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Ensayo para los ciegos

sábado 10 de septiembre de 2016
José Saramago
Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, inserta la inventiva como una forma de juego y escamotea los presupuestos objetivos que se esperan encontrar habitualmente.

Ver únicamente lo real

Empiezo esta reflexión con una frase de Jorge Enrique Adoum a manera de epígrafe: “…el novelista se desdobla, habla de lo que conoce: sus personajes completan o sustituyen al autor, le son útiles para que dé su versión de la realidad, no sometida a consenso ni a comprobación estadística: no le interesa saber si la organización social del mundo se retrata bien en El proceso o en Ensayo sobre la ceguera: Kafka no era fotógrafo y Saramago no le pidió a nadie que corroborara su opinión de la realidad actual”. Hasta aquí la frase.

La novela de José Saramago Ensayo sobre la ceguera no desprecia la invención y ejecuta su estética a través de lo alegórico.

La sobrina de don Alonso Quijano, individuo soñador e interesado en novelas de caballería, no pudo prever que dicho hombre enjuto terminaría sucumbiendo a los trastornos de las ilusiones debido a sus ingentes reflexiones caballerescas. ¿Es lerda la sobrina? ¿Cervantes nos toma el pelo? La propuesta de la gran novela parte de una narrativa no diría fantástica, pero sí con muchas gotas de invención.

Al inicio de la obra teatral Macbeth, es la tríada de brujas la que desencadena la tragedia al vaticinarla. ¿Es acaso tonto Macbeth para no percatarse de lo que va a suceder y tomar medidas para evitarlo, esto a pesar de que se lo advierten?

No pretendo hacer apología de autor alguno porque soy enemigo de los dioses literarios; como expresaba un personaje de Frisch: no soy un hombre de grandes devociones. Pero sí intentaré realizar una defensa de la fantasía como elemento configurador de la realidad, en contraposición a lo netamente real.

La novela de José Saramago Ensayo sobre la ceguera, en semejanza a las dos obras citadas, no desprecia la invención y ejecuta su estética a través de lo alegórico. Saramago fabula la historia como una compresión (no reducción) de hechos sociales y de naturaleza psicológica a una escala menor a la de una sociedad organizada (la concentración de las personas en un manicomio), debido a lo cual la trama toma un leve aspecto de artificio. Acometer dicho procedimiento tiene mucho riesgo, pero el escritor no sale mal librado puesto que la novela representa una gran metáfora y los acontecimientos circulan en un orden por demás lógico.

Decía al inicio de mi escrito que las obras de Cervantes y Shakespeare se formaban a partir de presupuestos evidentemente absurdos (la locura por frecuentar las letras o las brujas oraculares). Eso no quiere decir que Cervantes nos tome por ingenuos o que la motivación de Shakespeare sea pretender convencernos de que las brujas existen. Estos componentes ficticios son necesarios para indagar en otras instancias de los personajes, de la trama y de los contenidos, y aunque resultan secundarios en la estructuración de las obras, no son únicamente un elemento decorativo, un agregado estético, sino que sirven como motivación de los actores novelescos, como la espina dorsal de la intriga, como cordón umbilical de los argumentos, y no se puede prescindir de ellos. La realidad necesita de la fantasía incluso para parecer real.

Para quien vaya entendiendo poco acerca de lo que hablo, contextualizo. La novela Ensayo sobre la ceguera es el planteamiento literario acerca de un brote epidémico que arrebata la visión a determinado sector poblacional y que va propagándose a medida que la narración avanza. Esta masiva y desconocida condición motiva a las autoridades a buscar medidas sanitarias, recurriendo a internar en cuarentena a los contagiados. Poco a poco los infectados son aislados dentro de diferentes edificios. La historia que nos muestra el narrador es la del grupo que ha sido aislado dentro de un antiguo manicomio (no se podría hallar mejor representación del mundo). Cada día, con obstinada indolencia, se escucha dentro de cada pabellón el discurso oficial invitando a la calma y especificando las nuevas normas que regirán la estancia de los infestados. El drama crece desde la perspectiva personal y evoluciona hacia lo social para retomar su cauce y tantear otras profundidades de los individuos, pero no se desvía en consignas ni en críticas, ni degenera en tesis; se diría más bien que permite explorar un abanico nutrido de posibilidades humanas, de actuaciones que poco tendrían que enorgullecernos y situaciones que incitan a la náusea, pero al mismo tiempo nos obsequia, en medio de tanta tribulación, una arista para la certidumbre.

De todos los contagiados, la única persona que escapa a la epidemia es la esposa de un oftalmólogo, que conserva la vista pese a convivir con los apestados, y quien junto a su marido y algunos otros infelices serán los protagonistas del drama, saltando de una desventura a otra, tanto dentro como fuera del psiquiátrico.

La visión de Saramago circunscrita al sanatorio no es más que un trasunto de la realidad y las consecuencias desencadenadas, ya está dicho, resultan lógicas. El arte de la narración nos envuelve y pese a nuestra probable inicial reticencia, debido a los prodigios propios de un novelista de talla, confiamos en el narrador y nos deslizamos por las aceras de esta extravagante y ya clásica historia como los invidentes que se apoyan en su guía para cruzar la calzada.

 

Miradas erróneas

Al parecer, en estos tiempos de cerrado pragmatismo la imaginación no es algo que agrade a los encomenderos de una objetividad trasnochada. Las licencias poéticas, como etiquetan al uso de la creatividad con ánimo de detractarla, están empezando a ser vetadas incluso por quienes antes abusaron de las mismas.

¿Por qué se exige fidelidad a lo presuntamente verídico? Se reclama el apego a lo real que debe conservar una obra literaria, que supuestamente debe ser requisito determinante para la validez de una creación, cuando precisamente la propuesta estética por su condición de ficción forcejea por desapegarse de lo real. No comprender aquello es no entender un propósito artístico. La novela (una obra de ficción) no es lo real, pero sí lo que lo circunda, lo que analiza determinada parcela de la realidad.

Contrario al llamado al que se pretende (encaminar la obra forcejeándola hacia el aspecto de lo verídico, para que se ajuste a determinada idea de realidad), Ensayo sobre la ceguera es una novela que inserta la inventiva como una forma de juego y escamotea los presupuestos objetivos que se esperan encontrar habitualmente para doblegar las expectativas del lector acostumbrado a siglos de pereza, de ese lector ducho en que le brinden explicaciones mascadas, que le ofrezcan la comodidad de consignas huecas.

Aquellos críticos que presumen de una engañosa y forzada originalidad y de una falsa y risible pureza literaria sustentada en lecturas de moda, son los mismos que pretenden omitir la valía de una escritura que, en tiempos en los que se desdeña la literatura de imaginación y se alaba la escritura de cimiente anecdótico o testimonial, apuesta por regresar a los orígenes: la fabulación, la inventiva como fisura y aditamento de lo real, y plantean el abordaje crítico desde factores ajenos a la ficción: en el caso de la obra de Saramago los ataques corren desde el intento de deslegitimación de la novela por la ausencia de nombres propios, por el uso de sencillas comas para separar diálogos que rompen con el tradicional guion largo, o por la falta de mayúsculas, llegando al extremo de la obcecación al denunciar al autor por proselitismo político o por plagio. (Recuerdo la parodia hecha por Vila-Matas en Bartleby y compañía en el apartado concerniente a Paranoico Pérez, ese individuo omnipresentemente asediado por Saramago, a quien el portugués le robó todas las ideas). Esto es juzgar a mansalva y sin asidero en el cual sustentar las propuestas críticas. Esto es realizar crítica literaria basada en presupuestos cargados de prejuicios. El problema radica en que se ha desvirtuado el concepto de literatura o se mantiene una visión muy pobre de la misma, haciendo a un lado la fantasía, uno de los elementos configuradores de lo que Kundera llama acertadamente “la desprestigiada herencia de Cervantes”, sin la cual no se comprende la intención de una obra literaria.

El Quijote ha sobrevivido más de cuatrocientos años a pesar de (debería decir: sobre todo por) ser más ficticio que otros cientos de libros de caballerías que pulularon en su época. Esto indica que una obra no tiene la necesidad de registrar parámetros realistas para calar en la conciencia del lector. Será porque la función de una obra literaria consiste en recrear la realidad para mostrarla de manera más clara y para ello es indispensable la fantasía. Esto por resumir la función de la literatura en palabras comunes. Y que la forma que utilice un escritor para rehacer esas realidades haya variado según las épocas, es algo que debemos estar en la capacidad de comprender. Por lo visto algunos críticos no lo entienden, a diferencia de los lectores comunes, y esto se constata en la popularidad de la novela de Saramago y en las diatribas de los detractores más conspicuos. Punto menos para los críticos y punto a favor de los lectores.

No es necesario que un escritor se desborde en detalles, puesto que es en la ausencia de datos que éste escamotea donde se hallan, muchas veces, los verdaderos pilares de una historia de imaginación. Existen abundantes muestras donde lo que se calla tiene más importancia que lo se pone en evidencia. Sería insensato exigir explicaciones para saber quién conforma el tribunal que procesa la condena a K., o por qué es procesado. Sería necedad pedir detalles del castillo que rechaza al otro K. (el agrimensor). No se puede pedir explicaciones sobre la forma en que Gregorio Samsa amanece convertido en sabandija. Y toda esta avalancha de ausencia de datos es precisamente la base principal de las novelas de Kafka. Puestos en este contexto, exigir una respuesta es mucho más absurdo que plantearla, y volviendo a la novela de Saramago, no se puede exigir un detalle epidemiológico sobre la propagación de la ceguera.

Un recurso recurrente que utiliza Saramago es la inserción de un único punto que escapa a la verosimilitud para plantear una situación que altera la misma de manera radical; puede ser el hecho de que la muerte suspenda su trabajo, que una península se separe del continente y navegue a la deriva, que la mayoría de las personas sin acuerdo mutuo voten en blanco; esta catapulta imaginaria sirve a Saramago para explorar posibilidades, tal como le sirvió a Kafka que uno de sus personajes amaneciera convertido en bicho para mostrarnos un trozo de naturaleza humana, o como le sirvió a Dostoievski (un escritor realista) que Raskolnikov se postulara como un teórico del crimen y, emulando a Napoleón, diera inicio al drama con un hecho tan sorprendente (casi maravilloso) como lo es el asesinato a una vieja usurera y el otro gratuito a su vieja hermana, o tal como le sirvió a Shakespeare que un fantasma (el padre de Hamlet) desencadenara su tragedia, o en Macbeth que las brujas le profetizaran el inicio de su Tártaro, o tal como le sirvió a Cervantes que don Quijote se volviera loco por leer tantas novelas de caballeros andantes.

La metáfora de la ceguera se expande en múltiples análisis: el grado de deshumanización que ha alcanzado nuestra contemporaneidad, entre ellos. Pienso que la novela de Saramago hoy tiene más vigencia que nunca. Está viva, dondequiera que miremos. Tratemos de no ser ciegos.

 

Un vistazo a La peste

Albert Camus ha captado las consecuencias de la guerra (que es en todo caso la alegoría con la que plantea La peste). En la novela, la peste no es otra cosa que la guerra. El mérito de Camus al manejar una situación que engloba aspectos sociales es haber concebido una novela que escapa de la barrera textual que la propia historia se impone, es decir, en palabras comunes y simples, se presta para variadas interpretaciones. Así, la peste pasa a ser el arquetipo de cualquier catástrofe que afecte a la humanidad (tal como ocurre con la ceguera en el libro de Saramago). Rieux, doctor dotado de una gran sensibilidad humana, se enfrenta a lo devastador con una actitud humanista y con la misma convicción que la mujer del oftalmólogo en Ensayo sobre la ceguera. Camus y Saramago analizan las situaciones desde dos campos que no precisamente están en las antípodas, pero que tampoco se podrían considerar semejantes. Rieux es, ante todo, un intelectual. La mujer del médico no. He aquí un rasgo destacable entre los dos modelos. Se puede llegar a una conclusión, quizá simple pero necesaria: Camus plantea un personaje que, digámoslo así, “tiene ojos donde otros no”, pero es un hombre inteligente, cargado de humanismo y conocimientos sociales, psicológicos y médicos, conoce al hombre desde la ciencia y el saber. La mujer del médico no es una intelectual en ningún modo, sino un ser humano común que sabe conservar la vista, quizás, precisamente por estar exenta de intelectualismo y sentir de manera normal el dolor ajeno, sin procesarlo con complicadas abstracciones; es una mujer sabia y también cargada de humanismo; esta es la grandeza del personaje de Saramago: hay que tener ojos siendo completamente humanos.

Detrás de esa desesperanza que acoquina se encuentra un Saramago ético que nos ha regalado a uno de los personajes más fuertes de la literatura universal.

Camus, por otro lado, es un moralista que se deja sentir descaradamente por toda la novela, pero su moral no es una moral teorética, en ningún sentido. Camus aborda la situación desde el absurdo. La vida apacible de un pueblo apacible se ve repentinamente alterada por la presencia de la peste. Es un hecho que para las personas (así lo interpreta Camus) es totalmente absurdo. Ya se ha dicho: morir de la peste (morir por la guerra) es una muerte absurda. Si el absurdo (tema central en época de posguerra) se nos manifiesta en una catástrofe (sea enfermedad, conflagraciones, accidentes), no queda otra opción, nos trata de decir Camus, que volver hacia el hombre y no ser indiferentes.

Saramago esboza una situación similar y lo más probable basándose en la reflexión ya planteada por Camus, pero esta vez no la superpone a una sociedad devastada por la guerra tanto física, ideológica, moral e intelectualmente, sino que la proyecta en la sociedad contemporánea que carece de paradigmas claros, deshumanizada por ciertas reprochables prácticas de hombres y mujeres, que reduce al ser humano a una cifra más, donde no importan nombres ni rostros (no son necesarios), un sistema ciego. Pero detrás de esa desesperanza que acoquina se encuentra un Saramago ético que nos ha regalado a uno de los personajes más fuertes de la literatura universal, una mujer que fácilmente puede estar al lado (por motivos estrictamente literarios) de Lady Macbeth y no ser menos (insisto, por motivos literarios y no morales). Ella es el resquicio de optimismo dentro de la obra y tiene ojos donde otros no.

Ambas obras tienen sus méritos de acuerdo a la realidad que indagan y a la época en que fueron concebidas. Si nos limitáramos a determinar qué obra contiene mayores dosis de lo real, no estaríamos comprendiendo la literatura, porque son novelas, no informes académicos ni científicos, y no es necesario que se ajusten matemáticamente a la realidad como tal, sino que, a través de la ficción, exploran y explotan la realidad. Ensayo sobre la ceguera es una novela, una obra literaria, y debe ser tomada como tal, no como un ensayo científico.

 

La visión de la fantasía y la ceguera de lo real

Al parecer la estela naturalista aún domina los predios de las exégesis más contemporáneas, y exige de la literatura la fidelidad a la realidad. Este tipo de elucubraciones encaminadas al análisis presupone que una obra debe ajustarse a la estricta concepción de la literatura que posee el indagador y supedita los parámetros de análisis al más bajo y rancio apego a lo real. A lo que el inquisidor prevé que debe ser lo real. A lo que dicho personaje en cuestión entiende por lo real. Y reencontrarse con Saramago desvalida estos argumentos superfluos.

Para el lector pacato este tipo de escritura lo incomodará y lo hará ovillarse sobre sí mismo aliándose a la horda de críticos que desprecian las cualidades imaginativas más arriesgadas.

El paso del tiempo consolida la validez de una obra; las relecturas testimonian que un trabajo ha superado la inmediatez, que su estela genera nuevas apreciaciones, renovados puntos de vista.

La novela de Saramago nos conecta con el aquí y el ahora, un mundo que se rige por una escala de valores subordinada al egoísmo de la especie, y el escritor ejecuta dicha conexión a través de una fabulación de connotaciones filosóficas. El trasfondo de la novela nos demuestra que el ser humano puede volcar de forma inesperada hacia las más bajas debilidades, la sinrazón y la muerte. Ensayo sobre la ceguera se lee como si hubiese sido escrita hoy: apunta a la intemporalidad.

Para el lector pacato este tipo de escritura lo incomodará y lo hará ovillarse sobre sí mismo aliándose a la horda de críticos que desprecian las cualidades imaginativas más arriesgadas. Para el lector atento aportará una fuente vasta de reflexiones y lo conminará a frecuentar al autor. Finalmente, para el lector heterodoxo, ese que siempre pretende avizorar nuevos espacios tanto narrativos y artísticos como del conocimiento, Ensayo sobre la ceguera le dará la satisfacción, pese al paso del tiempo, de constatar cómo una obra se permite el atrevimiento de engranar a la perfección el pensamiento crítico, el humor refinado y la entrega absoluta a una moral despojada de dogmas que no deviene en teorizaciones forzadas, todo esto contado por una voz llena de ironía y sobre todo con un inmenso peso de sentido humano, pero además pone en manifiesto el funcionamiento de una desbordante imaginación y el triunfo de la misma por sobre cualquier instancia de lo real.

Pretender ver en una obra literaria únicamente lo real, siendo nostálgicos de un forzado naturalismo de nuevo cuño, es otra forma de ceguera.