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Desvestir el cuerpo, de Jesús Cárdenas

sábado 2 de diciembre de 2023
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“Desvestir el cuerpo”, de Jesús Cárdenas
Desvestir el cuerpo, de Jesús Cárdenas (Lastura, 2023). Disponible en Amazon

Desvestir el cuerpo
Jesús Cárdenas
Poesía
Lastura Ediciones
Madrid (España), 2023
ISBN: 978-8412752120
118 páginas

Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaira, 1973), poeta, profesor, y crítico literario, es autor de una larga lista de obras premiadas entre las que destacan Algunos arraigos me vienen, La luz de entre los cipreses, Mudanzas de lo azul, Después de la música, Sucesión de lunas, Los refugios que olvidamos y Los falsos días. Su último poemario, titulado Desvestir el cuerpo, incluye un prólogo de José Antonio Olmedo López-Amor, y un epílogo de Luis Ramos de la Torre. Se presenta, de este modo, según su prologuista, como “un acto de sinceridad en un solo movimiento”. Lo cierto es que desde el primer poema, “Comienza el rito”, el sujeto lírico adopta una toma de postura frente al poema: “Sólo resurge lo que fue verdad / cuando se mira hacia adentro”.

Partiendo de esa premisa, el libro se divide en tres partes. La primera, anudada a los espejos, recoge este objeto y su mitología en el título: “Todos los espejos”. La segunda cambia el azogue por la negrura del humo oscuro: “Cristal ahumado”. Por último, la tercera, “Callada ceniza”, permite al lector asistir a cómo todo lo anegan los recuerdos del pasado familiar y material. Su agolpamiento permite al autor tejer un hermoso ejercicio de escritura que se recrea en la memoria fundiéndose con ella: “Tiendo mi mano, / pero el verso apenas sostiene su perfil, / no acierta a prolongarse / sobre el mismo papel”.

Fiel a ese hilo conductor que anuda la alegoría del reflejo opaco con la vida, desde el inicio, la memoria, como un bastón blanco, va tanteando esos lugares ciegos, cubiertos por la densidad del tiempo que oscurece el futuro que el autor va esforzándose por aclarar. Esos territorios olvidados por el peso de las horas que resurgen cuando uno se mira en el espejo: “Ante el espejo ve la oscilación / de quien ardía con el mismo asombro / que los labios al estrenar otra piel”. No es que se perciba el cuerpo deteriorado. Es otra cosa. El poeta lo sugiere y, como señala Rilke, ahí está la infancia esperándolo, en esa patria que sigue latiendo detrás de la mirada en el azogue: “Me encuentro frente a un gran espejo, / he de escoger palabras / que, muy pronto, habrán de ser mías. // Dime, ¿qué niño soy? // En el rito germina este poema”.

Las palabras no salvan a quien las escribe de su nada; sin embargo, en ocasiones vuelven Prometeo a quien las crea.

Las páginas profundas de este libro se transforman, de este modo, en símbolo de un espacio ventilado. “Dejo abiertas las páginas de un libro”, señala su autor, y entre esas páginas se filtra una poética explícita, y también implícita, que se anuda al cuerpo como símbolo, a la carnalidad y sus metáforas, sean éstas piel o manos: “Logran cambiar el valor de lo dicho, / igual que la miel mudan las palabras”, y ese intercambio posible da la medida de su verdad.

El poema es índice del fracaso vital (“no fulgura la luz en las palabras”, señala el poeta en uno de los versos). Las palabras no salvan a quien las escribe de su nada; sin embargo, en ocasiones vuelven Prometeo a quien las crea, pues en su fondo late siempre el fuego que le hizo ser, un incendio que permanece latente a pesar de que el tiempo lo haya consumido en apariencia, y que el mundo desconoce. Por ello, el poeta escribe esa verdad: “Entregas en cada verso / el fuego que no ves en los ojos de los otros, / esos que no habrán sentido el calor. // Pero te repites: ‘yo tengo el fuego’”.

Como ya hiciera Borges con los espejos —“Yo que sentí el horror de los espejos”—, también la poética de Cárdenas está cruzada por ese azogue que no miente, y que le devuelve al hombre su verdadero rostro, cruzado por el paso de los días, por el peso de la mentira social (“nos remueven por dentro los espejos”), o por aquellas dudas que el mundo no resuelve (“Todos los espejos mantienen / preguntas sin contestar / al fondo de su azogue”). Una poética que, aun pendiente de las palabras y sus procesos de volcado en la escritura, desvela al cien por cien sus intenciones al servicio de la palabra redentora: “Mostrar no ya la piel sin los huesos, / esos huesos que quieren ser poemas”.

Y a su alrededor, con frecuencia, sorpresivos versos que emergen de entre otros con una vitalidad distinta, carismática diríamos de no ser porque los versos son ajenos a esa idea… ¿O no? Humildes versos punto y final, sin pretensión alguna de esos aforismos que bañan las playas de cierta poesía actual: “Tan sólo lo inestable es la certeza”, o “El hombre nace a punto de morir” son versos enclavados en sus respectivos poemas a los que sirven como el resto del poemario.

Desvestir el cuerpo resulta un ejercicio de preparación para lo venidero, y el poemario pareciera, por ello, un ajuste de cuentas con la vida.

En este sentido, cruza todo el libro, principalmente en la primera parte, una impresión de fracaso que, en algunos momentos, pareciera ser sólo aparente, pero que en otros se adensa en la semántica de los poemas. De ahí hallar términos como “noche”, “nada”, “vacío”, “demolición”, “naufragios”, “arrojar”, “niebla”, “bruma”, “lejanía”, “oscuridad”, “tinieblas”, “noche”, “sombra”… Un libro de poemas también es su vocabulario. Léxicamente, Desvestir el cuerpo está al borde del abismo y asomado a precipicios al mirar al pasado y al futuro. De ahí el vértigo que en ocasiones puedan sentir los lectores, pues la mirada adjetivada del poeta acaba siendo también la del lector. Mas si éste está atento, no dejará pasar esos maravillosos versos que se inician con “El aire ha dejado de zarandear”, verdadero eje de un poemario que en ese momento asume las preguntas y consuma, así, el rito: “Ese fulgor ya no te pertenece: / es la voz de tu madre a lomos del viento / en la plaza cerrada de infinitos / azules que se fueron a parar a lo alto / de los pálidos árboles hasta perderse / por los recovecos de la memoria”.

Desvestir el cuerpo resulta, así, un ejercicio de preparación para lo venidero, y el poemario pareciera, por ello, un ajuste de cuentas con la vida, cuando se llega a ese Rubicón de los 50 —“en el acorde / donde acaba la tarde y el abismo comienza”, nos dice el poeta—, espacio de derrota donde se percibe la inconsistencia de todo lo que parecía ser real (“Es torpe humo la voz de aquellos días”). De hecho, el autor retoma el verso inicial de la gran obra de Dante para encarar, también él, su luminoso poema último, conjurados ya todos los fantasmas.

Hay, además, algo personal en Desvestir el cuerpo que lo acerca más aún a quien esto escribe. Versos en los que me reconozco como poeta y dueña de un compromiso veraz con la palabra. Al final, el poeta reconciliado con la vida recoge ese fuego del hogar, esa lumbre que se sitúa en el umbral de lo íntimo y, como aquellas “Llamas en la morada” de Antonio Colinas, donde el poeta leonés reconoce que: “Enciendo el fuego / y yo soy el que arde / en noche, en nieve, en música, en silencio”, también Jesús Cárdenas finaliza con ese hogar en el que se reconstruye cada vida, hecho de silencio y de luz y de fuego silente que resguarda y protege a quien se deja habitar por él.

Asunción Escribano
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