“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Tres poemas

viernes 23 de junio de 2017

Estrellas en el cielo

A la pandilla, donde sea que esté.

¡El amor ha muerto, viejo caballero!
Muerto muerto por ser viejo; muerto también por haber estado muerto.
El amor ha muerto y ya no importan ni las gaviotas.
¡Adiós idiotas. Les mando un beso y un que les re-contra!
Un ejército artero de sepultureros
ha enterrado en yeso añejo las leyendas de su torpe y viejo amor romántico,
caucásico y de barro un charco en el que se ha ahogado una pandilla de toninas de goma.
¡Y adiós a vos también, Marcos! Y al viejo Falero, y a este año de mierda que se va
y que es el año de los desalmados con su destino manifiesto
que se mueve cual serpiente estridente,
y se envuelve en naylon repelente invocando a un derroche de versos panfletos
que inunda los albores de un siglo poseído por demencias inocuas
y vagas represiones amorfas, con antorchas de alcohol rectificado
que forman en su cauce proteico la sopa de fideos y berberechos en que nada la mente humana. Y ese caldo de cultivo ascético y perfecto que moldea la inocencia pretérita,
que los hace grandes y los hace infames, y los hace puros y re-puros
y los lanza a una audaz bajada hasta el subsuelo de sus propios remordimientos
para hacer y rehacer esos cimientos en que basan las teorías de sus propios miedos,
que los aleja finalmente en un tupper plástico del grito imperfecto de la naturaleza
que se arremolinaba violenta sobre una ciudad apacible de ollas y faroles
a la vista de un sol intranquilo que atisbaba en la lejanía del crepúsculo
un mundo alejado del Lafíngelo.

El amor ha muerto.
Y con él lo han hecho mis versos.
El amor ha muerto y se escapa de entre los dedos,
y quizás por eso —y en la lucha afamada de querer recomponerlo— es que arriesgamos
lo que queda de nuestros cuerpos frente a densas nubes gruesas que se tragan la esperanza
y nos obligan a enfrentarlas en un mano a mano siniestro
del que huimos por pasillos oscuros de velas encendidas
hasta encontrar el refugio de un agujero en el suelo
y consumar así nuestros versos
—pues ni el amor nos queda—
en aquella bacanal atroz de la naturaleza.
El amor ha muerto, viejo caballero;
y de tu sonrisa sólo nos queda el recuerdo,
presente de cuero que se pierde en el recuerdo
de los artesanos que venden falsedades naturales;
el recuerdo de esos pobres desgraciados desalmados que expiden órdenes de urgencias enlatadas en pedidos fugaces de comida chatarra;
y el recuerdo de los antiguos cristales punzantes tallados en laderas de piedra caliza,
sobre campos de escarcha formada por siglos de rimas,
que corren monte abajo como un insecto sin nombre
por caminos secretos descubiertos en el bosque.
Y vos me decís que todo esto es sólo un recuerdo,
y que yo incluso apenas soy un pensamiento.
El amor ha muerto me decís e insistís, y repetís
que aquello que tengo es sólo un sueño y que el amor ha muerto,
bien muerto de nuevo.

Pero probá buscar los muertos de entre todos tus muertos,
y de muerto que está ese amor maltrecho y tan muerto de nuevo:
Probá decirle que el amor ha muerto a un poeta tendido en el suelo de un desierto de sal y silicio buscando en la arena yerma un camino para encontrarse a sí mismo;
probá decirle que el amor ha muerto a esa presencia esotérica
que habita entre cerros para hacer posibles las circunstancias de estos versos;
probá decirle que el amor ha muerto a una cerveza fría
tendida en el parador de una mano amiga;
probá decírselo a las piedras y probá decírselo a las estrellas;
probá decirlo sin miedo frente al espejo;
y aun cuando estés volviendo al mundo y al Lafíngelo (también volviendo),
si querés gritalo,
pero guárdate un segundo y una nada entre los valles y los cerros.
Guardalo aunque sea un segundo efímero y secreto.
Guardalo aunque pienses que todo esto es sólo un pensamiento.
Guardalo y cobijalo del invierno hasta el tiempo al final de los tiempos,
para que alguna vez en un secreto entre lugares y momentos
puedas atisbar un segundo de amor eterno.

 

El juicio de los perros

Te abracé en una esquina ventosa
sólo para que el viento se llevara mis sentimientos.
Vos también me abrazaste,
pero dejaste que la tormenta te llevara.
Y así caminamos, porque así somos,
dos,
pero solos; siempre solos.
Sobre un camino infinito de polvo de estrellas
transitamos cabizbajos y enfurruñados,
atrincherados acaso (como si eso significara algo),
hasta encontrar en un prado el lugar donde separarnos.
Entonces miré atrás con ojos llorosos
buscando encontrar tu mirada en el viento
pero te habías ido, querido.
Y tu camino ya no se cruzaría con el mío.
Grité al cielo buscando motivos
y quise encontrarte susurrando historias en el aire
pero aquello era sólo un reflejo:
mío, apenas un sueño;
tuyo, un miserable recuerdo.
Y desde entonces me perdí en la memoria,
sometido a tu juicio y al mío
lloré por la miseria de querer recordar y, por qué no,
también de olvidar.
Así lloré por mi juicio que contigo se había perdido;
y me encerré en un altillo queriendo enterrar mis recuerdos contigo
para buscar a tientas en la nada el calor de tu perdón,
y encontrarme sólo con el frío del abismo
y una voz que en la oscuridad se alzaba y me decía “tranquilo”,
que estaba bien: que aquello había sido el destino.
Pero yo igual te perdí en una esquina ventosa.
Vos también me perdiste,
pero tu viento llevaba otras cosas.
Ahora sólo me queda el olvido,
un aullido ahogado en la noche de hielo
y el eco infinito de tus últimos latidos.
Ahora sólo me queda el vacío,
un árbol deshecho y la disculpa barata de haber sobrevivido.
Ya no camino con mis pies en las nubes,
ni me guía el consejo de una voz en el viento.
Y aun cerrando mis ojos malditos me veo solo ante los perros
escapando del juicio y olvidando recuerdos.
Si apenas me sobra un rincón de descartes
donde llorar por los perros y también llorarte.
Porque un día te perdí en una esquina ventosa.
Vos también me perdiste,
pero en tu viento te llevaste otras cosas.

 

Monólogo

Caen dardos como nardos perfumados bajo un cielo de cemento rojo y blanco, y desalmados que gritan sobre salmos desarmados
y canciones de invierno y canciones de verano.
Sobre ellos llueven cardos y nosotros transformados
en narcos anarcos perezosos y cachondos
deambulando por periferias, bailando en marquesinas de cristal corrompido. Todos somos uno, y uno somos todos y todos somos legión y canción
y algoritmo empedernido de algún buscador de deseos maquiavélicos,
y también somos duendes esotéricos y leyendas diurnas de guerras psicodélicas;
y también somos lo que somos olvidando quiénes somos, opinando que opinamos cuando estamos opinando,
y olvidando las mentiras y olvidando las verdades
y olvidando que ese miedo pendenciero es el miedo compañero
a vernos solos entre todos;
derrotados por ojos fervorosos que sólo opinan de nosotros.
Olvidamos que es el miedo el que nos mueve a estar solos,
ese miedo blanco, y ese miedo rojo.
Ese miedo heroico en el bochorno de una noche de verano,
ese miedo a estar solos.
Ese miedo que tenemos al muerto que cuelga del ropero,
a esa sombra y a sus diez años de historia.
Ese miedo al miedo por el miedo que tenemos a tener miedo,
a esa mano oscura que nos toma y nos ata a la soga de la que cuelga
algún cadáver exquisito, en la lozanía de un viaje esotérico
por veredas de asfaltos infinitos,
encontrándonos a nosotros mismos en el reflejo de aquel cristal corrompido con los ojos agotados de tanto llanto:

Viejo payaso embravecido, mirá que te has reído de vos mismo…
Mirá que te has reído (maldito), y en tu soledad de tango malevo
has sabido empapelar ciudades furibundas de panfletos abyectos.
Y has abrazado con hidalguía toda clase de mentiras y patrañas metafísicas para arrogarte atribuciones excesivas en gritos enaltecidos
para cambiar el mundo y darles de comer a los putos.
¡Ay viejo! Que te pusiste a vos mismo en un púlpito bandido
varios metros por encima de nosotros, para verte mejor y para vernos mejor,
y para ver en la lejanía el alcance mediático de tus geniales características.
¡Grande viejo! Que desde acá abajo veo tu barriga de pertrechos fofa de lamentos, y pelos encarnados e ideales enquistados.
Te quiero, payaso; pero cómo me duele verte en ramales vencidos,
arrastrando la mula invisible de tus miedos.
Cómo me duele enloquecerte y verte dar vueltas sobre un fogón apagado
buscando desesperado algo que creerte.
Pues es cierto que al final es eso y eso y de nuevo eso,
y no hay gloria en el dolor furibundo de morirse sólo sin dios y sin ciencia
o sin dinero ni ideas ni amores.
No hay gloria en eso, y lo sabés,
yo también lo sé;
por eso buscamos solos como zorros un lugar donde caernos muertos —porque es eso— con el pecho lleno de amor o de odio, o de preceptos perfectos o corazones rotos,
no importa,
al final sólo importa no morirnos solos,
ni morirnos vacíos
pues es el vacío,
(hermano impreciso de los malditos) el que habita en tus rincones y en los míos.
Y en ese deseo pasivo de eludir el vacío, es que sigo una mueca que parece tu cara
emitir un sonido que parece tu voz, que me guía en pasajes que parecen calles,
que están muertas y parecen vivas, y en la que habitan presencias que parecen animales.
Y para eludir su existencia que parece vanidosa, me guías a un escondrijo que parece una casa
a través de pensamientos que parecen cuartos
hasta encontrar en el fondo el recuerdo de un payaso colgando del pasado.
Viejo payaso, de nuevo nos encontramos.
En la noche perfecta de un pasado sin nombre nos encontramos,
con amargas bebidas destiladas y la piel helada cubriendo nuestros huesos
Otra vez nos encontramos, vos colgando del pasado
y yo colgando apenas de un lamentable recuerdo.
¿Cómo has pasado tus años vivos ocupando espacios vacíos entre sonidos,
y has vuelto para azotarme y obligarme a vivir en una caja de paredes sin ventanas?
Y yo sé dentro muy dentro de mí mismo que en un momento dado sin venias, ni gloria ni visado, perdí un escape y otro escape,
y la salida al inframundo y al Lafíngelo —la perdí también— entre copas,
y ahora quizás ya no quede nada,
¡Mierda! Sólo el vacío me queda, ese vacío maldito de dioses y electrones.
Y vos seguís ahí colgado, muerto y putrefacto,
con los ojos melancólicos por la inercia de mirar desde el pasado.
Viejo payaso embalsamado, que en diez años no me has hablado
y sólo me has mirado;
Viejo payaso del silencio eterno ¡Qué bondad es tu silencio!
¡Cuánta comodidad encuentro en tu silencio!
Que en tiempo de filósofos todólogos pisico-nautas y charlatanes de vanguardia,
y opiniones descartables en las redes sociales
envidio con bravura tu habilidad para mantenerte callado.
Y por buenos y tan buenos se tendrán tus pensamientos,
que me mandaste a abandonar tu casa de los sueños,
y buscar afuera en la calle y el Lafíngelo; y encontrar a Dios en el vacío.
Pero no hay Dios en el Lafíngelo (al menos un Dios no sea el Lafíngelo).
Por eso me veo solo, destartalado,
abandonado en mi desgracia a las peores circunstancias,
corriendo de un recuerdo y corriendo de una sombra que quizás no exista,
solo en el vacío y sin nada dentro mío.
Por eso me interné en ciudades industriales de cemento rojo y blanco;
y al ver que no podría escapar, que jamás, jamás podría escapar,
deseé por un momento que todo fuera un sueño y el trino maldito de una canción de invierno,
y por eso me acerqué al abismo de mí mismo,
y acerqué la silla, y tensé la soga,
y me subí para contemplar el mundo desde la cima de mis pensamientos,
y escuchando el vacío inhumano que habías dejado,
me tembló la mano y un escalofrío recorrió mi espinazo,
y titubeé entre pensamientos
(que eran árboles frondosos de sueños y llanuras yermas de lamentos)
y por miedo al silencio salté al fin hacia las fauces del vacío.

Viejo payaso malevo.
Hoy te vi de nuevo en el ropero,
y te dije que horrible había tenido un sueño,
me miraste tieso desde el pasado y me dijiste
no importa, todo va a estar bien ahora.

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