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La sed que impulsa el agua
(sobre Rengo, poética del fragmento, de Felipe García Quintero)

sábado 20 de enero de 2024
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“Rengo, poética del fragmento”, de Felipe García Quintero
Rengo, poética del fragmento, de Felipe García Quintero (Gamar, 2021).

Rengo, poética del fragmento
Felipe García Quintero
Poesía
Gamar Editores
Popayán (Colombia), 2021
ISBN: 978-958-9022-34-4
60 páginas

Hijo de hombre,
no lo puedes decir, ni adivinar, pues sólo conoces
un manojo de imágenes rotas en las que el sol golpea,
y el árbol muerto no cobija, ni consuela el grillo
ni mana el agua de la piedra seca.
T. S. Eliot, La tierra baldía

¿A dónde conducirá ese rastro de pólvora que durante tanto tiempo sirvió para avivar la llama y que hoy se apresura a vislumbrar su propia grieta? ¿Cómo situarse en este tiempo de la fisura y dejar que la escritura antaño imaginada como un todo pueda sentir que algo le falta? ¿Cabe en la imagen clásica de la composición la ética de la fractura? Estas son apenas unas preguntas iniciales que brotan al aproximarme —también con andar rengo— a este compacto y exigente libro que nos entregó el poeta Felipe García Quintero (Bolívar, Cauca, 1973) en el ocaso de 2021.

Aunque en el pórtico de su libro ya el poeta anuncie las razones que lo han llevado a encaminarse “con el pie rengo de la voz” para instaurar una poética renovada, me lanzo a presentar unas consideraciones, surgidas de una lectura entusiasmada que de a poco me fue llevando a una suerte de reflexión sobre la creación, a partir de la certeza moderna de la descomposición, como el espíritu que anima las escrituras vanguardistas que se instalaron con fuerza en el siglo XX y que, entre otras formas, nos legó el fragmento como el decir zigzagueante de aquellas voces que vieron entronizarse la guerra con la falacia del progreso.

Valéry, Baudelaire, Ungaretti, Pound, Eliot, son algunos de los autores cuyas estéticas acompañan los pasos de esta poética renga, aunque no carente de solidez; por el contrario, es el diálogo consistente con dichos autores el que ha llevado a Felipe García Quintero a realizar su propia ruptura y a afianzarse en la tradición moderna de la literatura. En adelante, la fisura, el espacio abierto, el fragmento, la sutura, la recomposición, el borde, son los nuevos espacios-tiempo donde el poeta amasa la imagen, sin olvidar que su consistencia es efímera.

Si bien el libro es un solo poema, pueden entreverse dos movimientos, el primero está organizado en dos tiempos, y el segundo de éstos en diez instantes. Una estructura muy próxima a ciertas formas musicales minimalistas, en las que la reiteración establece un acompasado ritmo. El título de estos incisos (nubes y espadas) sugiere una aproximación a lo secreto que esconde el tarot; podría pensarse que las nubes remiten a un nacimiento y las espadas a la lucha por acabar con la manida construcción de las imágenes. Más adelante se verá que, en efecto, el misterio es una vertiente insistente que reclama el apoyo de la voz.

En Rengo, palabra a palabra surge la imagen, una imagen tan abrasadora que no permite el descanso ni la aprehensión primera.

La apuesta del poeta por el fluir de las vanguardias está presente desde la evocación del gran César Vallejo en la entrada del primer movimiento; de su poema Trilce, se contempla la hermética exploración lingüística, rica en sentidos y precisa en la denuncia del despojo de los cuerpos. En Rengo, palabra a palabra surge la imagen, una imagen tan abrasadora que no permite el descanso ni la aprehensión primera; por el contrario, exige una nueva lectura para plegarse al complejo ritmo del oficiante. Despojo, cenizas, mirada, vigilia, florecer de la sangre o el agua como una totalidad que lleva implícito el tiempo, son latidos que pueden extraerse de la atmósfera que entrelaza el segmento “La vigilia del fin”. Pulir, zurcir, amanecer, partir, son verbos presentes en un nuevo retazo del libro, los cuales nos recuerdan la herida abierta por la oscuridad de la cruz o el olvido y su ansia de retorno, así como la potencia del callar hasta testificar el triunfo de los huesos, de donde se empieza a inferir que olvidar no es deshacerse de la memoria, es sólo una forma de huida. Olvidar es algo más intenso y ello sólo se trasluce al volver sobre la caída para sentir desde el hueso, ahora pulido por el poema, por el poeta.

Poco a poco, la memoria se va constituyendo en la ruta medular que sostiene el poemario, una memoria activa que ha alineado y fijado los hechos del pasado para luego guardarlos en un lugar especial de la mente, a donde vuelve cada vez que las intensidades espirituales y afectivas lo susciten. El poeta sabe que la infancia guarda todos los secretos y que es preciso volver a ella para descubrir los encadenamientos y así resurgir del olvido, del silencio. Desde lo ausente, con retazos de la infancia ida y con las voces que desde ese lugar hablan incesantemente, se completa el poema; todo se hace posible en su cuerpo, en su osamenta:

Donde la infancia alberga sus sombras, el cielo fuera, entre todas las piedras, una llama encendida.

Hay también un anhelo de integración pese a las opuestas vertientes de la carne. Para que se requiera la sutura, es preciso que primero haya un rompimiento, quizás una caída con latido incorporado que permita la reintegración en el ascenso. Lo que habita en la sombra es el recuerdo del regreso —“Lo acallado de la luz enciende un viejo faro bajo los párpados”. Lo visto del retorno es lo que crea el mundo. Lo nombrado del secreto es una grata condena próxima a la soledad —“¿Hay mayor caída en uno que la dicha más solitaria?”. Lo resguardado es lo que crea. Distancia y creación, he ahí la ruta estética que el poeta encuentra mientras armoniza el camino del retorno a su morada.

Con la llegada a casa reaparece la quietud de la pregunta: ¿acaso todo es un juego de ocultamiento? ¿Hay un arcano que, en su temblor secreto, vuelve a invocar la lengua del oleaje para esquivar el naufragio? Un misterio que conduce a otro misterio, como horadar la herida y esperar su respuesta en lo esclarecido del eco. El regreso a la primera casa desnuda la solidez del tiempo, aunque anhela que con la hojarasca se pueda tejer, a solas, lo que queda: la auténtica memoria o el hálito que siempre fue un presentimiento.

En esta poética del alumbramiento que traza Felipe García Quintero, germinan intensas claves que conducen a la celebración de lo secreto, al latido de lo ausente.

Nubes y espadas retornan como una cantinela hasta el cierre del primer movimiento del libro, mientras el instante se aferra al humor del cuerpo; sin embargo, ninguna dimensión cabe dentro lo visto, siempre hay algo más que desde afuera nos impulsa, que nos mira y también nos piensa. ¿Qué guarda, entonces, la memoria? ¿Qué es lo que encuentra cuando recibe un llamado y, luego, cómo sabe cuándo revelarse? Escribir, ¿es ese el misterio de la memoria? En esta poética del alumbramiento que traza Felipe García Quintero, germinan intensas claves que conducen a la celebración de lo secreto, al latido de lo ausente.

El segundo movimiento trae un nuevo caminar, los pasos rengos desafían la superficie con la escritura, lo encriptado de la memoria ahora es espejo traslúcido, lleno de intensidades, de presencias que ya le son propias: el silencio, el viento, la piedra, la nube. El paisaje se abre como un mensajero de la luz, a veces, como cuerpo de la luz. Pero, a pesar del encantamiento por el regreso, sabe que eso no basta, que auscultar la memoria es un proceso doloroso, que adentrarse en lo oscuro también trae agotamiento:

También la memoria germina
……….como semilla ahíta de destellos.

La inocencia era no ser consciente de la escritura, no saber que el arado iba a hacerse sobre la sombra. En el levantamiento de la hoja, el rengo hila sus pisadas sin pausa, solitario, como el silencio del niño cuando juega.

En el lenguaje estaba la elaboración del silencio. En el peso de las palabras urgía la luz sobre un sembrado de sombras y luego arremetía el vestigio multicolor de la alegría. Como una fractura al tiempo, estas convicciones las ha arrancado el poeta de las abuelas piedras, de su fuente inagotable de memoria. Su caminar en la fisura, en el tembloroso espacio del vértigo, con el polvo y la ceniza de los huesos como única heredad, han hecho del rengo un oficiante de ese juego imposible de luces y de sombras: la escritura.

En suma, encuentro en el poemario de Felipe García Quintero una estética que nace del latido, que hace de lo fragmentario una espiral de alumbramientos, que sin apostarle a la totalidad encuentra su ritmo en la integración, como la sed que impulsa el agua.

Omar Ardila
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