Saltar al contenido

Las cenizas después del fuego y la escritura
(sobre La quietud de la ceniza, de Hellman Pardo, Henry Alexander Gómez y Jorge Valbuena)

sábado 10 de agosto de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!
“La quietud de la ceniza”, de Hellman Pardo, Henry Alexander Gómez y Jorge Valbuena
La quietud de la ceniza, de Hellman Pardo, Henry Alexander Gómez y Jorge Valbuena (El Ángel Editor, 2014).

La quietud de la ceniza
Hellman Pardo
Poesía
El Ángel Editor
Quito (Ecuador), 2014
ISBN: 9789942965042
146 páginas

Como en diálogo tripartito, Hellman Pardo (1978), Henry Alexander Gómez (1982) y Jorge Valbuena (1985) impregnan sus voces en La quietud de la ceniza (El Ángel Editor, Quito, 2014), poemario que decanta temores y desamparos, inquietudes y certezas, afanes y derrotas en una conjunción verbal, que, por supuesto, pondera cada estilo individual de sus partes respectivas: “El falso llanto del granizo”, “Teoría de la gravedad” y “Pasajera de agua”.

Uno de los elementos medulares del vínculo autoral es, sin duda, la poesía. Esa introspectiva mirada que interpreta lo indecible, para luego atravesar por un puente comunicante con las otredades multiplicando la savia del engranaje versal. Estos poetas (galardonados y reconocidos por loables obras dentro y fuera de su país) no sólo escriben poemas, sino que gestionan su difusión en el ámbito social (por ejemplo, a través de la revista digital La Raíz Invertida que indaga, escudriña y proyecta la poética contemporánea). Y lo hacen entre las dudas y preocupaciones propias de nuestro tiempo, en donde el decir poético se difumina en los recovecos de la desidia capitalista. No obstante, ellos reivindican el viejo legado del grafema que se torna en canto lírico, y hoy, en verso libre. Y persisten por encontrar el tropo preciso que afiance la composición poemática.

¿Qué otro factor común los ata y los junta a Pardo, Gómez y Valbuena? Las realidades circundantes (y a ratos, lacerantes), cuyo origen es Colombia. Por tanto, el contacto con similar suelo geográfico apuntala los afectos identitarios y anhelos mancomunados. El contexto sociopolítico es plasmado en la exposición literaria, sin reservas ni evasiones.

En los textos hay un entramado irreverente que se contrapone a la tradición; por eso, a momentos el poema se confunde con la prosa, se abraza en un emocionante gesto creador, al punto de subvertir las reglas establecidas. La palabra es sinónimo de vivencia y de sobrevivencia. Hay una obsesión singular por hallar el sendero que encauce el artefacto poético hasta el colmo del delirio.

Hellman Pardo asume la condición de testigo ocular, como sombra en el postigo de una época de contrastes (“De todas partes viene el estruendo del mundo”). Y en la búsqueda del yo lírico aparece un ser anónimo, no exento de orfandades y cansancios: “Entre los cuerpos que se agolpan en mi cuerpo / desemboca un mar de sargazos. / Cuerpo despeñado. / Cuerpo que rehúye de su propio cuerpo. / Inescrutable cuerpo / donde la desolación levanta / un puñado de nada”.

Posiblemente, alucina en una exploración incesante con los reflejos de la autorreferencialidad: “Sé medir la soledad del espejo / basta su tiranía para reconocerme”. Por eso no es fortuito que Hellman rinda tributo de admiración a ese enorme poeta argentino Juan Gelman en “Gelman por Hellman”, juego anafórico combinado y figurado de identidades.

Las angustias están tendidas en el cordel del recuerdo. Mientras el sol despide su luz tras la colina, el poeta se pregunta cuándo llegará “la salamandra de la muerte”. En tanto, el fuego destruye la morada humilde y consume los sueños por una violencia inexplicable; a la par, criaturas desaparecen o yacen ante la ignominia humana. Como advocación bíblica el diluvio es imagen y presagio de invierno, aunque el milagro de la noche alimente el éxtasis de la concupiscencia corporal o la humedad del sexo y del amor: “Tus rodillas duraznos pastosos / tus piernas para mis manos / árboles saturados de frutos. / En ti crecen magnolias en tiempos de sequía / en tu espalda deambula la llovizna que se precipita / en mi pecho”.

Por su parte, Gómez concibe una propuesta proveniente de la tierra prometida o de la memoria vigilante y que es expandida en la universalidad de los sentidos y “en la multiplicación de las cosas”: “Qué silencio es mi corteza, / y mis raíces / tejiendo la sangre de un sueño”. La pluralidad sígnica precisa redescubrir en el poema sus variadas capas intertextuales, ya que se nutre, a más de referentes literarios (Holan, Celan, Trakl), de otras manifestaciones artísticas como la música. El registro de cantantes y compositores como Billie Holiday, Janis Joplin, Jim Morrison, es determinante para distinguir la pasión melómana. De tal modo, el rumor noctámbulo, el latido del relámpago, los naufragios antiguos y actuales, la sangre de los abuelos, la lluvia y las cicatrices que van dejando las desilusiones, se entremezclan con el jazz, el blues y el rock en una sinfonía vital, y acaso confesional: “Me he desplomado muchas veces, / pero solo me existo / contemplando la luz / de mis heridas”.

Las partituras del vate compilan “el vaho impuro del mundo” desde el tratamiento fecundo con la escritura. Contando, para el efecto, con la evocación latente de la infancia y los hilos inevitables en la urdimbre que cobija a la parca.

En el caso de Valbuena, su sensibilidad no se aleja de las orillas de las acaudalas aguas que bañan la perfección estética. Al decir de José Ángel Leyva en el prólogo, es una poesía reflexiva y efectiva. Que afronta cavilaciones de rigor filosófico, así como enfrenta la ternura de la muchacha con corazón de cuarzo que pasea candorosa en cualquier plaza de cualquier ciudad paisa.

En sí, el ser camina a tientas por la oscuridad encandilado de luna, entre el frío y el precipicio. Es en la madrugada en que aflora cada llamarada estrófica como una fotografía que retiene el paso de los años. Siempre en blanco y negro. En el decurso de las piezas poéticas parece que las palabras se guarecen del olvido, y encuentran acogida en el vientre textual. Hay la sensación de envejecer frente al espejo: “El tiempo es un breve desierto / donde ebrios relojes mueren / de tempestad”.

Cabe la confirmación de que el hombre lleva consigo un animal interno, tal vez el gato en los tejados o el pez que succiona las venas de la derrota. El diario trasegar del individuo solitario (“las huellas de los días”) encuentra asidero en la retórica de Jorge, yuxtaponiendo intimidades y cotidianidades, a más de la naturaleza y el barro en un laberíntico mecanismo de redención vivencial: “Un abismo profundo nos amenaza / cuando miramos al borde de su salvación / y el presagio del silencio deja que nos nombre / otra tempestad consumida”.

La quietud de la ceniza es un río del cual manan vocablos fragmentados/inundados de arpegio para acometer en una rítmica sonoridad de sentires, desembocando con bramido en el enjundioso poema.

Aníbal Fernando Bonilla
Últimas entradas de Aníbal Fernando Bonilla (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio