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Cuando las diosas hablan
Poesía para un ritual con la palabra en Diosas prestadas, de Ivonne Gordon

miércoles 13 de noviembre de 2019
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“Diosas prestadas”, de Ivonne Gordon
Diosas prestadas, de Ivonne Gordon (Torremozas, 2019). Disponible en la web de la editorial

Diosas prestadas
Ivonne Gordon
Poesía
Torremozas
Madrid (España), 2019
ISBN: 9788478398003
75 páginas

Desnudas bajo sus hombros
palpan el agua de las orillas
y dominan el abecedario de la nuez.
IG

En tiempos aciagos, donde la esperanza parece estar quebrantada en un montón de escombros y tragedias, la poeta ecuatoriana Ivonne Gordon nos propone un diálogo con las diosas. Es notorio el título, Diosas prestadas, pues es algo así como traerlas en un crédito de audacias de un Olimpo olvidado. La poesía encarna dicho préstamo, la palabra las convoca y luego emprenderán el vuelo. Ernst Jünger hablaba del retorno de los dioses, ese siglo de titanes que parecían escondidos y que de repente arremeten y crean catástrofes y truenos. Pues bien, aquí la poeta habla con las féminas, con diosas sin ropaje, libres doncellas de los bosques, seráficas mujeres que parecen haber perdido el cielo. Mujeres que deambulan como magas por el mundo, escuchando las aguas ceremoniales de las cortezas de la Tierra. Algo más que un Olimpo recuperado, sus diosas comen coca, hacen de oráculos, pueden ser andinas o griegas, ambos territorios visitados por la poeta en sus múltiples viajes. Desde los Andes primigenios, patria natural de la poeta, las diosas mastican coca y alabanzas. Los cuerpos se escuchan a sí mismos, el pie con otro pie, la mano con la otra mano, territorio del sol y sus semillas.

Ellas llegan seductoras, tocan la piel de los humanos y, tal vez evocando el famoso verso de Huidobro, no se le canta a la rosa, ella suele nacer en el poema, las diosas se pasean por entre intersticios del tiempo, hablan, besan, juegan, respiran cerca a la nuca de un humano atento que llegue a regocijarse en los poemas.

Son náyades que “nacen de la espuma rosada de los ríos” y se aparecen para “borrar constelaciones”, esa simple presencia donde conspiran, coquetean, juegan, como desprendidas del poder de las deidades. “Buscan entre matorrales y cuevas húmedas” sorprender el ser intacto, suelto, desnudo y libre. Es una metáfora de acechanzas, de acercamientos, donde las diosas llegan prestadas, no son de nadie, son susurros del sueño, “goteras de la luna”, pero que sólo llegan a proponer que “las palabras sean un manantial de pájaros”. En ese sentido gira el libro de Ivonne, nadie puede quedarse con las diosas, llegan de repente, son un préstamo del cosmos, ellas regresarán a sus guaridas de arcanos y silencios. Podría decirse que ellas son diosas y son un presente, tal como dádiva y como tiempo, esa memoria amarga del instante. Son una migración interminable de deseos, murmullos de una “cartografía de jardines” y de nombres, “una geología del nombrar”, del poder de bautizar y a la vez de olvidar. Tal como es la poesía, un demiurgo que nombra y a la vez borra para reinventarse siempre. Como diosas, la poesía las llena de sustancia, de carnalidades, dejan de ser etéreas para encarnar en orgias, erotismo y desnudez, se hacen roca, musgo, higuera, vuelven a poblar la tierra con sus risas, crean esa otredad con la que siempre han soñado los poetas.

Hay un rito en esos textos, cuando se habla del “abecedario de la nuez”, volvemos a la magia parasimpática, esta semilla semeja un cerebro con sus rugosidades, con sus incisiones, con esas huellas que tienen un inevitable parecido con la masa blanca de un cerebro dormido. La apuesta será despertar ese cúmulo de pensamientos donde cada desplazamiento es un dechado de ternuras, de amores y destellos. Las diosas se presentan en esa invocación sólo para resucitar en los seres taciturnos, en la modernidad fatigada, revolcando el cieno oscuro de las charcas, levantando el sol entre las uñas, buscando lo universal en lo más nimio. Se trata de un despertar, tal como lo dice la poeta: “Los mitos y la historia tienen memoria anquilosada”. El mismo sol no es un simple astro que da luz y calienta nuestros cuerpos, es una esfera, un pálpito, como dirían los antiguos filósofos griegos, es el resplandor que apunta a nuestro vientre, el ombligo como centro cósmico, como bien lo decía Gutiérrez Tibón al relacionar el sol con el vientre femenino, el centro del sol en el cuerpo.

Es a la vez este libro un llamado al amor, pero esta vez con una advertencia contundente: la espuma de Afrodita puede llegar a causar desatinos.

Ellas entre la niebla están llenas de regresos y de amores. Todo se torna corporal, sediento, luz interior, los astros no las ven, se han humanizado, viajan entre nosotros, nos palpan, nos hechizan, se hacen diosas del misterio y del tacto disipado.

Tal como Dione, la madre de Afrodita, la del límpido cielo, la de la gota de ámbar, la de la laguna escondida, es una presencia invocada para que podamos ver, en esas diosas que llegan, otras instancias olvidadas; es el reencuentro de ese recuento de espumas y señales, un mundo cambiante según el arrebato de las sombras. En todo el libro existe ese sentido cosmogónico del eros: “Dione es la madre de Afrodita. / Brota del orgasmo de la primera”. Ese estado de iniciación dionisiaca pero desde lo que no ha sido narrado, desde lo femenino. Otras voces, otros plurales, los ocultos o silenciados, donde todo se feminiza: “Las rocas son senos, los musgos son lechos, las aves picotean, un estado de exaltación dichosa, alimentan mariposas inmortales y el jade, noción erótica, es una roca de fuego”. Todo se feminiza, se expresa en términos de un Zeus-mujer; el mismo dios se representó así en muchas de sus entradas al planeta. Un acto andrógino, la serpiente de dos rostros, “el beso entre las grutas”, donde todo deseo se alimenta de un mundo ambiguo, desconcertante y lúcido a la vez.

Esta metáfora no es más que el poder de la poesía, como en este verso de Ivonne Gordon: “Un pájaro migrante se anida / en el lugar que se nombra”. Es lo que se nombra que adquiere una existencia en la palabra, tal como lo anunciaba Huidobro alguna vez. Es a la vez este libro un llamado al amor, pero esta vez con una advertencia contundente: la espuma de Afrodita, la presencia de labios carnosos y mirada de estrella, puede llegar a causar desatinos, entristece y embellece, los marineros la aman y le temen: “Afrodita nunca imaginó que su nacimiento en Pafos / trajera tristezas a los marinos / ni que su bella espalda consiguiera los celos de la bruma” (21). Y sigue siendo el juego poético de Ivonne Gordon; la poesía está llena de desafueros, enloquece, desgarra, es un amor incitante y entre pavor y hallazgo, fascinación y temblor, está su presencia, que es en últimas la invitación que nos hace la poeta: “Hestia es la hechicera de los colores mustios / y de las hierbas silvestres. / En su cuerpo residen ciudades secretas / donde la respiración tiene olor a placer” (43).

Bien por esta bella propuesta de la poeta ecuatoriana Ivonne Gordon, y que nos siga invitando a comunicarnos con las diosas.

Mas el amor pese a todo arde y brilla en un “estuche de luciérnagas de fulgor”. La poeta nos invita a ese diálogo prestado, ese encuentro con las diosas, ese rito con la palabra: “Los ritos aguardan / en montículos de roble silvestre”. Diosas prestadas es una íntima manifestación de lo poético como una sanación y como un desprendimiento; todo lo que nos llega es prestado, nada se queda; hoy, ese instante fugaz, ya se ha ido, las diosas tienen sus retornos, mas no siempre podrán quedarse, ellas viajan en mares muy ignotos: “El cárdeno serpentea su corona / y con su mirada devora el tiempo” (75).

Bien por esta bella propuesta de la poeta ecuatoriana Ivonne Gordon, y que nos siga invitando a comunicarnos con las diosas, esas límpidas y carnales fiestas de amor entrelazadas con ritos, pasiones oscuras y salvajes:

En las apariciones encuentra su rostro desnudo
y se da cuenta que nadie quiere saber

la irrealidad de lo percibido
en la realidad del silencio

A la hora de la lluvia, un pájaro insomne pasa
como desafío al delirio del oráculo (74).

 

Ivonne GordonSobre la autora

Ivonne Gordon Carrera Andrade (Quito, Ecuador). Doctora en Filología Hispánica y Teoría Literaria. Ejerce como catedrática de Literatura Latinoamericana en Estados Unidos. Es poeta, ensayista, crítica literaria y traductora. Ha publicado un libro de ensayos sobre la obra de Gabriela Mistral, La femineidad como máscara (1991); también ha publicado los poemarios Nuestrario (Editorial Imprentei; México, 1987); Colibríes en el exilio (Editorial El Conejo; Ecuador, 1997), por el cual fue finalista del Premio Extraordinario de Casa de las Américas; Manzanilla del insomnio (Editorial El Conejo; Ecuador, 2003), Premio Jorge Carrera Andrade; Barro blasfemo (Editorial Torremozas, España; 2010); Meditar de sirenas (Simon Editor; Suecia 2013, segunda edición, Editorial La Trastienda; Chile, 2014, tercera edición, 2019); Danza inoportuna, El Ángel Editor; Ecuador, 2016); El tórax de tus ojos (Amargord; Madrid, 2018); Ocurrencias del porvenir (Ediciones Hespérides; Argentina, 2018), Premio Internacional de Poesía Hespérides, Argentina, 2018, y Diosas prestadas (Torremozas; Madrid, 2019), por el cual fue finalista del Premio Internacional Francisco de Aldana en España.

Luis Fernando Cuartas Acosta
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