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Las memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra: una peregrinación sentimental

viernes 22 de marzo de 2024
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Teresa de la Parra
En Las memorias de Mamá Blanca, Teresa de la Parra (1889-1936) logra, con gran detalle y sencillez, mostrar los rasgos de la cotidianidad de la sociedad aristócrata de principios del siglo XX en Venezuela.

(…) Como tenía el alma jovial ante lo inesperado y le gustaba el sabor de las pequeñas aventuras callejeras, volvió a gritar en el mismo tono y con la misma sonrisa:

—¡Yo me llamo Mamá Blanca! ¡No te vayas, no te vayas, ven acá, pasa adelante, ven a hacerme una visita y a comerte conmigo una tajada de torta de bizcochuelo! (p. 18).

¿Y quién podría resistirse frente a una invitación como esta? Desde las primeras páginas de Las memorias de Mamá Blanca encontramos la compañía de una dulce anciana que describe a sus flores como seres humanos, a la que le brillan los ojos al hablar, que toca el piano con una pasión que la lleva a abstraerse del mundo y de la realidad y que comparte con una niña las picardías de sus vivencias, adentrándola en un mundo desconocido para ella, un mundo deslumbrante que la lleva a volver una y otra vez hacia su morada para entrever las aventuras que implica el vivir.

Ese primer contacto no es sólo con la niña que la visita para comer una tajada de bizcochuelo, es también un recorrido del lector a través de una memoria que puede ser la suya. Lo advertimos en el relato:

Como Mamá Blanca poseía el don preciso de evocar lo narrado y tenía el alma desordenada y panteísta de los artistas sin profesión, su trato me conducía fácilmente por amenas peregrinaciones sentimentales. En una palabra: Mamá Blanca me divertía. He allí la razón poderosa de mi apego y continuas visitas (p. 21).

Es preciso rescatar la lectura de este clásico de la literatura venezolana desde esa aventura del sentimiento, que tanta falta le hace a los niños y jóvenes de nuestros días: poblarse de sentimientos, emociones y de una diversión verdadera donde puedan encontrar una imagen más humana de sí mismos, tal como lo logra Teresa de la Parra en esta novela. El joven de hoy, rodeado de tecnología, de información, de comodidades y otras “diversiones”, se encuentra cada día más aburrido e incluso llegando a conclusiones aterradoras acerca del sentido de la vida. Le hace falta a este joven esa voz tierna y cálida de Mamá Blanca, capaz de guiarlo y contarle una historia que en el fondo es también su propia historia, porque finalmente las andanzas de la niñez, la ingenuidad, la picardía de esa etapa de la vida son inherentes a todo ser humano.

Teresa de la Parra logra a la vez, con gran detalle y sencillez, mostrar los rasgos de la cotidianidad de la sociedad aristócrata de principios del siglo XX en Venezuela.

Pero también es cierto que Teresa de la Parra logra a la vez, con gran detalle y sencillez, mostrar los rasgos de la cotidianidad de la sociedad aristócrata de principios del siglo XX en Venezuela. Encontramos a una familia con seis niñas, una nana mulata, traída desde la isla de Trinidad, gran cantidad de servidumbre que se encarga de los quehaceres del hogar, mientras una mujer de veinticuatro años se dedica al cuidado de sus niñas en medio de visitas y banquetes, en medio de una vida ostentosa que se permite llevar al lado de su esposo, quien le procura las mejores condiciones de una vida llena de comodidades y placeres.

Así transcurre la niñez de Blanca Nieves, verdadero nombre de Mamá Blanca, quien a sus cinco años construye un mundo idílico en Piedra Azul, aquella hacienda de caña de azúcar protegida en un perfecto equilibrio que se ve amenazado por esa realidad latente de la civilización, de la muerte, y que cambia el rumbo de la vida de esta mujer quien, aun siendo una niña, se ve obligada a trasladarse junto a su familia a la ciudad.

“Memorias de Mamá Blanca”, de Teresa de la Parra
Las memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra, fue publicada por primera vez en París en 1929.

Contar desde la memoria es una de las necesidades más profundas de todo ser humano. La espontaneidad con la que nos habla Mamá Blanca parte de una mirada que sólo podría relatarnos una mujer. Mamá Blanca no es sólo una dulce anciana que habla de las aventuras de su niñez, es también la voz que devela los más preciados tesoros de una visión femenina de la realidad, que dibuja no sólo la silueta, sino además el alma de la mujer venezolana, de la mujer criolla, y que además redimensiona la vida de la palabra escrita, incorporando una gran diversidad de expresiones propias de la época y de distintos estratos sociales: “¡Ah, hermosa voz humana, alma de las palabras, madre del idioma, qué rica, qué infinita eres!” (p. 114), exclama Mamá Blanca.

Resulta curioso y divertido reconstruir una época a través de la mirada de una niña, a quien le parece gracioso y hermoso cuanto detalle la rodea, quien vive en medio del asombro; por ejemplo, cuando habla de su primo Juancho, el gran sabelotodo, “el tren en marcha”, deslumbrado por la vida europea y con la firme convicción de que Venezuela es un caso “perdido para la civilización, sin esperanza de remedio alguno” (p. 91). Le lee el Quijote y él mismo parece la figura de ese Quijote idealista, soñador, y quien también está atravesado por esa vida palpitante: “Poseía el don divino de la palabra, es decir, que cuanto surgía de sus labios surgía palpitante de vida y se imponía ante el auditorio” (p. 84). Es esa palabra viva la que le ayuda a mantener su esperanza en medio de la decepción. Pareciera que, a lo largo de la historia, es la palabra viva, plena, llena de esencia humana, de tono y de ritmo, la que mantiene con vida a cada personaje e incluso ese universo idílico y hasta los momentos de nostalgia que envuelven toda la atmósfera de la novela.

Hasta en Vicente Cochocho, peón afrodescendiente, diminuto, insignificante, encargado de los trabajos más duros e insospechados, Blanca Nieves descubre absorta la belleza de lo silvestre y lo describe:

Su espíritu hermano por la sencillez, fuerte por la experiencia, estaba adornado de conocimientos amenos que corrían fácilmente de su inteligencia hacia las nuestras con la naturalidad de un arroyo regocijado y claro (p. 113).

Es Vicente Cochocho el maestro de la naturaleza, hombre servicial y noble. Mamá Blanca lo celebra diciendo: “(…) fue tu arte y tu más alta gloria la de haber embellecido la fealdad” (p. 107).

La peregrinación sentimental que iniciamos entre la puerta del zaguán termina entonces en nuestro interior.

El inolvidable trapiche, lugar de diversión, de baños, de risas, de juegos; las vacas y todo ese entorno natural y pleno de la hacienda Piedra Azul, todo lo muestra Blanca Nieves envuelto en una visión risueña y alegre, hasta el ingenuo: “¡Nos vamos a Caracas para siempre y en coche, la semana que viene! ¡Qué bueno, qué requetebueno!” (p. 170), que al chocar con la realidad de la ciudad, de la civilización, se vuelve nostalgia, melancolía y un anhelo de regresar que se cristaliza y al volver de visita se encuentran con la amarga transformación: la civilización llega a Piedra Azul también y escuchamos ese lamento: “Mamá tenía razón: debemos dejar los recuerdos en nosotros mismos sin volver nunca a posarlos imprudentes sobre las cosas y los seres que van variando con el rodar de la vida” (p. 186).

La peregrinación sentimental que iniciamos entre la puerta del zaguán termina entonces en nuestro interior, el lugar más preciado y sagrado donde podemos resguardar el tesoro más maravilloso que tenemos los seres humanos: la memoria, una memoria que nos permite construir y reconstruir el mundo, nuestro mundo, edificándolo con la savia palpitante de vida que es la palabra.

Beatriz Peñaloza
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