“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Este es un ensayo sobre un poeta que se transforma en poema

miércoles 12 de febrero de 2020

“Objetos poemados / Poemas sin objeto”, de Alberto Hernández

El 16 de julio de 1942, los nazis, ya instalados en París, organizaron la “Redada del Velódromo” (mejor conocida por los franceses como la grande rafle du Vél’ d’Hiv). Allí, en ese velódromo situado en el decimoquinto distrito de París, irían a parar los judíos franceses antes de ser enviados a otras ciudades y dirigidos más tarde a los campos de exterminio que la Alemania nazi tenía en el este de Europa. Alrededor de 75.000 judíos murieron en la deportación. Esto no tiene ninguna importancia.

Ese mismo año fue publicada la primera edición de De parte de las cosas (Le Parti pris des choses), aquel libro de prosa perfecta y metáfora invariable escrito por un poeta desertor del surrealismo, Francis Ponge, y editado por Gallimard. Pero esto no tiene ninguna importancia.

54 años después, en enero de 1996, el Gobierno venezolano comienza a recibir las primeras ofertas de empresas privadas para explotar petróleo en suelo venezolano. La licitación le fue dada al consorcio formado por Mobil, Veba Oel y Nippon Oil.

En mayo de ese mismo año, en la avenida Las Mercedes, en Caracas, abre sus puertas el primer Subway en Venezuela.

Unos meses más tarde, la otrora editorial multinacional Monte Ávila Editores publica una versión en castellano de Le Parti pris des choses con traducción y presentación de Alfredo Silva Estrada. En la presentación, Silva Estrada escribe: “La ética-estética pongiana supone, casi tácticamente, una continua lucha contra el temor a la muerte, contra el temblor, contra el horror, y, en cada texto, también supone una victoria parcial, una reiterada afirmación de vida”. Esto no tiene ninguna importancia.

Es 2019, octubre, estamos en Maracay, Venezuela, son las 4:15 pm, y a pocas cuadras de un cuartel un niño se cae de su bicicleta, pero esto no tiene ninguna importancia.

Estamos, ahora, en un país secuestrado por el crimen organizado internacional, por el partido socialista, por el socialismo, que no es más que la experiencia de la muerte. Los escuadrones parapoliciales y paramilitares imponen el temblor y el horror a los ciudadanos venezolanos y un período especial de hambre, secuestro, toques de queda y redadas (Rafle du Vél’ d’Hiv).

Lo primero que tiene que decirse sobre Objetos poemados/Poemas sin objeto, de Alberto Hernández, es que su edición ya es una poética.

Esa maldita baratija histórica que algunos periodistas de la televisión en el año 2000 comenzaron a llamar “chavismo”, hoy, con las mismas técnicas de los nazis, ha echado las bases para construir lo que quizás es el campo de exterminio más grande de la historia de la humanidad: Venezuela, 916.445 kilómetros cuadrados para el exterminio. Pero esto, repito, no tiene ninguna importancia.

Hoy es 16 de octubre. Esta mañana me levanté a las 5 y 45, caminé descalzo de la cama al lavamanos, me miré al espejo (hoy no tengo ganas de afeitarme, me dije) y me cepillé los dientes con una pasta dental turca. Me miro la frente, el ceño, los labios, la mandíbula de meses y la barba imperfecta en el espejo.

Vuelvo sobre mis pasos del baño con baldosas negras a la habitación y luego del comedor a la cocina (todavía descalzo). Ya en la cocina preparo café, y mientras hierve el agua (todavía tengo los párpados y las manos dormidas) unto mantequilla fría sobre una rebanada de pan, y así, sin gestos, me llevo el pan a la boca con café sin azúcar.

Esto no tiene ninguna importancia.

Lo que quiero es hablar de un poeta: Alberto Hernández. Hoy, en medio del temblor y el horror, el poeta vuelve su espíritu a la parcialidad y a la llaneza de las palabras, para decirnos: Tenemos que amar a las cosas.

Un poeta, nuevamente frente a la experiencia de la muerte, supone “una victoria parcial, una reiterada afirmación de vida”.

Alberto Hernández publica un libro de poemas, Objetos poemados/Poemas sin objeto, editado por Dirtsa Cartonera.

Lo primero que tiene que decirse sobre este libro es que su edición ya es una poética. Estos libros son hechos a mano, con la paciencia de un monje en el trópico. El libro tiene un aura acuñada en cada ejemplar (lo de “aura acuñada” es de Walter Benjamin). Cuarenta ediciones hechas a mano, cuarenta portadas diferentes, diseñadas con materiales nobles de un arte hecho en casa. Tener este libro es un acto de amor. En veinte, treinta, cuarenta años, al volver a este libro, al volver sobre sus colores, sobre su textura y sobre su ingenio, nos encontraremos a nosotros mismos en la memoria, en este instante, en la experiencia de un objeto que no puede ser reproducido otra vez, un objeto que sólo podrá pertenecer a quien lo tiene en sus manos. Este es un objeto auténtico. Este libro es un doble testimonio, el del editor y el del poeta: un testimonio sobre la poesía en tiempos de penuria, sobre la vida en Venezuela a comienzos del siglo XXI, sobre el arte de hacer libros con cartón, sobre la creación y la voluntad en este tiempo de nosotros, el tiempo de la muerte, pero también el tiempo del espíritu, que nuevamente, hoy, aquí, más temprano que tarde, se impondrá sobre el sable.

Esa es la parcialidad del poeta: el espíritu.

Y Alberto Hernández, con la difícil sencillez que caracteriza su obra, en este libro, divide el espíritu en dos sustancias: por una parte, el objeto y, por otra, la mudez del objeto. De allí el título y la estructura del libro: Objetos poemados/Poemas sin objeto.

 

El objeto

En la primera parte, “Objetos poemados”, una serie de poemas se centran en el mundo real de las cosas, haciéndonos ver objetos de la casa, del día a día, del entorno, del ambiente, que poco a poco se transforman en metáfora o imagen alucinada. El poeta vuelve a la cotidianidad, al objeto, y transforma, por ejemplo, la cerrazón del día, en una botella.

En la primera parte del libro el objeto poético se transforma en verso y éste en prosa sublunar de la noche retórica. Ese es el ánimo de todos los poemas de este libro, la transformación del objeto en ritmo vital del poeta: una cerradura es un asunto de los pulmones, una llave es el reencuentro con el yo, una página es un símil que se resiste, la casa es el ojo mágico de la puerta y un candado es la esperanza.

Hernández, donde ve una pared, ve un fantasma con un cordón umbilical que se alimenta del friso y de las palabras nocturnas.

Por otra parte, la imagen alucinada, paradójicamente, reposa una sobre otra, por ejemplo: el pan aparece en los ojos de un pescado. La metáfora (el recurso retórico que priva sobre todos los objetos de este libro) expone una vida sensible y mítica, pues todo aquello que es materia del mundo sensible tiende al mito. En el caso de estos poemas, el mito es el mito de la transformación que poco a poco se va haciendo leyenda personal sin exageraciones, sucursal del instinto en la precariedad de un mercado de provincia, formalismo de la imaginación sin adjetivos, fantasía fisiológica sin obsesiones y costumbrismo experimental de Borges sin la ceguera y sin las paradojas de Pascal.

Alberto Hernández alucina con una lucidez casi sentenciosa que hace recordar al Borges de veinticuatro años con su ensayo El tamaño de mi esperanza debajo del brazo. Así, Hernández, donde ve una pared, ve un fantasma con un cordón umbilical que se alimenta del friso y de las palabras nocturnas. De la misma manera, una columna en medio de su habitación es un pellejo antiguo y flagelado.

El poeta alucina con cierto aire metafísico comprometido con la circunstancia.

 

La mudez del objeto

La segunda parte del libro, “Poemas sin objeto”, está conformada por poemas quietos en una prosa poética recortada en forma de alejandrinos y encabalgamientos que nos dejan casi sin aliento, o que en todo caso, reclaman estar en un libro de cuentos. En esta segunda parte hay un aire de los Poemas burgueses, otro libro de Hernández, donde el poeta este se burla del poder y sus rigores dialécticos para escribir, en medio de la grandilocuencia de los ministros y verdugos, un poema a las galletas Oreo.

Sin embargo, la actitud del poeta sigue siendo la misma: el desenfado y la cortesía.

Estos poemas son poemas a las abstracciones, poemas materialistas dedicados a la sombra, a la luz, a la penumbra, a la orilla, al silencio, a los pasos, al sueño, a la altura, a la hondura, todas ellas entidades que tienen una vida en el mundo real, en el mundo psicológico y en el mundo del lenguaje.

Aquí, las cosas parten de lo inasible, la ilusión, la ilusión de un gobierno de las cosas, la ilusión de los días, la ilusión del destino que, según Alberto Hernández, “sabe a fruta de otro planeta”.

Esta sensación de lo inasible, la mudez del objeto, es la realidad del poeta. La poesía es una incapacidad de hablar con las cosas y Alberto Hernández, en esta segunda parte del libro, transforma esa incapacidad en reflexión sobre la pasión, la eternidad, el olvido y los recuerdos. En esas reflexiones impera cierto buen humor y con ese buen humor confronta la mudez del objeto hasta que éste habla y calla.

Así se nos describe una batalla cotidiana contra el gel para el cabello y contra todos los demás enemigos de la pupila.

 

El espíritu y el encierro

Al final de la primera parte de este libro ya sabemos que el poeta vive en un edificio.

Alberto Hernández mira al techo de su apartamento y dice (o escribe): “Se vive bajo un cielo portátil”. Este verso, a mi parecer, es y será materia para el estudio de futuros críticos y literatos que se den a la tarea de revisar qué fue de la poesía en Venezuela a principios del siglo XXI. En este verso se expresan, a mí modo de entender, dos principios: 1) El espíritu es pensamiento, tal como lo afirma la tradición griega. 2) El espíritu es un pequeño gimnasio mental, miniatura infinita y musculatura del universo en la memoria, tal como lo afirma la tradición poética venezolana fundada por Rafael Cadenas. Pero, y pienso que esto es una advertencia de Alberto Hernández, el espíritu también es encierro, engaño, precariedad, soledad portátil.

 

El cielo, soledad y el fracaso de la modernidad

Después del fracaso de la modernidad en Venezuela y todo lo que ello trajo consigo, el ciudadano (me gusta pensar que el discurso de un poeta también es un producto político) intenta hacer las paces con el encierro y así, en esa “íntima conciencia asustada de su propia e inhumana trascendencia” (el verso es de Paz Castillo), el poeta escucha el dictado de la casa y reflexiona.

En Ponge todo parece ser un cambio de catecismo. En Alberto Hernández, todo parece una sonrisa.

En el poema titulado “El techo”, el cielo, el verdadero, la bóveda celeste, es una ilusión. El poeta prefiere quedarse en su apartamento como Edgar Allan Poe hace ciento cincuenta años, pero mientras el poeta de Massachusetts es testigo del surgimiento de la modernidad occidental y en su encierro pelea con un cuervo, con una sombra o con una muchacha muerta, el poeta de Guardatinajas, en medio de las ruinas de esa misma modernidad, ve en el techo de su apartamento las manchas provocadas por las lluvias, un goteo amarillento, un blanco y azul desconchado en las paredes y todas las consecuencias de la destrucción y el abandono provocado por el fracaso político y económico de la modernidad en Venezuela, que se refleja hasta en los espejos de la casa. Bajo ese techo, en ese mismo encierro que es la modernidad (o el fracaso de la modernidad) el poeta ya no pelea con proyecciones o infatuaciones, el poeta pelea con su familia. Si la aparición de la multitud, la luz eléctrica y el panóptico (fenómenos de la modernidad) lleva al poeta a un conflicto con el yo, la aparición de la muchedumbre hambrienta, los apagones de luz y la destrucción de la ciudad lleva al poeta a un conflicto con la familia. Alberto Hernández dice que el techo es un cielo portátil (en el fracaso de la modernidad, el cielo se transforma en techo) para luego describir una pelea familiar que va y viene. Alberto llama al conflicto con la familia “las navegaciones bajo la cama”.

 

La narración de la sonrisa

Aquí me detengo para expresar un dato importante: en este poema, “El techo”, se nota, de una manera flagrante, la renuncia del poeta Hernández a la técnica narrativa, a la descripción pura, a cierto naturalismo que late en todo el libro, pero que en cada uno de los poemas se va convirtiendo en el uso del surrealismo. Subrayo: en el uso del surrealismo. Es curioso que, al igual que Ponge, el antecesor más importante del objetivismo, Hernández venga de la experiencia y las enseñanzas del surrealismo. En Ponge, el cambio ocurre, pienso, para huir del temblor y el horror de la segunda guerra mundial. El poeta se refugia así en la esencia concreta del lenguaje, en “el mundo mudo”, y abandona todo el escándalo de la imaginación para buscar refugio en la práctica de la literatura como un intento de decirlo todo a partir del detalle (Ponge hace una descripción del albaricoque de tres páginas). En Ponge todo parece ser un cambio de catecismo. En Alberto Hernández, todo parece una sonrisa. Hay en su poesía, desde La mofa del musgo, una necesidad de reír o de descubrir la risa en las cosas (la mofa del musgo), y para ello el poeta no teme hacer uso de toda su experiencia, de todos sus estudios, de todas las vanguardias, de todas las lecciones aprendidas, de todo lo visto, de toda su vida, de todos los silencios, de todos los objetos.

 

“Aldaba” o el sueño de las cosas

Los últimos poemas de la primera parte se abren al campo. Las cosas son otras. La cosa ya no es un zapato, la cosa ya es una suela. Ahora estamos a ras de la tierra. El poeta de Guardatinajas, el niño de Guardatinajas, toma la mano de este hombre seco de carnes, cruzan el puente y se van de ese apartamento maracayero a un paisaje de carretas y aldabas. Precisamente me detengo en este poema, el último poema de la segunda parte, “Aldaba”, donde quizás encontramos el fin de todos los poemas de este libro:

Dicen que las cosas no sueñan
yo afirmo desde mi encierro que lo hacen
para distraernos de nuestras tragedias.

El poeta confiesa y confirma que escribe para distraerse de la realidad, pero asumiéndola, para decirnos con ello que las cosas están a nuestro alcance, como la vida, y que debemos tomarnos en serio el instante, todos los instantes, y que la realidad está allí porque podemos percibir el sueño de las cosas.

 

Los versos finales

Un encuentro del poeta frente a la muerte, que ya no es la misma, porque ocurrió hace cien años, porque no llegó a tiempo y ahora la podemos ver con la condescendencia del hombre del campo frente a sus recuerdos. Pero no es tan fácil, la muerte no es una jaula fácil; la muerte, dice el poeta Alberto Hernández, “es un cuerpo dorado contra el hierro oxidado de mi celda”. De allí una última advertencia: “La muerte se arrancó del portón”.

Estos poemas son ejercicios de la mirada, la mirada del poeta, del lector y del ciudadano, porque esta segunda parte es una vuelta a la ciudad, donde las cosas no cambian si no están. En el poema “La mirada”, Alberto Hernández descubre que la mirada no está, pierde su vigor y se transforma en cosa, en simulación, para que así se cierren los párpados y el mundo desaparezca. Este es un intento del poeta en hacerse modestia de la cosa y no la cosa, en convertirse en la ausencia del mundo y no en el mundo.

Alberto Hernández, con su “cielo portátil”, pregunta a su médico por su glaucoma, por sus lentes, por sus cosas, por la vida.

Eso es lo que deja el mundo: aire metafísico. A propósito de una imagen del mundo, Roland Barthes decía que “la mirada es la erección del aire”. Esta imagen de Barthes lleva consigo una pregunta que es música en mis oídos: ¿pero la erección del aire penetra, fecunda? Estas son las cosas que pasan con la poesía, a mitad de un poema tienes al mundo y Roland Barthes discutiendo sobre lo visible, y en esta ocasión, en este libro de Alberto Hernández, el poeta responde sin más pretensiones, con la misma modestia de la materia: “La mirada… Podría desvanecerse ante un glaucoma”.

Al leer este verso, que es un hallazgo típico del espíritu y de los mejores poetas, se aviva la memoria, y para mí, que padezco del síndrome del objeto brillante, es inevitable recordar las famosas últimas palabras de Goethe: “Lux, lux, lux”, parece que dijo en latín mientras abrían una ventana. Luz, luz, luz. Luego aparece otro objeto brillante en el patio de mi cabeza y es inevitable recordar las palabras de Pessoa en su lecho de muerte: “¿Dónde están mis lentes?”. Este contrapunto azaroso, brilloso y memorioso me permite dilucidar un sentido común en estos poemas: la modestia.

Frente a la grandiosidad simulada de cualquier espíritu, que siempre termina siendo absoluto y autoritario, la modestia se hace poeta.

Alberto Hernández, con su “cielo portátil”, pregunta a su médico por su glaucoma, por sus lentes, por sus cosas, por la vida.

¿Será esa modestia una poética o una práctica de la literatura? Eso es lo que se ha propuesto Alberto Hernández, captar la realidad con modo, con meditación, con merodeo, moderado, con cuidado, con trato, con cura, frente al “caos gozoso” (el concepto es de Hermann Broch), cuando nada es malo y nada es bueno, cuando todo es malo y todo es bueno, cuando la realidad es excesiva y las palabras son pesadas, pesadas y titánicas, pues entre ellas media el autoritarismo cotidiano de la propaganda pegada entre las ruinas de la ciudad venezolana destruida y abandonada. Cuando todo es, en definitiva, miseria y penuria del espíritu, la realidad es captada si te sometes al hecho, al molde, al modo, al brillo de lo que sucede. El poeta se hace conservador para cuidar al objeto y a la palabra de la destrucción y la desaparición de todo lo que se conoce, y así mismo le cierra las puertas del lenguaje y del espíritu a la tautología del autoritarismo progresista del autor y al fasci di combattimento.

Ante las órdenes, los mandatos y el dictado en los velódromos y en las carnicerías, ante este paisaje, Alberto Hernández escribe: “Es ilusión el texto, es ilusión quien escribe”.

El poeta desaparece. Sólo nos queda el poema.

Pienso que la obra poética de Alberto Hernández enseña a hablar sin autoridad.

¿Esto es importante? Sí, sí lo es.

Rubén Darío Carrero
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