

Tranvía a la Malvarrosa
Manuel Vicent
Novela
Editorial Alfaguara
Madrid (España), 1995
ISBN: 978-0679765233
211 páginas
Tranvía a la Malvarrosa, de Manuel Vicent (España, 1936) es una novela digerible para el pulso lector, que habla desde un lenguaje directo, sin ambages, con tonalidad intertextual, en donde el cine junto con el sonido del bolero (“Toda una vida”, “Dos gardenias para ti”, “Bésame mucho”, “Camino verde”), atravesado de letras de canciones, se fusionan e interactúan con aquel lector ansioso por bucear en el siguiente capítulo estructurado en pequeños sorbos, que desentrañan los tradicionalistas años 50 del XX, no exentos de focos de rebelión, especialmente en la juventud ávida por expandirse en los horizontes de la vida: “Toda la revolución social a la que aspiraba se resumía en el placer de ayudar a un ciego a cruzar la calle, a dar limosna a cualquier pobre que me la pidiera, a desear que hubiera justicia para todo el mundo sin saber cómo lograrlo más allá de la natural ternura”.
El protagonista —Manuel, devorador de Albert Camus— transita de la adolescencia a la plenitud de la mayoría de edad, ante el descubrimiento y redescubrimiento de simpatías, dolores, tensiones, pasiones de la humanidad. En esa ruta, él se encamina ya con gustos femeninos e inquietudes universitarias, en medio de un omnipresente régimen dictatorial, cuya imagen franquista aparece hasta en los pasteles. Se fascina de las miradas y muslos devoradores de sensuales actrices como Lauren Bacall, Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Jean Simmons, Joan Crawford, Silvia Mangano, Elizabeth Taylor, Ava Gardner: “(...) ellas constituían un solo conjunto de labios, ojos, piernas, mejillas, senos, curvas del vientre, lenguas y voces que era mi paisaje interior sobre el que cabalgaba de noche, y aquel Dios que me había hecho llorar de terror en la adolescencia iba quedando lejos”. Así, también, atestigua ritos de la cultura popular.
Valencia es el escenario —descrito en más de una ocasión con otros lares vecinos— en donde irá dejando su temprano apego religioso (legado de su familia creyente) para adentrarse en los saberes del conocimiento y la jurisprudencia y, desde luego, fisgonear en los márgenes de una sociedad aparentemente pacata, acorde a su aspiración de convertirse en escritor. Como asevera Manuel: “Todos los placeres pertenecían a los sentidos y parecían eternos. Todos los terrores derivaban del pensamiento y eran efímeros”. El sujeto central tiene una auspiciosa influencia de su padrino Vicentico Bola para compenetrarse en los signos pedregosos y grises de la noche. Manuel —personaje y/o autor— expone la noble intención por su apego literario, como vocación duradera con el riesgo que aquello implica en la tarea catártica, cuestionadora y delirante de inventar otros universos posibles, con otros seres sutilmente imaginados a través de su Olivetti: “Tenía entonces ya una pasión inconfesable. Quería ser escritor. Era otra de las formas de salvar al mundo (...). Yo tenía la pipa, la máquina de escribir y el corazón inflamado. Sólo me faltaba un buen tema que rindiera al mundo entero”.
Manuel Vicent burla —en el plano metafórico— el modernismo para navegar por las aguas nada mansas del posmodernismo. Y lo hace con maestría. Utilizando el tono irónico para develar el conservadurismo social y desnudar la satisfacción tangible del hombre (“en los burdeles se regateaba el precio del amor”). No le interesa alcanzar la eternidad divina, sino sumergirse en la profundidad mundana, para lo cual interpreta su realidad vista desde la autoficción: “Yo no quería ser un portador de valores eternos sino un gozador de placeres efímeros”. Y es que la pincelada erótica alardea aquellos momentos en que los instintos juveniles se hechizan de fuego en las arenas movedizas del goce corporal: “(...) sin mediar una palabra comenzamos a besarnos a plena luz de forma frenética revolcándonos junto a la bicicleta y mientras mordía aquella boca carnosa pensaba cómo había sido posible que una chica tan deseada por los dueños de descapotables y cementeras y urbanizaciones se me hubiera entregado sin exigir nada de mí, ni siquiera una palabra de amor”.
En Tranvía a la Malvarrosa se retratan la transición democrática, las preocupaciones políticas, el empeño de libertad, los amores fugaces y los verdaderos, las amistades iniciales, la rigurosa imposición familiar, el verano y la playa, el registro futbolero, todo un cóctel retórico que no se desentiende de las identidades que se forjan en la geografía representada casi como otro personaje, añadido a las mujeres y hombres que emergen desde la penumbra y el amanecer cotidianos.
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