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El paisaje, un espacio en la literatura
(sobre El lugar que habito, de Yohana Toro)

lunes 16 de junio de 2025
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Yohana Toro
Yohana Toro obtuvo, con El lugar que habito, el Premio Nacional de Literatura Solar 2024.
“...el lugar que habito invade el espacio
hecho de musgos y esperas”.
Yohana Toro (p. 29)

Redescubierta morada del frailejón en las cumbres andinas

El paisaje, un espacio en la literatura que atesora para el acervo literario de la región merideña como nacional la obra El lugar que habito. En este discurso metafórico percibimos una aventura espiritual, turística, identitaria, ancestral y del corazón. Propuesta de carácter poético donde se conjuga el adentro-afuera de una escritura fundida, el yo lírico y la impresionante naturaleza: redescubierta morada del frailejón en las cumbres andinas. Por tanto, celebramos este idílico adoratorio vegetal, zona impregnada por el bálsamo de una memoria recobrada y guarnecida por la diversidad de sus frailejones. Bajo la solemne mirada del cóndor, abrigada cúspide en la desnudez de la gélida metamorfosis del agua. Este monumento, al captarlo en su mundo interior cantado, se nos revela cual cosmos azulado de añoranzas.

Considerada esta ofrenda como un recorrido de ensueños tatuados de sí misma, pudiera estar reflejada en la expresión: “rústica superficie de que está hecha mi moldura” (p. 12). De ser así, es para que recuerde Mérida que quien contempla, mira, se mira y nos mira, a través del foco aéreo de lo vertical y la cruzada horizontalizada, está consagrando el lugar del Ches. La cita a esta congregación también responde al ritual del díctamo, planta regeneradora que aguarda el gran misterio de la tradición indígena en el “alto Páramo de los Sacrificios”.1 Incluido en este poemario nos sorprende un relato encantador y fragante que exalta los valores: solidaridad, valentía, amistad y amor entre la benefactora, doncella Mistajá, su amiga, la “hija del Sol”,2 “soberana de los Andes”.3 De tal manera, oportuna es la referencia para el regocijo, la progresión y rehabilitación del alma de los pueblos, localizada en el poema “Miro a las alturas”:

Miro a las alturas
y me pregunto
dónde habitas, Mistajá,
llévame contigo
a la misteriosa cumbre
en búsqueda del preciado díctamo
regalo del Ches
para mi corazón.

(p. 48).

 

Una mirada que teje esa alfombra natural

El ejercicio de una mirada aérea da rienda suelta al sueño y la ensoñación, para aprehender desde el yo poético un recuerdo colmado de fragancias orgánicas. Éstas impregnan al ser que contempla, lee o interpreta el fluido instantáneo hecho palabra, y fija desde la distancia la esencia del paisaje. Éste, nos parece, guarda una relación paradójica cual tejido verbalizado en el sentido de: “ese otro cielo azul / que ya no es el mismo”. (p. 18). Tal vez, fugaz reminiscencia de lo que creíamos ver. Pero la operación poética se desplaza en las instancias psíquicas revelando lo ya ido en la plenitud del poema. Recreación de una textura verbal a imagen y semejanza de un paisaje encarnado de donde parte el viaje interior expresado, mediante la sensualidad impresionista hasta hacernos palpar la distancia. Prestemos atención al trazado esplendoroso de las cualidades de ésta:

Alfombra natural

El lugar donde vivo no es el mío.
Eliseo Diego

Alfombra natural,
arabescos verdes
suaves y afelpados,
fragancia de frailejones
morados y amarillos.

Cierro los ojos
y me abandono al recuerdo
de penetrantes aromas,
vuelo por entre picos,
cóndores y pinos,
palpo con mis manos
el deslumbrante frío de sus cimas.

Despierto de mi viaje soñado
y quedo sumergida
en las profundidades
de ese otro cielo azul
que ya no es el mismo.

(p. 18)

Si nosotros lectores tenemos el privilegio de apreciar esta montaña, mediante una escritura monumental del transfigurado patrimonio natural, es porque nos embelesa la posibilidad emocional de estimar tal realidad desde una estética de naturaleza poética. Detrás de esa entidad subjetivizada a la que se nos convoca existe el yo “misterioso” o “del recuerdo”. Se explica de acuerdo con Juan David García Bacca afianzado en el filósofo Bergson: “Arrastramos detrás de nosotros (...), y sin apercibirnos de ello, la totalidad de nuestro pasado; con todo, nuestra memoria no escancia en el presente sino los dos o tres recuerdos que servirán para completar nuestra situación actual”. Sumemos un fragmento más: “Mensajeros del inconsciente, nos advierten de lo que, sin saberlo, arrastramos tras de nosotros (...). Nuestro pasado se nos manifiesta íntegramente en impulso y bajo la forma de tendencia, por más que sólo una pequeña parte de él llegue a representación”.4

Al menos, esa “Alfombra natural” se torna asombrada metáfora del despertar, raíz de una memoria fragmentada. Al recorrer las tres estrofas notamos la franca desnudez de la naturalidad y, cuando contemplamos este paisaje escrito, nos sorprendemos encendidos todos los sentidos; extasiados en la plasticidad en cuanto al colorido y las formas, y ante la incitante clorofilada fragancia de esa “droga silvestre”: el frailejón. Alzamos el vuelo aromatizado desde la ensoñación visualizando y sintiéndose una atmósfera cubierta por afilados copos, la majestuosidad del cóndor y uno de los términos climáticos, el imponente y desafiante frío. En el esplendor de la mirada, la imagen del devenir heracliteano iluminado nos despierta. Lo que implica el todo condensado en la microestructura del ser viajante resurgiendo desde el mundo interior:

Despierto de mi viaje soñado
y quedo sumergida
en las profundidades
de este otro cielo azul
que ya no es el mismo.

(Ibídem, p. 18).

 

Un portal para adentrarse en las entrañas del paisaje

Nunca es tarde para reconocer que ahora resurge un testimonio lírico, sutil regalo con rasgos de una íntima crónica poética dotada de sublimes pinceladas y tonalidades aclimatadas en el habla del paisaje. En tal sentido, este es un canto fundido, labrado, cincelado, delicado y profundo que ha brotado de una moldura en proceso de recreación. Es la conjunción de la palabra seca y húmeda esculpiéndose en la metáfora del tiempo, el espacio, la memoria y el olvido. En el poema siguiente podemos visualizar algunos rasgos en tanto que puesta la mirada en la distancia se invoca la imagen del agua, al deslizarse en sus labios sugiere la regeneración y el retorno en el fluir de lo transitorio:

Mi cuerpo es arcilla bajo la lluvia
que las palabras moldean lentamente,
mis miembros cántaros profundos
para contener todos los ríos
de los que está hecho el invierno.

El dulce y lento goteo de la lluvia
me brinda el suave arrullo de su canto
para descansar plácidamente,
olvidar que soy mujer en impaciente espera
de aquel que sellará con desconocida esencia
las grietas que el invierno
ha dejado en la rústica superficie
de la que está hecha mi moldura.

(p. 12)

Es más, cuando la escritura se torna torrente rebosado de masa humana emparentada a la arcilla, apenas resuena y se divisa en el rastro quebradizo de la existencia desvanecida en el tiempo y el espacio. Nos parece ajustada la apreciación del poeta Eleazar León en cuanto a la manera de expresar al ser consustanciado mediante la líquida sustancia enunciada en este poema de Yohana Toro.

Si un poeta escribe sobre la lluvia, su cuerpo cae y sus palabras, mana por dentro y se va lejos, goteando y solo, desmemoriado y lleno hasta el desbordamiento de sus propias aguas. Nada y nadie de afuera puede poblar el poema si antes no es huésped de una conciencia disponible, de un alguien, el poeta, que se sabe visitado por todo y residente de lo fugaz, como un paraje que se recorre y se abandona sin permanencia.5

La obra El lugar que habito expresa lo condensado en ese sentir, como un portal para adentrarse en la querencia que nos muestra la entraña de ese feraz paisaje. Se ha producido el parto de una escritura sostenida, transparente, amorosa, contundente y lograda. Ésta fija y reafirma la mirada hacia la naturaleza, al lugar anhelado. En consecuencia, este discurso lírico se encuentra inscrito dentro de una gran tradición entre respetados poetas. Siéntase segura y solvente, ha ingresado al dulce infierno de la belleza. Ineludibles son los antecedentes que consagran la vuelta de su palabra hacia la fascinación del paisaje: Ramón Palomares, Vicente Gerbasi, Luis Alberto Crespo, Gustavo Pereira.

 

Memoria fragmentada de un paisaje revelado

“En el fondo de la tarde
invitada al olvido duerme la memoria...”
(Yohana Toro, p. 31).

En fin, el núcleo de esta arquitectura verbal, El lugar que habito, se anida, desciende y asciende en el “yo del recuerdo”, caja de sombras, resonancias y ensueños náufragas proyectándose desde esos “cántaros profundos” que fluyen entre la vigilia y el sueño. Tal afirmación pudiera confirmarse en estos transitorios versos: “Cierro los ojos y me abandono al recuerdo”, “Despierto de mi viaje soñado” (p. 18). Otros indicios responden al instante del encuentro, el desencuentro, el reencuentro, la levedad, lo fluctuante, el inevitable discurrir entre las grietas del tiempo, que carcome la existencia cuyo consuelo es la revelada vuelta al nicho de la infancia. En cuanto a la imagen de la añorada infancia apelamos al filósofo Gaston Bachelard, quien profundiza respecto al afloramiento de ese paraíso perdido en el insondable sueño. Sin embargo, apreciamos en este verso que la poeta Yohana Toro lo percibe cual bálsamo para acariciar el olvido: “Por los senderos te busco / para llevar albricias, dulce aroma de mi niñez” (p. 50).

Hay horas en que el sueño del poeta creador es tan profundo, tan natural, que sin darse cuenta recupera las imágenes de su carne infantil. Los poemas cuya raíz es tan profunda tienen a menudo un poder singular. Los atraviesa una fuerza y el lector, sin pensar en ello, participa de esta fuerza original, sin ver ya su origen.

(Bachelard, 2003, pp. 19-20).

Valdría la pena aproximarnos un poco más a esos “cántaros profundos” que se estiman masas de fluidos represados en las bóvedas del olvido, pero en permanente movimiento a merced de un estallido decantado de la memoria. De acuerdo a la relación que establece el filósofo Juan David García Bacca en cuanto a ese “yo del recuerdo”, limitantes y posibilidades, ponemos en la balanza el discurrir de la “memoria poética” en el poema “Me descubro” de la obra El lugar que habito.

En el depósito, acuario, del pasado, van acumulándose gota a gota, cántaro a cántaro, diluvio a diluvio, todo lo que en la vida nos acontece; la memoria, cual sutil espita, cuya llave está a disposición de lo real, del yo real —el de la única manera de ser en cada momento—, sólo deja pasar lo que el momento exija; empero esa poquita agua, con peces y algas, con detritus y posos, sale a la presión y con la fuerza total del pasado, del volumen total del depósito-acuario que es el pasado vital.

(pp. 179-180).


Me descubro
De mi boca
surgen palabras adolescentes.

Me descubro.
Navego por las corrientes
de ríos invisibles
como hoja inerte
caída de la luna.

Hoy no me encuentro
soy náufraga del tiempo invencible.

(p. 13).

La luz del recuerdo mana en el claroscuro de la “vida” que también va feneciendo; en verdad, está emparentada a la caída: “como tarde de domingo”, silente sosiego en el que transcurre la aparente estasis de un domingo cualquiera. Sin embargo; este “atardecer” arropado de luz, el evocado, es tan distinto como significativo porque es el ensueño del retorno a ese paraíso lúdico: “El patio de juegos”, “...la casa de las rosas y las trinitarias”. Espacio de verdes resonancias lumínicas que se desplazan, habitan y agitan el recuerdo de algunos objetos de la casa: la ventana, la cocina y la mesa donde sobreviene el ritual del pan de trigo asado, “la leche para el chocolate que calienta y une” al son de “cantos verdes” frente al estrellado universo interior. Allí el mensajero, el aroma, trasciende las distancias, donde se desdibuja la imagen de la abuela hasta captar, compenetrarse y: “llevar, albricias, el dulce aroma de la niñez”.

¿Cuántos aconteceres filtrados han colmado, resuenan, aromatizan, texturizan y constituyen, cual testimonio manifiesto y conjugado en esta “memoria poética”, cauce de la “arcilla bajo la lluvia” que nos entrega Yohana del Valle Toro Salcedo? Por ejemplo: “El patio de juegos” (p. 52), “...la casa de las rosas y las trinitarias” (p. 51), el “dulce aroma de la niñez” (p. 50), la vindicada tradición del “díctamo real”, “Mistajá” y el “Ches” (p. 48), “¡Santo Domingo, La Mitisús!” (p. 45), “el hombre”, “la mujer”, “la niña” en la rutina de subir y bajar la montaña fundidos en la neblina, mimetizados en el paisaje se tornan “río, roca y frailejón” (p. 41), la bajada de la neblina que “invade la casa con los aromas del musgo”, el círculo del cálido amor familiar: “alrededor de la mesa” entre “lo crudo y cocido” donde el fuego “asa el trigo”, “la leche para el chocolate / que calienta y une / alrededor de la mesa” (p. 39), “No hay en todo este cielo / un amor tan hermoso / como el que ellos prodigan en cada atardecer”. “Silencioso transcurre el tiempo del compartir, / se escucha la ceremoniosa bendición / sin la que ningún hijo / puede irse a la cama” (p. 39), “Del trigo originario”, legado de la culinaria andina y metáfora del trigo que cuece el alimento consagrado en la reunión familiar: “sustento del amor, / de mano en mano / inolvidable herencia” (p. 37).

El lugar es el recuerdo, la distancia, lo inmenso poblado de nostalgia expresado en voces del ayer. La desconexión brinda un lugar a la facultad imagínica para recobrar la borrada fragancia del paraíso azul que nos devuelve los encantos pintados en el más allá arrebatado de olvidos:

Desde este lugar
levanto mi rostro
veo el azul inmenso
imagino figuras de la infancia
escucho voces seguras
descubro que son lejanías
y que el azul une distancias.

(p. 38).

El lugar es la montaña fundida en el recuerdo, metáfora abierta, plena y clorofilada que integra al otro como un ser del paisaje. La gran madre donde los cuerpos se funden, ella es el principio y el fin: transpirada “tierra cargada de memorias”. Allí se suscita el reencuentro y el adiós entre el tú y el esplendor del universo: “ya no hay otro lugar”.

Sube la montaña,
fresco aroma a pino
a tierra cargada de memorias,
torrentes serenos
entonan cantos de alabanza
al dios de los montes.

Sube el hombre
sube la mujer
sube el niño y la niña
se funden en la neblina
se convierten en río, roca y frailejón
preso el corazón,
presa queda el alma
complacidos allí se instalan
ya no hay otro lugar.

(p. 41).

 

El naufragio que revisita y ahonda en su morada

“...la advertencia continúa
tatuada en sus pupilas,
inminente y voraz”.
(p. 24).

No tengo palabras para decir lo que está bien dicho por un corazón desbordadamente adolorido. Tampoco para responder a ese hondo eco que atraviesa la clara montaña y clama: “Al pie de la cruz” (p. 28). O, si se quiere allanar la grieta de aquel adiós, como abismarse ante recóndito secreto en el Páramo de los Sacrificios y dramáticamente preguntarse: “...dónde habitas, Mistajá...” (p. 48). Mucho menos para salvarle del naufragio que revisita y ahonda su morada: “el lugar que habito invade el espacio / hecho de musgos y esperas” (p. 29). ¡Ni para apartarla de ese anochecer palpitante que sale al reencuentro de “¡Santo Domingo, La Mitisus!” (p. 45). A pesar de tanto silencio, cómo “olvidar que soy mujer / en impaciente espera” (p. 12), el reconocimiento no se hizo esperar; ahora el paisaje, un espacio en la literatura, se ha refundado en la obra El lugar que habito.

 

Con la voz y la palabra consustanciada de una geografía interior

Con la voz y la palabra de quien es parte consustanciada de una geografía interior se funda la obra El lugar que habito, escrita por Yohana del Valle Toro Salcedo. Esta escritora fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura Solar 2024, género Poesía. Para nosotros es placentero compartir la poética de este viaje íntimo que desde la ventana de la memoria nos convoca. Se trata de un ejercicio del mirar que percibe, rastrea, capta ampliamente el espectro total mediante las antenas del sentir y de las pinceladas, para fijar rostros y el rostro del paisaje magnificado cual sublime encantamiento de su canto. Ella viene de Mucuchíes, estado Mérida (1974), residió en Santo Domingo y luego se trasladó al estado Yaracuy hechizada bajo el magnetismo de la montaña de María Lionza, siendo adoptada por el municipio Bruzual. Es poeta, ensayista, investigadora literaria, cronista y docente. Su obra ha sido publicada por Ediciones Solar bajo los auspicios de Fundecem (Fundación para el Desarrollo Cultural del Estado Mérida).

 

Bibliografía

  • Bachelard, Gaston (2003). El agua y los sueños. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Toro Salcedo, Yohana del Valle (2024). El lugar que habito. Mérida (Venezuela): Ediciones Solar/Fundecem.
Yony Osorio

Notas

  1. En “La leyenda del díctamo”. Tulio Febres Cordero (1952). Mitos y tradiciones (selección y prólogo de Mariano Picón Salas). Caracas, Venezuela: Ediciones del Ministerio de Educación/Dirección de Cultura y Bellas Artes. p. 31.
  2. Ibídem, p. 33.
  3. Ibídem, p. 32.
  4. Juan David García Bacca (1964). Introducción literaria a la filosofía. Caracas, Venezuela: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, p. 179.
  5. José Gregorio González Márquez (2023). Poesía en el aula de clase: su promoción y lectura. Caracas: Editorial Laboratorio Educativo, p. 25.
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