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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Úrbico

• Miércoles 28 de noviembre de 2018
Dios hizo el campo, y el hombre la ciudad.
William Cowper

Me alimento de la brisa
de sus retazos arrabaleros
y su sabor a guajolota.
Los pies vienen y van
en un baile cromático
al son de las notas
húmedas de la calle.
Me alimento del sol
de su flor apostillada
en la frente de los cuerpos.
Los pies me arden
de caminar tanto
los ojos me duelen
de tanto no mirar.
Raído el silencio
me acorralan las voces
con su canto esquizofrénico
de mil labios amorfos
me apuntan
con su furia descompuesta
mientras las fauces
de este gigante aletargado
que está muerto en su modorra
lustrado con las ruinas
de olvidadas noches vesperales
me sumerge sus colmillos
de sólida caricia.
Me alimento de la melancolía
que sudan los perros
en su trotar vagabundo
me alimento de las sombras
que ya no se pertenecen
y yo no me tengo ya
agarrado de entre los dientes.
Me alimento de mí mismo
del solitario pronunciar
de mi nombre
me alimento del reflejo
que la ciudad me pinta
en las pupilas
espejo voraz del edificio
en un charco proteico
sobre el callo impío
de un muerto asoleado.
Me alimento
del regalo bendito
de avenida
y no de la limosna
que los dedos desprenden
como costras artesanales.
Me alimento del sopor
Cotidiano y a pesar de eso
Aún puedo distinguirme
De entre el oleaje ocular

Soy un agónico pulso
a la mitad de la banqueta
guardo mis raíces
y camino intermitente
con la sonrisa raspada
y la suela decaída
mis sueños están impregnados
a lo largo de las paredes
soy una rama inerme
suspensa en el lascivo empedrado
mis pasos náuticos
enmudecen en el traqueteo
soy un perfil abandonado
en la danza de los cínicos
que flota entre los pájaros
que nace a la vuelta
de una contraesquina
que roza las banquetas
y va dejando la mirada
y va robando soledad.
Soy
y las calles me dan nombre
soy
y desnudo entre la gente
con mi cuerpo de farol
me entrego a la ciudad.

Llueve
la voz del hombre
la tarde aprisiona
los gemidos cívicos
un perro descansa
en la cordillera
de otro perro
llueve enramado
las azoteas pelan los dientes
pasan las nubes
fulano descansa
en un precipicio
la sombra lo cobija
una banca muere de frío.
No para de llover
el suelo está llorando
con una ácida melancolía
máscaras de humo
fijadas en el asfalto
se visten de luz
a sesenta kilowatts
el suelo está sangrando
aceite de cocina
las calles son corredores
por donde corre la luna.
Llueve
la nube
y los pájaros deshabitan el aire
y la estatua de ceniza
huye de la acera
asimétrica y terrena
se le cae el sol del rostro
se vuelve polvo su cabeza.
Llueve
sobre mojado
y el canto del grillo
se apaga
se escuchan pasos
en la boca de los edificios
son mis ojos al caminar
un ondulado aguacero.

Me acosa la nostalgia
a la mitad del coito
en la sombra madrugada
con chicotazos deformes
me acosa
la ausencia de luz
enrama los gemidos
pezones temblores
follajes abrazados
en un rincón de la ciudad
un cuarto sin nada en particular
un cuarto y el cielo desatado
irrumpe por la ventana de la cocina
clandestino entre las sábanas
me encuentro solo
en los ojos de mi amante
un canto de gallo suena en mi cabeza.
Me acosa la nostalgia
a la par de un movimiento de cadera
mi cuerpo es una llama
sobre un tronco caucásico
y Yo me escapo
con la brisa muerta
porque ya no siento
mis manos ensabanadas
tengo los dedos
acariciados por los pastizales
el cerro desnudo
me observa
puedo tomar el aire
con la yema de los dedos
muevo los huesos
que salen de mi espalda
“es mía la primavera”
pienso entre dientes
mientras profundo
descanso mi pelvis
en la orilla del mar
doy la vuelta
y caigo en el cielo
ella tímida
me da la espalda
cuando el horizonte
abre la boca
y me acosa la nostalgia
y me acosa su mirar.

Andrés Gómez

Andrés Gómez

Escritor mexicano (León, Guanajuato, 1996). Estudiante de la licenciatura en Letras Españolas de la Universidad de Guanajuato. Miembro en dos ocasiones (2015 y 2017) del Fondo para las Letras Guanajuatenses. Textos suyos han aparecido en revistas como Monolito y Golfa, así como en diferentes antologías publicadas en su país.
Andrés Gómez

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