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El arte narrativo de Laura Antillano en Me haré de aire

sábado 27 de agosto de 2022
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“Me haré de aire”, de Laura Antillano
Me haré de aire, de Laura Antillano (Monte Ávila, 2021). Disponible para su descarga gratuita en la web de la editorial

Me haré de aire
Laura Antillano
Cuentos
Monte Ávila Editores Latinoamericana
Caracas (Venezuela), 2021
ISBN: 978-980-01-2250-1
116 páginas

Hace algunas décadas, la teoría y la crítica literaria hicieron mucho énfasis en la distinción entre cuento y relato. La causa sería, seguramente, la importancia que entonces aún se daba a los textos que prescriben qué es y cómo debe escribirse un cuento. Y no era para menos, porque esas prescripciones, comunicadas en tono cuasi religioso por medio de mandamientos y decálogos, venían respaldadas, en el caso concreto de los hispanohablantes, por cuentistas de la talla de Horacio Quiroga, Juan Bosch, Enrique Anderson Imbert y Julio Cortázar, entre otros. La distinción entre cuento y relato se hizo necesaria porque buena parte de lo que en el momento se publicaba bajo la rúbrica de cuento se resistía a obedecer el reiterado mandato de una acción única, de tensión narrativa y desenlace sorpresivo. Eran los tiempos en los que se afirmaba sin empacho que el relato en realidad no estaba obligado a contar nada y se proponía a sí mismo como un libérrimo ejercicio verbal, más cerca del poema que de lo que hasta ese momento se consideraba cuento.

Al final, tal como lo propone la dialéctica, entre la tesis de un cuento constreñido por un conjunto de reglas más o menos estrictas y la antítesis de un constructo verbal que carecía de anécdota, el cuento optó por la síntesis que significó independizarse de aquellas preceptivas y contar de un modo mucho más libre e independiente.

En Me haré de aire, el libro de cuentos de Laura Antillano que presentamos hoy, se incluyen catorce relatos que a mí, en particular, me parece que pueden ser leídos, al menos varios de ellos, como proyectos de novela a causa de la cantidad de elementos que incorporan, lo que los aleja bastante de la norma de la acción única del cuento clásico.

De buenas a primeras, el lector puede creer que ha descubierto las estrategias narrativas de la autora, pero se engaña.

Pero en realidad no se trata de distinguir un género literario, sea éste cuento o novela, sino de identificar un estilo, el estilo de Laura en este caso. Ese estilo parece regodearse entre la intimidad y la memoria, lo que hace que sus narraciones se llenen de pequeños detalles, descripciones al paso, personajes que aparecen y desaparecen, objetos y lugares entrañables. De buenas a primeras, el lector puede creer que ha descubierto las estrategias narrativas de la autora, pero se engaña. Nada más al calce en este caso que la vieja afirmación de Vargas Llosa según la cual la novela es el arte de mentir. Y es que esa idea de relato íntimo y memorioso es en realidad un resultado que la escritora logra por medio de diversas estrategias narrativas que, en su conjunto, definen su estilo literario.

La idea de lo confesional y autobiográfico comienza a diluirse en cuanto caemos en la cuenta de que los relatos incluidos en Me haré de aire se desarrollan no sólo en distintas locaciones sino también en diferentes momentos históricos. Sin embargo, en todos encontraremos la misma voz narrativa, que suele ser al mismo tiempo uno de los personajes —si no el principal—, involucrada hasta los tuétanos en los hechos; que conoce todos los detalles incluidos los intangibles, como recuerdos y sentimientos, y que ha recorrido todos los vericuetos en los que se escenifica lo narrado.

Lo que ha ocurrido es que la escritora construye su relato desde la perspectiva de lo cotidiano. Incluso los hechos históricos que vienen ya revestidos de un carácter épico se degradan, por decirlo de algún modo, hasta la mirada del observador común que vive los sucesos no como una gesta magna sino como los típicos avatares de la cotidianidad en la que necesariamente entran los pequeños intereses del individuo.

No hay, pues, aventura en el sentido clásico, nada es extraordinario, todo es cotidiano porque lo verdaderamente épico es la vida misma cuando se sabe contar llenando de misterios e incógnitas lo que parece nimio a primera vista.

La gran historia vista, pues, desde la propia experiencia del individuo. El impacto de los acontecimientos es siempre un fenómeno anímico. La otra dimensión del hecho histórico, su impacto social, es una tarea que se impone al lector, quien debe imaginarla y reconstruirla a partir de breves indicios. Ejemplo de este tratamiento de lo histórico puede encontrarse en el relato que lleva por nombre “Historia de la vida apasionada de Alma García Maitín y de la de su mentor Leopoldo Torres, llamado el Abanderado”.

Algo parecido sucede con algunos hechos fantásticos. Recordemos que Todorov nos advirtió que lo fantástico vive en una cuerda floja tendida entre lo maravilloso y lo real; que su principal característica es que se presenta como hecho cotidiano, y que el lector no llega a estar nunca seguro de si lo narrado tiene asidero en la realidad o en lo sobrenatural. Es lo que sucede en el cuento titulado “Renacimiento”, en el que el ataúd del padre insiste en emerger de la tumba en tanto los hijos no arreglen ciertas diferencias entre ellos.

Tanto el hecho histórico como el fantástico se narran con la naturalidad del testigo incapaz de sorprenderse. Tampoco se marca la distancia temporal o espacial aunque la reconozcamos o adivinemos. Por el contrario, todo es tratado en el aquí y el ahora.

Empecé diciendo que estos son relatos que parecieran querer evolucionar hacia una novela y me parece justo que sea por aquí por donde cierre estas líneas. Sucede especialmente, a mi modo de ver, en el cuento titulado “Manuscrito perdido”.

Al tiempo que se incorporan personajes y acontecimientos, se nos comunica también cómo se organiza el relato al cual se incorporan esos personajes y acontecimientos.

El dueño de ese manuscrito perdido se embarca en una especie de viaje de descubrimiento a lo largo del cual va registrando todo lo que se atraviesa en su camino con el ojo de quien no ha parado de escribir, al menos mentalmente, en el manuscrito aludido. De modo que, al tiempo que se incorporan personajes y acontecimientos, se nos comunica también cómo se organiza el relato al cual se incorporan esos personajes y acontecimientos. Se trata de un ejercicio metaficcional que se presenta sin bombos ni platillos y se integra al relato con la misma piadosa inocencia con la que la narradora ejerce su arte de mentir. Lo que sucede en realidad es que estamos frente a un relato doblemente narrado: el del personaje que no cesa de narrar mientras busca el manuscrito y el del narrador que como una sombra describe desde fuera del relato, al otro que escribe dentro del relato. Dado que se trata de un viaje de búsqueda del manuscrito, todo lo que se cruza en el camino del personaje se incorpora automáticamente a lo narrado, desde los personajes con los que queda atrapado en el ascensor hasta los pasajeros del autobús y los viandantes que acecha desde su ventanilla. Una panoplia aparentemente desordenada e inconexa que sin embargo encuentra su unidad y sentido en la conciencia del escritor que registra cada hecho y lo encierra en el proyecto creativo que descansa en el manuscrito perdido y que al fin encontrará en la última página del cuento. Se trata de un relato que no se impone límites y que podría extenderse tanto como quisiera sin perder unidad o coherencia.

Al estar llenos de personajes y hechos de nuestra estatura, los cuentos incluidos en Me haré de aire hacen que nos involucremos en ellos con la misma disposición o con la misma inercia con la que nos involucramos en el vértigo mismo de la vida. No hay aquí distanciamiento posible sino total empatía con esos personajes en los cuales podemos reconocernos e identificarnos sin esfuerzo alguno.

Cósimo Mandrillo
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