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Alan Pauls: tentativas desesperadas de sabotaje

sábado 17 de abril de 2021
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“Trance”, de Alan Pauls
Trance, de Alan Pauls (Ampersand, 2019).

Trance
Alan Pauls
Ensayo
Ediciones Ampersand
Buenos Aires (Argentina), 2019
ISBN: 978-9874161062
132 páginas

A leer se aprende leyendo. A escribir, deletreando este glosario que omite las palabras innecesarias y evita, escrupulosamente, las perogrulladas: “Leer es extender, prolongar, dilatar al máximo una duración condenada de antemano”. Queda el lector dentro del manual, se niega a salir, rechaza la felicidad exterior en beneficio de los placeres sancionados por el aislamiento voluntario: “La privación: piedra de toque del goce de leer”. Extiéndanse otros en prolijos edictos sobre creativos desvaríos: Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) resume claridades, pierde afectaciones. Precisa abstracciones, especifica fragmentos, sabe que “leer (como pensar) es un verbo archiintransitivo, cuyo horizonte de objetos no tiene límite”.

Discute el escritor argentino consigo mismo, reflexiona sobre la ficción y la identidad, percibe ráfagas, contradice impropiedades, incomoda certezas: “Se lee porque hay hiato (…) y se lee para hacer algo con él: colmarlo”. No hay consejos, siquiera advertencias: “Leemos el libro tanto como el libro nos lee a nosotros”. Se afana la colección de microensayos Trance (Ampersand, 2019) en ejercicios para alentar desconciertos. Este diccionario aleatorio privilegia los encuentros inesperados, suprime sistemas, anula oraciones, somete narrativas a una castidad sin adverbios en la que “la procrastinación deja de ser una tara y se convierte en una estrategia de conjuro, un talismán —es decir: una tara útil, de supervivencia”.

Privilegia el autor de El pasado (2003) el borrador frente al material acabado, arroja pepitas de conocimiento, extrae ideas del extraño mundo de la creación, la magia literal de lo que leemos, lo que evitamos leer, trasciende esbozos, acumula páginas hacia ningún lado, como no sea no hacia los sueños que nos mantienen despiertos, “una disciplina, una fe, una costumbre, un pecado, una inversión, un compromiso, una deuda, un hobby, una droga —todo al mismo tiempo, todo el tiempo”. La ilusión de vida del ensayista de Temas lentos (2012) favorece entretenimientos donde nada es real salvo la sensación de estar procesando quimeras.

Abigarrados trabajos centrados en el valor inherente de la brevedad conducen a lecciones imprácticas: “¿Y si leer, en el fondo, no fuera más que deletrear?”. Ejercicios de visión romántica se cumplen en actos inexplicables: “Leer es también fundirse, dejarse atravesar, componer con las cosas del mundo”. A los consejos prácticos de la literatura prescriptiva, opone descriptivas disuasiones (“La lectura habla en lengua y es a la vez imaginación, memoria, saber, intuición, cálculo, anticipación, conceptualización, conocimiento”), posibilidades de interpretación, postergaciones, dudas en el corazón de la inteligencia moral, “arte de la afinación, el sincronismo, el unísono: una danza”, insegura de sí misma, cercana a la verdad.

Despliega el, entre otros, Premio Herralde o Premio Konex, un dédalo de ficciones, de micronarraciones instructivas: “Se lee para vivir tanto como para evitar vivir; se lee para saber qué es vivir y cómo vivir; se lee para escapar de la vida e imaginar una vida posible”. La delgadez argumentativa conduce al pensamiento desapegado, sin pretensiones, a la grave ligereza de un compendio que reúne en torno a sí curiosidades, atenciones, resplandores, empatías, vividas o imaginadas, “tentativas desesperadas de sabotaje”, un laberinto de sentimientos, emociones, inacciones, en definitiva, que agregar al tratado que nos retrata.

José de María Romero Barea
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