Más allá de las vacilaciones que tornean las delgadas y susceptibles fronteras de la cómoda seguridad del sentido común, se encuentra la increíble —pero no por ello imposible— historia del hombre que perdió el rostro pero supo conservar su corbata.
Se desvaneció un jueves a la hora del almuerzo. Yo tenía mucho miedo y el spaghetti frío que él llevaba dentro de su tupperware derramado a lo largo de mi diminuta falda. Ni siquiera logró contener un poco su última expresión para alcanzar a reposar una mirada consciente en mis piernas, que aguardaban por él, desnudas y tersas, como se espera el encuentro del destino; el plan fracasó. Fue allí cuando, al despertar después de unos segundos inhumanamente cortos, él ya tenía la cara borrada. Alguien dejó escapar una estrepitosa risa que no tardó en callar. Rostro cincelado a martillazos: polvo y escombros. Desde entonces la alfombra de la sala de descanso adoptó el olor a salsa de jitomate como propio, y ya nadie se ha vuelto a reír de él. Gracias a este pequeño percance logré salir antes de que mi turno terminara, entonces esperé su llamada mientras veía una película sobre una horda de Noppera-bō atacando una aldea japonesa sin nombre, al mismo tiempo que repasaba el contorno de mis fofas piernas con las yemas que, a cada trazo, suplicaban ser de otros dedos.
Lo último que recuerdo de ese episodio fue encontrarme mirando fijamente la misma corbata que llevaba consigo todos los días —de un naranja violento y pastoso que lograba evocar en mí, de manera isocrónica y semisalvaje, una variedad de deseos de asfixia y extirpación— tambalearse como un péndulo descompasado, abrazado a su esquelético cuello, yendo de un lado a otro, interpretando una especie de baile primitivo e independiente a los movimientos de la caída del, hasta entonces, aburrido, amargo y menguante oficinista. El ser más inepto en la tarea de escoger la corbata adecuada. Qué fastidioso resulta el tiempo libre en la oficina. Justo después de que todo se calmara y el péndulo cesara de existir, él dejó de tener rostro y mi envidia fue insoportable. Con él nunca se sabe, con él todo es difuso, secundario, sin importancia, siempre callado y cabizbajo, constantemente empeñado en pasar desapercibido, y apenas hubo acaparado la mirada de todos, nadie supo qué hacer, así que todos actuaron de las peores maneras posibles. Hacía pensar en los simulacros anuales: inútiles cuando las paredes tiemblan y todos gritan.
A lo largo de mi carrera he visto infinidad de casos extraños, incluso difíciles de revivir en la memoria, aún bajo el espectro de la limitada sensibilidad que mi vocación me permite conservar, y sin embargo, el caso del hombre sin cara es el que, hasta la fecha, más ha acaparado mis pensamientos en los momentos de blanco ocio tras un cigarrillo y frente al televisor. El diagnóstico: rostro desfigurado, evaporado, desencajado, borrado y sin indicios de una explicación y, mucho menos, de un regreso. Decirle a un hombre que perdió el rostro, y no tener ni la remota idea del porqué, pareciera un mal sueño, una clase de broma estrafalaria. No podía sacudirme el sentimiento de que en cualquier momento saltaría un muchacho con pantalones de colores llamativos apretando la frágil carne de sus muslos, con una enorme cámara en el hombro proclamando una absurda explicación digna de hollywood. “Es una broma, doctor, por supuesto que lo es, no se preocupe”. Acabados todos los exámenes existentes que la medicina occidental y las circunstancias me han permitido usar, y confirmando científicamente la incapacidad de encontrar una respuesta, se fue a casa. Sé que es absurdo decir lo siguiente teniendo en cuenta su carencia de facciones que lo evidencien, pero jamás había visto a un hombre tan triste.
El terror, el miedo, la angustia, ¿cómo se pierde algo tan esencial de repente, sin aviso y sólo porque sí? Un despertar, un diminuto parpadeo y todo cambió. Hay cosas con las que uno se rinde desde su inicio, y esta es una de ellas. La situación sólo ha servido para evocar mi perfecta racha de mala suerte, ni siquiera tengo el derecho de sorprenderme como lo estoy haciendo. A fuerza de incertidumbre intento sacar mis propias conclusiones, pero el diagnóstico médico es tajante dentro de su propia incomprensión: no tengo rostro, nunca había sucedido antes, y no hay nada que se pueda hacer. Es verdaderamente extraño, me acerco al espejo y puedo ver con espeluznante claridad mis manos, mi cuello, las hebras de mi cabello grasoso, pero al llegar al rostro, nada. Una gran mancha beige, conglomerado monstruoso de tonos claros, tibios. Me provoca una densa rabia observar por un tiempo prolongado las aisladas salpicaduras de materia oscura en donde deberían estar mis ojos, los mismos ojos con los que veo esas manchas, una paradoja orgánica perversa en todos los sentidos. Es difícil retener la idea de que, efectivamente, tengo ojos, que estoy viendo a través de ellos, por ellos, con ellos; que la luz del foco es absorbida y transformada en mis retinas fantasmas, que existen fotones capaces de mantener los procesos regulares de desviación y refracción en unas córneas difusas e inexplicables. La normalidad imperante me aterra, y la claridad es absolutamente aberrante frente a la imagen de esas dos sombras, pinceladas sin sentido, sin talento. Por lo menos los dulcísimos ojos verdeazulados de Betty, desde su puesto en la recepción, no fueron un par de testigos más de mi ridículo accidente. Por lo menos me dieron el día libre. Por lo menos ya no soy tan feo.
No comprendo cómo es que sucedió, y de igual forma no puedo, por más que lo intente, atinar en alguna cuestión lógica, pero sucede que el vecino del piso de arriba, precisamente el mismo que me hace recordar el pausado movimiento anguloso y grotesco de las lombrices cuando sale a trabajar todas las mañanas, se ve extremadamente atractivo el día de hoy. Esa corbata anaranjada combina muy bien con la grumosidad de sus ojos.
Cuando desperté evité a toda costa mi reflejo: el espejo del baño de espaldas, la tostadora de acero inoxidable escondida en el armario de limpieza, que ni se me vaya a ocurrir la locura de utilizar cubiertos de plata y sentenciar mi angustia por medio de un tenedor pobremente lavado. No deseo ver mi mancha-rostro el día de hoy, adopté la típica táctica de utilizar la ignorancia como vía de escape predilecta, además, debo ir a trabajar. El dolor de cabeza permanece desde que me desvanecí frente a Martha, seguramente hice un desastre con mi spaghetti, pero poco importa cuando me es imposible pedir disculpas sin avalar mi arrepentimiento por medio de la contracción de cejas y la desfiguración de mis labios en muecas dolorosas. Estaba ocupado pensando en estas pequeñas obstaculizaciones cuando, abruptamente, me percaté de que, desde que perdí mi rostro, no lo he tocado ni por accidente. Sí acaso paso la mano y siento las curvas de siempre, ¿qué hago?, ¿qué pienso después de eso? Las puntas de los dedos tocan la nada nebulosa, un hueco y el viento gélido de las cuevas salvajes. Devoro mi desayuno con mi espectral boca, ninguna dificultad, las mismas contradicciones. El autobús está por llegar, bajé las escaleras y saludé a la vecina como todos los días, ella me responde el saludo inmediatamente seguido de una ligera sonrisa, inusual en nuestro tácito acuerdo matinal. En el camino pensé, con sarcástica elocuencia, que quizá no es necesario tener rostro para tomar un puesto impersonal en un trabajo impersonal. La cruel naturaleza de los organismos burocráticos es, sorpresivamente, el vehículo del alivio oportuno, y por vez primera, mi trabajo logra disminuir un poco mi inherente ansiedad, en lugar de incrementarla. Inexperto en el terror transfigurado, sospecho que, en realidad, la naturaleza corrompida no es tan desalentadora, ni la agudeza de la incertidumbre tan trágica.
Tal parece que el jefe le ofreció un ascenso injustificado, llevo arrastrando más de siete años aquí, con incontables horas extras y turnos nocturnos amontonándose en mi penosa trayectoria laboral, y lo único que he conseguido es un termo con mis iniciales en él, sin mencionar el insípido café gratis de todas las mañanas. Sabía que esa inusitada envidia, aparentemente injustificada, tenía una obvia pero oculta razón de ser. Estoy pensando que yo también debería deshacerme de mi rostro, aunque sea por unas cuantas semanas.
Hasta el día de hoy no lo había visto antes, forzosamente debe de ser nuevo aquí. Quiero decir, soy la recepcionista, nadie entra sin pasar primero por mí. Debo haber estado muy abstraída en insignificancias estos últimos días, pues su saludo incluía mi nombre, una actuación lo suficientemente fluida y ordinaria, como si llevara años haciéndolo. Esto pareció marcar la pauta. Naturalmente los detalles no importan, de lo que debo hablar es de cómo no puedo dejar de pensar en él desde entonces. Puede que esté un poco esquelético para mi gusto, y esa corbata es horrenda, pero siempre se pueden hacer excepciones, ¿no?
Congeniamos muy bien, hablando con él se tiene la impresión de estar haciéndolo con un pedazo blanco de papel, estoico e impersonal, es imposible saber si observa tu boca moverse en cada frase, todas las implicaciones de una conversación se eliminan y todo el acto se convierte en un momento para verter todo pensamiento sin la posibilidad de alguna repercusión reflejada en el desinterés asomándose en sus pupilas, o encontrarse con una mueca grotesca y desaprobatoria, y así, sin tener que pensar en el otro, surge una insospechada libertad, y se siente bien. Sin embargo, sentarse a comer con él es increíblemente incómodo, incluso un poco enloquecedor, nunca vi a un hombre maduro machacando su comida de ese modo, acercaba la mano repleta de comida, como una garra animal, hacia la extraña masa irreal en donde deberían ir unos labios estrechos y masculinizados, para simplemente verter el alimento y desaparecer, un hoyo negro donde los chícharos y las zanahorias se disuelven para siempre. Yo y los muchachos lo invitamos por un par de tragos al salir de trabajar, por alguna razón todos estamos de acuerdo en que proyecta una especie de simpatía fantástica que nos empuja a querer estar con él.
¿Entiendes que vives en un mundo de espejos?
La ilógica más incisiva. Tengo un hueco en lugar de rostro y, como la perfecta sentencia del más sublime absurdo, la vida me sonríe con todos sus dientes, me aprieta la mano y efusivamente me sacude en una especie de fortuna exenta de toda ponderación prudente de posibilidades. Preludio de un desastre. Mi primer hipótesis se reduce a algún tipo de lástima colectiva, contagiosa. Todos infectados. El jefe con su oferta de dinero doble y una oficina personal sin mayor explicación, Betty respondiendo a mi saludo como si en verdad creyera que soy un ser humano. Después de asistir puntualmente seis días a la semana durante más de tres años seguidos, fue justamente hoy, al tiempo en que mi cabeza está a punto de explotarme y toda la irracionalidad en bruto se condensa sobre mi cuello, cuando decidió dedicarme una sonrisa, y el estremecimiento de piernas no se hizo esperar. A continuación, en los pasillos, las formas alegremente intempestivas de huir de Martha con una sola palabra, y que, sin reproches, acepta mi ausencia como un suceso inevitable, y finalmente mis compañeros de trabajo, tan acostumbrados a digerirme lacónicamente como una sombra de tres dimensiones, se apelmazaron en la entrada de mi nueva oficina para hacerme partícipe de su visita semanal al bar justo después de terminadas las ocho horas obligatorias en los cubículos. El hábito a la desgracia se degrada poco a poco, y sólo entonces me entero de que la vida, la mía, está capacitada para tomar mejores rumbos. Facsímil de felicidad.
Desde que derramó su spaghetti y consiguió su propia oficina, todo con muy poca garantía de permanencia, parece haberse olvidado de mí. No hay refugios en la impotencia. Betty, y todas las demás mujeres que, a destiempo, parecen interesarse por él, son una llaga tras otra. Detrás de sus bellas maneras de ser encuentro un eficaz subterfugio para sentenciarme en mi menoscabado cuerpo, siempre solo, y así sentir la pavorosa consecuencia de no ser realmente atractiva, ni interesante, ni inteligente, ni nada.
Exento de los vergonzosos secretos que ocultan los rostros, el yo se enfría y la enajenación a niveles ontológicos se materializa, finalmente toma su —tu— lugar correspondiente en todas las latitudes.
Tiene un compromiso para esta noche, pero prometió guardar la siguiente exclusivamente para mí. La razón me advierte que desatino al querer entregarme a él tan fácil, el misterio parece marcar la pauta y no me desconcierta decir lo mucho que ansío besar sus caliginosos y desbordantes “labios”. Cuando llego a él, una sonrisa terrible raya de tajo su rostro, las tonalidades se apretujan y extienden por toda su cara, y me vuelvo loca en intenciones inconfesables. La peculiaridad de su infortunio es lo más interesante que ha llegado a mí y planeo apegarme a ello en todas las formas posibles.
La endeble popularidad del anonimato. He decidido dejar de pensar como remedio para tranquilizar la ansiedad, y si me pongo quisquilloso, lograr también eliminar el dolor de cabeza. El desconcierto de decir que aún no he conseguido disipar el malestar psicológico de tener adherida la imagen de mi propia cara en todo pensamiento, hasta el más pequeño se presume borroso. Estoy a una noche de estar a solas con Betty, Betty y mi pasta neblinosa uniéndose como el aceite y el agua, en un restaurante italiano, en un parque a la penumbra, en un motel de neón. Sin embargo, y como si no fuese suficiente, la paranoia ha entrado en el juego sin tentativa de rendición. Todos parecen tratarme diferente, estupendamente, como nunca lo habrían hecho si la lógica se siguiese utilizando como eje central. Es engorroso decidir si es perversa condescendencia o un real sentimiento de complicidad, sea como sea para ellos soy otro, un otro que ninguno sabe, ni quiere, poder reconocer. Aclararme la garganta, hacer vibrar los dedos sin control, marcar la pauta para la ansiedad. En un acto de sabotaje me entrego a la tarea de recordar cómo es que, en un pasado absurdamente cercano, todos y cada uno de mis compañeros manejaban mi presencia como una pústula maligna que había de ser extirpada, era ignorado de formas presumiblemente naturales, como si cada uno tuviese, en lo más hondo de sus cabezas, dictado el axioma de repelerme, de encontrarme insufrible y sin otra alternativa que un repudio ecuménico. Todos excepto Martha. Pero Martha es el elemento de piernas anchas, de piernas acechantes, celulíticas y morbosas, que despierta un incoherente balbuceo, el que sí no evoluciona, sí no llega a apestarse de claridad, produce fastidio, conduce a la inviolabilidad del rechazo. del asco submarino. Pero ahora es diferente, las mujeres adoptan una abrumante coquetería cuando entro en sus campos visuales, los hombres me saludan cortésmente, dejando entrever un dejo de camaradería varonil traducidos en breves pero firmes palmadas en la espalda. Me avergüenza admitir que este ha sido uno de los mejores días de mi vida, y es así a pesar de que mi cuerpo es ahora un albergue de molestias, con cada segundo vivo por muchos hombres, es lo que queda cuando la imagen del yo, la silueta a la que me aferraba cuando encontraba mi rostro en aleatorios espectros de luz, la boya contoneándose quedamente en medio de la nada, se evapora, y leve, me veo defraudado por el horror del insólito, y soy nadie, y soy feliz.
Ya no volverá.
Despierto y el sabor a alcohol parece haber anidado en lo que antes llamaba boca. Dejo fluir mis dedos entre las hebras de mi cabello, intactas de todo misterio, e intento recobrar la compostura extraviada por la noche. Cansado, camino maquinalmente hacia el espejo encima del lavabo, lo giro sin detenerme a preguntarme por qué está volteado, hasta la demencia más profunda se olvida por las mañanas, entonces me encuentro conmigo de nuevo. Hay líneas definidas, terrenales, que me observan estupefacto, por un segundo imagino que es un intruso, un parásito indeseado que sorpresivamente se hace notar entre la piel, pero no es así, observo al hombre como se observa a alguien de un pasado distante, intento encontrar rasgos intactos que enciendan chispas en mi memoria, todos los mecanismos cerebrales trabajando impulsivamente, fuera de tiempo, cuando los amasijos de lagañas lechosas y paralelas siguen asentados en mis ojos. Súbito relampagueo en el pecho. Esa es la palabra clave. Son míos. Soy yo, o eso creo. Salgo de casas y soy, nuevamente, un fantasma. Regreso como de un sueño terrorífico del cual nunca hubiera querido despertar.
Entra a la recepción ajustando su corbata anaranjada, soplando entre los ojos para apartar un mechón fuera de lugar, comezón en la frente y saludo cordial. “Buenos días, Betty, ¿lista para hoy en la noche?”, galanteo desbordante colisionando con un ademán gélido, de espanto. Ella levanta la mirada lentamente, sin apartar el auricular de su oído piensa que esa horrible corbata debe de ser una tendencia marcada por su nuevo hombre, pero a ese pelmazo no le queda, y se enfurece, lo toma como una ofensa y, en consecuencia, le dirige una mirada que destila antipatía, irritabilidad, asco puro. Lo mira fija y punzantemente, quizá con un poco de lástima, al igual que se observa un desafortunado perro bañado en garrapatas, andando en su propio desecho. Se mantiene unos segundos en silencio, sólo el murmullo estático que proviene del auricular hace presencia en el hueco incómodo del silencio entre dos personas que juegan a decirse de todo exclusivamente en el terreno mental, hasta que, y de la misma manera que el perro arruinado, él agacha la cabeza, acepta su derrota ante tal sentencia muda, y camina cabizbajo hacia el cubículo gris sobre gris coronado con su nombre en etiqueta blanca y sobria tipografía.
Hora del almuerzo, el microondas zumbando, la salsa de tomate burbujeando a merced de las ondas electromagnéticas oscilando vertiginosamente, el hombre más triste del mundo mira hacia el vacío, hacia el fondo de su tupperware girando tras la ventanilla, mientras Martha, sentada en la mesa, sonríe satisfactoriamente y piensa que, en perspectiva, ese rostro es más desagradable que sus piernas, pero que esa corbata le queda perfectamente bien.
- El rostro sobre la corbata - jueves 24 de noviembre de 2016


