
La novela Junto al umbral, de Antonio Martínez Velasco, imprecisamente podría ubicarse dentro de la literatura en exilio, que ha caracterizado la narrativa venezolana en el siglo XXI, así como impreciso sería envolverla en los pesados velos de una nostalgia que ciertamente brinda alma a su escritura, mas no frena el dinamismo de una trama que cobra renovados impulsos en cada giro de la historia.
Ciertamente se trata de un “retorno a casa” a través de la creación, intentando comprender a un país que relativamente ha dejado a lo lejos, tomando en cuenta esa facultad de la tecnología de burlar distancias, pero el autor lo hace desde un punto determinado de la historia venezolana, y desde una visión mítica del alma nativa, que esa ubicación espaciotemporal de la lectura ciertamente permite revelar.
En la Venezuela de principios del siglo XX, marco histórico de Junto al umbral, la ciencia y la magia acordaban colaboraciones para ahondar en el misterio, animadas ambas por la intención de abordar las imperativas fuerzas ignotas que escriben destinos en el universo. Abrir puertas o ventanas —según el caso y los designios— no ha sido a pura voluntad y cálculo del curioso, quien al fin y al cabo no puede desprenderse de una oscura trama decidida por el más allá, que apenas a capricho se le insinúa.

Junto al umbral
Antonio Martínez Velasco
Novela
Editorial Círculo Rojo
Almería (España), 2025
ISBN: 979-1370236045
734 páginas
Puerta, ventana, claraboya, o simplemente “hueco” —y su mantra gemelo en inglés, hole—, son designaciones para exorcizar el pavor que nos causa el “umbral” o su metáfora, el “limbo”, esa no-región, no-existencia, más terrorífica que la misma muerte, que el mismo trance, o la locura. Un pánico inspirado por su tentación al escape, o porque al resquebrajar la realidad acusa su inconsistencia.
Un poeta, por no decir un místico, como William Blake, escribió, desafiando de alguna manera a Kant y a Hume: “If the doors of perception were cleansed, everything would appear to man as it is: infinite”. De alguna manera la escritura de Antonio Martínez Velasco pide acceso al infinito, y de alguna manera se le concede.
El miedo a las circunstancias políticas del régimen opresor de Juan Vicente Gómez, y el miedo a lo “oculto” —categoría más profunda que “lo desconocido”—, van forjando el clima de suspense que atrapa al lector hasta llegar a la última línea de la novela. Por eso decimos que el autor explora la potencialidad narrativa de su propia nostalgia, de situarse en un marco histórico y social acotado, para lanzar el trazo preciso dibujando personajes, ambientes y ficciones.
El protagonista central de la novela, Lorenzo, caerá en cuenta a lo largo de la narración de que sus atributos paranormales constituyen más una burla del destino que una bendición, y disponiendo de otras perspectivas, entre las cuales la ciencia se alza con la autoridad de lo exhaustivo, iniciará con la ayuda de sus amigos Néstor y Mentor el tortuoso camino de la explicación.
Para entender de qué va Junto al umbral, hemos de situarnos en la Caracas del siglo XX con pretensiones de metrópoli, y que va tomando un perfil cosmopolita a partir de las migraciones internas, en especial la de la población andina, que ha aceptado los seductores guiños del poder político, y las migraciones externas que reconocen en el país una fortuna ignorada por la gran mayoría de sus habitantes. Y en medio de todo eso operaba, más con astucia que con inteligencia académica, Gómez desde las tinieblas, para lo cual se hacía de los buenos servicios de las mentes más brillantes del país, aunque hay quienes dicen que también negociaba con instancias malignas, a través de las artes mágicas de Eloy Tarazona, “el Brujo de los Andes”.
De otra parte, deberíamos ampliar el marco referencial de la lectura y considerar la enorme crisis religiosa de esa época, cuyos vacíos interpretativos llenaban las ideas espiritistas y teosóficas, que asumían por ejemplo la electricidad como la realización del sueño del demiurgo de controlar la realidad desde la distancia, el atajo inmediato a lo que creíamos lejano, y la manipulación de la fuerza destructiva del rayo, que H. G. Wells usaría como terrorífico motivo en La guerra de los mundos.
La afinidad más inmediata que podemos hallar entre el autor, Antonio Martínez Velasco, y el personaje Lorenzo, está en que comparten lugar de nacimiento, el estado Táchira, entre los límites de Colombia y Venezuela. El escritor terminaría en tierras teutonas más por caprichosos designios de la Providencia, hace ya un par de décadas, que por los motivos ampliamente difundidos que luego empujarían el éxodo masivo de los venezolanos años después. Una coyuntura personal guiaría sus pasos a la Biblioteca del Instituto Iberoamericano de Berlín —un laberinto que fue su refugió como en su juventud lo fue la biblioteca de su natal San Cristóbal— para reencontrarse con un idioma, el español; una literatura, la de las grandes firmas hispanoamericanas, y una vocación por la escritura, que lo acompaña hasta el día de hoy.
Entonces en la andadura de Junto al umbral va armando una geografía íntima, a la cual contribuyó su personal investigación sobre la llamada “Caracas de los techos rojos” cuya juventud en rebeldía, la vivida por sus personajes, irá a encontrar ecos en la Venezuela política del siglo XXI. Tras la apariencia de modernidad, el pensamiento mitomágico prevalece para interpretar el acaecer narrativo, y resurge en el caso de la novela como motivo para conectar al lector, desde la razón y la emoción, con personajes y hechos. El autor se soslaya en ese viaje mental por el tiempo, involucrándose con una sociedad y un anecdotario, pero yendo más allá hasta auscultar sus anhelos, sus temores y sus creencias.
En tiempos de sospechas narrativas ante narrativas generadas por inteligencia artificial, Antonio Martínez Velasco con Junto al umbral nos permite reconocer las claves del estilo “humano”, el que siente una querencia por sus personajes, el de la mirada detenida en una época y se recrea transitándola, y por supuesto en lograr un ritmo profundo de la trama, al son del latido su protagonista, hasta agotar el aliento en la línea final.
Un personaje como Lorenzo representa el deseo inconfesable de todo escritor: que sus sueños transiten de la letra a la realidad, pero también su más terrible miedo: que somos simples marionetas de ellos.
- Umbrales que habitamos
(sobre Junto al umbral, de Antonio Martínez Velasco) - sábado 1 de agosto de 2026


