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Estuario: cartografía de una zambullida
(sobre El corazón del mar se iba tras de mí, de Cristina Gálvez Martos)

domingo 4 de agosto de 2024
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Cristina Gálvez Martos
Cristina Gálvez Martos es consciente de una lengua anfibia, acuática, por la que ella es escogida y moldeada como si fuera la piedra de un río o del mar. @CristinaGalvezMartos
Te entrego sólo esta probada certeza
(desde el fondo del abismo, en el escalofrío de la zambullida):
que también el hombre puede amar eternamente.
Roberto Mussapi, “Palabras del zambullidor de paestum”

I. La partida

Cristina Gálvez Martos nació en Caracas en el año 1987. Hija y nieta de inmigrantes. Primera generación de venezolanos por el lado paterno y segunda generación por el lado materno. Desarrolla toda su vida en Caracas hasta que, en el año 2015, parte de este valle hacia aquello que está más allá de la montaña. Vuela, ángel metálico, a la tierra de su padre, la ciudad de los vientos (Montevideo).

Es durante este tiempo que comienza a gestarse el libro de poemas titulado El corazón del mar se iba tras de mí. Libro extranjero, hijo de extranjera, ignorante de una era anterior. Es importante recalcar esta idea, puesto que, para narrar ciertos hechos, debe haber olvido, y así recordar a quien aprendía el mundo / como un nuevo lenguaje a la que se descubre doble en una soledad distinta.

El libro está compuesto de tres partes: travesía, cartografía y las dos ciudades. Es un mapa. ¿Indica un camino de ida o de regreso? Dependerá de cada lector. La poeta dirá en un verso lo siguiente: No tengo vocación para marcharme / me sujeto al lugar como la hierba. También nos advierte que los pensamientos toman el ritmo de los lugares y esto será crucial en todo el libro. Dos realidades que aluden a un verse al espejo como Narciso, pero éste (el espejo) se vuelve ventana y puerta hacia lo otro, es decir, lo mismo. Los epígrafes de historias infantiles como Alicia en el País de las Maravillas, El viaje de Chihiro o Donde nacen los monstruos, nos hablan del mundo real y el imaginario, ambigüedad que lleva a decir a la voz poética lo siguiente: las ciudades nunca se muestran del todo / pero nos vamos convirtiendo en ellas. Al leer esto, pienso en los yos que uno es en cada momento y lugar. En el libro, hay dos personas en la voz poética: la niña que fue y la mujer que se es. Me atrevo a decir que se añade una tercera, producto de estas dos últimas, un residuo entre el pasado y el presente, pues al pasado podemos verlo a través de fotos, diarios, mientras que el presente es un continuo. Esta linde, la puerta entre la una y la otra, yace en los versos de este libro.

Esta ciudad no está hecha para hallarnos (...) esta ciudad es de aquellos / cuyo interior resuena como el fondo de la piedra. Lo que importa en este libro es la transformación de la voz poética desde su interior: mi herencia de lobo y liebre transmutó / mi herencia de pino y olivar floreció en el bucare / y el fruto voluptuoso del cacao / volvió también profunda mi piel blanca. Se construye un individuo hecho de fragmentos: entonces creí que partes de mí misma estaban afuera / que yo debía identificarlas y juntarlas (...). ¿Qué hay de todo esto que pueda ser mío?

 

“El corazón del mar se iba tras de mí”, de Cristina Gálvez Martos
El corazón del mar se iba tras de mí, de Cristina Gálvez Martos (Dospájaros, 2023). Disponible en la web de la editorial

El corazón del mar se iba tras de mí
Cristina Gálvez Martos
Poesía
Ediciones Dospájaros
Montevideo (Uruguay), 2023
87 páginas

II. El corazón es un pez pájaro

Algo que marca la poesía de Cristina es la construcción de bestiarios. Sus libros anteriores desarrollan a profundidad esta idea. Al decir esto, quiero ver ese “corazón del mar” como algo que no encuentra exactamente un lugar, al igual que los peces pájaro o la palabra misma. De por sí el título del poemario nos sugiere esa situación de no-lugar, porque el corazón abandona el sitio al que pertenece en búsqueda de la poeta. Octavio Armand, en su ensayo titulado El pez volador, dice: El pez volador sin embargo se empeña en saltar. Movido por un desesperado afán de vuelo que muchas veces lo asfixia, vive y muere en la paradoja. Muere porque no muere. En el aire se queda sin aire; sus escamas parecen repugnarle pero sus pobres aletas, chorreantes, desplumadas, no le permiten volar (...). Está definitivamente atrapado en su especie, como todos nosotros (...). Un pez que noche y día mira al cielo con el ojo del cíclope que le corona la cabeza (...). En un cosmos perfectamente simétrico no sólo había estrellas arriba y abajo sino peces, también peces (...). El pez volador traspasa el aire todo para llegar a la más alta esfera (...). Vive en permanente evasión, prófugo, perseguido, exilado, al margen (...). Está siempre en otra parte, fuera de ambiente hasta en su propio ambiente (...). Su aquí es allá (...). La suya es una despedida entre las olas. Una fuga repetida e inútil (...). Quiere caer en el aire pero cae, como Ícaro, en el agua (...). No obstante donde caiga, o muere o vuelve a saltar. Yo lo nombro aquí, yo lo dejo caer en estas páginas, para que pueda quedarse quieto un rato.

Cristina, en uno de sus versos, dice: sólo tengo palabras dulces / peces claros de colas ondulantes / que resbalan en mis manos / palabras nadando en el espacio / de esta esfera. Es consciente de una lengua anfibia, acuática, por la que ella es escogida y moldeada como si fuera la piedra de un río o del mar: estas palabras me escogieron / ellas decidieron nacer. La poeta está lo suficientemente cerca de la orilla para escuchar el canto del mar, punto medio donde ella dice haber nacido. Nacer a orillas de la lengua puede entenderse también como “nacer en donde acaba el mar”. En ese lugar en que el agua retorna es donde ella aparece mucho antes de su alumbramiento, sitio en el cual la mujer demente se lanza al río y quiere decir pero no recuerda palabras; se vuelve apenas una roca.

Este libro habla de la dualidad, dos ciudades (Caracas-Montevideo), día-noche; vida-muerte en su sentido de duelo-ritual, a veces terriblemente desesperanzador pero, a medida que se avanza en el texto, se percibe la transformación de ese dolor en la voz poética.

Pharmakos es una tradición de la antigua Grecia que consistía en arrojar al mar a una persona vestida de perdiz. Era un rito que se practicaba para combatir una calamidad. Una persona era llevada fuera de la ciudad y, en ocasiones, ejecutada; su expulsión debía liberar a la ciudad de sus males. Este término es ambiguo pues significa veneno y remedio.

Te fascinaba, entonces, el vuelo de las aves / y ave fuiste. / Mientras yo deseo / a pesar de todo, tiempo: Saber caminar en esta tierra. Dédalo, según cuenta la leyenda, arrojó a su sobrino Perdix desde un monte en un arrebato de ira. Así nació la primera perdiz, ave migratoria que prefiere correr en tierra en lugar de volar. Dédalo fue el constructor de las alas de Ícaro, además de su padre. La advertencia era no volar tan alto para que las alas hechas de cera no se derritieran, pero esto ocurrió: Ícaro naufragó y su padre lamentó profundamente sus artes; otra versión de la historia cuenta que era una barca, y que ésta naufragó y el cuerpo de Ícaro apareció en las orillas de una playa, mismo lugar en que la poeta logra ubicar el nacimiento de su poesía.

La palabra “perdiz”, en el libro de Jeremías en la Biblia, significa “el que llama”. Quizás Ícaro no se ahogó en el mar porque sus alas fueran de cera, sino más bien porque Dédalo le construyó a su hijo unas alas de perdiz. Hay en este rito de Pharmakos la amargura y dulce tristeza, como la conjurada en los versos de la voz poética de Cristina.

Las palabras “mar” y “madre” en francés son homófonas. Entonces, es posible decir: el corazón de la madre se iba tras de mí. El ave que en el mar reposa es quien llama, voz transcrita. La poeta dice: yo creí que algo de esto era mío. Nada. Ella se transparenta en esa voz como un fantasma: Alguien que llevó la muerte adentro, aun así vino con luz a mi encuentro. / Yo he pretendido olvidarla / mientras / su largo tentáculo me hizo bajar al río.

El libro muestra influencias de autores del canon literario venezolano como Cadenas en su libro Una isla o Ramón Palomares en su poema “Adiós”, que versa: Y dime si dentro de ti no oyes tu corazón partir / y si de ti todo se ha ido y todo está por llegar y todo está en viaje y todo es nuevo y vuelve. Incluso versos de Ana Enriqueta Terán en su libro Al norte de la sangre: Alabo mi vivir humilde y denso, / mi corazón de tintes indefensos, / que es más oscuro cuanto más se mira.

 

III. Del regreso

Hemos hablado hasta ahora de la partida, pero, ¿qué ocurre cuando la poeta nos dice que retorna a casa con un corazón forjado en el invierno y un pensamiento helado como el nácar y una noche contenida secretamente en el día?

Ella ha vuelto, se encuentra ahora frente a la montaña, atrás quedó la ciudad de los puertos, han pasado años: Cuando volví, le dije a mi madre que creía haberme ido ayer. / Ella contestó que había pasado mucho tiempo. / Me pregunto si volver es un remedio / para no haber estado. ¿Un remedio para la amargura? Hay algo en mí demasiado lleno de amor / demasiado dulce, como la calabaza en almíbar / que me hace arrugar los labios / Tan dulce que se hace triste, / porque parte de la tristeza es no saber qué hacer.

Los regresos son imposibles, ni nosotros ni el resto de las cosas son las mismas. En eso hay algo bello pero demoledor. El paso del tiempo. La eterna sucesión de entidades transparentes. Es la posibilidad de volver a estar en ese lugar del que se partió y recrear lo que pensamos fue en algún momento: Añoro entrar en aquel orden / ahora no hay un lugar nuestro / nuestra casa llegó al fin de las eras, / y estamos dispersos: Por la tierra, bajo tierra o en el mar.

Sin embargo, el corazón ha de retornar al canto, Kavafis nos dice en su poema “Ítaca”: Al fiero Poseidón no encontrarás, / si no lo llevas dentro de tu alma, / si tu alma no lo coloca ante ti. La poeta versará lo siguiente: A Ítaca se llega cuando el deseo es demasiado grande / Aunque Ítaca esté en llamas, / aunque Ítaca esté ya medio muerta. Lo que puedo atisbar al confrontar ambos fragmentos es que lo que retorna es el deseo, pareciera ser una deidad en uno, y en el otro texto, esperanza. Aquí aparece la poesía como manera de dar un orden al mundo creado por la voz poética. Sigmund Freud dirá que el poeta se comporta como un niño, puesto que se crea un mundo propio.

Para Cristina es importante volver a esta infancia imposible, evocarla, hilarla en las páginas de este libro. La voz poética se pasea por recuerdos, escenas cotidianas de su niñez, tiempos de escuela. Ella se apropia de esta mirada de la infancia para afrontar algo tan enigmático como la muerte y así apelar a ella a través de la fantasía. Dijo la poeta franco-libanesa Andrée Chedid en su poema “Mirar la infancia”: Hasta los bordes de tu vida Llevarás tu infancia Sus fábulas y sus lágrimas / Sus sonajas y sus miedos / (...) / A lo largo de tus días Te precede tu infancia / Trabándote el andar / O abriéndote camino.

 

IV. La barca de papel, escarabajo de corazón

No fue sino hasta releer varias veces el libro que pude encontrar alguna respuesta a la razón por la cual la poeta había utilizado historias infantiles como epígrafes de su texto. Pero pude aclararlo con una pregunta que le plantea la serpiente negra cabeza de diamante a la poeta referente a su poder: ¿Qué has hecho con él y dónde lo guardaste? En el poema, esta serpiente está en su corazón, la niña encarnada en voz poética se descubre como alguien que no entiende el amor. Busca, al igual que Isis, las partes de Osiris derramadas. Esta niña que entregó ese corazón de mujer a la madre-mar para que aliviara sus penas no sabía que una semilla germinaba en su interior, lejos de las miradas furtivas, en otoño. Porque, en verdad, el corazón es una pesada carga.

Albert Champdor, en su versión y notas del Libro egipcio de los muertos, cuenta la historia de Osiris: “Es un dios protector de los muertos. Símbolo de todo aquello que nace, por lo que está bien situado (...) junto a los muertos, ya que éstos deben nacer una segunda vez antes de vagar eternamente a la orilla de los ríos celestes que ponen en movimiento las galaxias (...). Osiris desciende al mundo de los muertos para prometerles la regeneración y, finalmente, la resurrección (...). Los dioses han reparado los miembros de Osiris, sujetado su cabeza a sus huesos, y han vuelto a colocar su corazón en su pecho. Lo mismo ocurrirá con el muerto que renazca en Osiris (...). Isis y Horus lo bendecirán y le dirán: ‘¡Levántate y reanímate!’ (...). Y el muerto dejará la tierra, no como se van los muertos, sino que partirá como vivo (...), su rostro volverá a hallar la vida y la fuerza (...), resucitado estará por toda la eternidad ante Osiris, cuyo corazón no palpita. Podrá sentarse en la Barca sagrada que, todas las noches, navega por las doce regiones del mundo inferior (...), y entonces gritará: ‘¡Oh, Osiris poderoso! ¡Acabo de nacer! ¡Mírame, acabo de nacer!’”.

Cristina, en uno de sus versos, dice: Te entrego como ofrenda al lento cauce, / delgada estela que se extiende / oleosa película sobre las aguas / navegación del barco de papel de tu vida / dulce funeral de tres personas que miran / tus cenizas correr en el arroyo. Es este el vehículo, un corazón nuevo y ligero cual barco de papel que puede flotar en las mareas o deslizarse en los más finos cauces, atravesándolos en búsqueda de esa otra que nuevamente lo espera. La voz poética puede recordarme, en momentos, el cuadro del artista Braulio Salazar titulado “el constructor de sueños”, donde se observa a un niño fabricar un barquito de papel; detrás de él, una ventana muestra el mar al que posiblemente, con la misma suerte de las cenizas que corren en el arroyo, el barquito navegará, como si al cruzar esos planos uno fuese a otro mundo y el barco fuese ese corazón que ha resurgido de lo profundo y flota en el agua en forma de palabra o aliento.

Para el viaje al más allá, los antiguos egipcios ponían un escarabajo en el corazón del difunto tallado en una piedra verde. Este escarabajo llevaba grabado el capítulo 30 del Libro de los muertos, la oración titulada “mi corazón [ib] llega a mí de mi madre celeste”. La poeta escribe en su poema “Calandria”: Soy un bicho que vuela y tal vez / morirá rápido / tal vez / este mismo día. / Pero la ciudad es hermosa / es hermosa / Por eso me han puesto tantos ojos. Luego, en su poema “Celeste”, dice lo siguiente: Era invisible, mas todo me miraba / y la palabra del mar venía hasta mi oído / y la mano del mar me sujetaba / Y el corazón del mar, celeste, se iba tras de mí por todas partes.

Zorian Ramírez Espinoza

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