
La poesía nos conduce al desnudamiento de las sensaciones. Al susurro de lo que probablemente encarna lo indecible. Esa impresión del poeta como clarinada en el desierto abre el surco para la artesanía textual. La exploración con la palabra se da a partir de lo que nos acontece, de lo que nos afecta, de lo que nos produce extrañeza. Parábola de viejos cantos en el renovado designio profético. ¿De dónde surge el poema? De la flor, de la lluvia, del sol, de la zozobra, del gozo, del encanto capricho de la tierra.
Tathiana Pinto se presenta genuina en el tabernáculo literario con el libro Genealogía de un cuerpo danzante. A ratos con inocencia, pero las más de las veces con ímpetu por desentrañar los vericuetos por donde aflora la dimensión versal. Su composición está determinada por cuatro partes: “Mundo acuoso”, “Reminiscencias de una infancia feliz”, “Encuentro con otros cuerpos danzantes” y “Silencio”.
Todo empieza por el origen, como evocación sublime en el centro del vientre bendecido; relación trascendente entre la hija, la hermana y la madre. Ecos que amamantan la ternura. Cobijo tras la noble crianza. Trilogía del germen inseparable en el umbral de la vida: “Despertamos súbitamente: ruidos, gritos. / Tres corazones acelerados, llenos de fuego. / Todavía no entendemos mucho, pero danzamos / con furia” (p. 21). Nacencia que desvela el yo lírico apropiándose del instante creativo, a través de la aplicación del adjetivo pertinente, en una simbiosis entre la estructura estrófica en torno a la amalgama de los primeros años de existencia, que continúan en su desarrollo vital, no exento de dudas y complejidades. La niñez como vertiente inmarcesible de recuerdos. Desafío en aras de la cumbre estilística. El espacio-tiempo es asumido por la poeta sin condiciones, obsesionada por dar respuestas frágiles a las dudas imponderables atravesadas en el camino apenas iniciado. Expuesta a las vicisitudes del extravío o de la honda llaga producto del quebranto. Consciente de su rol desacralizador.

Genealogía de un cuerpo danzante
Tathiana Pinto
Poesía
Elipsis Editores
Medellín (Colombia), 2023
ISBN: 978-628-01-1671-6
59 páginas
En la búsqueda de la luz es ineludible el acompañamiento de los silencios. En un mundo sórdido y caótico corresponde refugiarse en el poema, sumida en la contemplación de la lluvia, del viento, de los árboles. Hay demasiado material primario para la consecución del arte poético que eleve la insignificancia trivial en destello contundente. Ante lo cual se muestra un orden, un proceso previo de conjetura de las ideas. Los sonidos van modelándose al son del arpegio, con el afán de que las grafías tengan movimiento singular y contribuyan a la identidad lírica.
En esa correspondencia cuerpo-poema acontece el desgarro, la dolencia: “Un pie que se duerme, / pero que no desea ser sueño, / me invita a levantarme con más fuerza” (p. 37). Sin duda, el grito descarnado que encuentra refugio en el canto de las aves, en las manos sabias de las abuelas, en la musicalidad que impulsa a los huesos por artilugios de esperanza. Danzar, respirar, vivir, son verbos que tienen conjugaciones múltiples, dinámicas, determinantes. Es la poesía en estado de gestación o el desarrollo rutilante de las cosas en el vaivén de los días monótonos, grises y tristes. A riesgo de apelar a una percepción subjetiva, me parece que el texto “Aeróbicos” desentona en el conjunto poemático, tal vez por su extrema carga descriptiva, a diferencia de “Yoga”, por ejemplo, cuyas imágenes, lo dicen todo: “Soy mujer gárgola. / Contemplo el tiempo / que afuera es una liebre / y dentro un lento palpitar” (p. 55).
Por lo demás, Genealogía de un cuerpo danzante sostiene un trance meditativo que nos invita a guarecernos del infortunio, a transformar el llanto en unicornio, a valorar la profundidad humana. Con pureza se entrelaza la danza corporal con la danza de los versos. La transparencia del decir se abre paso con el acompañamiento de una melodía, a veces fragmentada, casi siempre emocionante, que nos hace rememorar las raíces que jamás se olvidan. Es la memoria individual en lienzo femenino. Cabe, por supuesto, la suma de contrarios entre la agitación y la quietud, entre la dicha y la penumbra. Anhelos latentes que trazan signos de emancipación en los ojos melancólicos del ensueño. Semilla condenadamente ardiente, la de Tathiana Pinto.
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