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Japoneses en Acapulco

sábado 28 de mayo de 2016
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I

Mamiko y Kumiko llegaron al hotel, después de viajar en taxi desde el aeropuerto. Una vez allí, esperaron a que sus novios hicieran el trámite de registro en la recepción, y las guiaran hasta sus habitaciones. Quizá el término “novios” no es el más adecuado para describir a ese par de muchachos delgados, de piel color mantequilla, que preguntaban al staff, en una mezcla de inglés y japonés, si el hotel contaba con caja fuerte para resguardar sus pertenencias.

A pesar de ser un par de mujeres solteras independientes, las japonesas no se habían atrevido a viajar a México sin compañía masculina. Kumiko, la más desinhibida de las chicas, le había pedido a su novio acompañarla, y encontrar un amigo dispuesto a fungir como guardaespaldas.

—Mami-chan, Kumi-chan —llamaron los chicos—. Las habitaciones están listas —extendiendo hacia ellas las tarjetas electrónicas de acceso a sus cuartos. “Chan” es una partícula que se utiliza, en idioma japonés, para marcar los diminutivos de los nombres. En especial, los de las mujeres.

Mamiko y Kumiko eran estudiantes de una famosa universidad de Tokio. Ambas se especializaban en Artes, y habían preparado un proyecto que recreaba los viajes que Hasekura había realizado entre los años 1613 y 1616.

Kumi, que estaba cansada por el viaje, arrebató una de las llaves.

—Vamos, Mami —le dijo a su compañera—, compartiremos el cuarto —poniéndose de pie y rodando su maleta hasta la puerta del elevador.

Mami, que era más tímida, obedeció sin chistar y abandonó el sillón del lobby despidiéndose con un suave “mata nee”, sin hacer contacto visual con los muchachos, quienes quedaron de pie, un poco atónitos, agitando los dedos de la mano en señal de despedida.

No había tiempo para “novios”. Había mucho por hacer. Ese día, por la tarde, las universitarias tenían que estar presentes en la inauguración de la exposición “Fe de otro mundo”, una muestra artística que reunía diversos trabajos relativos a la vida de Tsunenaga Hasekura (1571-1622), primer diplomático japonés en desembarcar en el puerto de Acapulco.

Mamiko y Kumiko eran estudiantes de una famosa universidad de Tokio. Ambas se especializaban en Artes, y habían preparado un proyecto que recreaba los viajes que Hasekura había realizado entre los años 1613 y 1616.

Para Kumi, quien gustaba de viajar al extranjero, la historia del primer samurái en haber llegado a Europa le parecía interesante. Para Mami, quien había cursado su educación inicial en un colegio católico, la historia del primer samurái en bautizarse le parecía fascinante. Gracias a sus lecturas y a la consulta de sus profesores, las chicas organizaron los eventos de la siguiente manera:

El 28 de octubre de 1613, Tsunenaga Hasekura zarpó de Sendai, una ciudad al noreste de Japón, a bordo del San Juan Bautista, bajo las órdenes de Masamune Date, gobernante de la región de Tōhoku, con 180 hombres a su mando. El samurái buscaba llegar a Roma, a través de la Nueva España, para establecer relaciones político-comerciales con la curia romana.

Después de tres meses de navegación, con una escala breve en California, Hasekura y sus hombres anclaron en la Bahía de Acapulco. Allí esperaron un par de meses a que las autoridades del Virreinato les otorgaran permiso para desembarcar, y para transitar, por tierra, hasta la Ciudad de México. Mientras tanto, negociaron con los lugareños algunos objetos japoneses nunca antes vistos: biombos (en japonés, byōbu), catanas (en japonés, katana), y huaraches (en japonés, waraji).

A diferencia de otros japoneses que habían visitado con anterioridad la Ciudad de México, los hombres de Hasekura eran creyentes católicos, y varios de ellos pidieron ser bautizados antes de partir a Europa. Hasekura no quiso formar parte de la ceremonia ya que deseaba ser bautizado en Roma. Sin embargo, en España, mientras esperaba la autorización para poder visitar la Santa Sede, Hasekura decidió dar una muestra de su fe, y asumir el sacramento católico, poniéndose como nombre Felipe Francisco, en lugar de Tsunenaga.

En Roma, Hasekura se entrevistó con el papa Paulo V, a quien le ofreció extender la práctica de la religión católica en Japón a cambio de un tratado comercial con la Nueva España. El Papa accedió al envío de misioneros al país del sol naciente, pero rechazó firmar cualquier acuerdo comercial con él. Le delegó la responsabilidad de acordar un tratado de esa índole al rey Felipe III de España.

Sin embargo, de manera fatídica, mientras Hasekura estaba en Roma, en Japón el nuevo shogun Ieyasu Tokugawa promulgaba las primeras leyes que prohibían la práctica del cristianismo. A la postre, todos los religiosos extranjeros fueron expulsados del territorio japonés, y los practicantes locales que se rehusaron a obedecer, como los católicos de Shimabara, fueron aniquilados.

—Una historia fascinante, ¿no lo crees? —le había dicho Mami a su amiga, una tarde en la cafetería del campus en el que estudiaban.

Kumiko no sabía qué responder. Pese a sus estudios, no entendía cabalmente por qué un gobernante había decidido prohibir una religión; menos aún, por qué había condenado a muerte a todos sus practicantes.

—Este año, en México, se celebra el 400º aniversario del arribo de Hasekura a Acapulco, porque, curiosamente, su visita marca el inicio formal de las relaciones diplomáticas entre México y Japón —había explicado Mami, soltando un suspiro. Frente a ella, sobre la mesa de la cafetería, yacía un folleto con la convocatoria para participar en un concurso relativo a dicha celebración. Kumiko lo miró intrigada. Notó que el primer premio, además de la exhibición de la obra ganadora, era un viaje a Acapulco con todos los gastos pagados.

—¡Hagamos un proyecto, Mami! —le propuso, de repente, a su amiga—. Si ganamos, ¡podremos visitar México! —pensando en comer tacos, tomar cerveza, beber tequila—. Y por supuesto, exponer, por primera vez, ¡en el extranjero! —estrechando sus manos, visiblemente emocionada.

Al principio, Mami no se sintió convencida de poder competir con el resto de los estudiantes de Arte interesados en la convocatoria. Pero, tras meditarlo unos días, se dio cuenta de que muy pocos japoneses tendrían la motivación para presentar su trabajo. Tuvo razón: ganaron.

Mami hizo la investigación. Kumi, el diseño de las piezas: un mapamundi rústico que incluía las divisiones políticas de Japón y de Nueva España en el siglo XVII; una reproducción del San Juan Bautista, originalmente llamado Date Maru; los perfiles de los hombres (soldados y marineros) a cargo de Tsunenaga; y por supuesto, una efigie del enviado samurái, vestido con ropas tradicionales (juban, kimono, hakama, tabi) además de sus espadas. El novio de Kumi había articulado las piezas, logrando crear una simulación del viaje. Todo había sido fotografiado, puesto en video, grabado en un disco compacto, y enviado, por correo certificado, a México. Ahora los japoneses tenían que supervisar el montaje de su exhibición. Y se hacía tarde.

 

II

Por la ventana del cuarto de hotel se alcanzaba a colar el ruido de los automóviles transitando por la Costera “Miguel Alemán”, la avenida más famosa de Acapulco: el run-run de los motores diesel, el klin-klin de los neumáticos al pasar sobre las tapas metálicas de las alcantarillas, y el fuu-fuu de los escapes de los vehículos que esperaban, detenidos, en los semáforos.

El cuarto que habían dado a las muchachas, en el front desk, no tenía vista al mar sino a la montaña. Kumiko había abierto la ventana y fumaba un cigarrillo, en el balcón, mirando el panorama. El verdor del parque “Papagayo” contrastaba con los tonos grises de las viviendas urbanas edificadas detrás de él: un enjambre arisco de cemento, varilla y tabicón.

Sonó el teléfono. Mamiko tomó la bocina. Era el señor Hirakawa, un arquitecto japonés que llevaba algunos años viviendo en México. Era la primera vez que oía su voz. Parecía viejo. “Hirakawa-sensei”, decía Mamiko, al dirigirse a él, con reverencia. Y el viejo, endulzando la voz como un abuelo, le preguntó a Mami por los pormenores del viaje.

Kumi dejó su cigarrillo y regresó a la habitación para escuchar mejor la conversación que mantenía su amiga. Hirakawa era el coordinador general de la exposición “Fe de otro mundo”, y se disculpaba por no haberlas recibido personalmente en el aeropuerto. Tenía una agenda con múltiples actividades.

El profesor anunció que la exposición tendría lugar en el Centro Cultural “Acapulco”, un recinto ubicado a 10 minutos en auto desde el hotel en el que se habían hospedado. La inauguración de la muestra artística estaba programada a las siete de la noche, pero todos los exponentes debían presentarse una hora antes en el lobby de la galería. “Lleguen temprano”, recomendó el profesor, como si diera instrucciones a un par de sus alumnas. “Pidan, en la recepción del hotel, un taxi, indicando claramente su destino… El transporte del hotel los llevará seguros hasta la galería… Por ningún motivo aborden taxis en la vía pública… No acepten la ayuda de personas desconocidas, así se muestren amigables… En caso de una emergencia, no busquen auxilio de la policía… Cualquier situación, por más insignificante que sea, repórtenla conmigo…”.

Las chicas quedaron en shock. ¿Por qué tantos consejos? ¿Por qué tantas precauciones? ¿Qué era lo que ocurría, en verdad, en Acapulco?

Kumi se sintió oprimida, y se llevó un cigarrillo a la boca. Estaba a punto de volver a salir al balcón para fumar, cuando la voz áspera de Hirakawa la interrumpió:

—Finalmente, hay una situación que debo comentarles… —murmuró, por el altavoz, un poco preocupado—. El día de hoy, por la tarde, habrá una manifestación a cargo de un grupo de profesores que se encuentran inconformes con las políticas del gobierno… —tosió un poco—. Tengan cuidado: aunque este tipo de demostraciones se encuentran encabezadas por docentes, estudiantes y padres de familia, se tienden a tornar violentas…

Las chicas se consternaron. Después de haber formado parte de varias manifestaciones en Tokio, no entendían cómo una marcha pacífica podía derivar en violencia.

—Debo colgar —anunció el profesor, apresurado—. Anoten, por favor, mi número telefónico…

 

III

El Centro Cultural “Acapulco” era un complejo de edificios, rodeado de árboles y palmeras, cuyos techos de lozas verdes semejaban pagodas budistas modernas. En el edificio principal estaba la galería donde un par de trabajadores cuidaban los últimos detalles de la exposición. A ambos lados de la entrada había bastidores pequeños con las lonas de vinil que promocionaban el evento. La imagen del cartel estaba compuesta por la efigie de Tsunenaga Hasekura, en primer plano, postrado de rodillas frente a un crucifijo dorado, con un rosario católico en las manos; y en el fondo, dos barcos tipo carabela flotando en un mar azul añil con las velas abiertas…

—Son el San José y el San Juan Bautista —dijo Mami, emocionada, al reconocer la iconografía.

—Una adaptación muy vulgar —refunfuñó Kumiko, despectiva—, de seguro es el trabajo que quedó en tercer lugar del concurso…

Desde el fondo de la sala, un viejo canoso y triste, vestido de traje sastre, reconoció el idioma japonés de los muchachos, y mandó a su ayudante a recibirlos.

—Bienvenidos —dijo sonriente, en español, un hombre de ojos rasgados, muy quemado por el sol, que usaba una guayabera—. Yōkoso irasshaimasu —repitió, en japonés, para mostrar su ascendencia—: soy Aikawa Fumi, asistente del profesor Hirakawa, mucho gusto en conocerlos —haciendo una reverencia. Los chicos inclinaron sus cabezas—. Pasen, pasen —prosiguió Aikawa, invitándolos al fondo de la galería—. Miren cómo ha quedado su instalación —extendiendo la mano derecha.

México era una colonia española… Por eso, Hasekura quería llegar a Europa: para negociar con los dueños de estas tierras…

De extremo a extremo del salón de la galería, una serie de poleas elevaban por los aires los móviles que las chicas japonesas habían diseñado y construido. El pequeño San Juan Bautista, elaborado con madera, a tres dimensiones, iba y venía desde Sendai a Acapulco. Sobre su cubierta, un puñado de hombrecillos se esparcía de popa a proa, realizando, cada uno, diferentes tareas. Todos ellos animados, cual si fueran marionetas, y caracterizados según los registros de la vida cotidiana en el siglo XVII. Tsunenaga Hasekura estaba de pie en el puente de mando, sosteniendo su espada samurái con una mano, aún en vaina, con una pose de conquistador más que de diplomático.

—¿Te imaginas que el Bakufu hubiera decidido invadir México en lugar de Corea? —preguntó, socarronamente, Koji a su amigo Ken.

—Jejeje —rio Kentarō—, en esa época México ni existía…

—Así es —anotó Kumi, molesta—, México era una colonia española… Por eso, Hasekura quería llegar a Europa: para negociar con los dueños de estas tierras…

—Unas tierras muy ricas, por cierto —comentó Aikawa, condescendiente—: más de 500 años explotadas, y aún siguen produciendo riqueza.

—¿Usted vive en Acapulco, sensei? —inquirió Mami, un poco tímida.

—Desde hace varios años… —comentó el japonés, con la mirada perdida en las memorias—. El profesor Hirakawa y yo fuimos invitados a México, por una compañía japonesa, a principios de la década de 1970. Teníamos varios proyectos en Guerrero —su rostro que se cubre de nostalgia—: en Taxco, en Iguala, en Acapulco… Pero, desde que el profesor Hirakawa se enamoró de la bahía, decidimos vivir aquí —explicó, con una sonrisa.

—¿Es su primera vez en Acapulco? —les preguntó, en inglés, a los jóvenes, un trabajador del centro cultural que se había acercado a ellos, atraído por la conversación en japonés que no entendía.

Yes —replicó Mami.

Yes —contestó Kumi.

Yes, yes, of course —terció, un poco molesto, Kentarō.

—Claro que shi, amigou! —bromeó, en un mal español, Koji.

Todos rieron. Intrigado por las risas, Hirakawa apareció en la recepción. Se presentó a los muchachos, haciendo una reverencia. Dijo su nombre completo, y su cargo en el proyecto de la muestra. Luego, les preguntó a los artistas si estaban conformes con el montaje de sus piezas. Mami y Kumi respondieron que sí. Koji preguntó si, por la noche, las piezas estarían iluminadas. Recibió una respuesta afirmativa. Entonces, Aikawa expuso los aspectos técnicos del recinto, del montaje, y de la exhibición en su conjunto. Todos le escucharon atentos. No hubo preguntas. Hirakawa explicó, entonces, el protocolo a seguir en la inauguración. Era un acto importante. Se esperaba la presencia del embajador de Japón en México, y del presidente municipal de Acapulco. Habría presencia de medios tanto de México como de Japón. Posiblemente, después de cortar el listón inaugural, se realizarían entrevistas con los ganadores del concurso. Había tres ganadores, pero solo Kumi y Mami, junto con Koji y Ken, habían sido premiados con aquel viaje a Acapulco.

Recordando el comentario de Kumi sobre el cartel de la expo, Kentarō preguntó:

—¿Por qué decidieron usar esa obra (tan fea) para promover la exhibición, Maestro?

Aikawa y Hirakawa voltearon a verse, confundidos, tratando de encontrar una respuesta. “Fe de otro mundo” era un proyecto de origen japonés que había sufrido diversas modificaciones a lo largo de su implementación y desarrollo. Sobre todo, después de haber sido presentado a los burócratas de la Ciudad de México, quienes, lamentablemente, asumieron decisiones que no les correspondían. La elección de la imagen del cartel había sido, por supuesto, una de ellas.

—Esa pintura al óleo es la única obra con temática religiosa de la muestra —acotó Aikawa, políticamente correcto—. Ninguna otra obra de la exposición refleja ese fervor religioso que empujó a Hasekura al cristianismo… a bautizarse… a renunciar a su nombre japonés… a viajar a Roma…

Mamiko asintió, varias veces, moviendo la cabeza hacia el frente. Las palabras de Aikawa-sensei reflejaban, a la perfección, lo que ella pensaba sobre la vida de Hasekura. El resto de sus compañeros no se mostraron convencidos con el discurso. Pero, como no hubo más preguntas ni comentarios, Hirakawa se disculpó con los presentes y pasó al fondo de la galería para seguir revisando los pormenores de la exhibición. De pronto entraron otras personas en la sala y Aikawa los recibió, tal como había hecho con los jóvenes universitarios, realizando reverencias y hablándoles en japonés.

 

IV

Comenzaba a anochecer, y las luminarias se habían encendido. También, las luces de la galería. Mamiko seguía conversando con Aikawa, y otro par de japoneses, en el vestíbulo. Kumiko deambulaba por la sala, algo aburrida: tenía hambre, y estaba esperando a que terminara de instalarse el catering para probar un bocadillo. Koji y Ken habían salido a fumar cerca de una jardinera, mientras miraban llegar al resto de los invitados al evento. Una mujer de saco y minifalda se acercó a ellos, y les preguntó, en español, si eran parte de los artistas que expondrían. Koji respondió que no, y señaló hacia la entrada de la galería.

—Mamiko, Mamiko… search for Mamiko —agregó Kentarō, en inglés, consciente de que su amiga era quien podría responder mejor las preguntas sobre su obra. La mujer agradeció, y caminó hacia el salón principal, en cuya entrada halló a Kumiko, saboreando una rebanada de pizza. Sin confirmar su identidad, se acercó a ella, le preguntó si era una de las artistas invitadas, y le pidió, entonces, iniciar una entrevista. Kumiko se sorprendió del estilo tan directo de la comunicadora, pero no se negó a complacerla. Haciendo señas a Aikawa, Kumiko le solicitó ayuda en la traducción.

Un par de minutos después, el embajador de Japón cruzó la puerta del centro cultural. Sorprendido de que nadie saliera a recibirle, caminó por la explanada hasta toparse con Ken y Koji, a quienes, después de saludar formalmente, preguntó por Hirakawa. Kentarō salió en búsqueda del profesor, apresurado, anunciando la presencia del diplomático japonés a las personas reunidas en la galería. Al escuchar la noticia, la reportera que había estado importunando a Kumi decidió cancelar la entrevista. Mandó a su camarógrafo y a su microfonista a donde estaba el embajador. Y tras unos minutos de espera, lograron grabar en video a Hirakawa dando la bienvenida al diplomático con una reverencia prolongada.

Kumiko, que se sintió despreciada, se retiró de la galería, no sin antes tomar otra rebanada de pizza. Caminó hasta un extremo del centro cultural, donde una reja verde marcaba el perímetro, y pudo ver, a lo lejos, un grupo de manifestantes que se acercaba caminando sobre la Costera “Miguel Alemán”: eran las personas que habían participado en la manifestación de la que les había puesto en advertencia Hirakawa.

Asustada, Kumiko reportó a Aikawa el hallazgo, quien, de inmediato, como medida de precaución, mandó a cerrar los accesos al recinto.

“¿Qué evento es?”, preguntó una adolescente, acercándose a la verja. “Es una exposición de pinturas”, dijo una chica que había visto los carteles de la muestra. “¿Ya está cerrado?”, preguntó una mujer muy delgada que cargaba un bebé en brazos. “Adentro, se ve luz”, dijo un muchacho. “Hay una mesa con comida”, señaló un chico. “¿Es un evento privado?”, preguntó otra señora. “Se ve gente elegante”, indicó una más. “No pueden negarnos la entrada”, vociferó un hombre, bravo, “¡El centro cultural es del pueblo!”.

—Por favor, retírense —pidió uno de los trabajadores de la casa de cultura a la muchedumbre.

—¡Déjenos pasar! —gritaban algunas señoras.

—¡Danos algo de comer! —replicaron los jóvenes.

—¡No pueden hacernos esto! ¡El centro cultural es del pueblo! —vocingleraban los hombres.

El ruido de la protesta llegó hasta el lugar donde se encontraban los reporteros quienes, de inmediato, mandaron luces, cámaras y micrófonos a los inconformes. Al sentir la luz sobre sus rostros, los manifestantes comenzaron a actuar de manera violenta. Sosteniendo la reja que rodeaba el centro cultural, comenzaron a empujarla, con la finalidad de vencerla. Una señora comenzó a gritar consignas, mientras un par de jóvenes daban patadas a la puerta que cubría el acceso al centro.

Mamiko y Fumi estaban desconcertados. ¿Cómo era posible que los manifestantes se sintieran atraídos, de manera tan negativa, por un evento artístico? Aikawa trató de dialogar con las personas que seguían, furibundos, pateando la puerta. Pero, en cuanto las luces de los camarógrafos lo enfocaron, el resto de los inconformes vertieron su cólera sobre él.

—¡Maldito burgués de mierda! —le espetó un joven, y prosiguió a lanzarle un escupo.

—¡Gente como ustedes tiene secuestrada al país! —gritó una señora, a toda garganta.

La flema del manifestante cayó en el rostro del japonés, lo cual lo hizo retroceder, y sacar, de su bolsillo, un pañuelo de tela. Kumiko, que había sido testigo de la escena, salió corriendo hasta la galería, donde encontró los brazos de Koji, y se permitió sollozar, asustada.

—¡Esta es una casa de cultura! —refutó Aikawa a los manifestantes—. ¡No podemos dejarlos pasar si no se tranquilizan! —sin lograr menguar su rabia.

Organizadores e invitados se refugiaron al fondo del salón principal, desde donde vieron a un par de jóvenes cruzar la explanada corriendo, tomar comida del catering y arrojarla sobre los cristales.

Un par de muchachos, embozados, comenzó a escribir consignas políticas con pintura en aerosol sobre la barda perimetral del recinto. Otros más, encaramados, intentaban pasar, por la parte de arriba, la reja. Aikawa se replegó: su mayor preocupación era, ahora, resguardar al embajador. Indicó a todos los trabajadores del centro atrincherarse en la galería. Y, también, salió corriendo hasta ella.

Organizadores e invitados se refugiaron al fondo del salón principal, desde donde vieron a un par de jóvenes cruzar la explanada corriendo, tomar comida del catering y arrojarla sobre los cristales. Un par de jóvenes más comenzó a grafitear, con pintura en aerosol, la puerta de acceso.

En ese momento, un helicóptero de la policía comenzó a sobrevolar la zona, fustigando la ira de los inconformes.

—¡Vayan por la camioneta! ¡Por la camioneta! —dio instrucciones un hombre de bigote negro—. ¡Hay que tirar la reja!

Japoneses y mexicanos habían formado un grupo compacto que murmuraba en voz baja, en español y en japonés, mientras los trabajadores del centro y los organizadores de la expo realizaban llamadas telefónicas de emergencia.

“Nos van a evacuar”, susurró Mami a sus amigos. “Imagino que por helicóptero”, respondió Koji, que sostenía, aún, a Kumi entre sus brazos. “Son como fieras salvajes”, dijo Kenta, refiriéndose a los muchachos que, en aquel momento, golpeaban con un bote de basura y con el fondo de un extintor las paredes de cristal templado de la galería.

Ninguno de ellos parecía entender que, apenas tres meses antes, un grupo de estudiantes había sido interceptado por las fuerzas del orden público (policía y crimen organizado), y había sido desaparecido siguiendo el protocolo que se ocupaba contra terroristas y guerrilleros.

—Se ha informado a las autoridades sobre la emergencia —dijo Aikawa, en japonés—. Vamos a subir al techo de la galería, y a esperar el transporte aéreo que nos llevará hasta afuera… Lo haremos en tandas de ocho personas… Primero, el embajador, y los artistas… Después, los demás invitados…

Los japoneses subieron, en orden, por las escaleras de la galería. Mientras subían, miraron cómo una camioneta blanca echaba abajo la puerta metálica del recinto. El rostro del embajador se veía adusto. Los muchachos estaban muy asustados. Desde lo alto de la galería podían apreciar en conjunto las escenas de vandalismo y destrucción. “¿Qué culpa tenía esa palmera?”, se dijo Mami, mientras veía a un grupo de jóvenes derribar el árbol con una cuerda.

La escotilla que llevaba al helipuerto se encontraba cerrada. Desde fuera, un hombre vestido con uniforme logró abrirla e invitó a subir, uno por uno, por una escalera de mano, a los japoneses. Un taxi aéreo les esperaba. Subieron al aparato y se abrocharon los cinturones. Se relajaron: pronto estarían a salvo. El helicóptero giró sus aspas, por fin, y se elevó sobre la galería. En ese momento, los manifestantes golpeaban la puerta de cristal con la camioneta blanca. “¿Irán a estar bien?”, se preguntó Mami, pensando en Aikawa y Hirakawa. “¿Qué pasará con las obras?”, se dijo, aterrada, Kumi. “Nunca pensé que México fuera tan peligroso”, musitó Ken, abriendo los ojos.

El taxi aéreo incrementó la potencia, y la altura, y todos pudieron ver, desde los aires, las luces de la bahía: aquellas lámparas pequeñitas que, en la profundidad de la noche, resplandecían como incendios.

Christian Emmanuel Hernández Esquivel
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