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El amor más allá de la muerte
(sobre Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett)

sábado 29 de marzo de 2025
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Piedad Bonnett
En Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett, se constata que la literatura bebe de las aguas tormentosas de la vida, plasma sin ambages la desnudez de los acontecimientos, el dolor sin artimaña explicativa. 📷 Sala de Prensa de la Universidad de Salamanca

A propósito de la lectura de Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013), de Piedad Bonnett (Colombia, 1951), varias preguntas me rondan y van abriendo camino a conjeturas también diversas. Este libro se funde, más que en la ficción, a partir de la realidad lacerante y conmovedora que remite a la esfera cotidiana, con lo cual atraviesa muy cerca del enunciado autobiográfico. Alarido de la madre ante la ausencia del hijo amado. Grito descarnado ante el luto y la desgracia. Clamor que se rehúsa en cierto momento a motivos razonados. ¿Qué conduce a una persona al suicidio? ¿Cuáles son las condiciones que determinan esta decisión en el plano personal? La autora se interroga en esta mixtura de relato y ensayo para dar cuenta de la muerte de su hijo Daniel Segura Bonnett. O, para ser más exacto, de su suicidio (la abrupta determinación de lanzarse del quinto piso de un edificio neoyorquino).

Esta pieza literaria, con cimiento de crónica, está escrita con el corazón. Con las arterias que vivifican el hogar. Con las bondadosas manos de la mamá que presintió el desenlace de su descendiente. Con lágrimas “que acuden sin llamarlas”, como lluvia triste. Con lágrimas —otra vez y las veces que sean— brotadas al igual que los sintagmas que fueron constituyendo este cuerpo narrativo. Para Javier Marías “la verdad es maraña”. Y, es en la búsqueda incontrolable de respuestas que Bonnett se enfrenta con posibles verdades, acaso susceptibles de ser interpretadas, más allá de la objetividad, con la contingencia que supone la entelequia: “Los hechos, como siempre, acorralan las palabras”.

Cabe reiterar que este ejercicio prosístico está construido desde una mirada amorosamente maternal, lo que implica la ternura entrecruzada con la empatía que sólo proporciona la misma sangre. Es un parir de ideas, de emociones, de recuerdos, de quebrantos. Tal como afirma la escritora: “Daniel era mi hijo, y con toda certeza esta semblanza de trazos gruesos está deformada de manera involuntaria por el amor que le tuve”. En las 131 páginas hay una sensación gris de desconsuelo. Pero, a la vez, de aliento, al final del túnel. En el laberinto al que nos sumerge el testimonio, vamos conociendo rasgos psicológicos, que permiten entender la circunstancia clínica de Daniel; sus aspiraciones, expectativas, esfuerzos, paranoias, pesadillas y abismos. Él fue un joven brillante, sin duda (no menos de treinta años de edad). Amante del arte. Disciplinado en extremo. Cariñoso y reservado. Académico y docente. Pero condenado a sufrir una de las formas de locura. Aquellos altibajos son los que perturban el ritmo común de los días. Más, a sabiendas de que nuestra mente es tan frágil que, en ocasiones, se fragmenta su lucidez, hasta el punto de la enajenación. Y transita por la bruma. O por la “oscuridad sin orillas”.

“Lo que no tiene nombre”, de Piedad Bonnett
Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett (Alfaguara, 2013). Disponible en Amazon

Lo que no tiene nombre
Piedad Bonnett
Novela
Editorial Alfaguara
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-6287659216
160 páginas

“Yo lo miraba vivir, con un secreto temblor, y le ayudaba a soñar, con la esperanza de que un sereno equilibrio se instalara algún día para siempre en él y le permitiera tener un futuro de plenitud, una mujer, tal vez hijos”. Ese era el anhelo de Bonnett, y, por supuesto, de toda madre que quiere ver en su retoño al ser idealizado desde cuando lo tiene en su vientre. Pero, en el caso de Daniel, no fue así. La fuerza de la alucinación mental acabó con el propósito de darle sentido y plenitud a su vida.

Precisamente, el sujeto-protagonista de la historia intentó de todas las maneras posibles superar los miedos y angustias internas, pero no pudo alcanzar una recuperación total. Lo suyo eran medicamentos, citas médicas, reposo, terapias, rehabilitación. Etapas de lucidez, unas, y de marcado desvarío, otras.

En la descripción cabal de las intimidades, a través de la primera persona del singular, aflora un elemento mayor: la poética del desgarro, considerando que la autora también es poeta. Como en estos versos: “Mis manos ya no pueden cobijarte. / Sólo decirte adiós como en los días / en que al girar, ansioso, tu cabeza, / mi sonrisa se abría detrás de la ventana / para encender la tuya. Cuando todo / era sencillo, transcurrir, no herida, / ni entraña expuesta, ni desgarradura”.

En Lo que no tiene nombre, compuesto por cuatro capítulos, se constata que la literatura bebe de las aguas tormentosas de la vida, plasma sin ambages la desnudez de los acontecimientos, el dolor sin artimaña explicativa. El decir las cosas con nombre propio, con soltura y claridad. Desde el lenguaje se repasa la reivindicación de la memoria. “Porque a pesar de todo, de mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras”. Frente a la partida del ser querido se perfila la remembranza entrañable. Antes que caer en el vacío, Daniel encontró un mecanismo que lo liberase como prefacio de la muerte. Emancipación que no requiere explicaciones.

Lo maravilloso de las letras es la asociación que se prolonga entre la escritura como tal y la recepción lectora. O sea, la complicidad del pacto entre pares (autor y lector), aún con suma apreciación si hay una identificación similar de sucesos. Luego de la muerte de mi único hermano, mi madre nunca más volvió a ser la de antes. Ha perdido el brillo de sus ojos, la lucidez en sus quehaceres, la sonrisa espontánea, las ganas de existir. En este caso, el cáncer letal le arrebató a su primogénito, esto es, lo que en sus entrañas fecundó con ilusión y esmero. Yo he sido testigo de ese sufrimiento indescifrable que llega al límite del silencio prolongado, como la noche. Sea cual fuere la circunstancia del deceso, para una madre siempre será difícil aceptar la pérdida de un hijo, por eso buscará modos que devuelvan —como en la analepsis— lo mejor de su existencia, y que su evocación no caiga nunca en el olvido.

Aníbal Fernando Bonilla
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