
Hubo un tiempo en que sólo escuchaba nombrar a Luis Martín-Santos de boca de Antonio Muñoz Molina, Andreu Jaume, Antonio Soler o algún otro que señala que Tiempo de silencio fue la novela que inició la renovación de la literatura española. Una novela que lindaba lo experimental con lo clásico, una novela que aborda un mundo en transformación a partir de la ciencia que interpreta el inconsciente y la aparente ciencia verdadera que intenta descubrir una nueva fórmula a través de la experimentación con ratones. Pero la novela, como todas las grandes novelas, tiene momentos repletos de información que nublan el paisaje y en otros momentos la acción sucede a una velocidad tan profunda que todo queda expuesto. Y luego, como las novelas de ideas de Europa del Este, Tiempo de silencio conversa consigo misma para ser reflexiva y permeable a los debates de la primera mitad del siglo XX.
Y, sin embargo, al leer aquella novela, uno pensaría que el autor no podría ir más lejos. Y resulta que sí, que Luis Martín-Santos (1924-1964) estaba dispuesto a ir más lejos con su segunda novela. Tiempo de destrucción, la novela póstuma sobre la que estuvo trabajando hasta el momento de su inesperada muerte, es en principio una novela de iniciación, pero también es la novela que poetas como Paul Celan hubieran escrito. Básicamente porque en ciertos momentos el lenguaje es el protagonista del libro y porque, como en Celan, el lenguaje está roto. Y está roto no por su ineficiencia a la hora de narrar. Está roto porque el mismo mundo está roto.
Y es cuando Martín Santos trabaja Tiempo de destrucción: parece crear un modelo de realidad sobre la base de una representación naturalista del mundo, y quizá por ello, temáticamente la novela es la historia de iniciación de su protagonista y guarda mucha relación biográfica con el propio autor de la novela. La confusión y el acoplamiento de ambas figuras puede, sin embargo, detonar confusiones que no ayudarán a la lectura del libro porque se la leería en clave biográfica si se asume tal sentencia. Pero el asunto más profundo queda revelado. Y es que la apuesta en esta nueva novela de Martín-Santos es que el narrador es también un narrado incapaz de dar algo por resuelto en su vida. Todo parece fluir hacia una duda continua. La mítica duda como principio metodológico de buena parte de la tradición hermenéutica de la filosofía.

Tiempo de destrucción
Luis Martín-Santos
Novela
Galaxia Gutenberg
Barcelona (España), 2022
ISBN: 978-8418807756
352 páginas
Y es que el trabajo sobre el lenguaje que ejecuta nuestro autor no es, como hasta ahora se puede resaltar, por hacer de la novela algo más que un bien de consumo y de entretenimiento. La novela está al servicio de una intención mayor y esa intención cuadra perfectamente con los debates sociales, políticos y científicos de una sociedad en transición.
Tiempo de destrucción es una novela que, publicada por primera vez en Seix Barral de Barcelona en 1975 y que goza de un maravilloso prólogo acompañado de notas sustantivas escritos por José-Carlos Mainer, no deja de convocar lectores y sorprender. Ambas cosas no son fáciles en un mercado donde la novedad encandila y confunde. Y donde la lectura parece ser amparada por el deseo de inmediatez. El goce está en que esta novela detiene el tiempo. Es una novela que sobresalta por momentos, con los gritos de lenguaje y el acercamiento nada natural a viejos temas de la adolescencia y el amor de juventud y el descubrimiento del deseo de ser algo más que el reflejo que se ve en el espejo cada mañana.
Hay una búsqueda de identidad que está acompañada por una búsqueda formal. No todos pueden escribir con el lenguaje de Martín-Santos, pero todos pueden aprender de él. Hacer suya la consigna de que el lenguaje es tan plástico como la imaginación.
Pero en estos cincuenta años hay algo que parece haberse convertido en nebulosa, y es el intento de ir más allá de la faceta de contar una buena historia como fin último de una novela. Es verdad que hay escritores como Javier Marías o Antonio Soler o Francisco Casavella que sí apuestan por que el contar una gran historia vaya de la mano con la tenacidad por transformar el lenguaje. Ambas experiencias van de la mano, porque el gusto estético alimenta el intelecto y el placer de la imaginación se nutre a su vez del deseo por comprender ese fraseo y ese color que tienen las palabras de esos autores que no son difíciles, simplemente hablan en un lenguaje nada convencional, pero no son solipsistas, sino que a medida que el lector va leyendo las páginas de sus novelas, son las novelas las que le enseñan ese otro idioma.
Son instantes de luz y de calidez donde autor y lector se encuentran gracias al lenguaje, que es lo que más importa en una novela. Y en Martín-Santos esto es subrayado una y otra vez. Y no por capricho o esnobismo. Simplemente porque el oficio de la escritura de una novela no es un oficio que abarate o simplifique el lenguaje. Al contrario, está puesto ahí para rebelarse contra las formas establecidas y abrir nuevas facetas de comprensión sobre lo humano. Pero también sobre la experiencia de habitar un lenguaje que todo el tiempo cambia.
Aquí, Martín-Santos se presenta ante el lector como una de las últimas piezas de toque de las vanguardias europeas de las primeras décadas del siglo XX. Y en ese sentido también es un caso especial para las letras españolas e hispanoamericanas. El ejercicio de Tiempo de destrucción, en retrospectiva, nos parece por demás arriesgado, por demás excesivo, pero sin duda necesario. Y es probable que muchos hayan tenido este libro en sus manos, pero pocos lograran darle fin. Ahora, entonces, cuando se cumplen los cincuenta años de su primera publicación, es tiempo de volver al libro y terminarlo. Porque, como toda obra de arte, este libro también requiere la intervención del público para ser terminado.
La versión que se armen los lectores de Tiempo de destrucción importa tanto como la novela que da pie a esas versiones. Es una obra abierta y es un work in progress.
Siendo así la situación, hay que levantar nuestras copas, aunque sea simbólicamente, para celebrar estos cincuenta años. Medio siglo no pasa así nomás. Hay un sedimento de experiencia y de transformación del lenguaje que parece no arrasar con Tiempo de destrucción y, en ese sentido, la novela funciona como precursora de todas las experiencias de la novela donde lo que cuenta es lo que sucede con el lenguaje y no lo que sucede con los personajes o la trama.
Aquí, Martín-Santos llevó casi hasta sus últimas consecuencias el modo en que se puede habitar el mundo desde y por una mente que todo lo filtra a través de palabras. Palabras que desde el inicio se reconocen ambiguas, raras, pasibles a la distorsión y, sin embargo, la verdadera guerra está en no renunciar a decir ni nombrar, sino a que sean las palabras herramientas de trabajo en permanente perfeccionamiento y pulido.
Así, Tiempo de destrucción es toda una escuela del pensamiento, es una reflexión sobre la humanidad de la adolescencia y del tránsito por la universidad. Es el descubrimiento del amor como aquello que no se tiene y se desea dar a alguien que no existe y, sobre todo, es la manifestación sobre una vida que se siente derrotada ni bien inicia su primera adultez.
Las dudas, el miedo, el placer y el silencio, claro que son los temas de la novela. Pero éstos quedarían simplificados o anodinos si el autor no hubiera forzado la maquinaria del lenguaje con la suficiente fuerza como para hacerles decir a las palabras lo que de verdad significan en el largo tiempo de la historia, la duda, el miedo, el placer y el silencio.
No es simple acto de resignificación, es más que eso. Tiempo de destrucción —contrario a su título o fiel a él, desde otra perspectiva— se encarga de fundar un nuevo sentido para aquel léxico del amor —por el otro y por uno mismo—, pocas veces correspondido.
Fundar un fraseo es el primer paso. Pero fundar el idioma y renovar las viejas palabras otorgándoles un nuevo sentido, eso es sólo el privilegio de unos cuantos. Y entre ellos Luis Martín-Santos tiene un lugar de privilegio ganado, eso sí, a pulso y sin ofrecer concesiones de ningún tipo.
Un autor que se mantuvo fiel a sí mismo y hacia su programa narrativo. Ahora que el tiempo de la publicidad ensombrece la lista de lo que hay que leer y escamotea la tradición, no está de más detener la necesidad de más volver la vista atrás. Revisar en la historia de nuestra lengua la huella que dejaron los que continuaron con la invención cervantina para hacer de la novela algo más que sólo un libro que se puede leer en las horas de ocio.
Una novela con este linaje es una novela que tiene un aura que irradia una nueva forma de ver el mundo, y goza de un ritmo tan propio que los compases de los latidos del corazón se acoplan a él a medida que sucede la lectura. Eso, y no menos, es entender al otro. Es habitar, por un momento, la piel del otro. No es transferencia, es comprensión. Y desde ahí, el camino para construir comunidad está dado, porque lo común se construye desde la comprensión y, si hay algo común entre nosotros, hay política, y si hay política existe cambio social. Y cuando se da el cambio social, las desigualdades sociales tienden a desaparecer.
Aunque queda siempre la posibilidad de que el cambio social sea negativo y todo sea resuelto de forma negativa, pero la novela Tiempo de destrucción —contraria a lo que su título prefigura— apuesta por la reconstrucción. Se destruye para edificar algo nuevo donde antes no quedó nada. Y es que en la vida de los seres humanos pasa lo mismo. Hay que olvidar para tener nuevas memorias, hay que desaprender para aprender y hay que desmontar lo que salió mal para edificar lo que puede salir bien.
La vida está en permanente construcción y sobre todo en constante proceso de examinación. Así, y para terminar, lo que urge en nuestra literatura, y en la vida a niveles generales, no es la revisión del todo, sino la comprensión constante y fervorosa de los instantes que componen la totalidad. La totalidad, entonces, también se presenta gracias a la acumulación de instantes, y si se entienden la profundidad y las repercusiones de cada uno de ellos, la totalidad no será tan esquiva. Martín-Santos apuesta por los instantes que componen la experiencia de una vida cuando desea alcanzar su plenitud.
De ahora en más, y a lo largo de este año, seguro será que mucho de lo que leamos, veamos en el cine o escuchemos en la radio, estará marcado por un nuevo color de interés emocional. Un color que puede dar profundidad, placer, miedo, silencio, amor y, sobre todo, entendimiento. Todo esto sobre el mundo que nos rodea pero, sobre todo, a partir de nuestro propio mundo interior, y si la suerte y el interés acompañan, pronto el color del propio paisaje mental se complementará con los colores de las demás personas. Así el vitral del conocimiento estará compuesto y podremos celebrar que también las novelas que son escritas con esfuerzo y una alta demanda intelectual contribuyen de manera decidida a construir una vida mejor.
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