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El laberinto del olvido
(sobre el poemario Las palabras del olvido, de Ángela María Valentín)

miércoles 27 de abril de 2022
“Las palabras del olvido”, de Ángela María Valentín
Las palabras del olvido, de Ángela María Valentín (2022). Disponible en Amazon

Las palabras del olvido
Ángela María Valentín
Poesía
2022
ISBN: 979-8482516225
80 páginas

“No hay mejor poesía
que la del silencio
denso
como de noche cerrada
como de susurro de estrellas
y escaleras ascendentes”.
Fragmento de “Nocturno”, de Ángela María Valentín
“Entre lo que veo y digo,
entre lo que digo y callo,
entre lo que callo y sueño,
entre lo que sueño y olvido,
la poesía”.
Fragmento de “Decir, hacer”, de Octavio Paz

Jorge Luis Borges se refirió a la poesía como “la expresión de la belleza por medio de palabras artísticamente entretejidas”. Esa obra de arte, porque eso es la poesía, ese tejido celosamente cuidado y obsequiado, es sólo posible desde quienes aman en versos. En esta ocasión, viene a mis manos una entrega generosa de la poeta puertorriqueña Ángela María Valentín titulada Las palabras del olvido.

Según Jean Paul Sartre, “la libertad que se manifiesta por la angustia se caracteriza por una obligación perpetuamente renovada del yo que designa al ser libre” (Sartre, 1954). Intrínsecamente existencialistas, los versos nos transportan a la psiquis en donde se fraguan los cuestionamientos del ser. La voz poética provoca mirarle desde la óptica filosófica del yo, dándole significado a los pensamientos y emociones que experimenta.

Cómo seguir
si la ruta de escape ha desaparecido
y de tanta hambre
me comí
las pocas migajas que me llevaban
de regreso a mí misma.

Las estrofas se transforman en pasadizos de un laberinto cuya salida es el olvido. Sin embargo, no hay forma de llegar, los intentos son infructuosos, pues las voces no se callan, no permiten ni la más remota posibilidad de olvidar.

De repente todo se pudre y,
sin salvavidas para huir de este desastre,
me hundo en esta charca cenagosa
de sueños rotos
de planes sin cumplir
de historias robadas
de anhelos fugados…

Es precisamente allí, en la esquina en donde te retuerces de dolor, de angustia e impotencia, en donde la poeta nos hace coprotagonistas de la realidad de quienes viven en la montaña rusa de emociones que les provocan ansiedad, depresión, pero sobre todo de quienes sufren de trastorno de personalidad limítrofe (BPD/TPL), a quienes dedica el poemario.

El silencio/olvido es, en este poemario, el catalítico para desencadenar el tumulto de turbaciones acumuladas y, a la vez, el espacio para aliviar el desenfreno producido por la autocontención, en un mundo que aún reclama de nosotras la autonegación, la autoconmiseración por vivir complaciendo a otros/otras, la renuncia a nuestro auténtico ser para encajar.

Esa mujer/Alicia/tú/yo vive cayendo en un precipicio, en un eterno infinitivo… “Caer y caer como Alicia”, nos dice la voz poética usando de referente la Alicia de Lewis Carroll. Valentín retrata las expectativas en las que nos enjaulan…

porque una mujer
tiene que estirarse
hasta la altura de la asfixie
para cargar balanceadamente
el peso de los siglos,
de los supuestos,
de las razones,
de las ideas,
de las certezas…

La poeta evoca lo que a flor de piel sentimos:

la verdad es que una se cansa
de morirse de a poquitos
y de a golpe y porrazo
te entran ganas
de que se acabe todo
ponerle fin a ese dolor hondo
silente
oscuro…

La conciencia de sí, del estado de las cosas y cuánto nos cuesta sobrevivir a todas las Alicias, es uno de los mayores logros de este poemario. Invisibilizadas, ninguneadas, maltratadas, Valentín nos reivindica mediante la denuncia, abierta, cruda, palpable, cruel. Esa verita oculta por el patriarcado ha condenado a muerte u olvido a las mujeres. La poeta rememora a algunas, a todas, desde Eva, la mujer de Lot, las grandes poetas, Lola Rodríguez, Julia de Burgos, Clara Lair, hasta las de ahora que se abren camino y luchan contra aquello que les resquebraja, les niega, les rechaza:

Sonrío
en medio de un rebaño
que me empuja
me toca
me ultraja…


A mí también
me han robado el paraíso, Eva,
un día no tan lejano como el tuyo, Eva.


porque necesitas descansar
de tanto silencio
de tanto horror
de saber que eres una más
de esas miles invisibles y silentes
#me too…


No, no quiero que me recuerden tarde
como a Julia o a Clara,
como a Lola, o como a las Cármenes.
No quiero que me nombren muerta.

Huir/escapar, caer/precipitarse, incertidumbre/confusión, fingir/simular, volverse piedra/encerrarse, soledad/silencio, violencia/dolor, tortura/insomnio, cansancio, caducidad/muerte… Cada una de estas palabras sencillamente comprensibles nos transporta a los apartados más inhóspitos de la mente que hurga en sí misma. Las palabras que se repiten una y otra vez, como paradoja, resultan en salvoconducto, cincelan las sienes, mientras esculpen la génesis de un poema:

escribo listas, notas,
esas cosas importantes que no se deben olvidar.
Pero también abarroto papeles que
me acompañan y sostienen;
apañuelan mi llanto
sin que nadie lo sepa
sin que nadie se dé cuenta…

Los cuestionamientos que se hace la voz poética, en esos para los que las más de las veces no hay respuesta, como en medio de una “paz armada” con sus tratados, treguas, acuerdos diplomáticos, aparece un resquicio de luz, en la que la poeta se regodea y respira, inhala hondamente y afirma:

así que me refugio
igual que la otra poeta
en la suavidad de mis párpados húmedos y oscuros
allí invento universos…

En medio de un estruendoso silencio, la voz poética evoca la mirada-bálsamo:

Hay ojos
que sostienen
el balance precario de mi universo…

Provoca rememorar a Pizarnik:

en tus ojos hay la seguridad y el orden, hay la creación…

(Diarios, 2013).

La esperanza penetra, intrépida, tenaz, cohabita con el desasosiego, y le acaricia para acompañarle:

nómbrame y el laberinto desaparecerá
y se transformarán los caminos
con alas de futuro.

Valentín nos/se regala, en Las palabras del olvido, un poemario repleto de verdades dolorosas y universales por compartidas por muchas más almas. No hay acto más generoso que aquel de darse, y la poesía, como arte, es brindar al lector/lectora un pedazo de sí. Esta entrega atavía con un listón una caja de Pandora que, al abrirse, revela un volcán que despierta como de un sueño, como de un recuerdo, como una escalera de escape de pensamientos y emociones que, en la cotidianidad, son aplacados por las bridas de lo socialmente esperado, impuesto, normalizado.

Elga del Valle La Luz
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