XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

El misterio de las manos tendidas

sábado 25 de abril de 2020
¡Comparte esto en tus redes sociales!
“En esta noche del tiempo”, de Vincenzo Vitale
En esta noche del tiempo, de Vincenzo Vitale (Laertes, 2019). Disponible en Amazon

En esta noche del tiempo
Vincenzo Vitale
Ensayo
Traducción: Manuel Carreras
Ediciones Laertes
Colección Camelot
Barcelona (España), 2019
ISBN: 978-84-16783-94-6
128 páginas

Leonardo Sciascia, gloria de las letras sicilianas, concebía la literatura como una buena acción. Por ello, durante sus últimos años, recopila información sobre el caso de Telesio Interlandi, salvado del pelotón de fusilamiento por un enemigo político, el abogado Enzo Paroli. Al conocer a fondo la historia, su asombro y sorpresa no dejan de aumentar. Pero su cuerpo se va rindiendo sin remedio, dejándolo sin fuerzas para inventar y escribir. El catanés Vincenzo Vitale lo visita a menudo. Este magistrado cree que su apellido tiene origen español, un Vidal italianizado, herencia de uno de los numerosos conquistadores de la isla. A veces, habla de ello con el autor moribundo. Por culpa de su traslado al juzgado de Catania, Vincenzo tiene que abandonar el Palermo de su amigo Leonardo, dejándolo con la tristeza de no poder verlo todo lo que querría.

Un día, recibe una llamada de la mujer de Sciascia. Vitale se presenta en el lecho de muerte del autor. Sciascia hace salir a todos excepto a su esposa, Vincenzo y Ferdinando Scianna, genial fotógrafo. Ahí, durante sus últimas horas, revela la historia por contar a Vitale y le encarga que él la escriba, ayudado de la documentación que ha recopilado durante años. El juez rechaza la propuesta en un primer momento, pero el escritor insiste hasta conseguir un sí. A la mañana siguiente, Leonardo Sciascia muere. Vincenzo Vitale abre la carpeta con los documentos y testimonios que perfilan a dos hombres contrarios.

Por un lado, el intelectual fascista al que su padre Giovanni nombra Telesio. Una provocación en su originalidad, en honor, quizás, a Telesio Bernardino, el filósofo, uno de los padres del método moderno científico de observar la naturaleza para descubrir sus leyes. Así que desde pequeño se considera diferente, con la confianza de alguien al que le asignan una misión intelectual. Crece en la siciliana Chiaramonte Gulfi, donde pronto las cosechas escasas y los pozos secos golpean esa confianza hacia una inseguridad y un sentimiento de abandono, orientado por los mayores hacia un resentimiento político contra la figura de Garibaldi y una Italia que los abandona. Cuando se hace mayor, como tantos otros, emigra a Roma, pero no olvida su isla, a la que mira desde la distancia con nostalgia y orgullo. Allí dirige su Lunario Siciliano. Para ello se rodea de jóvenes paisanos como Nino Savarese, Francesco Lanza o Rodolfo de Mattei. En sus charlas transforman sus inseguridades en un orgullo de ser sureños, que les hacen llenar sus páginas de un optimismo contagioso.

Interlandi no ha olvidado su misión intelectual y quiere que los suyos aprendan a razonar, a saber pensar para responder a los argumentos contrarios.

La confianza de este orgullo recién conquistado pronto se tuerce y contamina de rabia y agresividad. En 1924, al ser testigo del asalto al poder romano de Mussolini, al narrarlo para el diario florentino La Nazione, se convierte en un devoto más de la causa negra. El fervor derramado en sus crónicas le vale ser nombrado director de Il Tevere, altavoz del nuevo Jefe de toda Italia. Esta palmada en la espalda le hace sentirse poderoso, poseedor de un coraje que lo llevará a uno de sus periodos más creativos y fructíferos. Sobre todo al hacerse cargo de Quadrivio, el semanal cultural del régimen, otra vez gracias al salvoconducto personal del nuevo César. En su despacho, Interlandi se ve como el faro del espíritu de la época, lleno de un optimismo que nace del placer que experimenta al trabajar en algo que cree, al vivir a la sombra de un poder que siempre le da la razón.

Su sentido de dominio le da la confianza necesaria para incorporar firmas de talentos que no se alinean con su forma de ver la vida. Pirandello, Brancati, Ungaretti o el judío Moravia colaborarán en Quadrivio. Interlandi no ha olvidado su misión intelectual y quiere que los suyos aprendan a razonar, a saber pensar para responder a los argumentos contrarios. Incluso prefiere que Cesare, su hijo, se quede en casa, estudiando o escuchando a Wagner, a que pierda el tiempo en los gimnasios de la GIL (Gioventù Italiana del Littorio), jugando a la guerra, o creyéndose fascistas sin saber qué es lo que eso significa. Alrededor suyo hay demasiadas palabras huecas, demasiados jerarcas sin una idea en la cabeza, tan sólo órdenes. Con satisfacción, comprueba que su pequeño César se empapa del racionalismo de la nueva arquitectura del imperio. En su nuevo proyecto, Imperio Letterario, ya en las líneas de su editorial de presentación se compromete a no traicionar el deber sagrado de “defender una certeza absoluta”, para que Roma, el nuevo imperio, vuelva a brillar. Tras haber llegado a la revelación de la verdad, se llena de un desprecio por los que no aceptan sus argumentos. Su caída intelectual se confirma en 1938 con el nacimiento de La Difesa della Razza. Interlandi dirige esta voz de un racismo intelectual a los oídos de sus compatriotas. Pero no logra que lo escuchen ni la burguesía ni las clases populares, debido en parte a sus ecos espirituales, casi metafísicos. Pronto pasa de los 150.000 ejemplares de las tiradas iniciales, a unos 20.000, la mayoría de ellos destinados a los mostradores de los organismos oficiales, para acabar siendo hojeados por lectores aburridos que han de hacer tiempo.

Pero esta incomprensión poco le importa. Adopta un sentido de exclusividad del que se muestra orgulloso. Si no lo comprenden, es culpa de los demás. Además, se acabaron las réplicas. A la más mínima disensión entre sus compañeros la llama “la última polémica”, la cual ha de ser cerrada cuando él pronuncie la última palabra. A pesar de su poco impacto popular, la doctrina del diario golpeó a todas las clases profesionales tras los decretos racistas alentados y justificados en sus páginas. También en su querido campo de batalla intelectual. Se expulsó a la brillante Rita Levi-Montalcini de la universidad. Tullio Termi, brillante anatomista, ha de abandonar las clases. Enrico Fermi, casado con una judía, tiene que huir a los Estados Unidos. Otros los sustituyen, sin poner en cuestión cómo han llegado a conseguir esos méritos académicos. Aunque se dan casos excepcionales, como el del periodista y escritor Massimo Bontempelli, que renuncia a una cátedra robada a su legítimo titular. Con la llegada de la República de Salò, en manos alemanas, la represión racista se recrudece. Masacres, detenciones en masa, deportaciones. Mussolini quiere que Tulio Interlandi sea una figura clave en esa nueva pesadilla, y acepta dirigir la propaganda que blanquee la dureza con argumentos sin dobleces. La guerra lo ha llenado de una ira que lo lleva a aceptar la locura y verla como necesaria.

Lejos de los rigores de los cortesanos cercanos al poder, se encuentra Enzo Paroli. La diferencia con Tulio no puede ser más acusada. Él viene del norte, de Brescia. Su padre, Ercole Paroli, uno de los fundadores del Partido Socialista de la ciudad, le da una buena vida burguesa que acaba con la llegada de jóvenes de camisa negra, que lo toman como un miembro más de la familia de enemigos. A duras penas, Enzo intenta aferrarse al optimismo de su juventud, cimentado en el orgullo por lo que representaba la figura paterna. Poco a poco, los suyos son sometidos. Su visión se llena de amargura al sentirse solo sin remedio. Únicamente su profesión de abogado penalista le da algunas alegrías, ya que su dedicación le llevará a ser miembro del Consiglio dell’Ordine de abogados de la ciudad lombarda. Con el tiempo se convierte en un caballero elegante, de chaqueta y corbata a juego, canoso, su mirada triste bajo una frente ancha y tras unas gafas circulares. Pocos sospecharían en él un vástago ilustre del socialismo lombardo.

A primera lectura, Vitale se siente superado, ya que no puede encontrar dos hombres más dispares. Paroli considera que la solidaridad humana, junto con la verdad y la tolerancia, constituyen los valores fundamentales de la vida. Aunque lamente que su natural indiferencia haga que, a veces, no luche por ellas con la fuerza que debería. Tiene horror a su pasividad, miedo de no poder llegar a identificarse y compadecerse de los que están cerca, amigos y enemigos. Por eso decide ayudar a cuantos se acercan a pedir un trozo de pan, gente que viene a pedir justicia envueltos en harapos que apenas les protegen de las heladas. Por otro lado, Interlandi defiende sus verdades absolutas con pasión ciega. Cada idea verdadera tiene una total perfección interna, y de ellas se desprende el orden necesario para que Italia vuelva a imperar. Así que todos deben aceptarlas, aunque para ello tengan que hacer concesiones, renuncias, sacrificios. Si no lo hacen, se convierten en enemigos, en carne de presidio, de fosa. Quiere la confrontación, la lucha cara a cara con el otro ideológico. Para hacer su revolución, su marcha sobre Roma, hay que expulsar a los cobardes, a los imbéciles, a los traidores, a los de otras razas. A los que impedían rehacer el país. Por el medio que fuera posible.

Tras la caída de su mundo, Telesio Interlandi sólo cuenta con los más cercanos.

Vitale nunca ha escrito ficción, y se pregunta por qué Sciascia no recurrió a amigos íntimos y narradores innatos como Vincenzo Consolo o Gesualdo Bufalino para contar tan misterioso caso. Deja de sentirse fuera de lugar, inferior a otras plumas, al recordar que un juez como él, tras años presenciando y decidiendo la comedia humana, se convierte sin remedio en un “experto en humanidad”. Vitale no quiere escribir como Sciascia, sino aplicar su visión de la justicia, dejándose llevar por las palabras, sin usar tanto el intelecto de sus ensayos. Como primera decisión, decide crear a un falso Berlardini, un médico que rompe su juramento de alejar a la muerte, pues cree que los poderosos que han caído tras la liberación no merecen ser curados. Su sufrimiento a manos del régimen militar le ha llevado a tomar distancia y, tras renunciar a la piedad, puede asistir a la agonía de los culpables sin mover un dedo.

Tras la caída de su mundo, Telesio Interlandi sólo cuenta con los más cercanos. Su hijo Cesare huye junto a él, hasta que son apresados cerca de Desenzano. Mariù, su esposa, hará lo posible por salvar a los suyos del pelotón de fusilamiento. La mujer demostrará una paciencia en su espera, una humildad a la hora de pedir clemencia por ellos, que será clave. Porque el resto no quiere saber nada de los Interlandi. Los han detenido porque alguien conocido los ha delatado, indicando la escondida finca en donde se enterraban en vida. Mientras son trasladados a un calabozo en Desenzano, un carabinieri se sienta entre ellos dos. Ambos sufren en demasía la pena de una separación momentánea que creen que se volverá duradera, inevitable y cercana.

Fuera de la celda de Canton Mombello, muchos claman venganza. Algunos, como Berlardini, el médico, han pasado años de hambre escondiéndose, lanzándose a luchar por los campos junto a otros perseguidos. Aún se recuerda la oscuridad tras el toque de queda, un silencio roto cuando los soldados alemanes rastreaban judíos y guerrilleros para enviarlos a las brumas del norte, en un vagón. La ira apenas contenida hace que los partisanos cometan algunas violencias gratuitas en la Italia septentrional. Algunas esconden venganzas personales en nombre de una supuesta purificación de la nación tras la mancha fascista. Dentro de la celda, los carabiniere les ponen cuencos de sopa en silencio a los dos Interlandi. Esa ausencia en el trato, esa diligencia, no transmite nada de humanidad, ni de calor. Al hablar con sus carceleros, la conversación cae en frías generalidades. Cerca de ellos, antiguos jerarcas se lamentan, lloran y suplican. Publican su inocencia, protestan que sólo acataban las órdenes, que ellos trataron al enemigo con humanidad acorde con las circunstancias. Otros, con más fortuna, delatan cuando son llevados a comisaría. El resto simula enfermedades imaginarias para intentar escapar del paredón. Telesio Interlandi se ve como un extraño entre ellos. Con decepción, asiste a este espectáculo de plegarias y traiciones que le hace sentir náuseas.

En su interior, culpa a los suyos del desastre. Se acuerda del gobernador civil, que en sus arengas tribunicias exponía de manera débil ideas apenas pensadas, frases hechas. Con su torpeza, silenciaba las verdades que él conocía, la razón de ser del Fascio y su porqué, su espíritu humano, político, espiritual. La corriente de palabras huecas sepultaba lo que había que transmitir. Mientras, Mariù, la esposa, decide ir a hablar con Paroli, pues sabía de los encontronazos de los fascistas con él por su credo socialista. Ella habla de su marido y su hijo con devoción, pero defiende que se trata de una cuestión que va más allá de la mera unión familiar, es una cuestión de justicia humana. Paroli, que se había propuesto ayudar al que llamara a su puerta, por un momento está a punto de ser vencido por su indiferencia. Pero decide que este caso puede poner a prueba su reciente compromiso con la piedad.

A Telesio Interlandi ahora no le importa salvar su vida, sino la de Cesare, afectado de una estomatitis purulenta. No puede seguir viendo esa cara deformada, esos labios hinchados, bermellones, la lengua llena de pus. Al presenciar el sufrimiento de cerca, al padre se le abren los sentidos, cada vez más alerta y preparado para salir de allí como sea. Paroli visita a su cliente para decidir si va a salvarlo o no. No ejerce como su abogado de oficio, ni le han contratado. Al entrar en la celda, mira al preso con curiosidad de entomólogo. Lo mueve el gusto de probarse a sí mismo, de comprobar si él mismo es capaz de un acto de generosidad. Quiere conocer al Interlandi que se esconde tras los cargos fascistas, detrás del defensor de la raza. Pero, en esa primera conversación, no reniega de sus creencias. Telesio cree todavía que tenía razón, que los judíos conspiraban en la sombra para acabar con Italia. Cuando Paroli le habla de todas las víctimas de su ideología, él se limita a asegurar que no firmó ninguna orden de deportación, ninguna sentencia de muerte, pero que lo hubiera hecho sin dudarlo, y de manera más eficaz que aquellos inútiles que se negaban a veces a hacerlo. Aún sigue intentando educar a los demás en la ética de la nación, en la pureza de la sangre italiana, incluso frente a un hombre que podría ser su única esperanza de escapar.

Al menor descuido, los Interlandi podían ser descubiertos, pues el lugar estaba lleno de fascistas que habían tenido la habilidad de renunciar a sus creencias.

A pesar de ello o precisamente por ello, Paroli acepta la defensa de los Interlandi. Primero pide la libertad condicional para Cesare por motivos de salud. El juez acepta y firma la orden, que los carabiniere interpretan como el mandato de liberar a Telesio, el padre, no a Cesare, el hijo. Tras sus esfuerzos para enmendar este error, Telesio Interlandi es liberado y huye. Paroli, tras recibir la llamada del fugado con ayuda de los carabiniere, lo acoge en su casa. Mientras, Cesare llega al hospital. El médico Berlardini, al reconocer al enemigo en el nuevo paciente, se niega a curarlo. Les dice a los partisanos que, ahora, lo que le pase a Cesare es asunto suyo, no de él, y les da la espalda. Los guardianes, que no quieren cargar con el futuro muerto, trasladan al joven a un centro regido por monjas alemanas, al tropezar con el sanatorio por casualidad, en sus vagabundeos desesperados. Las hermanas, obligadas a la piedad y al amparo, se dedican a cuidarlo y curarlo. Los partisanos respiran tranquilos al obedecer la orden de asistir al chico y no dejarlo morir, cosa que les causaría el único inconveniente de no haber realizado la misión encomendada. Con el tiempo, un recuperado Cesare y Mariù se reunirán con el cabeza de familia en el refugio improvisado. Allí permanecen escondidos durante meses, mientras Paroli sigue luchando por su cliente en los tribunales.

Con esta decisión, Paroli arriesga su vida y la de su familia para salvar a un enemigo que no hubiera dudado en acabar con él, si hubiera tenido la ocasión. Al menor descuido, los Interlandi podían ser descubiertos, pues el lugar estaba lleno de fascistas que habían tenido la habilidad de renunciar a sus creencias, delatando o haciendo ver que ellos no comulgaban con esas ideas, ofreciendo dinero o sus servicios para establecer las inminentes elecciones libres a disputarse. Para el abogado socialista, ellos eran más peligrosos que los partisanos o carabiniere, a los que conocía, pudiendo negociar su propio cuello con ellos, si llegara la ocasión. Así pues, las dos familias ahora compartían un mismo destino.

Tulio Interlandi, durante su encierro, ha de confiar en su rival ideológico, aunque sólo sea por el terror a enfrentarse a una muerte segura si sale de ese techo. Por una vez en su vida, se muestra sumiso ante un rival. Por contra, Paroli se ha convertido en un apestado, al hacerse cargo de la defensa de un cabecilla enemigo. En la valla de los juzgados, decenas se agolpan para insultar a Paroli y al ausente Interlandi. Algunos, no hacía mucho, habían llamado a su puerta para pedir ayuda. Sin hacer caso, Paroli camina con orgullo por el tribunal, lleno de optimismo ante la posible resolución por falta de pruebas, de alegría por haber parado, al menos de momento, la rueda de sangre que giraba sin remedio por todos lados.

El abogado se ha dado cuenta de que si la violencia se contesta con violencia, si la injusticia se responde con más injusticia, se ponía en marcha una espiral de opresión y engaños, que había que parar para salvar la naciente democracia. En este clima injusto de juicios sumarios, muchos culpables escapaban, mientras otros pagaban, no por los crímenes que habían cometido, sino por los de los demás. Por su parte, Interlandi llega a la conclusión de que Dios ha muerto y lo ha abandonado. Ahora todos se rigen por la ley de la venganza. Él es inocente, pues se limitó a defender en lo que creía. En la oscuridad de su escondite, se acuerda cuando, en su Chiaramonte, durante los plenilunios, jugaba a perseguir a los perros mientras les lanzaba piedras, y cómo los animales esquivaban el acoso. Corría hasta que casi le estallaba el pecho. Al final, junto a sus amigos, sudados, iban a la fuente a refrescarse, en alegre camaradería. Ahora él era un perro más, acosado, huyendo del morir. La rabia y el asco provocados por sus juzgadores le hace ver el futuro de su tierra tan negro como la noche diurna en la que vive. Vincenzo Vitale encuentra en el cuadro El entierro del conde de Orgaz la imagen que resume la historia de ambos hombres. En esos rostros pintados halla una gran serenidad y equilibrio de gesto ante la muerte. El juez, al relatar el incidente, descubre que es el fin lo que confiere dignidad a la vida: por qué se muere o por quién se muere.

El caso de Paroli y de Interlandi aún seguirá fascinando a los que vean las letras desde el banco del jurado.

Gracias a una amnistía, Interlandi fue absuelto de todas las acusaciones. Paroli continuó su abogacía en Brescia sin considerarse un héroe, silenciando esta historia hasta mucho más de lo prudente. No necesitaba hacerla pública. Pocos entenderían su gesto, aunque haya pasado el tiempo. Ni él mismo lo llega a comprender del todo. Muchos ideólogos racistas que colaboraron en la revista La Diffesa della Razza fueron reintegrados a sus puestos tras la guerra. Poco a poco, el mundo académico italiano se va recuperando. Rita Levi-Montalcini, antes expulsada de su cátedra, conseguirá el premio Nobel. Otros, a la vista de que la liberación no se traduce en una vuelta de sus derechos perdidos por culpa de la burocracia, se desesperan. Tullio Termi, el certero anatomista, se suicida en el primer aniversario de la caída del régimen.

Telesio Interlandi siguió siendo duro, inflexible, a pesar de la clemencia recibida. Volvió a su villa en una isla cerca de Taormina, Isola Bella, para encontrarla destrozada, pues sus vecinos creyeron que no volvería nunca más. No había ni grifos. Así que ha de marcharse a Roma, donde vivirá de las rentas hasta su muerte. Intenta seguir propagando sus certezas absolutas, encerrado en el columbario de sus viejos conceptos, pero esta vez pocos le toman en serio. Cesare, el fiel hijo, logra convertirse en arquitecto. Dedicará muchos años a la labor de restituir la imagen de su padre, de su redención, algo que no pretende Vincenzo Vitale con su obra, que se publica en 1999 por Sellerio, la editora siciliana con la que Sciascia colaboró hasta el final. El juez tropieza con una gran paz al terminar de narrar, puede mirar con otros ojos, más curiosos y justos. Algo que le vendrá muy bien para escribir un ensayo que analiza obras maestras de la literatura desde el punto de vista de la justicia y el derecho. El caso de Paroli y de Interlandi aún seguirá fascinando a los que vean las letras desde el banco del jurado.

Antonio Palacios
Últimas entradas de Antonio Palacios (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio