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De músicas, escenas y paisajes ligeros como el alma
(sobre el libro Lo que me trajeron las palabras, de Adriana Hoyos)

domingo 1 de septiembre de 2024
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Adriana Hoyos
Este poemario de Adriana Hoyos es la espera paciente de un recuerdo que se vuelve presente, del regalo esperado desde el alma.
“Cuando hablo de poesía no estoy pensándola como un género artístico. La poesía es una conciencia del mundo, un modo de relacionarse con la realidad, de modo que de la poesía devenga una filosofía que oriente la vida”.
Andréi Tarkovsky

Reunión de sesenta y cuatro textos poéticos en cinco apartados (“Al otro lado del paisaje”, “La danza de la palabra”, “A una dama de Tsárskoye Seló”, “¿En qué parte de mí estoy?” y “La sed con que mirabas”). Poemas que habitan en el aire, como emociones de infancia, en el prístino hogar, en el solar del recreo de los niños. Descifrar los mensajes poéticos que traen las palabras es lograr disfrutar la nostalgia que se viste de letras y articula voces y diáfanas figuras: recuerdos de pasos transitados, de rondas, de juegos inocentes.

Ya quisiéramos todos que algo nos trajeran las palabras en estos tiempos luctuosos de tragedias y desvaríos.

Sabemos que el alma es el “objeto” que mostrar, pero el alma es invisible, pues no es materia sino energía. Energía anidada en el vacío. Inmensa sumatoria de intersticios sin nada, salvo esa energía que anima la materia y la embellece y la inspira como paisaje o sentimiento. Eso nos trae este poemario. Arrullos, gorjeos y murmullos de encuentros memoriosos, de lo que, siendo pasado, vuelve a ser presente, aunque fugaz o efímero. Suficiente, eso sí, para paladear emociones y escenas de encuentros y amores varados en algún recodo de la melancolía.

Demócrito de Abdera planteó hace 2.450 años quizás la primera reflexión sobre la existencia de la materia, describiéndola como la sumatoria infinita de pequeñas, pequeñísimas, partículas, una al lado de la otra, pero separadas infinitesimalmente por la nada, por el vacío.

“Lo que me trajeron las palabras”, de Adriana Hoyos
Lo que me trajeron las palabras, de Adriana Hoyos (Domingo Atrasado, 2024). Disponible en la web de Matorral Librería

Lo que me trajeron las palabras
Adriana Hoyos
Poesía
Editorial Domingo Atrasado
Colección Cantos rodados
Bogotá (Colombia), 2024
ISBN: 978-628-95998-6-2
102 páginas

Aunque ya la física cuántica dividió el átomo en partículas aún más pequeñas, el “vacío” entre esas partículas cuánticas algo contiene. En esa “nada” se aloja algo, infinitamente más grande, que propicia el movimiento de la materia, su transformación, su metamorfosis, sus ligas, enlaces y campos magnéticos. Algo que anima la materia, una energía que le da forma, conciencia y razón de ser a la existencia; el alma es energía anidada como vacío entre los infinitos intersticios de la materia, así que no es extraño para el poeta buscar explicaciones de cómo funciona el alma, cual la “mecánica del alma”.

La “mecánica del alma” es el objeto del poeta y de la poesía misma, puesto que el alma anima lo invisible, comenzando por la exploración de una circunstancia, convirtiéndola luego en emoción y, desde allí, en descripción y materialización de la simpleza, de lo más cotidiano hasta lo más complejo de la vida, y todo gracias a la palabra. Ya Emil Cioran nos explicó que es por la melancolía que los ruiseñores cantan y no eructan.

Aquí hay una poesía que flota, que trasciende, es una nave ascendiendo en sus misterios hasta tocar los bordes de la belleza, con una estética, una poética y una ética a prueba de subterfugios. Celebrar la belleza que está en la circunstancia, no en el trucco prefabricado del espectáculo y el escenario. La poeta Adriana Hoyos nos permite encontrar el alma que anida entre las cosas y entre las circunstancias.

Aquí hay una palabra limpia, sin pretensiones. No es como se dice: buscar la poesía, sino atender su llegada, su arribo, su presencia.

Encuentro personal e íntimo con la poesía. Ella viene a su encuentro con las claves de las memorias, de sus evocaciones y sus inspiraciones. La poesía proponiéndole sus misterios. Lo que me trajeron las palabras es la espera paciente de un recuerdo que se vuelve presente, del regalo esperado desde el alma. La poesía como oficio vital, como vivencia, como si la poesía misma fuera una forma de vivir.

En esas letras se encuentra Novalis. En el poema “¿De dónde soy?” hallamos una breve pero profunda indagación del ser. Y continúa su ruta exploratoria de la existencia, rememorando las promesas de amor en un hotel de Barcelona o Sabadell, mientras, escuchando a Serrat, el día se va muriendo, con un sol ensangrentado, en el Mediterráneo: ¡oh... recuerdos de adolescencias provocadoras!

Hay cursos de agua mística evocando tierras ajenas (“Tierra de nadie”), padeciendo tiempos de oscuridad y no futuro. Voces de hombres ya vencidos y de tiempos aciagos. La vida como un ejercicio poético, la poética como el oficio de escribir.

En esa letanía de insomnio que ilustra el miedo con imágenes que se agolpan y danzan en arpegios de emociones y deseos, el verso insumiso, superada la preceptiva, la gramática o la sintaxis, rima, insistiendo en lo inefable de la noche, del día y de la soledad.

Marco Polo y Kublai Kan, alusión al otro gran “encuentro” de dos mundos, hace mil años, acaso la misma trayectoria cuando vamos del silencio hacia el silencio. Leyendas, culturas, mitos e historias de una humanidad en construcción infinita. Sin embargo, el cultivo de la palabra en este poemario es una abierta lucha de la palabra precisa, sin polisemias, con la intuición de sus significados, porque “toda palabra esconde otra palabra”.

Escribir como un imperativo para alcanzar la ruta de la existencia, aunque sea apelando a un astrolabio: o sea, como un navegar de la poeta por espacios siderales. Poesía que invita a escuchar nuestras propias voces, la de los fantasmas que nos habitan, las voces de nuestros propios silencios y de nuestros propios aullidos, evocación de los temas de Edward Hopper, cargados de aislamiento y desencanto, “Instantáneas”, mejor dicho, de una existencia que amenaza desolación, aunque retumbe en matices y cromatismos.

En esta obra, una vez más, nos comparte las claves de la música, de las expresiones del arte visual y la filosofía. Nos insinúa a Omar Khayyam (¿?) en su poema “A un poeta nacido en Peshawar”; en otro, a Neruda “Entre palabra y palabra el olvido”, indagando por la palabra caprichosa pero poderosa, que toma su lugar en el verso sin licencia ninguna. Más allá, en “La nieve cae en Fontanka”, merecido homenaje a la poeta Anna Ajmátova, redime su soledad, las eternas noches blancas de nieve y desamparo en “territorios del desasosiego”. Conjunción de tragedia y encuentro feliz con el pintor de mujeres esbeltas, de cuerpos iluminados, infatuados de sensualidad, y a quien cautivó con su belleza arisca y su origen tártaro.

Alusión reiterada al cine nórdico de profundas imágenes y contenidos, poesía visual, Dreyer, Tarkovsky, Bergman; personajes cabizbajos o erguidos al horizonte, en lontananza, buscando la realidad o la fantasía, en todo caso buscando algo que defina sus dudas, una nostalgia o un espejo. Estos discursos interiores son el acicate para meditar también el mundo que la azuza en su apacible oficio. Adriana Hoyos se compromete con la poesía, con la indagación de la mecánica del alma en conexión con el mundo, que no es poca cosa, sino desprendimientos, desarraigos, exilios, exploración existencial, desvarío intuitivo que rebasa la lógica y la razón. En “Allí me busco”, el poema se convierte en relato trágico del alma que lucha con la materialidad que la contiene.

En “La sed con que mirabas”, el bloque final del poemario, se desnudan los deseos, se hace tangible la piel y las emociones, son poemas de exquisita sensualidad en un lenguaje íntimo, “Simple”, que evoca no pocos hervores amatorios. Allí Walt Whitman la arrulla con su “Canto para mí misma”. Y el lector toma un respiro para hacer su propio inventario de lo que nos dejan estas palabras mensajeras.

Carlos Arturo Arbeláez Cano
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