorrido a través del tiempo y el espacio, viven en una constante separación; por momentos la unidad de medida es un centímetro que lo mantiene al borde. En este caso, la ilusoria ventaja le corresponde al Ratón ante la sagacidad del Gato, la que oscila entre “ir un centímetro adelante”, “a un zarpazo de distancia delante de él”, “está a un paso de atraparme” (pp. 5, 21, 43). Quizás sea por la sutileza del argumento de que el héroe épico en el plano geométrico, siendo comprobadamente más veloz, no alcanzaría a la Tortuga, a pesar de su extrema lentitud. Allí sólo contaba la ventaja que se le concediera a la Tortuga, como prueba confirmatoria de que detrás estaba el seguro y supuesto ganador. Por cierto, prueba que distrajo la atención de quienes para el siglo V se ocuparon de ella, y que en el fondo de ella subyace la tesis de lo permanente del filósofo Parménides, defendido por su discípulo Zenón. Sin embargo; modernamente aquí se desliza lo continuo e infinito, el movimiento es perpetuo y a la vez poético, porque los desplazamientos ante el miedo se sitúan en el terreno de lo inasible, el afuera, el estar y no estar en un lugar, y el esplendor de la imagen. Por ejemplo, los instantes donde se presume la evasión son apenas refugio de lo efímero y se perciben en la distancia: “un sonriente atajo incandescente”; “De pronto me disfrazo con el silencio / de un escondite que está y no está / que sale y se oculta…”, “volando seguiríamos / hacia la antigatuna galaxia más lejana” (pp. 5-82). Ahora bien, tan sólo para establecer los contrastes y las semejanzas entre ambas situaciones, partamos del siguiente fragmento y luego estimemos los límites de la inconmensurable distancia que existe entre el Gato y el Ratón en ese ir y venir ante la asechanza:

Pierdo y gano el equilibrio,
ro
……..dan
……………….do
y derechito
busco escabullirme,
ir un centímetro adelante
antes de ser un bocado (p. 5).

 

Breve relación espacio-temporal

En esta breve relación que aproxima o aparta al Gato del Ratón en el recorrido trazado, identificaremos el conjunto de expresiones que supuestamente designan o connotan a qué distancia se encuentran los antagonistas, y luego intentaremos valorar la continuidad y discontinuidad establecida, con el objetivo de atreverse a ser lectores cómplices del juego que construye una trama en donde discurren las categorías espacio-temporal.

 

1ª relación

“Ir un centímetro adelante” (p. 5); “me tiene al alcance de sus garras” (p. 11); “a un zarpazo de distancia / delante de él” (p. 21); “El gordiflón amarillinegro de ese gato / puntiagudo / casi siempre / está a un paso de atraparme” (p. 43); “Por nada y el gato me caza” (p. 59); “con el gato en los talones” (p. 75); “Cuando era perseguido por el gato por enésima vez / en un segundillo, / fui ayudado por la pompa / que con su redondez me empujaba / para que yo corriera más y mucho más” (p. 54); “imposible escapar de las persecuciones / felinas” (p. 39).

En esta primera incursión nos encontramos con que los seres cómplices del juego al Gato y al Ratón están en movimiento, si bien su balance se conjetura en la cuerda floja como en efecto pareciera el discurrir humano al estar en el centro de la decisión del vivir, por ello: “El ir y venir ni es de equilibrista / Ni ilusionista / Ni de artimañas” (op. cit., p. 49). Pues, no es más que la arquitectura de un universo compacto que se expande, espejo que nos ofrece la posibilidad de miramos desde las honduras de la psiquis mediante el sueño, siendo los personajes marionetas del inexorable tiempo. Así que, más allá de la riqueza lingüística que se pueda explorar en ¡A que no me come el gato!, está detrás del poder de las palabras la reconciliación estética como acto de liberación ante la tragedia humana. De hecho:

…el arte es una lucha contra el tiempo, en definitiva, contra la necesidad de morirse. O, como lo vieron los trágicos griegos, un medio para enfrentarse a este destino y producir una catarsis que haga posible la vida humana, entendiendo catarsis no como liberación, eso sería imposible, sino como identificación y aceptación de los problemas (Ortiz, 2010, p. 17).

Es oportuno reiterar que ¡A que no me come el gato! es una opción que coloca en nuestras manos el poeta Carlos Ildemar Pérez ante las ruinas del tiempo, esa odisea que padece el hombre en su peregrinar. De este modo, creemos que es desde la mirada estética donde se capta lo continuo/discontinuo partiendo de una poética instante. Igual preocupación ha sido compartida por su homólogo el poeta Vicente Gerbasi, con quien queremos celebrar ese alivio espiritual al recordar estos versos: “Atrás el tiempo queda como drama en el hombre: / engendrador de vida, engendrador de muerte” (p. 115). Por ello, la clave sigue siendo la estética, y el énfasis puesto en este punto obedece a la visión rastreada por Fernando Gómez en La crítica literaria del siglo XX (1996), en donde se registran los conceptos reactualizados de poiesis, aisthesis y catarsis por Hans Robert Jauss, para fijar la idea en torno al placer estético. Esta tradición también es detectada en la obra del escritor Carlos Ildemar Pérez. Recordemos, pues, tales ideas emparentadas a lo expresado tanto en la obra como en este texto del poeta:

poiesis se refiere al placer producido por la obra hecha por uno mismo; aisthesis, aquel placer estético del ver reconociendo y del reconocer viendo, y catarsis, es (…) aquel placer de las emociones propias, provocadas por la retórica o la poesía, que son capaces de llevar al oyente y/o al espectador al cambio de sus convicciones como a la liberación de su ánimo. En cuanto a este particular, Fernando Gómez Redondo acentúa que poiesis equivale a un mecanismo productivo de la experiencia estética que pone en juego los aspectos de construir la obra y de conocer a través de ella; aisthesis designa el aspecto receptivo de la experiencia estética, en un proceso que permite ver más allá de las cosas de las que un lector cualquiera puede tener por delante; catarsis explica la función comunicativa de la experiencia estética, por lo que un receptor se ve transformado y, a la vez, transforma los horizontes de los que participa (Gómez: 248).

Con su cara numérica
de vendedor de relojes
llegó de pronto el tiempo,
muy odontológico le extrajo al gato
todos los dientes,
de un soplido oscureció las peligrosas
luces de lince
que tenía en los ojos el felino,
el gato desde entonces está más ciego
que la ceguera de una piedra (Pérez, C. p. 83).

Ahora, para retornar al curso de lo que veníamos afirmando, dejamos claro que los personajes que conviven en este vagar existencial en el centro del miedo, el humor, el amor, el sueño/ensueño y la ausencia/presencia, asumen el rol protagónico, además de resistir la dualidad de ser antagonistas. De este modo, trasladémonos a través del espacio por donde se ejecuta el recorrido, siendo también jugadores que constatamos la variabilidad de la velocidad partiendo de un centímetro como medida clara. Luego ese margen será designado con las expresiones “por nada”, “a un zarpazo”, “a un paso”, “en los talones”, “al alcance de sus garras” (pp. 59, 21, 43, 75, 11), todas ellas desdibujadas y dignas de la novela El hombre que calculaba, de Malba Tahan, y de la mirada caleidoscópica del Aleph. Sin embargo; los términos “casi siempre”, “imposible”, “por enésima vez”, “en un segundillo,” y “más y mucho más” (pp. 43, 39, 54), revelan que no hay una constante y siguen en un movimiento rectilíneo en lo perpetuo, acelerado y sorprendente.

 

2ª relación

“Allí viene la sombra / lentamente” (p. 10); “esta montaña lenta y bien gatuna” (p. 11).

La aparente lentitud y moderación se distingue como punto intermedio entre lo perturbador que genera inquietud y aquel estado en que se encuentra la presumible víctima, es decir, en el extremo de desaparecer, en este caso ante la angustia total. Por ello, visualizamos que en ciertos momentos el victimario (el Gato) se encuentra en reposo, inamovible: “Hoy el gato de la indiferencia / está echado inamovible” (p. 37). Por otro lado, cuando el Ratón es un mero observador, detrás de una cortina, y el Gato está ocupado, ajeno a su naturaleza; allí no hay alguna acción que trastorne la tranquilidad del Ratón: “El gato y la mariposa / parecen dos niños buenos / jugando a ser amigos” (p. 66). Y un dato más que brinda oportunidad al Ratón es mientras el Gato se distrae: “vagabundear por el techo / y callejones de la luna” (p. 57). Aquí es afortunado el Ratón porque no será asechado,  no hay acción directa hacia él: “Al descuido puedo acostarme / dentro y fuera de cualquier / cosa que desee. / “Olvido sin remordimiento” (…) “puertas de los atajos / y los escondites” (p. 57).

 

3ª relación

“Siempre a gran velocidad de salvavida / corro a más no poder” (p. 5); “mejor corro / rápido y rapidito, / rapidísimo escapo” (p. 11); “Debo correr rápido, / más aprisa, mucho más veloz, / ¡Uff! Rapidísimo” (p. 28).

En tercer lugar, la velocidad es incesante y aumenta gradualmente, y pareciera que el Ratón sí escaparía debido a su gran empeño y esperanza de “las garras plateadas de metal peligroso” del intolerante Gato (op. cit., p. 33). Notemos, simplificando, las cualidades analógicas de la velocidad: “Corro rápido, rapidito, rapidísimo; aprisa, a gran velocidad, a más no poder”.

 

4ª relación

“procurar la velocidad / de un cohete espacial” (p. 28); “Olvido al gato y sueño que viajo por el aire, / tripulando una olla espacial / y que aterrizo en un planeta desconocido” (p. 17); “sería un astronauta / que flota perdido para siempre” (p. 19); “montados en una antigatuna estrella” (p. 22); “A mil millones de kilómetros por / microsegundo”, “el día que menos espere / de una tremenda carrera / hasta llegaré / a despeinar al sol” (p. 29);  “Ojalá que las próximas mariposas / aprendan la técnica / de correr volando, / de volar corriendo, / a la velocidad de los ratones” (p. 68).

Un giro medular ocurre aquí (4ª relación) cuando la irrupción de la realidad es total. El plano espacio-temporal donde se desplazaban los personajes ha sido trascendido. Ahora es la vastedad la superficie “ocupada” para el sueño/ensueño: “Olvido al gato y sueño que viajo por el aire, / tripulando una olla espacial / y que aterrizo en un planeta desconocido” (p. 17). La velocidad adquiere otra dimensión, la cósmica. El recorrido será en adelante el de la luz: “el día que menos espere / de una tremenda carrera / hasta llegaré / a despeinar al sol” (p. 29). Del centímetro que está “a un zarpazo” de distancia se acelera: “A mil millones de kilómetros por / microsegundo” (pp. 21-29). Ya no se corre, se vuela utilizando para el traslado aparatos espaciales: cohetes y ollas imaginarias. Actualmente, la ruta es hacia a una estrella como al sol hasta descender en un planeta desconocido: “…y que aterrizo en un planeta desconocido” (p. 17). Un ejemplo más que notorio de evasión, de ese estar afuera, de traspasar los límites de la cotidianidad (asechanza-vida-muerte), pero igualmente sorprendido en otra dimensión, se expresa en el siguiente texto:

Menos mal que estaba subido
en la olla espacial masticando
el último pedacito de Humm,
de no haber sido así
ahora estaría de sideral,
sería un astronauta
que flota perdido para siempre (p. 19).

 

El devenir del miedo

Uno de los temas subterráneos de esta obra es el miedo y las derivaciones implícitas. No obstante, si examinamos que encontrarse en esa circunstancia tiene como consecuencia un estado de desequilibrio, tanto para un ser de la escala animal como humana, y que además genera ansiedad, angustia, paralización y disminución de la personalidad, estamos en presencia de ese tipo de emoción. Localicemos algunas circunstancias intolerables con las que tropieza y sitúan al Ratón en la incertidumbre: “…nada más que una desventaja / arrinconada”, “ser un bocado”, “corro a más no poder”, “es mi corazón un gallinero alborotado”, “son mis ojos dos ventiladores”, “me tiene al alcance de sus garras”, “Del susto tengo los pies temblorosos”, “soy al que repudian y sin más / produzco pavor como el monstruo / más ultramonstruoso”, “imposible escapar de las persecuciones felinas”, “ayuden a un desesperado ratón” (pp. 7, 5, 10, 11, 34, 39, 41). Sin embargo; confirmemos esos episodios impactantes sobrevenidos en la vida de ese Ratón que palpitan en ¡A que no me come el gato! Para este propósito tomamos en consideración el libro Anatomía del miedo (2006), del filósofo español José Antonio Marina, donde se nos muestran esas vicisitudes del miedo que estremecen a zarpazo limpio al Ratón como al ser humano: “El ser humano siente miedo y responde psicológicamente al miedo con mecanismos muy próximos a los que usan los animales: huida, ataque, inmovilidad y sumisión” (p. 191).

Desde cualquier rincón, la incesante desnudez del miedo es la que nos mira y aturde, quizás, hasta sumergirnos en el desamparo, como provocarnos la muerte. Es así como opera la esencialidad que se manifiesta en ese constructo verbal, a pesar del magistral manejo de esta emoción, como vía para la evasión, que confecciona el escritor Carlos Ildemar Pérez mediante el uso de los recursos expresivos como metáfora, hipérbole, jitanjáforas, humanización, personificación, símiles, el ludismo, la alteridad, lo onírico, la metamorfosis, la ironía y el humor. Es propicio, entonces, conmovernos con este subterfugio poético ante una realidad apremiante, la del Ratón, en el contexto imaginario del libro ¡A que no me come el gato! Si prolongamos la mirada hacia esa otra cara del sueño, podemos preguntarnos, ¿acaso cabe la posibilidad de contrastarse con la realidad circundante donde sobrevive el Ser de la modernidad? Si es una verdad de perogrullo decir que tanto la literatura en general como la poesía están insertas en los huesos de la sociedad, es porque el lenguaje en tanto que hechura del hombre se plantea como una confrontación inagotable, y este es el caso de esa fábula moderna que nos entrega el poeta Carlos Ildemar Pérez. Nada fácil, aparentemente sencilla, más bien, es un complejo universo dedicado al oído del niño y que siempre intenta invitar desafiantemente al adulto a mirarse desde su incertidumbre “humana, demasiadamente humana”, al decir de Nietzsche. Para una muestra de lo inesperado, he aquí este clamor de humor ratuno, que merece ser copiado plenamente a fin de la esperada mirada atenta de los lectores:

Me vuelvo un terremoto desesperado y
loquero cuando huyo
¿De ratón razonable paso a ser
una pelota de hipo disparatado
para salvar el traje gris aterciopelado?
Ahora cuando más un ratón
los necesita,
están escondidos para mí los escondites,
y a que sí me termina comiendo el gato
porque los huequitos y hendiduras
no salen corriendo en mi ayuda
para burlar las malas intenciones
del felino
Mientras voy corriendo
otra vez imagino la aparición
de un caballo con alas
ajustado a mi tamaño,
que me llevará adonde hayan
casas sin gatos
y de haberlos que duerman todo el día
y si despertaren que carezcan de patas
con qué perseguir a nadie
y cuando quieran hacerlo
se arrastren tan despacito por el suelo
como una foca tatarabuela
seguirá cabalgando con él,
volando seguiríamos
hacia la antigatuna galaxia más lejana (pp. 81-82).

 

El miedo: movilidad e inmovilidad

Como pareciera que la recurrencia en torno al miedo se suscita entre movilidad e inmovilidad, tranquilidad-intranquilidad, retomemos el intenso estudio de José Antonio Marina, Anatomía del miedo, para aclarar un poco y, a su vez, señalar algunas consecuencias manifiestas causantes del arrinconamiento ocasional de nuestro personaje, el Ratón. Este autor describe la emoción miedo y formula un cuadro categorial que resulta adecuado para afianzar nuestra búsqueda. Adoptaremos este esquema pero no en su totalidad, ya que las realidades que se nos presentan tienen naturalezas distintas.

Un sujeto experimenta miedo cuando la presencia de un peligro le provoca un sentimiento desagradable, aversivo, inquieto, con activación del sistema nervioso autónomo, sensibilidad molesta en el sistema digestivo, respiratorio o cardiovascular, sentimiento de falta de control y puesta en práctica de alguno de los programas de afrontamiento: huida, lucha, inmovilidad, sumisión. La gacela huye, el toro embiste, el escarabajo se hace el muerto y los lobos realizan gestos de sumisión ante el macho dominante. Los humanos mezclamos hábilmente esta respuesta. (…) Propongo la siguiente cartografía léxica:

INQUIETUD………………….Agradable = Excitación
………………………………………………………………………………………..Sin causa conocida = Angustia
……………………….O
INTRANQUILIDAD………Desagradable = Ansiedad
………………………………………………………………………………………..Con causa conocida =  Miedo

(Marina, p. 33).

 

Una desventaja arrinconada

Aquí intentamos acercarnos y adecuarnos al esquema propuesto por José Antonio Marina, asumiendo posibles e indudables equívocos siendo la materia que estamos tratando  sutil, sensible, intangible y que extravía. Pues son las palabras con las que se designan hechos, acontecimientos, caracterizaciones y simbolizaciones, las que establecen un conjunto de relaciones en torno a los términos: malo/bueno, débil/fuerte, valiente/cobarde, inquietud/intranquilidad, quietud/inquietud, ansiedad, angustia y astucia, entre la gama de términos que permiten la construcción de un mundo imaginario:

 

Intranquilidad/Desagradable = Ansiedad/Con causa conocida = Miedo

“Pierdo y gano el equilibrio, / rodando” (…) “busco escabullirme”, / antes de ser bocado” (p. 5); “Esa sombra de rabo y orejas puntiagudas / me tiene al alcance de sus garras / Del susto tengo los pies temblorosos / y me pican como si los hubiera metido / en una reunión de hormigas bravas”, “Me vuelvo un terremoto desesperado y / loquero cuando huyo” (p. 81); “Quedé frío, como un paraguas bajo la lluvia, / ante la sorprendente presencia / de ese gatucho inesperado” (p. 35).

 

Inquietud/Agradable = Excitación/Sin causa conocida = Angustia

“¡Pesadillas/tengo pesadillas! / ¡Muchas pesadillas, / pesadillotas! (p. 39); “¡Oh pesadillas, / basta de pesadillas!, / sin enojos quiero abrir los ojos, / ¡Quiero despertar! / ayuden a un desesperado ratón” (p. 41); “y empiezo a temblar / de miedo por la mariposa” (p. 65); “y hay que empezar a temer” (p. 67); “Ahora cuando más un ratón / los necesita, / están escondidos para mí los escondites” (p. 81); “Mientras mi corazón calmaba / a un grupito de pálpitos / que tronaban dentro de mi pecho, / levanté infinitamente los párpados, / para saber que respiraba todavía”; “por pocote me quedo tieso y / acalambrado / casi me mata del susto / ese tonto gato de yeso”, “Con esa mentira de gato de / tamaño natural / que sin avisarme pusieron / de adorno sobre la mesa de comer, / por pocote me quedo tieso y / acalambrado, / casi me mata del susto / ese tonto gato de yeso, / por nada, / por poquitísimo” (p. 36).

 

El miedo y sus ramificaciones

Tratando de continuar organizando algunas circunstancias que padece el aterido Ratón en torno al miedo y sus ramificaciones, para contrastar y asociar, nos hemos planteado esta relación esquemática con el propósito de ampliar el espectro de esa tensión que produce el miedo:

 

Pérdida del equilibrio y desorientación

“Pierdo y gano el equilibrio, / rodando” (…) “ir un centímetro adelante / antes de ser bocado”, “Siempre a gran velocidad de salvavida / corro a más no poder” (p. 5).

 

Manifestación de la condición de un Yo debilitado

“Yo y yo con pelos / y señales soy el que soy y soy / nada más que una desventaja / arrinconada / es decir, un pobrecito ratón amarrado / a la infinita carrera” (p. 7).

 

Presunción de muerte

“Esa sombra de rabo y orejas puntiagudas / me tiene al alcance de sus garras / Del susto tengo los pies temblorosos / y me pican como si los hubiera metido / en una reunión de hormigas bravas”; “Por si acaso, mejor corro / rápido y rapidito, / rapidísimo escapo (p. 11); “De pronto: ¡Buh! me asusta” (p. 16); “Demasiado silencio / para no sentir como si estuviera / dentro de la boca del gato” (p. 70); “Por si fuera poco y sin estar loco / con la garra puesta en el pecho, / entonaría esa canción de cuna” (p. 22).

 

Pérdida de la respiración

“Mientras mi corazón calmaba / a un grupito de pálpitos / que tronaban dentro de mi pecho, / levanté infinitamente los párpados, / para saber que respiraba todavía”; “por pocote me quedo tieso y / acalambrado / casi me mata del susto / ese tonto gato de yeso” (p. 36).

 

Pesadillas como reacción posterior al miedo y otras expresiones

“¡Pesadillas / tengo pesadillas! / ¡Muchas pesadillas, / pesadillotas! (p. 39); “Oh pesadillas, / basta de pesadillas! / sin enojos quiero abrir los ojos, / ¡Quiero despertar! / ayuden a un desesperado ratón” (p. 41); “y empiezo a temblar / de miedo por la mariposa” (p. 65); “y hay que empezar a temer” (p. 67); “Por si acaso, mejor corro / rápido y rapidito, / rapidísimo escapo” (p. 11).

 

Búsqueda de refugios

“Busco escabullirme”, “De pronto me disfrazo con el silencio / de un escondite que está y no está, / que sale y se oculta, / como si volara / metido entre las nubes” (p. 5); “Ahora cuando más un ratón / los necesita, / están escondidos para mí los escondites” (p. 81); “Aquel bolsillo izquierdo / es el lugar de la casa” (p. 13); “Si de dos gatos se tratara / la única escapatoria / que tendría para no ser atrapado / sería la de confinarme por siempre / en lo alto de mi bolsillo / del azulado traje” (p. 44); “Del susto regreso volando / al azul de mi bolsillo” (p. 53); “Me vuelvo un terremoto desesperado y / loquero cuando huyo” (p. 81).

 

Trazos para los pequeños héroes

Esquematizando un poco, y asumiendo de manera exigua el concienzudo y didáctico estudio para un análisis literario, Serie Sol Nº 1 (1992), de la escritora Griselda Navas, hemos de realizar un breve bosquejo de los personajes que han participado en esta contingencia, a los efectos de identificar algunos de sus rasgos distintivos. En tal sentido, ella, con el objeto de localizar tales atributos, confirma que:

Las características físicas de un personaje se refieren a su apariencia, al color, a sus ojos, a su estatura, a la forma de vestirse y a cualquier otro rasgo que nos permita imaginarnos cómo es. Las características psicológicas de un personaje se refieren a su modo de ser, a su manera de pensar y de sentir (p. 93).

Siguiendo este procedimiento señalaremos determinadas características generales tanto del ratón como del Gato. Claro, ellas sólo para ver cómo se delinean los antagonistas. Sin embargo; estos personajes fueron concebidos como sujetos indisolubles atados a una carrera inagotable que giran en sentido de lo ilimitado y lo inasible. En este particular la condición del Ratón sería, en cuanto a características físicas: diminuto, pelo fino muy bien arreglado, rabo hermoso. Características psicológicas: ingenioso, pacífico, inofensivo, pobre, repudiado, pavoroso y ultramonstruoso, hasta llegar a considerarse una desventaja sometido al desprecio y totalmente arrinconado; a veces, mientras cesa la persecución, se transmuta en “autoridad única” del festín del sabor: “seguidamente me convierto / en terrateniente de la cocina” (p. 48). A veces hasta llegar a adquirir facultades de invisibilidad: “y me haré invisible” (p. 72). He aquí algunos ejemplos tomados del libro: “como una fruta dulce / de pacífico” (p. 6), “inofensivo” (p. 34), “un pobrecito ratón amarrado / a la infinita carrera” (p. 7), “desventaja / arrinconada”, “al que más repudian / produzco pavor como el monstruo / …ultramonstruoso” (p. 34), “una elegantísima bailarina de ballet, / diminuta como mi estatura” (p. 69), “cada pelo mío bien peinado” (p. 13), “Con mi fino pelo” (p. 74), “agotado de ingeniosas y / espeluznantes escabullidas” (p. 58), “en vez de mi rabo hermoso” (p. 39). En el caso del Gato se nos muestra como características físicas: grande, orejas puntiagudas como cachos, rabo puntiagudo y peliagudo, bigotudo y garras de metal. Características psicológicas: malicioso, engreído, peleón, bravucón, atacante, enemigo, temible, ogro, con destreza, glotón, en fin, incansable. Igualmente, éste se transfigura pero sublimando su presencia perturbadora a favor del Ratón: “El gato ha dejado de ser gato, / el gato está desaparecido / debajo de un pocotón de flores (…) / me persigue inofensivo y perfumado” (p. 24). Apegándonos al texto sería: “gato malicioso” (p. 14), “engreído” (p. 16), “suertudo”, (p. 15), “peleón”, (p. 33), “atacante y enemigo”, “el más bravucón de la comarca”  (p. 15), “gato incansable” (p. 7), “ese gato bigotudo / con los colmillos insaciables” (…), “con garras plateadas de metal / peligroso” (p. 33), “cada vez más grande / y temible que ogro, / que dos ogros quizás” (p. 35), “rabo y orejas puntiagudas” (p. 11), “como cachos”, “punta de rabo peliagudo” (p. 24), “ese terrible glotón ratonero” (p. 28), “ese gato roncón” (p. 31), “la afilada sonrisa gatuna” (p. 63), “Qué destreza de gato / muestra este gato / cuando trepa al rosal / y jamás lo pellizca o muerde / ninguna espina” (pp. 65-66).

 

Espacios para una trayectoria

Cuando localizamos los lugares por donde transitan los personajes nos encontramos con que éstos son, a veces, precisos e imprecisos, inasibles, aéreos, flotantes y ambiguos. Lo que responde, por supuesto, a una lógica congruente a la organización espacial de ese orden imaginario. De modo que están distribuidos así:

 

Exteriores

“…por los alrededores de la cocina” (p. 6), “…por las esquinas del pan, / …donde viven las patas de la mesa” (p. 9), “Aquel bolsillo izquierdo / es el lugar de la casa” (p. 13), “A esta casa humana llegué / primero que el gato,”  (…) “…nací dentro / de la barbada telaraña / de un zapato” (p. 15), “El gato anda metido… / …por el techo / y callejones de la luna” (p. 57), “Cuando el gato sale / (…) por los acontecimientos del techo” (…) “los universos de la casa” (p. 45) “del traje donde yo vivo” (p. 47), “Del susto regreso volando / al azul de mi bolsillo” (p. 53).   “desde… la profundidad azulina / de mi bolsillocasa” (p. 71).

 

Exteriores (inasibles, flotantes y ambiguos)

“Cualquier caminito”, “un escondite que está y no está”, “que sale y se oculta”, “como si volara”, “metido entre las nubes” (p. 5), “camino… / por el raquítico cable del teléfono / que me lleva al árbol / más alto que una estrella” (p. 51).

 

Interior o psicológico

“Olvido al gato y sueño que viajo por el aire, / tripulando una olla espacial / y que aterrizo en un planeta desconocido” (p. 17), “¡Pesadillas / tengo pesadillas! (…) ¡Muchas pesadillas, / pesadillotas! / imposible escapar de las persecuciones” (p. 39), “Vivo con un océano / de estrellas / derramado en mi cabeza” (p. 57), “…otra vez imagino la aparición / de un caballo con alas / ajustado a mi tamaño” (pp. 81-82).

 

Una manera curiosa de armar un libro

Necesario es conocer que esta obra de 11 centímetros de largo por 5,5 centímetros de ancho, armada con 19 ilustraciones de Neydalid Moreno, está dividida en 30 curiosas secciones, especie de otro orden contenido en el largo cuerpo del poema con claro tono narrativo, síntesis esencial que según la clave de lectura propuesta por el autor nos indica que se puede leer de la siguiente manera: “El universo es una casa / muy chiquita para este ratón y aquel gato / que tumbaron de la mesa al mundo / y son ellos los más inseparables enemigos / del globo terráqueo”. Además, organización que separadamente funciona como índice.

 

El sabor que dejó el libro

Quisimos incluir en este acercamiento al libro ¡A que no me come el gato! otra lectura, para explorar un tanto la experiencia sensible como lectora de una vecina habitante de la comunidad Loma Linda, del municipio Cocorote, parroquia Cocorote, estado Yaracuy. Se trata de Oneika Arias, cursante del primer año de bachillerato en el colegio San Juan Bautista. Ante la pregunta “¿Qué te pareció la lectura?”, ella confesó: “El libro tiene muchos juegos de palabras. Al Gato se le hizo una pequeña broma, es decir, la venganza del Ratón en contra del Gato, porque lo adornó todo con flores. Tiene mucho humor, me causa risas”. Ella relacionó e identificó en la ilustración la imagen del Gato sembrado de flores, complementándola con la sección “Chiquita” (pp. 23-24), e hizo referencia al texto contenido en “Al” (pp. 54-55). No obstante, y en honor a su amable disposición e interés, copiamos íntegramente el poema seleccionado por esta pequeña amante de la lectura con la intención de celebrar su entusiasmo al recibir esta obra. Valdría la pena ampliar la muestra de lectores en virtud de la riqueza expresiva que depara este libro, y las posibilidades de múltiples lecturas a que invita.

Felino animalesco
el gato,
durmiendo a pata suelta,
sin darse cuenta
que en su punta de rabo peliagudo
he sembrado una flor,
que dentro de sus espinosas orejas
he sembrado una flor,
que en la puntica rocosa de la nariz
he sembrado una flor,
y también y finalmente en ese volumen
de pelos y de gato
he sembrado más flores (Pérez, op. cit., p. 24).

 

Referencias

  • Briceño Guerrero, José Manuel (2009). “La filosofía y nosotros” en La casa del verbo (compilación y presentación: Gonzalo Fragui). Caracas, Venezuela: Fundación Imprenta de la Cultura.
  • Gómez, Fernando (1996). La crítica literaria del siglo XX. Madrid, España: Editorial Edaf, S.A.
  • Gerbasi, Vicente (2006). Hacia la noche vamos. La Habana, Cuba: Fondo Editorial Casa de las Américas.
  • Homero. (1976). La Ilíada. Madrid, España: Espasa-Calpe, S.A.
  • Marina, José Antonio (2006). Anatomía del miedo. España: Anagrama.
  • Monterroso, Augusto (1999). Fabulaciones y ensayos. El Vedado, La Habana, Cuba: Fondo Editorial Casa de las Américas.
  • Navas, Griselda (1992). Serie Sol Nº 1. Caracas, Venezuela: Editorial Conceptos, C. A.
  • Ortiz, Antonio (2010). Manual exprés para no escribir cuentos malos. Caracas, Venezuela: Fundación Editorial El Perro y la Rana.
  • Pérez, Carlos Ildemar (2000). ¡A que no me come el gato! Maracaibo, estado Zulia: Ediciones Astro Data, S. A.
    (1993). Sermones para vivir aquí. Maracaibo, estado Zulia: Editorial de la Universidad del Zulia / Fondo Editorial Orlando Araujo.
Yony G. Osorio G.
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