
El dios de las dunas, de Wafi Salih (Valera, Venezuela, 1965), es un poemario que centra su imaginario en la memoria, el desarraigo, y la dimensión espiritual de la experiencia humana. La poeta utiliza imágenes simbólicas y referencias culturales para explorar la existencia desde una perspectiva tanto personal como colectiva, capturando la esencia de lo íntimo y lo histórico en un paisaje que oscila entre el pasado y el presente entrelazados, sin los límites de los bordes que marca el tiempo de los humanos y que es ajeno a la poética que trasciende, como es el caso de la poeta que nos ocupa.
Su lenguaje refleja una tensión entre lo que fue y lo que permanece. Para muestra de ello, esto que escribe: “La aldea atávica de tus ojos nativos, de una inmortal desventura”. Vemos que el tiempo se vuelve maleable y cíclico, los recuerdos parecen vivos y alcanzables, pero al mismo tiempo inaccesibles y distantes. A través de este tratamiento del tiempo la poeta crea una atmósfera de nostalgia, “un ritmo gutural”, como dijera ella misma en otro de sus versos, sumado a un anhelo por lo perdido o por lo que pudo ser.
El libro está lleno de una simbología que alude a características culturales que complejizan y enriquecen la lectura, exigiendo una aproximación interpretativa histórica, geográfica y poética, al unísono. “Drusa por toda la tierra, cargo el peso de otra que soy”. Las figuras religiosas y culturales dan una capa adicional de significado que invita a una contemplación honda, donde la historia personal y la colectiva se funden, transmitiendo una desgarradura que se extiende hasta la piel, la sangre y las vísceras del lector que la hace suya, pues es una herida histórica que la poeta despierta. Algunas imágenes: “himnos del país inmolado”; “espejo ausente del devenir”; “no sé qué maldición sobre la roca astillada de mi vida, calcina transparencias”. Es difícil no mirarse en estos poemas, que nos devuelven nuestro propio rostro de seres también poblados de ausencias.

El dios de las dunas
Wafi Salih
Poesía
Sultana del Lago
Maracaibo (Venezuela), 2024
ISBN: 979-8328276887
76 páginas
Hay una espiritualidad latente en los poemas, aunque matizada por dudas y reflexiones sobre el sentido de la fe. Las preguntas sobre Dios reflejan un deseo de comprensión y de consuelo, que se manifiesta en: “los caminos de Dios son infinitos”. A la vez se percibe una lucha interna sobre el sentido de su propia existencia: “¿Será cierto que existo?”, y “hoy la costumbre de ver es sólo eso, posar los ojos por los ecos de la luz ceniza”, contundencias que hablan de una espiritualidad que no se sujeta a dogmas, ni a imposiciones: “Alimenta una oración la boca lastimada de la noche, fruto de una tribu solar sobre la frente, flor de sangre al borde, de mí misma”. Parece apuntar hacia una identidad compuesta, donde las memorias culturales se entrelazan y complican la noción de pertenencia. “Padre, ensayo un lugar bajo el sol, la desposesión me reconoce, pez de estaño sumergida en tu acento de órbita incesante”. Y si aún no fuesen evidentes su atadura y su libertad, su rebeldía y su amor por la tierra de sus padres y lo que eso implica, para el alma de un poeta nos lapida con este verso: “La fe, esa maldición”.
La poeta no complejiza las imágenes, éstas son naturales, simples, cristalinas —agua, luna, nubes, la eterna noche, multiplicada en miles, como la arena del desierto—, metáforas de la experiencia emocional, arraigada en ella desde el vientre materno. Observamos esta correspondencia sensitiva con el paisaje que se nombra; ejemplo de ello los siguientes versos: “soles líquidos sobre las dunas del Golán” o “la furia quebrada de un naufragio”, que sugieren cómo el entorno palpita en la interioridad de la voz poética. El paisaje es uno en el sentir de la poeta, que dota de honesta transparencia su decir. “El paisaje tenía la tez húmeda de pólvora”. Este uso de la naturaleza en tanto reflejo del yo revela una conexión entre el espacio externo y el mundo interior. “Sidón, pueblo de huesos sin cuerpo, sepulta la raíz del aire, el vértigo de la desolación”. La temática del sufrimiento permea todos sus poemas. Salih saluda el dolor, vive en él como huésped permanente: “Mil fósforos de sangre”. “Florece el dolor, yo vivo aquí, herida de cuencas llenas”. Este dolor representa la tragedia de generaciones marcadas por conflictos bélicos, guerras fratricidas que sólo dejan desolación a su paso. “Hay algo en ti, señalando un lugar ausente. ¿Seré yo, doliéndome en tus calles?”. La recurrencia del fuego, la muerte y la soledad evoca una resignación ante la trágica suerte de los hijos de Abraham.
La autora habita y deshabita espacios y tiempos míticos con el favor de sus deidades íntimas. Con sus códigos propios nos dice: “piedras pardas” y “el dolor límpido de un muacín”, revelando una pena inagotable que barniza las palabras: “En los nichos del aire, rapta lentamente sobre mi incertidumbre, esta noche de café e insomnio, relámpago en su silaba más alta, desata un pájaro, oxida los segundos”. Se explica por sí mismo el abismo interior calcado, del combate real sobre el suelo del Líbano, y Palestina.
El duelo en la poesía de Salih no es un modo de ser o un sello de su personalidad telúrica. Más bien es una herida ahistórica, porque está enraizada en la experiencia colectiva desde siempre, y renovada de tanto en tanto con algunos hechos: los dieciocho años de ataques indiscriminados sobre el suelo del Líbano. Para ello se apoya de imágenes densas que expresan conceptos abstractos, que fijan la cicatriz al cuerpo y a lo etéreo que es su esencia poética. “Derrama largos instantes el continuo cordero del sacrificio”. En otro verso no menos luminoso leemos “noche en dos pedazos” o “línea recta, sensitiva, eso de nosotros que es el día”, donde el lenguaje visual se convierte en una forma de explorar las emociones hasta llegar a la médula, a ese lugar sagrado de donde brota la poesía.
Aunque el poemario no sigue un orden cronológico ni temático, el uso de pausas, cortes y oraciones sorprendentes logra un canto de notas armónicas que invitan a otro orden más insondable y meditativo. Estructura fragmentada, apasionada oscuridad de lo abyecto, donde la desgarradura, es norma en el pensamiento, en la memoria, y la acción.
El poemario de Wafi Salih oscila entre la meditación poética y lo social, entre lo personal y lo colectivo, entre lo sagrado y lo profano. Con su lenguaje cargado de simbolismo y de imágenes prodigiosas, Wafi innova la experiencia humana en una suerte de “liturgia de un país desolado”, donde el dolor, el duelo y la melancolía se convierten en personajes, ajenos a ella misma, como espíritus varios en el cuerpo de un mismo poema.
La obra es una exploración de la identidad de la poeta, y también una representación de la experiencia histórica y cultural de sus orígenes, lo cual enriquece el poemario con múltiples capas de significado.
El dios de las dunas es una obra compleja, con un elegante tratamiento del dolor, al cual sólo se accede si se tiene la llave mágica de la poesía, y nuestra autora porta la llave y la cerradura. Digna hija de Agar, su poética carga el peso de generaciones silenciadas y la lumbre de la antorcha que da el silencio prolongado, que es donde el lenguaje bebe el elixir de los dioses. Su poesía no sólo relata la historia de una vida marcada por el desarraigo, sino que también sirve agua pura de un estanque para vernos, en nuestra elemental condición humana, de buscadores de la alegría, en medio de la amargura y la pérdida. Este poemario es un testimonio de la resiliencia humana, que se niega a desaparecer a pesar de las luces truncadas en sombras para el destino.
- Lo que fue y lo que permanece
(sobre El dios de las dunas, de Wafi Salih) - sábado 26 de abril de 2025


