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En los términos de Alejandro Querejeta Barceló

sábado 31 de julio de 2021
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Alejandro Querejeta Barceló
Con una extensa obra poética, además de la ensayística y los tomos destinados a la docencia en la esfera de la comunicación social, es a partir de 2014 que estabiliza Querejeta su labor como novelista.
“Los términos de la tierra”, de Alejandro Querejeta Barceló
Los términos de la tierra, de Alejandro Querejeta Barceló (Letras Cubanas, 1985).

Los términos de la tierra
Alejandro Querejeta Barceló
Novela
Editorial Letras Cubanas
Colección Espiral
La Habana (Cuba), 1985
271 páginas

Suele un viejo amigo que trasiega materias reusables con provechoso plus para su jubilación, aparecer de tanto en tanto con algún libro cosechado a orillas de una calle, donde alguno quiso ponerlo con un poco de pudor, para que lo encuentren otros que todavía leen. “A ver si llega a interesarte”, dice, como si de verdad dudara el que porta el obsequio, cuando la casualidad que siempre ocurre es aceptarlo y estrujar la lista de lecturas para que el tomito sea pasado por las armas de la curiosidad, antes de encontrarle un resquicio en alguno de los dos libreros desbordados. Si más ajado que otras veces —por pobre de papel, o demasiadas manos, o inclemencias del tiempo—, el último volumen de este año trajo en el título un algo de prestigio, de hecho tan añejada su fuente como si de los clásicos viniera, y con firma de un autor que no acababa de hallar en la memoria.

Pues Los términos de la tierra, de Alejandro Querejeta Barceló (Holguín, 1947), no sólo justifica desde la misma frase que identifica la obra aquella cita bíblica de su apertura,1 sino que despliega su sentido en el poder descriptivo de la geografía insular en la que desarrolla sus líneas narrativas, también explora inquisitivo aquello que establece de cada sitio lo entrañable, el alma de los lugares, podría decirse, y de una nostalgia por tales rincones del vivir es que se construye en buena parte el acto de contar que es la suma de esta novela, con sus veintidós capítulos y funcional epílogo.

Relato de cristalina estirpe realista, aunque la imaginación y la fantasía hacen su aparición refrescante y matizan remembranzas desde su pausado recuento, la novela traza de modo eficaz el crecimiento hacia la madurez de un adolescente que asume el mandato familiar de ser el “hombre de la casa” cuando no ha terminado aún el bachillerato, y este tránsito natural se iniciará en el momento de la muerte del padre y alcanzará a mostrárnoslo convertido en esposo y progenitor en espera de su propio descendiente, al cabo de un trayecto signado de valores éticos y marcada afectividad, a través de una iluminada movilidad narrativa, como aprendiz de barnizador de una carpintería, trabajador cafetalero de múltiples encargos y al cabo combatiente contra una tiranía, todo ello contado en un inusual tono sobrio, introspectivo e íntimo.

Los términos de la tierra, salida de imprenta en febrero de 1985, había concursado antes por el premio Casa de las Américas sin obtener el lauro.

Un largo, tenso y provechoso proceso de creación llevaría a Alejandro Querejeta Barceló a concluir la novela inaugural de su producción artística, de hecho la única obra en este género por muchos años, durante los cuales publicó numerosa poesía, algo de cuento y bastantes textos dedicados a la enseñanza del periodismo, uno de los encargos profesionales asumidos a partir de su residencia en Quito, Ecuador, hace casi tres décadas. La escritura de Los términos de la tierra la inició el autor en Santiago de Cuba durante los primeros meses de 1976 y alcanzó su mayor intensidad en un período de cuatro años iniciado en 1980, a raíz de ser despedido del diario donde trabajaba en la ciudad de Holguín.

Tiene de sorprendente la publicación de esta obra narrativa inaugural de su autor en una de las más relevantes editoriales en La Habana, pero es el caso que Los términos de la tierra, salida de imprenta en febrero de 1985, había concursado antes por el premio Casa de las Américas sin obtener el lauro,2 pero la condición de finalista que un miembro del jurado comunicó al autor explicaría perfectamente el tránsito de la novela hacia las mesas de lectura de la editorial Letras Cubanas. También, dejémoslo anotado, transcurrían en su medianía los años ochenta, un período de cambios en la percepción de las políticas culturales hacia el ejercicio de la literatura en el país.

 

Interior con luz cenital

Imagina el que entra a las páginas tornadas ya de viso amarillento todo el transcurrir del escritor en su circunstancia inaugural: joven padre, culturalmente inquieto y de improviso desplazado de un empleo donde la vocación importa cada hora del día más que el salario nunca suficiente. Y encima, hallarse con la lupa de la suspicacia escudriñándole. No eran ya los setenta, se ha dicho, pero elevar a la categoría de ministerio la gestión cultural y asumir desde la cúpula de gobierno una intención crítica y rectificadora no obraron de por sí milagros, y las potencias a quienes inquieta el tránsito autónomo de las floraciones artísticas tienen pasillos paralelos, atisbos desde las azoteas, interesados capataces titulados en sombras. Motivo habrá para asombrarse de la ternura y la devoción por el país y sus tradiciones cuando en cada página vuelta aparezcan no solamente las luchas que la historia enaltece, también los creadores prestigiosos aludidos, las devociones populares, las diversidades de origen y razas, la mirada humanista hacia las gentes por su esencia y carácter. Acto de amor es la novela.

El innominado protagonista de esta obra —apodado “Revientatanques” en la página 196, por el poder o estruendo del disparo del revólver vizcaíno llevado al campo guerrillero, otras veces será “el muchacho” o “el hijo de Antonio”— proyecta su voz narrativa desde una memoria inmediata, de expresión tan íntima que pierde el lector fácilmente la noción de que lo que acontece en el texto corresponde a un plano temporal que no únicamente precede al momento actual de la lectura, sino que es anterior al presente narrativo. Administra el autor con sabiduría la habilidad de sus juegos temporales. De ello resulta caso evidente en la página 60: “Lléguese por el lugar para que los vea paridos, doblándose las matas de naranja de tanto fruto, las de coco como estibadores con muchos sacos encima. Así los vi cuando di mi vuelta, después de tantos años, por esa parte de mi vida”, y en la siguiente deja atisbar la circunstancia en la que el relato está siendo enunciado: “Ni esta cerveza ni la que nos hemos tomado ya, dan para quitar semejante sensación” (70).

“Las etapas que usted cree ver en la novela son correctas”,3 responde el escritor al que le interroga, tratando de desentrañar el texto desde la indagación del andamiaje de su arquitectura. De manera que es cierto, lo más seguro concebido así por quien en su momento se estaba esforzando por entender la materia versátil de sus percepciones de la historia, desde la confusión de una realidad inmediata que cada día se entremete con lo que debe ser unidad imaginada, creación autónoma desde la percepción del artista. Lo que Querejeta convalida desde su convicción de autor es la noción acerca de la estructura de Los términos de la tierra, desplegado su argumento en tres bloques narrativos.

La quiebra de la carpintería de Miguel Bermúdez, saldo de la trampa de unos Babún madereros diseñados a partir de ciertos personajes de la historia real, proyecta al muchacho hacia las experiencias del mundo rural.

Los primeros cinco capítulos de la obra abarcan toda la etapa formativa del personaje central de la trama, llevado a un inesperado protagonismo en el momento en que fallece el padre, obrero talabartero asediado por una enfermedad pulmonar que finalmente lo vence y deja a la familia en una situación de extrema carencia material. “La muerte del viejo parece el principio de todo en esta existencia que pongo sobre el tapete”, afirma el narrador en la página 70, y todo en ese primer bloque de la obra gira en torno de ello. Las incidencias relativas a las honras fúnebres ofrecen el contexto para exponer los antecedentes familiares desde la infancia del personaje central, y la fuerte base afectiva, ética y cultural con la cual sale al mundo. Resultan esenciales ciertos paradigmas del contexto narrativo, en particular el papel solidario de los masones, nucleados en torno a la figura del padre; el ejemplo de conducta personal y sentido patriótico del viejo tío Mandín, veterano de la última guerra de independencia del siglo XIX, el amoroso liderazgo familiar de la abuela Tina, la entereza de la madre y el valor formativo de la etapa como aprendiz de barnizador en la carpintería,4 bajo la tutela del militante de izquierda Nicolás Reyna, cuya influencia será menos ideológica que existencial y afectiva.

La quiebra de la carpintería de Miguel Bermúdez, saldo de la trampa de unos Babún madereros diseñados a partir de ciertos personajes de la historia real, proyecta al muchacho hacia las experiencias del mundo rural, dando entrada en la novela a un nuevo complejo de conocimientos espaciales, sociales, laborales, expuesto en los capítulos VI al XIV. Centro de la estructura novelesca no solamente por su ubicación en el texto, sino consecuencia de la consolidación del universo íntimo del personaje, de su capacidad de adaptación a escenarios tan diferentes al que había representado no solamente una temprana confianza en sus posibilidades, con los primeros salarios llevados al hogar, sino cierta identificación con sonidos y fragancias maderables, que conformaban su entorno de seguridad, también de apropiación afectiva del espacio y del vínculo con su colectivo, ya parte de un orgullo individual emergido de la relación con el trabajo, esto sí, inculcado por el politizado maestro barnizador.5 En esta nueva fase la visión del mundo del hijo de Antonio va a hacerse más compleja con la introducción de conflictos esenciales, apropiados desde el contacto directo o la experiencia referida, en torno a personajes de definida negatividad, representados por codiciosos y asesinos, como Paredes y Ñico Montoya, en tanto su constitución afectiva alcanzará en pausadas fases su clímax con el amor de la Ñata.

Esta segunda fase de Los términos de la tierra expande asimismo los referentes temporales y espaciales, enriquece el contexto y conquista, ya hasta el final, el interés del lector. Actualiza una vez más Querejeta el punto de vista narrativo, como sin dudas es conveniente en el arribo a un punto de giro del relato: “Si regresé a Monte Rey fue porque me nacía, y no me refiero a la vuelta de entonces, alicaído por el carnaval amargo que acabo de contarle, sino a la de estos años”.6 Luego será más específico cuando alude al “viaje de recordación, que hice apenas puse un pie por aquí”, dejando establecida la voluntad de fijación de la memoria como una de las actitudes del gesto narrativo.

Desde que se desmonta del gascar7 en Alto Cedro y se introduce a pie por guardarrayas y caminos hasta el corazón de la serranía, el joven protagonista es ya definitivamente otro; han madurado sus percepciones tanto del paisaje como de los individuos. En los capítulos correspondientes a esta fase se incorporan a la novela personajes tan vigorosos como Lucinda Amaro, dueña del cafetal; La Ñata, una mulata procedente de Cuchillas del Toa, cerca del extremo oriental de la isla de Cuba, cuya mutua seducción y conquista recíproca transcurren al sobrio modo característico de esta novela, sin permitirse sino mínimas expansiones en cuanto a incidentes sensuales. Epifanio, un viejo y experto trabajador del café, será portador de importantes referencias al pasado para establecer la identidad de la zona rural y el origen de algunos de los conflictos locales, así como algunas tradiciones, como la curación de una afección micótica que sufre el joven, mientras la etapa media de la estructura interna de Los términos de la tierra culmina con la casi épica narración del traslado del cadáver del arriero Leocadio, cuya última voluntad ha sido el sepelio cerca de los suyos en Ulpiano, pueblo perdido en un rincón cualquiera de aquellas montañas.

Del desenlace de los enfrentamientos armados con que culmina Los términos de la tierra, no sorprenden al lector el fusilamiento de Ñico Montoya, acusado de delator y asesino, ni la desaparición de Paredes, de por sí escurridizo.

Con la llegada de los rebeldes alzados al cafetal Monte Rey se inicia la tercera etapa de la novela. En esta parte final del libro, capítulos XV al XXII, más el epílogo, el narrador expone su participación en la lucha revolucionaria en las montañas, haciendo uso de un tono mesurado y rememorativo, distante ya de los tensos párrafos de violencia y de retóricas normativas que exigía el tratamiento de los temas de la historia en las dos décadas precedentes. Fracasa el bisoño combatiente cuando trata de conquistar un fusil máuser que portaba un guardia rural de la dictadura, pero el teniente al frente de la tropa guerrillera no le impondrá lecciones ni castigos, entendiendo con sabiduría de jefe que en tales contiendas el éxito o la derrota parte a veces de lo circunstancial. “Eso pasa, viejo, eso es así” (196-200), dice, y es todo, y con ello el joven guerrillero queda listo para el siguiente aprendizaje hasta llegar al último combate, que terminará en la toma del mítico o casi real poblado de Encrucijada.8

Del desenlace de los enfrentamientos armados con que culmina Los términos de la tierra, no sorprenden al lector el fusilamiento de Ñico Montoya, acusado de delator y asesino, ni la desaparición de Paredes, de por sí escurridizo. Pero introducen un compás de duda irresuelta, siquiera momentánea, las noticias acerca del incendio de la finca Monte Rey y el aludido suicidio de Lucinda Amaro,9 que trae un viejo Epifanio, en la indecisa evocación de las alucinaciones causadas por la fiebre que ataca al personaje principal de la novela, herido en el combate. Vale, de cualquier modo, el recurso de la fantasía, que sortea fáciles o forzadas soluciones en la ficción, visto que en el transcurso de la historia real la expropiación del patrimonio y el exilio fueron alternativas finales prácticamente inevitables para individuos en la categoría socioeconómica de la propietaria del cafetal.

La estancia en la casa de la abuela Tina, donde el joven protagonista completará su recuperación y cumplirá el mandato materno de casar con su mujer, cierra el ciclo de la nostalgia por la infancia pasada. El retorno a una nueva cotidianidad es marcado por el paso estable de los trenes, que el hijo del personaje, aún en el vientre de la Ñata, comienza a reconocer: metáfora inefable, digna de un nuevo modo de entender la literatura y al país que defiende en sus ficciones.

Hay en Los términos de la tierra una riqueza narrativa ante la cual es preciso domeñar elogios al reconocer el oficio que muestra en ella un novelista en su momento joven y principiante. Si todavía nos urgen a dar muestra del juicio adelantado, diría que el número de personajes es un reto, pero a cada uno le otorga el creador atributos precisos.

Un ejemplo será Rosa, hermana del protagonista y narrador en la novela, que es personaje referido y de escasas apariciones, pero esencial en el planteamiento ideotemático de la obra, como portadora de una información clave de las circunstancias narrativas: ella quería ser pianista y su aspiración acabará frustrada a causa de la muerte del padre, por lo cual debe ayudar a su madre en tareas de lavado y planchado que no solamente la alejan de la posibilidad material de alcanzar su sueño, sino que maltratan sus manos y las inutilizan para el instrumento musical. Luego, cuando el triunfo revolucionario se concrete y su hermano regrese a casa a recobrarse de heridas en combate y a esperar el nacimiento del hijo, la muchacha será una presencia silenciosa, tras haber sido encarcelada y golpeada por los esbirros durante la insurrección en la ciudad, a la que se sumó. Cuando pregunta el hermano qué había sucedido, la madre sólo atina a contestar: “Le borraron de la cabeza todas las canciones que sabía” (266). En las descripciones y el lenguaje halla el lector asimismo valiosos aportes en la novela de Alejandro Querejeta Barceló, autor que reside en Ecuador desde hace casi tres décadas y ha desarrollado allí una labor intensa en el periodismo, la enseñanza y asimismo en la creación literaria.

Con una extensa obra poética, además de la ensayística y los tomos destinados a la docencia en la esfera de la comunicación social, es a partir de 2014 que estabiliza Querejeta su labor como novelista, con la terminación al hilo de otras cinco obras de este género, entre ellas su penúltima, Anhelo que esto no sea París, publicada en 2016 en Bogotá por el sello Seix Barral, como parte de la trilogía que asimismo integran Yo, Juan Montalvo (Quito, Paradiso Editores, 2014), y Juan Montalvo y yo: vida alta y profunda (Quito, SBUE, 2016), y la más reciente, impresa este mismo año, Vicente Rocafuerte, su vida de novela (Quito, Paradiso Editores, 2020), mientras se encuentra ya en proceso editorial la más reciente, titulada La señora de los canarios.

Ismael León Almeida
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Notas

  1. “…y te daré por heredad las gentes, / y por posesión tuya / los términos de la tierra” (Salmos 2,8).
  2. El premio Casa de las Américas en novela fue entregado en 1983 al venezolano Denzil Romero por La tragedia del Generalísimo, en 1984 no fue premiado ese género y en 1985 lo ganó Fernando López Rojas, de Argentina, con la obra Arde aún sobre los años.
  3. Mensaje del novelista el 5 de noviembre de 2020.
  4. Lo menciono solamente como muestra de lo profundo que pueden calar en la memoria las asociaciones culturales de las que se nutre la narrativa: he leído en alguna parte que Alfonso Hernández Catá, uno de los escritores que influyó sobre la generación literaria de Querejeta, fue aprendiz de ebanista, mientras estudiaba en Madrid.
  5. Advertía el maestro Nicolás Reyna a su aprendiz: “…ten cuenta con las chapucerías, que al mueble hay que prepararlo para que entonces digan que uno fue quien lo hizo y lo miren con buenos ojos. Así se adelanta en la vida…” (29).
  6. Los términos de la tierra, edición citada, p. 62. La referencia al “carnaval amargo” alude a enfrentamiento del joven con un bebedor que “le vivía”, o sea, observaba con intenciones galantes a su pareja, conflicto personal que vino a coincidir peligrosamente con el asalto a la importante fortaleza militar de la misma ciudad, por rebeldes tan jóvenes como el personaje. Aunque la fecha no se manifiesta en el texto, se refiere al 26 de julio de 1953, con lo cual marca el autor un significativo hito temporal en su relato.
  7. Vehículo ferroviario para el transporte de viajeros, principalmente.
  8. La verdadera Encrucijada es un hermoso pueblo de más de 10.000 habitantes en la provincia de Villa Clara, en cuya Universidad Central cursó el escritor sus estudios de Letras. La de la novela es ubicada en algún sitio de la región periférica de la ciudad de Santiago de Cuba, al oriente del país.
  9. La muerte de la dueña de Monte Rey es dato que acompaña a la primera mención del personaje (capítulo VI, p. 63), pero el lector que ha seguido su evolución en el relato tiende a dudar de que sea coherente un final por mano propia para una vida tal. La realidad no carece de desmentidos a esta percepción, naturalmente, y con más razón los asume la literatura.