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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Poemas de Ania Varez

viernes 1 de junio de 2018

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De la serie Poesía joven de Venezuela
Con selección de Gabriela Rosas

Había que irse, había que alejarse de cada uno de los comienzos, aunque luego pensemos: felicidad era eso; tras el primer paso somos un deshielo agrietándose sin pausa, buscando vientre en cada nueva rama de la ruptura. Había que despellejar la casa con cada viaje de la puerta, había que irse, con el ladrido de los perros muertos o la repetición del loro inundando los oídos, ponerse al fin y al cabo la ropa cargada con el olor propio, dejar cuerpos amados trotar calle abajo, vestidos sólo de sí mismos, al fin y al cabo, dejarlos envejecer lejos de aquí, había que dejar abierta la curva de este cuello por si algún regreso. Había que hacer y perder amigos como frutos desde mis manos, salvarse apenas por un ápice de vida (un amante, café, una buena noticia), había que apoyarse en el centro mismo de la rueda que gira fracaso tras fracaso para reírse del mundo que sirve sólo a pocos, reírse porque el mundo es una copa interminable, que mi temblor no será vino suficiente para llenarla.

 


 

Qué quedará
realmente
al irte
a tus hijos más bien
les dolerá la ropa
con tu olor tejido
qué quedará

algo como intentos de un templo
en tu nombre
sobre los estantes y dentro de los gabinetes
de los que te amaron

y al irse ellos qué
las historias de los intentos
los estantes y los gabinetes cambiando de alma
algún objeto intachable
no más

pensar que casi nadie vivió
para ver terminada la catedral,
tantos cerraron los ojos
con esa mano sin pintar, todavía, en el fresco,
el vacío del ladrillo, o el ángulo
evidentemente errado, en el capitel

y tú
y tus cosas

en alabanza a qué se mantendrán en pie
qué huecos serán para las vidas que te siguen
qué visión te llevarás al irte
y será verdadera, de alguna forma,
ésa
la catedral de las cosas
que vas dejando atrás.

 


 

El cansancio es una forma de amor
que te pone los senos como palomas blancas
y te deja lavándote con gorjeos
el poro dilatado, sin pluma
y te mancha de hollín cualquiera de los
lados del corazón.
Es un gran desparpajo vertiéndose
en los portarretratos monolíticos de la sala,
mientras tú recoges todas las gripes
del continente
y no sabes para dónde volar
cuando el tipo
te lanza migajas
o te grita.

 


 

Salmo

Hoy no has ido al mar.
Has vivido setenta años de tierra
para ofrecer la grieta áspera de tus yemas
y esa culpa.
Hoy, como siempre, pescador,
te has sentado de espaldas al muelle a sentir
pasar la red sobre tus hermanos,
aquellos elegidos para morir con la palabra
pendiendo de los labios, el mar moviéndolos algas
hasta ser consumidos por la sal.

Aceptas el blanco corroído de tu pan
como el precio justo que debías pagar por arrancar
peces del cemento para tus hijas,
y la mujer a tu lado
la que al tornar los ojos hacia la capilla
se dio cuenta del error:
los restos de tul en altar
sembrándose,
mas no había tul para los ojos
no había tul para los pasos,
la que ha sido piedra a pesar del sol
que le llevas impasible en tu frente.

Sólo te preguntas por qué te han olvidado
si habías escrito en tu lengua tosca
un paso firme sobre la arena.
Un paso firme.
Y qué quedará entonces de ti,
si hemos olvidado ya a Jesús,
si de la Tierra se borraron los mares para ser
arena gris que no cae
ni sostiene.

Hoy quiero memorizar tu sol como a una cruz astillada
en mi frente, quiero creer en el lenguaje olvidado de tu pueblo
y en el gesto de las manos que repetiste incansable para sobrevivir
en el concreto calcinado;
agradecer los ojos que han permanecido en el salitre
despiertos ante la caída de la piel,
escarbar el arenoso cuero de mi cabeza,
escarbar hasta la piedra,
regresar con musgo húmedo
entre las uñas.
Roguemos.

Para Angelo Domenico.

 


 

El señor Quintana
y el origami de su camisa
el reloj guiando su mano
a recoger juguetes del asfalto
y canarios desde el balcón
a recoger el hombro de los señores
que traían las mañanas
los cuentos, que traían a los hijos
y saludos como pan caliente
para el señor Quintana, todos cayeron
con él, junto al quiosco de la esquina.
Lo mataron a coñazos, dijo mi padre.
Todos los ángeles de la ciudad
se han ido marchando sin paz
y yo no estuve allí
para despedirlos
para indignarme sin salida
o decir buenos días la mañana anterior a la última, sin saberlo,
para no saber, a su lado,
ni para gritar de puro espanto
ni siquiera para eso estuve
en la esquina.

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