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Palmeras de sangre, de Reynaldo Lugo y Julio A. Martí:
¿otra novela negra de corte histórico o desafío al realismo socialista insular?

miércoles 30 de julio de 2025
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Reynaldo Lugo y Julio A. Martí
Julio A. Martí (derecha) y Reynaldo Lugo tenían la idea para un guion cinematográfico que terminó convirtiéndose en la novela Palmeras de sangre.
“Nada puede realizar más a un hombre que la idea
de que está viviendo para los demás, aunque esa senda,
paradójicamente, también pueda conducir al rebaño”.

(Reynaldo Lugo y Julio A. Martí, Palmeras de sangre; 2000, p. 242).

Pesa demasiado el tiempo: la noción de que una mirada más lúcida pudo acompañarnos en período tan extenso de las respectivas vidas del conjunto humano que somos, acaba por derrotar nuestra plácida comprensión del entorno histórico que nos ha tocado en suerte. Al cabo somos seres humanos de persistente raíz, como voraces filamentos nuestra identidad se hunde en cada jornada del existir y el país brota como un torrente a través de nuestros poros. Y es que comprender a Cuba es siempre un duro ejercicio. Seis décadas, cuando menos, transcurren sesgadas por la aceptación, el aplauso, la esperanza y finalmente por el desconcierto. Superada una crisis, otra retorna y pone a prueba las mismas certidumbres.

Porque es totalmente falso que seamos, como algún pretendido conductor de gentes se atrevió a sugerir en una tensa circunstancia de años recientes, seres vendidos a una tentación ajena, o confundidos en la derrota de nuestras expectativas. Y es que cada uno de nosotros, residentes de una hermosa isla, iniciamos el camino seguros de que bastaba con el amanecer para construir, día tras día, uno de los más deslumbrantes proyectos de nación que se atrevió a imaginar la humanidad, si entendimos rectamente las consignas con las cuales crecimos. Una humanidad estafada tantas veces por promesas y otras muchas por ofrecimientos tan ideales y perfectos, que echan al olvido la elemental necesidad del hombre y la mujer de ejecutar con manos, alma e intelecto propios cada migaja de su felicidad.

Tal es la noción histórica y sustancialmente humana con la cual dialoga, libre y convencida, la novela Palmeras de sangre (Mondadori, Barcelona, 2000), que sin haber ganado premio alguno representó a los autores, Reynaldo Lugo y Julio A. Martí, uno de los más relevantes éxitos literarios alcanzados por creadores cubanos del período de la Revolución, con su presentación en la prestigiosa Feria Internacional del Libro de Frankfort, Alemania, en octubre del año 2000,1 hito del cual no alcanzó un ápice a ser preservado en la memoria cultural de la nación, a pesar de que la obra pasó asimismo por la Feria del Libro de La Habana, donde conocidas voces literarias del país explicaron sus perfiles, en tanto el posterior devenir del texto narrativo muestra la persistencia del interés de los lectores en múltiples plazas, pasado un cuarto de siglo de su apertura al mercado editorial, en visibles espacios de la promoción literaria, ciertamente foráneos.

“Palmeras de sangre”, de Reynaldo Lugo y Julio A. Martí
Palmeras de sangre, de Reynaldo Lugo y Julio A. Martí (Mondadori, 2000).

Palmeras de sangre
Reynaldo Lugo y Julio A. Martí
Novela
Mondadori
Barcelona (España), 2000
ISBN: 978-8439706014
392 páginas

Tanto se atreve esta novela en la exposición de uno de los más controvertidos períodos de la más inmediata épica nacional, que la primera interrogante del desconcertado lector, sin duda alguna, tendría que ser de qué manera dos talentos formados en un consistente ejercicio del periodismo, hombres de experiencia, calificación y mundo, logran congeniar sus diversas percepciones de una realidad desafiante desde sus propias rutinas cotidianas y aun más en la sucesión discursiva que parece desvanecerse, caprichosa bruma, ante las interpretaciones autoritarias o letradas y aun preceptos de una elusiva legalidad, para lograr este reflejo de mundo pleno de lucidez, donde echaremos en falta héroes intachables, eficaces gestores de la justicia y geniales ideólogos de costosas libertades.

Al cabo de varias lecturas, habría de surgir la interrogante acerca de la causa por la que esta novela puede permitirse acudir en su argumento a hechos históricos conocidos, difundidos por la prensa en reiteración conmemorativa de las respectivas efemérides, en tanto el disfrute de la ficción halla en ellos renovados enfoques, humanizados héroes y creíbles villanos. Cómo fue posible levantar con meras palabras tal historia y sentir que hay en ella jirones mordaces de la propia vida que ha tocado en suerte a muchos que ni siquiera fueron nacidos en alguna fecha del ajustado calendario en el que Palmeras de sangre, en una suerte de metódica constatación, nos familiariza de un modo tan preciso con procesos de evolución en los que está en juego algo tan esencial como el tipo de sociedad en la que va a transcurrir nuestra existencia, con todo lo que ello significa: qué oficio tendrás, en qué casa has de vivir, cuáles leyes habrás de respetar y bajo el mandato de cuáles jueces, o cuál será la relación entre tu esfuerzo de cada día y el bienestar de cuyo saldo llevarás a los tuyos, si serás tratado con respeto o si viles escapados de las normas, que empeñadamente dispensan discursos o editoriales, tomarán tu dinero a cambio de servicios que tu condición de ciudadano habría de aportarte sin la exigencia de requerimiento adicional alguno.

“Palmeras de sangre”, de Reynaldo Lugo y Julio A. Martí
Declaración de autoría en las páginas preliminares de la novela Palmeras de sangre, de Reynaldo Lugo y Julio A. Martí.

Léase Palmeras de sangre con la inocencia de quien se estrena en su primera copiosa lectura, o ábrase el volumen con la prevención de un censor. No están concebidas páginas tales para la fácil adicción o el adoctrinamiento. Desconcierta percibir que el tratamiento de la realidad, como material a partir del cual construye esta obra sus imaginarios, rompe sin habérselo propuesto, no hay duda en ello, con tendencias previas y dominantes en el acomodo del discurso local de la ficción, tanto si de modo estricto se la asume como novela afín a la narrativa policial autóctona que prosperó desde la década de los setenta, como si se intenta apreciarla como parte de esa evolución de las letras nacionales que, saliendo apenas del olvidable período del Quinquenio Gris con sus normativas y reprensiones, transcurrieron por enfoques menos ajustables a las reglas impuestas desde la cita en la Biblioteca Nacional, entre otras, la vigorosa generación narrativa de los noventa, cuyos genuinos iniciadores, jóvenes adelantados, como tenía que ser, que el profesor Salvador Redonet acogió en su imprescindible Los últimos serán los primeros.2 Incluso éstos fueron antecedidos por una vanguardia exploradora, que en los ochenta despierta con textos de más libre perfil interpretativo, como la inquisitiva Un tema para el griego, de Jorge Luis Hernández (1987), o la olvidada Los términos de la tierra (1985), del periodista, escritor y emigrado Alejandro Querejeta Barceló, exitosa en la tarea de constituir en protagonista combatiente a un hombre como la mayoría, conmovedor en el modo cotidiano de asumir los riesgos necesarios para lograr el cambio que la nación requería para salir de aquella dictadura de mediados del siglo XX en la isla.

Palmeras de sangre tiene la audacia creativa de los años sesenta cubanos, antes de que Jesús Díaz completara la tarea de desacreditar la espontaneidad y firme creencia en la revolución que pretendían apoyar los jóvenes poetas, cuentistas y dramaturgos del grupo El Puente.3 En el momento de su creación, Lugo y Martí llegan a esta novela desde trayectorias personales profundamente involucradas en la historia política del país en cuatro décadas de proceso revolucionario; la mirada retrospectiva que ambos proyectan se afianza en nociones adquiridas en la vivencia; más aún, en el compromiso con el sistema político que impuso el socialismo como norma indiscutible y se enfrentó y aún se enfrenta a toda crítica, toda dilación, toda duda, en relación con las pautas políticas impuestas.

De todas las decisiones que los escritores de esta novela a cuatro manos tuvieron que adoptar, probablemente ninguna tan sorprendente como asumir, como estructura y notación por partes de la obra, la misma forma de división por hitos cronológicos que había tomado para su opera prima el escritor uruguayo Daniel Chavarría, cuya emblemática Joy (La Habana, Editorial Arte y Literatura, colección Dragón, 1978) desarrolla su exitosa trama entre el primero de enero de 1974 y el viernes 25 de julio de 1975, vísperas de la principal celebración política nacional, a cuyo acto en la Plaza de la Revolución serían invitados a participar, según la novela, el oficial a cargo de la investigación y sus colaboradores en el operativo que derrotó el intento de arruinar la importante producción nacional de cítricos por parte de un equipo enemigo con base en la Florida, Estados Unidos de América.4 La ejemplaridad del mayor Alba, formado en la Unión Soviética, consagrado y metódico al extremo en su desempeño cotidiano, y el determinante papel desempeñado por las fuerzas populares en la captura de los saboteadores infiltrados en el país, determinan lo esencial del punto de vista de Joy,5 galardonada con el sorprendente premio a la mejor novela policíaca publicada en Cuba durante la década de los años 70 y 80.

Homenaje o sarcástico guiño, las obvias marcas temporales son, cuando menos, un recuerdo al lector nacional de la existencia de modos diferentes de afrontar los relatos de la historia común. No es estricta la cronología de Joy, pero en sus saltos de meses acomoda el derrotero de las acciones para desembocar en el homenaje. Estructuralmente, Palmeras de sangre se desarrolla ante el lector con la continuidad absorbente de un filme en la pantalla. Salvo una breve elipsis, cada secuencia es una fecha de un calendario que abarca desde el 25 de octubre de 1957 hasta las 4:25 de la madrugada del emblemático 1 de enero de 1959, tenso registro del transcurrir histórico de aquel período de la república de Cuba, etapa crítica de enfrentamiento entre las fuerzas renovadoras de la nación y el férreo control de un gobierno militar, verdaderamente más interesado y en cierta medida capacitado para mantener el control del país, hasta transgredir los límites de la paciencia de la ciudadanía, incluso de sus propias conveniencias, dependientes en medida visible, cual expone la propia novela, de los intereses de los Estados Unidos de América.

Al adentrarse en las páginas de Palmeras de sangre echaría en falta el lector algunos elementos que durante años se les hicieron familiares en la narrativa policial de factura nacional. La verdad rotunda es que estos autores no se empeñaron en convertir su obra en un ameno manual de aleccionamiento ideológico.6 Carece el texto de una herramienta fundamental para construirlo: un personaje suma de aquellas cualidades que la prensa y las intervenciones públicas de hombres en sí mismos paradigmáticos, que configuraron el ideal humano en las entregas de muy seguidas series audiovisuales, como la relevante En silencio ha tenido que ser, que ató al público a las pantallas de los televisores cubanos hacia finales de los años setenta.

La ausencia de todo énfasis doctrinario en Palmeras de sangre contrasta intensamente con la proyección de la laureada Joy de Chavarría, cuya lectura nos introduce al perfecto esquema de un enfrentamiento con elementos enemigos portadores de un ataque epidémico contra los cítricos cultivados en Cuba, un renglón agrícola de sobresaliente auge hasta que por alguna razón, sin enemigos ideológicos a la vista, efectivamente desapareció. El agente del triunfo contra los portadores del virus es el mayor Alba, un oficial de la contrainteligencia nacional, cuya mejor definición entrega el propio autor:

Cuba y su momento histórico me propiciaron la ocasión de concebir un héroe cubano como el mayor Alba, protagonista de Joy, más ilustrado que James Bond, tan buen karateka como él, empapado de las más modernas técnicas de inteligencia y contrainteligencia que le enseñaran en la Unión Soviética, y por supuesto, un patriota heroico, valiente, y con los rasgos étnicos y conductuales de un latinoamericano tropical. Ningún otro escritor del tercer mundo, ni del occidente europeo, francés, italiano, español, podía darse el lujo de promover una trama donde el héroe se enfrentara de tú por tú con agentes de la CIA.7

Emilio Comas Paret, quien registra el precedente párrafo a partir de una entrevista con Daniel Chavarría, valora Joy como uno de los ejemplos de la incorporación en la literatura cubana de los preceptos y procedimientos de la corriente del “realismo socialista”, escuela proveniente de la antigua Unión Soviética que, subraya, “nunca se impuso como línea oficial y única, por suerte y para beneficio de la propia literatura cubana...”, aunque “hubo un tiempo en que nos influyó literariamente (...) potenciada y estimulada por determinados funcionarios de la cultura...”. Valga el escaso reconocimiento del crítico a tal tendencia, puesto que la novela se transformó, según declara, nada menos que en un best-seller, del que se vendieron medio millón de ejemplares en la primera edición realizada en la Unión Soviética, otros doscientos veinte mil tres años más tarde, y todo un millón en los países socialistas de la Europa del Este. Para el descrédito que acompaña el mercantilismo capitalista, hay que decir que el amor por la lectura del desaparecido universo cultural soviético era sin dudas ejemplarizante.

Desde la primera mirada curiosa, a veces lectura apresurada a salto de párrafos, que los impacientes suelen emplear para alcanzar una prematura familiaridad con el argumento, se revela la impronta inusual, rupturista, del texto de Palmeras de sangre, crónica, por momentos, que los reporteros devenidos esa vez en narradores se pueden permitir, del arsenal de su avezado oficio. Revela una singularidad acabada de aparecer en el corpus narrativo de la nación. A la manera que los límpidos amaneceres invernales descorren velos sobre una ciudad desconocida, aparece La Habana en las páginas de Lugo y Martí, vívida, pleno su mapa gris de puntos luminosos que se multiplican en cada episodio, expandiendo la urbe desde los privilegiados espacios cercanos al litoral hasta oscuros rincones de ocultamiento y huida, deslumbrada de mar, y de mar sobrecogida, de la primera a la última página. Nace un hotel fastuoso, con él se abre en la obra la presencia calamitosa de la mafia. Meyer Lansky en persona domina desde el último piso la extensión de un imperio de juego rentado a La Habana. Autos modernos y caros recorren avenidas y se detienen en exclusivos clubes de alta sociedad, centros de belleza, restaurantes y cafeterías selectas, en alguna ocasión conducidos por mujeres afortunadas e infelices que van a hallar una en otra sorprendente pasión, relación lésbica tratada con una delicadeza en extremo inesperada en el clima ideológico local de aquel cierre de siglo.

Como si no hubieran bastado las docenas de libros, los cientos y cientos de artículos de prensa y el desmesurado resonar de los discursos de tantos personajes por tantísimos años, esta narración se atreve a intentar convencernos de que no todo estaba dicho en torno al tema del final de la dictadura de Fulgencio Batista y Zaldívar, las degradadas interioridades de aquel sistema de gobierno, sus relaciones de dependencia con los Estados Unidos de América, la alegre acogida a la mafia norteamericana para que hiciera del país un gran casino con burdel adjunto y, al cabo, la rebelde resistencia, guerra de guerrillas y victoria de las fuerzas de Fidel Castro, cuya capacidad de mando en la etapa final de la rebelión es comparada en Palmeras de sangre con la de un “Presidente en Armas”.8

Los autores, periodistas y no historiadores de carrera, se permiten explayarse en sus exposiciones, sin por ello romper la síntesis que su principal oficio les enseñó. Echan mano de personajes o acontecimientos, pasados o futuros, para respaldar la línea principal de su argumento, que avanza tan límpido y constante como un trillo de pescadores furtivos entre la manigua costera. Convertir La Habana cubana en capital mundial del juego rentado era el proyecto concebido y ejecutado con sólida capacidad profesional (sic) por Meyer Lansky, con el apoyo del golpista devenido presidente de nación, Fulgencio Batista. Uno de los móviles eficaces de la acción narrada por Palmeras de sangre procede del elemento de conflicto que introducen las acciones de la guerrilla revolucionaria en las montañas y ciudades del archipiélago cubano. La guerra se extiende a todo el país y la mafia ve tambalearse su incipiente imperio, que cuenta con oportuno sostén legal en leyes de la república que autorizan la construcción de hoteles con casinos incorporados.

Dentro de la cúpula gansteril, unos decretarán la muerte del líder revolucionario, cuyo acceso al poder acabaría con la fuente de riquezas administrada por Meyer Lansky y sus asociados. Otros, en el mismo conjunto, recelaban de Batista y pretendían acelerar un cambio que conjurara la necesidad de la revolución, sin perjudicar los buenos negocios. Entre ambas tendencias, un personaje descrito en medios tonos, abogado exitoso, inversionista sin demasiado interés en una firma cinematográfica especializada en filmes porno, debe cumplir misiones que desde una distante capital del mundo le ordena un organismo de inteligencia.

Elías Mozack, judío descendiente de un remoto joyero del zar de todas las Rusias, transitó de joven por disímiles y controvertidas experiencias, hasta acabar en La Habana con una vida confortable, una esposa, un hijo y un amigo: el capo de la mafia Meyer Lansky. Hombre calmado, retirado de toda estridencia en una casa del litoral habanero, a occidente de la desembocadura del emblemático río Almendares, Mozack tiene también una misión en la vida: la KGB rusa le ha encargado una misión trascendental: debe hacer algo para que no decaiga en Cuba la rebeldía, que la situación revolucionaria9 no permita la persistencia del sistema burgués capitalista y el dominio del imperialismo yanqui en Cuba. Mozack halla el modo de cumplir el encargo: crea un grupo terrorista que altera la paz de la ciudad de los modos más brutales, para luego manifestar: “Me parece muy triste la táctica de incentivar la represión de Batista, aunque pueda comprender que sin él en el poder la guerrilla no hubiera podido desarrollarse”.10

El enfoque del relato histórico no se atiene de modo estricto en esta novela al predominante tono de admiración y elogio para la tendencia revolucionaria dominante, o al descrédito y ridiculización de sus opuestos políticos. La búsqueda de un punto medio de objetividad, no acrítica, sino precisamente ubicada en el fiel del ejercicio de análisis y exposición, si bien con toda la atribución que el arte literario exige. Dirán con precisión en la página 369, estableciendo la raíz militarista del gobierno impuesto por Batista: “Si en el Palacio Presidencial se firmaban los decretos, en Columbia palpitaban los verdaderos destinos de la nación”. Antes, en la 150, un enfoque poco frecuente en los textos locales de sesgo siempre ideológico: “El 26 de Julio tenía sus fuentes de financiamiento, que iban desde los impuestos a los dueños de los centrales azucareros, a quienes cambiaban seguridad por dinero, hasta la venta clandestina de bonos a la población, que era más una fórmula de compromiso político que de recaudación de fondos para la guerrilla”.

Hechos recogidos en la historia oficial y académica de la nación son recreados por esta obra narrativa con una eficacia que elude toda mímesis o dogmatismo, derivados de los enfoques políticos, docentes o investigativos del período en que fue escrita la novela. Eficaz tratamiento narrativo, con marcas visibles de filme de aventuras, recibe el secuestro del argentino campeón mundial de automovilismo Juan Manuel Fangio, la noche del 23 de febrero de 1958, en pleno vestíbulo del hotel donde se alojaba en la ciudad, por jóvenes del movimiento revolucionario 26 de Julio, a punto de comenzar el Grand Prix de La Habana. Otro acontecimiento de aquellos años, el ataque al cabaret Sans Souci, en un enclave casi rural del oeste de la capital, es atribuido al grupo que actuaba bajo la secreta orientación de Elías Mozack y constituye el final del peligroso trío “Los Tres Sobrinos del Pato Donald”, una apropiación que alude al famoso animado infantil de la época, desarrollada con imaginación humorística e ilimitada funcionalidad en los términos de la novela: Adalberto Lara, el director de la compañía de cine porno, será el “Pato Donald”. No sabrían los ejecutantes de las acciones a quién debían órdenes y retribución, pero para ellos estaba clara la identidad: era el “Tío Rico Mac Pato”.

Ha pasado un cuarto de siglo desde que Reynaldo Lugo Mendoza y Julio Martí Lambert combinaron sus habilidades ante el texto, maduradas hasta la maestría en el ejercicio feliz del periodismo, hasta conseguir un rarísimo producto en el corpus literario nacional, al que sin duda alguna pertenece su novela. Palmeras de sangre (Mondadori, Barcelona, 2000) asume el tema de un período de la historia de Cuba abordado casi hasta el agotamiento por más de una promoción de historiadores profesionales y muchos comprometidos testimoniantes y aun muchos más entusiastas y motivados panegiristas.

En su origen, esta obra resultó de la aspiración de sus autores de convertirse en guionistas cinematográficos, motivados por la presencia en La Habana del productor norteamericano Allan Goldman, que venía en busca de ideas para filmar una película de tema cubano. Como primera propuesta, Lugo y Martí entregaron el argumento de Palmeras de sangre, título que surge de unos versos de Nicolás Guillén, pertenecientes al libro El son entero, de 1947:

¡Ay, Cuba, si te dijera,
yo, que te conozco tanto,
ay Cuba, si te dijera,
que es de sangre tu palmera,
que es de sangre tu palmera,
y que tu mar es de llanto!

Por mucho que interesara el material al cineasta, los experimentados profesionales de la prensa impresa que eran sus creadores no llegaron a desentrañar en el limitado tiempo disponible las complejidades técnicas de la redacción de un guion base para la filmación de la obra para el cine. Como, por otra parte, el material conseguido ya seducía por sus potencialidades argumentales, diseñaron un proceso de investigación y se dedicaron durante meses al completamiento de la novela, primera obra de ficción de ambos autores, quienes habían publicado sus primeros libros en el género de periodismo. Otro visitante de la capital cubana, Paco Ignacio Taibo II, escritor de origen español naturalizado en México, un apasionado de las novelas policíacas y creador de un evento clave del género, la Semana Negra de Gijón, condujo el manuscrito hasta el escritorio de Mondadori en España.

Palmeras de sangre representa el final de tanta narrativa normativizante en la literatura cubana, del persistente reclamo a la adscripción al realismo socialista y a cierta pretensión de enseñar fidelidad a su pueblo de origen a aquellos que la tenían en los genes desde el primer llamado y la primera bandera levantada al viento y antes aun, desde el primer verso y la primera canción entonada a su paisaje en siglos ya distantes.

Acerca de la corriente literaria cuya inclusión esquivó el metódico Diccionario de la literatura cubana de 1984, había señalado dos décadas antes la profesora Mirta Aguirre: “El realismo socialista, que no menosprecia en el arte la belleza, lo entiende como vehículo de la veracidad, como camino del conocimiento y como arma para la transformación del mundo”, para insistir a continuación: “Ni que decir hay que el dominio teórico del materialismo dialéctico e histórico y la actividad práctica revolucionaria ayudan mucho a los creadores”.11 Aunque no en exceso, las prescripciones entraron en la composición de algunas obras, con momentos culminantes como aquellos “gritos de entusiasmo y golpes en los tablados”, tan tempranamente aparecidos en el cuento “Figuras de Valle Capetillo” de Raúl Aparicio,12 para alcanzar la cumbre con la novela de Manuel Cofiño López La última mujer y el próximo combate (Premio Casa de las Américas, 1971),13 obras que revelan en sus respectivos héroes una capacidad de entrega a su función político-ideológica: absorbidos por su obra, ninguno de los dos protagonistas materializará el amor de pareja con las mujeres que los amaron.

A diferencia de todo lo que sirve de muestra y de complacencia en términos de asumida libertad creativa, incluso en lo publicado durante décadas por escritores cubanos fuera de las fronteras del archipiélago, los autores de Palmeras de sangre desarrollaron su enfoque de una esencial problemática nacional con exigente equilibrio de opinión, una notable ausencia de cuestionamiento político y sin subrayar énfasis crítico alguno, resentimientos o descalificaciones. Uno de ellos, Reynaldo Lugo, emigró a España, donde continuó una reconocida carrera literaria hasta su muerte en octubre de 2023; su colega a bordo de esta espléndida nave de palabras, Julio Martí, permanece en Cuba como ciudadano de la cotidianidad característica de este país cíclicamente en crisis. Afincado en su estar, laborioso dentro y fuera de los textos, creador de otras múltiples obras publicadas por editoriales cubanas. Reincorporar, con tanto retraso, una obra tan autónoma en sus planteamientos, no restaura el tiempo esquilmado por una obvia censura a su conocimiento por aquellos que son sus naturales e inmediatos lectores destinatarios, pero es probable que el hiato en la evolución de la novelística cubana que su ausencia representa sea rápidamente solucionado por los creadores vigentes y por llegar, en cuanto comience a pasar de mano en mano el primer volumen de Palmeras de sangre que aparezca en una librería.

Ismael León Almeida
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Notas

  1. “Auge de la novela policiaca: 52ª Feria Internacional del Libro de Fráncfort”, El País (Madrid, España), 22 de octubre de 2000, p. 36. Sin firma.
  2. Los últimos serán los primeros (selección, prólogo y notas de Salvador Redonet). La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1993.
  3. Respuesta de Jesús Díaz a la “Encuesta sobre las generaciones”. La Gaceta de Cuba, año V, Nº 50, abril-mayo de 1966. En una publicación oficial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), y desde su posición de director de El Caimán Barbudo —el tabloide literario dirigido a los jóvenes y de sólido blindado en el orden ideológico—, Díaz calificaba al grupo de Ediciones El Puente como la “fracción más disoluta y negativa de la generación actuante”.
  4. Irónicamente, la producción nacional de cítricos, que en 1990 alcanzó el récord de un millón de toneladas, antes de transcurrir dos décadas acabaría reducida a un tercio, a pesar de una “millonaria inversión”, y la reducción de las áreas de cultivo en busca de mejores rendimientos. “Autoridades esperan recuperar la producción citrícola en cinco años”, despacho de la agencia AFP replicado por Cubaencuentro, citando reportes de Juventud Rebelde y la agencia Prensa Latina.
  5. Es nítido el planteamiento del prologuista de la primera edición de la obra de Chavarría: “Por supuesto, para que pueda ser creada una novela así, es necesario un proceso previo en la sociedad y dentro de la literatura donde surge. La realidad real y la realidad literaria, entre nosotros, son contextos que posibilitan la aparición y el desarrollo de una literatura policial que, si bien no deja de asimilar críticamente lo mejor que puede tener cada una de las corrientes del género policiaco, se propone objetivos más amplios, profundos y valiosos en el aporte de recreación y arte para el pueblo” (Pérez, Armando Cristóbal, “Joy, el placer de leer y algo más”, prólogo; en: Chavarría, Daniel, Joy. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1978; pp. 5-13).
  6. José Antonio Portuondo aseguraba que la novela policial revolucionaria, sin violentar los cánones del género, “podía utilizarse dentro de una nueva concepción comunista de la realidad” (Astrolabio. La Habana, Editorial de Arte y Literatura, 1973).
  7. Citado por Emilio Comas Paret: “La literatura cubana y el realismo socialista”. Tomado del sitio Cubaliteraria, 18 de marzo de 2010.
  8. Palmeras de sangre, edición citada, p. 321.
  9. Concepto de V. I. Lenin acerca de “las condiciones objetivas que expresan la crisis económica y política de un régimen social dado y determinan la posibilidad de la revolución social”. Entre sus rasgos se menciona “una agravación superior a la habitual de las miserias y penalidades de las clases oprimidas” que “en los tiempos turbulentos se ven empujadas... a una acción histórica independiente”. La cita corresponde a la versión en español del Diccionario filosófico, de Mark Moisevich Rosental y Pavel Fedorovich Iudin, publicada en Montevideo en 1965 por Ediciones Pueblos Unidos.
  10. Palmeras de sangre, edición citada, p. 248.
  11. Mirta Aguirre: “Apuntes sobre la literatura y el arte”. Cuba Socialista, La Habana, año III, Nº 26, octubre de 1963, pp. 62-82.
  12. “Figuras de Valle Capetillo”. Nuevos cuentos cubanos, La Habana, Ediciones Unión, 1964, pp. 101-144.
  13. El Diccionario de la literatura cubana de 1984 menciona únicamente cuatro ediciones de La última mujer y el próximo combate: Casa de las Américas (La Habana, 1971), Siglo XXI Editores (México, 1972), Centro Editor de América Latina (Buenos Aires, 1972) y Editorial Arte y Literatura (La Habana, 1975). De esta última se conocen dos reimpresiones por la editorial Pueblo y Educación, en 1982 y 1989, pero esa es sólo una pequeña parte de la historia editorial de esta novela, que incluye traducciones y varias ediciones en el exterior.
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