
Nada más con el título ya nos adentramos en la propuesta de este poemario publicado por Dcir Ediciones en su valioso catálogo. Imposible es rechazar la idea recurrente de la ventana como un aparato que funciona como marco para observar y construir la realidad. Es una antigua idea, popularizada por Leon Battista Alberti en el Renacimiento, cuando comentó sobre la pintura y su relación con la ventana.1 Además, es una concepción que se actualiza con constancia en el tiempo. Por ejemplo, con la casi infinita posibilidad de encuadrar lo exterior a través de la maravilla técnica del cine.
La ventana como mecanismo nos recuerda que muy poco de natural tiene el observar, pues la condición orgánica y biológica sólo alcanza su máximo esplendor y detalle (pero también sus limitaciones) con el aprendizaje individual y sobre todo con el adiestramiento cultural.
Es evidente que este es un libro donde la visualidad alcanza múltiples formas. La más obvia se articula con la ventana, pero también se despliegan otros dispositivos como fotografías, espejos, pantallas de cine y televisión.

El alumno de la ventana
Rubén Darío Carrero
Poesía
Dcir Ediciones
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 978-980-18-6927-6
48 páginas
Objetos y domesticidad
Comencemos con el mirar desde dentro de la casa.
En el prólogo de una obra fundamental de nuestra poesía venezolana, la escritora Luz Machado se adentraba en el proceso creativo de su libro La casa por dentro (1965) y mostraba cómo fue el largo el proceso gestativo de éste. Específicamente, mencionaba que mientras lo estaba preparando se publicaron las Odas elementales (1954) de Pablo Neruda.2
Siempre he creído que Luz Machado acertaba en su apreciación sobre los elementos comunes con la propuesta de Neruda. Es decir, en ambos están los objetos en su tangibilidad cotidiana, y en ambos las miradas poéticas los transforman al reelaborar su estado utilitario y desapercibido a otra condición estética. Sin embargo, y a pesar de estas coincidencias, hay aspectos muy diferentes que la poeta no mencionó.
Sólo una escritora como Luz Machado podría apreciar los objetos desde la domesticidad de una mujer de mediados del siglo XX, y convertirla en una poética del ejercicio de lo doméstico y de la escritura.
Es evidente que para hombres y mujeres el espacio privado del hogar significó prácticas, actitudes y visiones muy diferentes (Béjar). La subjetividad burguesa masculina del siglo XVIII tuvo en el hogar el espacio propicio para la privacidad y la construcción de su subjetividad, de su yo. Para la mujer fue diferente, pues estuvo restringida por las particularidades domésticas; es decir, lo culinario, las técnicas del aseo y, sobre todo, el cuidado de los otros. Todo esto hizo más difícil el sosiego del pensamiento y la introspección.
En este libro de Rubén Darío Carrero se concilian ambas tradiciones. Por una parte, la subjetividad propia de la tradición burguesa y la reflexión del yo; por la otra, el aporte de este mundo doméstico que como ya mencioné tiene en Luz Machado a una de las poetas pioneras.
Veamos en primera instancia cómo se muestran estos asuntos triviales, en este caso aparejados a la culinaria:
La luz de la cocina es tenue
por la grasa del sartén, reseca e intensa,
pegada en el cristal de la bombilla
que ilumina el fregadero y mis pasos.
Me río de mí mismo, para dejar pasar todo
lo que pasa, para suponer causas,
para hacer el almuerzo... (26).
Mientras en otros casos esos mismos objetos se convierten en una actividad propia del suceder femenino, en este el sujeto los enmarca como parte de su vida cotidiana, pero sin referirse a las virtudes de lo casero como lo hizo Luz Machado, ni mucho menos lamentarse por los lazos limitantes. Sin embargo, y con frecuencia, la inadecuación con lo doméstico se hace patente:
no sé qué pasa, pero, aunque no lo hago de mala gana
siento que me hace falta gracia. Las ollas de la casa
no tienen asa y mi torpeza es soberbia (21).
En todo el poemario es recurrente esta nombradía de los objetos, muchos de ellos utilitarios. Se organizan con una perspectiva donde la ontología del sujeto dialoga con ellos para demarcar desde ahí su propia subjetividad. A partir de eso, enmarca sus prácticas y concepciones, valores relacionados con ese orden y el habitar dentro de la casa:
Sólo las cosas son sabias,
la mesita de noche, los portarretratos,
los cuadros de la sala y las fotos de la playa;
las manchas de café presocráticas, pitagóricas, cínicas (19).
Más que el desgaste de la práctica culinaria o del cuido, lo que hay es una intimidad con los sucesos propios, donde los objetos tienen como función crear un orden confuso. Incluso diría más, la instauración de un contexto de minucia y de cotidianidad desde donde van a ocurrir dos acciones intelectuales fundamentales: la construcción de la subjetividad y la producción del discurso literario.
En cuanto a la subjetividad, eso ocurre con la reflexión sobre los objetos y sobre la coexistencia con ellos, como lo vimos en los versos anteriores. En muchos casos, ellos tienen una condición de visualidad propia. Sucede por ejemplo con los espejos, con los cuales el sujeto establece requisas y diálogos para pactar o disentir sobre la unicidad del yo: “me lavo la cara, veo y le digo al espejo: ‘Tú no sabes leer’” (44).
Casi la totalidad del libro se sostiene en este presente y en sus verbos efectivos y a veces tan agobiantes. No obstante, otro dispositivo visual proyecta la construcción de la subjetividad hacia otro tiempo. Las fotografías trasladan hacia el pasado la memoria reconstruida dentro de ese mismo ritmo de caos y orden. Esto ocurre, por ejemplo, en el poema “La película” (30).
En él, estamos en un pasado reciente y acudimos a la ausencia de la mujer, de la compañera. Sólo la fotografía y la memoria poco fidedigna la atrae. De ella sólo tenemos el sesgo breve de su foto y su accionar en el poema donde otras imágenes refractarias se presentan, como las compartidas de la pantalla del cine y del televisor. Son memorias de imágenes en el juego casi infinito de ecos, convertido en un rasgo del estilo del poemario.
Este es un pasado reciente; sin embargo, las fotografías también reconstruyen uno más remoto fundado en la infancia, como sucede en “El fotógrafo del bautizo” (29). El vínculo con la infancia es parte de la construcción de esta subjetividad. En este caso la fotografía ayuda, pero en otros casos es sólo la memoria la que atrae a los padres ausentes.
*
En el poemario, la subjetividad se funda en el saber intelectual, tejido en la práctica de pensar, leer y escribir.
En mi habitación
sólo hay libros, prólogos
subrayados, ideas y álbumes.
Finales de novela
divididos según la realidad
apoteósica y familiar.
Desde esa intimidad, se produce un muy particular acercamiento con la cultura presente en los libros y en las películas. De tal manera que los registros pasan desde la filosofía (Celan, Heráclito, Hobbes, Kant, Spinoza, Santo Tomás, presocráticos, cínicos) a narradores y poetas (Conrad, Kavafis, Papini, Proust, Joyce, Woolf, Gallegos, Vallejo).
Gran parte de la poesía contemporánea es autorreferencial y con este proceso marca sus dudas y certezas. Imprime las maneras en que se produce esa enunciación, pero también describe su poética. A nada de esto es ajeno este libro donde el verbo escribir en sus diferentes formas se repite con larga insistencia. De esta reflexión sobre la escritura se podrían dilucidar varias aspectos. Primero, de qué se escribe. En este sentido, el poema “Comienzo medio y final” es casi una poética: “Escribo sobre lo que veo e intento volver a vivir”, “Escribo sobre el día que mandé a quitar esa persiana”, “Escribo sobre el olvido de los otros” (9).
Una especie de indagatoria documental y objetiva que en realidad no cumple el libro en su transfigurar la cotidianidad en ficción. Como siempre, se discurre sobre la memoria como oficio entre evocador y perdido, y también sobre la improbabilidad de la empatía.
Otro asunto es la autorreflexión de cómo se articula la escritura, construyendo un estilo. En este sentido, versos como estos son justos:
Escribo, convierto los segundos en palabras
con sonidos de marcha nupcial y rompeolas (16).
De tal manera que lo transitorio se detiene en la imagen y el sonido de los poemas. Sobre todo, en el sonido convertido en ritmo de lo visto y vivido.
Una ciudad de provincia
Toda ventana es siempre contingencia de apertura y en el poemario ella se abre con frecuencia a un exterior desde donde apreciamos a Maracay. Acudimos a la ciudad, sólo que dispuesta en una construcción menos detallista y más fragmentaria, calidad propia del libro.
Se sitúa así en la tradición de estos valles de Aragua o de Maracay. Pero, al hacerlo, se aleja de una poesía bucólica y nostálgica ya registrada en los poetas de comienzos del siglo XX, como el celebrado en su momento Sergio Medina, o en los grandes continuadores de esa tradición bellista.
Ahora ya no hay nada del verde prado:
sobre mil toneladas de cemento. Es mediodía.
La soledad pulida de los carros
enciende destellos bajo la influencia
de algún planeta que un día acabará con todo esto (9).
Pero tampoco es la cosmópolis del caos y la velocidad, la ciudad congestionada de la modernidad y la transformación vertiginosa. Es una más humilde de provincia, donde todos parecen conocerse y donde mucho de insólito y de pueblo se mantiene. Donde las locaciones se niegan a llamarse avenidas, palabra ausente en el texto, y más bien acuden las más parroquiales de calles.
Nombrar esta ciudad es una de las virtudes de la propuesta estética de Carrero. Ya estaba en sus poemarios anteriores, sobre todo en el primero, Otro futuro o nada (2020). Sin embargo, en El alumno de la ventana resurge en sus versos, aunque menos expuesta y más tamizada.
Así establece ese diálogo de herencia citadina con escritores más contemporáneos como Harry Almela, uno de los habitantes más complejos de estos alrededores de la Santos Michelena. Pero otros también atendieron el mismo llamado en sus versos, como Aly Pérez, malogrado tan joven, Alberto Hernández, Efrén Barazarte o Erasmo Fernández, quien recorre la plaza Girardot y ve a un demente peleando con un poste. A esta estirpe pertenece esta poesía de Rubén Darío Carrero cuando dice: “Tanteo la oscuridad del libre albedrío en la calle Santos Michelena”.
Pero su estilo distraído y abstraído acata también esa visualidad donde el montaje propio de lo cinematográfico acompaña el sondeo de las cosas y de la ciudad.
Maracay parece una boda sin Dios.
En esta ciudad fui agnóstico, ateo y budista (44).
El ritmo de mi prosa nerviosa
La versificación es asunto importante y cuidado en toda la obra de Rubén Darío Carrero. En su anterior poemario, Algo le pasa al tiempo (2003), la cuestión se resolvía en un experimento concretado en la frecuentación de versos breves y, sobre todo, en un sonido particular, y lo que esto podría generar no sólo como ritmo sino como recurso semántico y sintáctico.
En El alumno de la ventana se dice: “con sonidos de marcha nupcial y rompeolas”. Y así, a lo largo del texto se precisa esta particularidad rítmica, al proponer un recorrido por diferentes longitudes del verso. Vemos cómo ese sujeto construye una morada en el ritmo al ensamblar fragmentos diferentes en las longitudes versales; por ejemplo en los breves, donde hay una propiedad apodíctica o sentenciosa, y en largos versos con carácter narrativo. “El ritmo de mi prosa nerviosa”, se dice en un poema, y así define de manera certera el estilo de todo el libro. Esta subjetividad busca cierto orden, pero para lograrlo ofrece un panorama sumamente llamativo de desconcierto.
Este libro exige un esfuerzo atento del lector, pues no se entrega como transparencia, sino como un montaje, donde la ventana se convierte en metáfora de aprendizaje: mirar desde el desconcierto, habitar la incertidumbre y descubrir que la poesía es siempre un ejercicio de apertura hacia lo múltiple o misterioso.
Para terminar, digamos que, a diferencia de lo que pensaba Alberti sobre la ventana y la pintura —transparencia y orden—, aquí se nos ofrece un marco distinto: opaco, fragmentario, y con frecuencia desconcertante. Así, este alumno nos enseña a mirar y habitar desde la incertidumbre una subjetividad construida entre la memoria y el presente.
Referencias
- Alberti, Leon Battista, Tratado de pintura (1998). México: Universidad Autónoma Metropolitana de Azcapotzalco.
- Béjar, Helena (1995). “El ámbito de lo íntimo: privacidad, individualismo y modernidad”. Madrid: Alianza.
- Carrero, Rubén Darío (2025). El alumno de la ventana. Caracas: Dcir Ediciones.
- Machado, Luz (1965). La casa por dentro. Caracas: Editorial Sucre.
- Murillo, Soledad. El mito de la vida privada: de la entrega al tiempo propio. Madrid: Siglo XXI.
- Habitar, mirar y escribir desde la incertidumbre
(sobre el poemario El alumno de la ventana, de Rubén Darío Carrero) - sábado 6 de diciembre de 2025 - El pliegue de la luz - viernes 18 de abril de 2025
- Dejándose llevar por los atrapanieblas
(sobre Atrapanieblas, de Denise Armitano Cárdenas) - sábado 24 de febrero de 2024
Notas
- “Antes que nada [trataré acerca del lugar] donde voy a dibujar. [Primero] inscribo un rectángulo de ángulos rectos tan grande como lo desee, el cual se considera que es una ventana abierta a través de la cual veo lo que quiero pintar”. Alberti, Leon Battista, Tratado de pintura (1998). México: Universidad Autónoma Metropolitana de Azcapotzalco.
- “Aparecían en ella todas las cosas de este mundo íntimo y específico del Ama, de la Dueña de casa, en trato continuo e inmediato con los objetos que la rodean... Entre tanto vi aparecer las ‘odas elementales’ de Neruda, con poemas sobre motivos iguales, alguno de los cuales rompí, naturalmente...” (5). Machado, Luz (1965). La casa por dentro. Caracas: Editorial Sucre.


